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Sesión número ciento cincuenta y nueve.
La asamblea del frontón no lleva número, porque una asamblea general extraordinaria va en otro libro y lo lleva otra secretaria, que en aquel club es la misma, pero eso a Rosario Ferrer no le importa: son dos libros y punto.
Aquel martes no había nadie en la puerta del centro cívico.
Ni una cámara, ni una furgoneta de radio, ni un chico con un palo selfi. En el buzón, tres solicitudes de ingreso, que en septiembre habrían sido once y en octubre cuarenta y una. En el bar del frontón, catorce personas, todas del pueblo, y Chusé secando vasos y hablando del gasóleo.
Habían pasado catorce días desde lo del armario metálico y siete desde lo del frontón, y aquel pueblo se había quedado como se queda una casa cuando se va la gente de la boda.
Firmé la entrada a las 18:51.
Éramos cinco.
Rosario Ferrer, Maribel Ojeda, Vanesa Puértolas, Andrés Sanz y yo, en una mesa en forma de U con doce sillas apilables de plástico gris, un armario metálico con la cerradura reventada y arreglada con dos remaches, un corcho con avisos del ambulatorio y una ventana alta que no da a ninguna parte.
Y en el testero, contra la pared, la silla plegable roja del comedor escolar de 1978, con la pintura saltada en el tubo del respaldo y con el cartel de cartulina amarilla plastificado apoyado de pie en el asiento.
Andrés trajo el bizcocho.
Entero.
⁂
A las siete en punto, Rosario Ferrer se puso las gafas, sacó la funda de plástico rígido del bolso y dijo lo que dice.
—Martes es martes. Se abre la sesión: que nadie falte.
—Ferrer, Rosario. Presente.
Y bajó.
Yo me sabía aquella hoja de memoria desde el 9 de octubre y aquella tarde la seguí línea por línea desde mi sitio, que sigue siendo el segundo de la derecha, de espaldas a la puerta.
Larrea, Sebastián. Raya.
Landa, Fito. Raya.
Gascón, Purificación. Raya.
—Ojeda, Maribel.
—Presente.
—Cañas, Rufino.
Y no dijo nada.
Rufino Cañas Bergua está en prisión provisional en el centro penitenciario de Teruel desde el 12 de noviembre.
No está muerto. Su nombre está escrito en aquella hoja con el rotulador de pizarra, que es el que se borra, y lleva allí desde el 13 de octubre, y aquella tarde Rosario Ferrer lo leyó, esperó los tres segundos que hay que esperar y pasó al siguiente.
No lo borró. No lo tachó.
Lleva sin borrarlo dos años y ocho meses y sigue allí.
Se lo pregunté una vez, en 2028, y me contestó lo que contesta ella.
—Ese hombre no se ha muerto.
—Ya.
—Pues entonces no se tacha.
—Charo, ese hombre mató a un socio de este club.
—Sí —dijo Rosario Ferrer—. Y sigue vivo. Y esto es una lista de asistencia, no es otra cosa.
—Y los de fuera de lista.
Vane levantó el bolígrafo. Andrés levantó dos dedos. Yo levanté la mano.
⁂
La sesión duró una hora y veinte minutos y fue la más aburrida a la que he ido en mi vida, y eso es exactamente lo que era.
Se leyó el acta de la asamblea del 17. Se aprobó.
Se dio cuenta de la ampliación del objeto social y de que la secretaría había localizado, para el estudio del club, tres asuntos de la comarca.
—El primero —leyó Vane, sin ninguna esperanza—: el incendio de la nave de piensos de Villarquemado de 2011.
—Ese lo resolvieron —dijo Maribel.
—Ya lo sé.
—Fue un cortocircuito.
—Ya lo sé, Maribel.
—Pues entonces qué estudiamos.
—Nada. Por eso lo he traído el tercero de la lista y he empezado por él, para que se vea.
El segundo era un hombre de Villarquemado que se fue a Alemania en 1982 y que escribe todas las Navidades, y del que se acordó, por unanimidad y con acta, que aquello no era un caso sino un señor que vive en Alemania.
