El Club PRÓLOGO
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El Club

El Club

Por Haizea Lopez

© inepub.com

PRÓLOGO

El túnel. El momento del accidente.

El silencio de la vía verde del Urola quedaba roto únicamente por el golpe de las zapatillas de los corredores contra el asfalto.

El cielo empezaba a aclararse entre las montañas, pero la luz todavía era gris, sucia, filtrada por una bruma baja que se pegaba a la piel como una película fría.

Se escuchaban las respiraciones entrecortadas y el murmullo de las voces ya se había ido apagando hasta quedar extinto.

Llevaban a sus espaldas unos cuantos kilómetros y aunque la carrera les regalaba un magnífico desnivel negativo, las piernas habían empezado a cansarse un poco.

Ya no quedaba nada del bullicio con el que Zumárraga había amanecido aquella madrugada. No se escuchaba la música ni la txalaparta con la que había dado comienzo la media maratón. “Pap, pap, pap”. En esos momentos el ritmo lo marcaba la suela de la zapatilla contra la gravilla húmeda.

El sendero descendía suave entre taludes cubiertos de musgo y a cada lado crecían helechos altos que rozaban las piernas de los corredores cuando el camino se estrechaba.

Corrían los cuatro juntos como en otros tiempos.

En realidad, llevaban muchísimos años sin compartir una carrera, y June tenía la sensación de que aquellos túneles la habían transportado en el tiempo a una época mucho más lejana.

Una en la que las malas decisiones no pesaban y en la que todo había sido más sencillo.

A la izquierda, el río discurría oculto tras una franja espesa de helechos y árboles jóvenes.

Desde allí no se veía, pero se intuía en el murmullo constante que acompañaba cada paso.

El aire olía a tierra mojada y al hierro oxidado enterrado bajo el antiguo trazado ferroviario.

Aspiró hondo, cogiendo aire por la nariz para regular su respiración.

También olía a la madera vieja hinchada por la humedad.

Artabe levantó la muñeca y miró el reloj.

El gesto tensó los músculos de su antebrazo, marcados por años de kilómetros acumulados.

Corría con la zancada larga y económica que siempre lo había definido, inclinando lige- ramente el torso hacia delante, como si el cuerpo supiera exactamente cuánto esfuerzo debía gastar en cada paso.

Tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja derecha, recuerdo de una caída en una carrera de montaña años atrás.

—Joder, menos mal que hay desnivel negativo, ¿eh? — bromeó con una risa corta—. Porque hoy me van rapidísimas las pulsaciones.

Le enseñó la pantalla a June, aunque ella no necesitaba verla.

Ya había notado que su compañero no iba cómodo.

Lo intuía en su respiración, en el balanceo de sus hombros y en la forma en que tensaba la mandíbula cuando el pulso se le disparaba un poco más de lo que quería admitir.

Estaba aguantando el tipo y aún quedaba más de media carrera por delante.

—No sé qué me pasa hoy —añadió, llevándose la mano al pecho—. Voy fatal.

—Venga, que ahora todo es cuesta abajo —le animó Aritz—. Alargar zancada y dejarse caer.

Artabe volvió a mirar la pantalla. Aritz iba unos metros por delante, ligero, casi disfrutón.

El presidente del Club Atlético de Getxo era el más quejica de todos: el que “siempre iba con sobrecarga” o “cansado”, pero el mismo que terminaba dejando a todos atrás para después tener que esperar solo en meta.

Alejandro cerraba el pequeño grupo, soltando comentarios sueltos y algún silbido distraído.

Se notaba que era sevillano y que tenía ese buen humor tan característico de los andaluces.

Llevaba muchos años en Euskadi, pero el acento se le seguía notando cuando se soltaba del todo.

June apenas hablaba porque se mantenía concentrada en su respiración.

Sabía muy bien que aquella era la única manera de seguirles el ritmo.

Inhalar cuatro, exhalar cuatro. Las piernas respondían bien, y el cuerpo parecía ligero, más suelto que de costumbre.

El perfil de la carrera era perfec- to: terreno rápido al principio, túneles bonitos, montañas y desnivel técnico.

Si se mantenía constante, era la media ideal para hacer marca personal.

No miró el reloj porque no hacía falta.

El primer túnel apareció como una grieta negra en la vegetación.

Las paredes de piedra estaban cubiertas por una humedad oscura que brillaba bajo los escasos focos superiores.

El suelo se había vuelto más irregular, lleno de pequeñas piedras sueltas que crujían bajo cada pisada.

Todos entraron sonriendo, menos Artabe. El eco les devolvió sus voces amplificadas y deformadas mientras las goteras golpeaban el suelo en intervalos irregulares.

Allí adentro el aire era más frío y denso, como si el vapor del antiguo tren se mantuviera entre las grietas rocosas de aquel lugar.

Salieron otra vez a la claridad verde.

Los corredores que iban delante se habían estirado y los de atrás, también.

El grupo grande y los tapones con los que había dado comienzo la salida ya se fragmentaban en pequeñas islas.

Ellos cuatro parecían haberse quedado en una franja intermedia; lo bastante separados para sentirse solos y cómodos.

Llegaron a otro túnel, uno más largo y más oscuro. La boca negra y abierta en la roca absorbía la luz mientras el chico sentía las gotas de agua golpeándole la cabeza. Artabe se llevó la mano a la cintura.

—Creo que necesito meter un gel, estoy jodido. Se palpó los bolsillos y frunció el ceño.

—¿Quién los lleva?

El eco del túnel amplificaba cada respiración hasta vol- verla incómodamente cercana. June notó que la de Artabe ya no tenía el mismo ritmo que unos minutos antes.

—Yo —respondió la joven, palpando su cintura.

Abrió el bolsillo del cinturón sin variar el ritmo de carrera y sacó uno del interior.

Durante un instante mínimo, casi imperceptible, sus ojos se detuvieron en la etiqueta. El plástico estaba frío por la humedad de la zona y se le resbalaba ligeramente entre los dedos, así que lo sostuvo bajo la tenue luz mientras se decidía a desprenderse del gel.

—El tuyo era con cafeína, ¿no?

—Sí —respondió sin dejar de correr.

Se lo tendió.

—¿Quieres que bajemos un poco el ritmo?

Artabe negó con la cabeza mientras rasgaba el plástico con los dientes. El sonido del envoltorio desgarrándose fue absorbido por la entrada al túnel.

—No —aseguró—. Recargo y listo.

La oscuridad cayó sobre ellos de golpe y la temperatura descendió varios grados. Las goteras se habían engruesado, espaciadas, pero más pesadas, y el suelo lleno de gravilla se había vuelto irregular en algunos tramos. La húmeda bóveda amplificaba cada pisada y cada respiración.

—Parece que nos hemos descolgado, ¿eh? No se ve a ni Dios —señaló Aritz, que como siempre, iba cabeza de grupo.

Se habían quedado solos.

—Hostia… —murmuró Artabe—. Sí que voy alto.

Contempló el reloj otra vez.

June lo observó de reojo.

—¿Paramos?

Él alargó la zancada… pero el pie derecho cayó medio centímetro fuera de sitio, torpe, como si el suelo se hubiera movido bajo él.

La suela raspó la gravilla con un sonido seco que no encajaba con su forma de correr y, de pronto, su cuerpo perdió la verticalidad perfecta que siempre lo había definido.

—Esto es la sidra de ayer, Artabe —bromeó Ale—. Ya estamos mayores, ¿eh?

Pero esta vez Artabe no respondió.

El sonido abrupto del desplome hizo que los corredores bajasen el ritmo porque el golpe había sido sordo y contundente.

Artabe cayó hacia la derecha, como si alguien hubiera cortado un hilo invisible que hasta entonces lo había ido sosteniendo. Sus piernas largas se plegaron de forma torpe bajo el cuerpo y su cráneo golpeó contra la grava con un ruido hueco que el túnel devolvió multiplicado.

—¿ARTABE? —gritó Aritz, parándose en seco mientras se giraba.

La escasa luz del túnel iluminaba el cuerpo retorcido que yacía en el suelo. Tenía una pierna doblada bajo el muslo y el brazo izquierdo extendido en un ángulo extraño, con la zapatilla raspada en la puntera.

—¿Artabe?

No hubo respuesta, así que los tres se detuvieron.

Aritz fue el primero en retroceder y, con espanto, corroboró cómo un hilo oscuro de sangre le salía por la nariz, descendiendo hacia el labio superior.

Otro, más grueso, brotaba de la sien derecha, donde la piel se había abierto contra una arista de piedra.

La camiseta del club, con sus colores rojiblancos y su escudo, había quedado totalmente embarrada.

La gravilla empezaba a teñirse lentamente cuando Alejandro se arrodilló y le movió el hombro.

—Tío, joder, Artabe —gritó— ¡Colega, mírame!

La cabeza de Artabe osciló con una pesadez que no correspondía a un simple mareo mientras su boca quedaba entreabierta. Una pequeña burbuja rojiza se formó en el labio inferior y explotó sin sonido.

Aritz le buscó el pulso en el cuello, presionando con dedos temblorosos.

—Joder, no noto el pulso. ¡Necesitamos ayuda!

—No jodas…

—No noto nada.

Alejandro se apresuró a sacar el móvil del bolsillo.

—¡No hay cobertura! ¡Joder, no hay cobertura!

Levantó el teléfono hacia la bóveda húmeda, girándolo, buscando la maldita señal.

Mientras tanto, June estaba paralizada. Inmóvil.

Bloqueada. Sus ojos recorrieron el cuerpo con espanto mientras el reloj de su muñeca, iluminado, marcaba unas pulsaciones extremadamente altas.

El envoltorio del gel yacía a pocos centímetros de la mano izquierda de Artabe, aplastado contra la grava.

Una gota gruesa cayó del techo y resbaló por el plástico brillante antes de terminar en el suelo.

Unos segundos más tarde, por fin, la chica consiguió reaccionar.

Se arrodilló y, sin de- cir nada, presionó dos dedos contra la muñeca de Artabe.

La piel aún estaba caliente, pero no había pulso. Su pecho ya no subía ni bajaba.

—Voy a ir hasta el siguiente avituallamiento... no puede estar lejos. Kilómetro diez… —explicó Aritz con la voz temblorosa—. Tiene que haber voluntarios.

Él siempre era así de analítico, de práctico.

Salió corriendo hacia la salida, que apenas era visible al fondo del túnel. Sus pasos se alejaron, multiplicados por el eco mientras Alejandro seguía peleándose con su teléfono móvil en busca de la más mínima señal.

—Vamos… vamos…

Giraba sobre sí mismo mientras estiraba el brazo.

El túnel olía ahora a hierro y a sangre fresca que se mezclaba con la humedad.

June retiró los dedos de la piel caliente de Artabe mientras sentía la oscuridad del túnel más densa y asfixiante, pe- gándose de forma asquerosa a su piel.

“No puede estar pasando de nuevo”, pensó, espantada. Y el pensamiento le atravesó el pecho con la misma violencia que el golpe que minutos atrás acababa de escuchar.

—Joder, June. ¡Haz algo!

Pero ella no podía apartar la vista de su boca, que seguía ligeramente abierta como si aún fuera a decir algo. Estaba en shock.

Un corredor que venía por detrás frenó en seco al verlos arrodillados.

—¿Qué ha pasado?

—Se ha caído —respondió Alejandro, casi gritando. Le temblaba la voz—. ¡No tiene pulso!

El desconocido se agachó sin pensarlo. Se inclinó sobre Artabe y apoyó los dedos en su cuello con firmeza. La chica observó el gesto con una precisión casi quirúrgica mientras sentía su pulso cada vez más acelerado. El corazón le iba a estallar.

El hombre negó con la cabeza mientras el rostro se le cubría de espanto.

Aritz todavía no había vuelto. ¿Hacía cuánto que se había marchado a pedir ayuda? ¿Segundos? ¿Minutos?

June sintió un temblor que le subía desde las piernas hasta el estómago, provocándole unas irremediables ganas de vomitar mientras el desconocido comenzaba a comprimir el pecho de Artabe.

El cuerpo se hundía bajo el peso de sus manos y volvía a levantarse inerte, como si ya no le perteneciera a nadie.

Uno, otro... y otro más.

Un ruido lejano empezó a filtrarse desde el exterior. Al principio fue apenas un murmullo, pero luego se transformó en el sonido reconocible de unas sirenas. Eso solo podía significar que Aritz había llegado al avituallamiento.

El sonido creció poco a poco, amortiguado por la montaña, hasta que las luces azules comenzaron a parpadear en la entrada del túnel.

Dos sanitarios entraron corriendo con el desfibrilador.

—Apartaos.

Ella, pálida, retrocedió un paso y, como si fuera la espectadora de una película de ficción, observó espantada cómo cortaban la camiseta del club sin miramientos, dejando al descubierto el torso de Artabe. Su piel, bajo la luz blanca del frontal, parecía más pálida, más gris.

Daba igual lo que hicieran… habían llegado demasiado tarde. Y de nuevo pensó, con una certeza absoluta, que había vuelto a suceder.

Artabe estaba muerto.