Y el tercero era una reclamación de lindes de 1994 que trajo un vecino y que ocupó dieciocho minutos, y que en aquel club, aquella tarde, se estudió con la misma seriedad con la que se había estudiado durante tres años la desaparición de un niño.
Yo estuve mirando aquello desde el segundo sitio de la derecha y me pareció, y me sigue pareciendo, una cosa de una decencia enorme.
Aquellas cuatro personas estaban aprendiendo a reunirse los martes por nada.
Que es lo que hace la gente en los pueblos y lo que llevaban veintisiete años sin poder hacer.
Y voy a decir cómo era estar allí aquella tarde, porque no lo he sabido explicar nunca y porque es lo único que me llevé de aquel pueblo.
Hacía una paz rara.
En aquella sala se habían dicho, en tres meses, todas las cosas que se habían callado en veintisiete años, y no había quedado ninguna.
Se habían muerto tres personas y una cuarta estaba en Teruel.
Y el martes 24 de noviembre de 2026, a las siete y media de la tarde, cuatro vecinos y un perito de seguros discutían un deslinde de 1994 con una seriedad completamente injustificada, y se oía el reloj de la pared, y en la fuente había bizcocho, y a nadie le pasaba nada.
Yo he estado en muchos sitios y no he estado en ninguno así.
Y estuve toda la sesión sabiendo que faltaban tres semanas para que se me acabaran los tejados.
⁂
Y en ruegos y preguntas, a las ocho y cuarto, sin que nadie hubiera dicho nada y sin que pasara nada antes, Andrés Sanz se levantó de su sitio.
Fue hasta el testero, que son cuatro metros.
Cogió el cartel de cartulina amarilla plastificado, que estaba de pie en el asiento, y lo puso encima de las cajas.
Abrió la silla plegable roja.
Y se sentó.
Aquella silla estuvo dos meses y diecisiete días contra aquella pared sin que la tocara nadie. Ni para barrer. Fina pasaba la fregona alrededor.
Y no había en aquel edificio ni una sola persona que hubiera dicho nunca en voz alta que aquella silla no se podía tocar.
Es de las cosas que no se dicen y que sabe todo el mundo, y en aquel pueblo, a estas alturas, yo ya no sé si eso es lo mejor o lo peor que tienen.
Se sentó de frente a la mesa, con la espalda muy recta, porque aquellas sillas plegables no dejan sentarse de otra manera, y con las manos en las rodillas.
Y desde allí, desde el testero, se ve la mesa en forma de U entera, y se ve la puerta, y se ve el armario metálico, y se ve la ventana alta que no da a ninguna parte.
Es el único sitio de aquella sala desde el que se ve todo.
⁂
En aquella sala había cinco personas.
Vanesa Puértolas levantó la vista del cuaderno y miró.
Maribel Ojeda, que estaba con el bolso en las rodillas y que llevaba veinte minutos discutiendo una linde de 1994, se giró en la silla y se lo quedó mirando.
Y dijo:
—Andrés, hijo, que ahí no te sientes.
—Ya.
—Que esa es la del Sebas.
—Ya —dijo Andrés Sanz.
Y no se levantó.
Y Maribel Ojeda, setenta y cuatro años, miró a Rosario Ferrer, y Rosario Ferrer no dijo nada, y Maribel Ojeda hizo con la mano el gesto que hace la gente de esta comarca cuando decide que una cosa no merece la pena, que consiste en tirar algo por encima del hombro.
—Bueno, hijo. Cosas tuyas.
Y volvió a su linde.
⁂
Yo quiero dejar escrito lo que pasó allí, porque en aquella sala había cinco personas y solo dos vimos nada.
Un hombre de treinta y seis años se sentó en una silla plegable de metal que su madre trajo de un comedor escolar en el que ella sirvió cuarenta años y que llevaba dos meses y medio contra una pared con un cartel encima que ponía RESERVADO.
Y tres de las cinco personas de aquella sala vieron a un vecino callado sentarse en un sitio raro.
Y esa es la razón por la que aquel hombre lleva desde entonces viviendo en Villafranca del Cierzo sin que le pase nada.
No hace falta esconderse. Basta con que la gente tenga una explicación más cómoda a mano.
⁂
Rosario Ferrer terminó el punto de ruegos y preguntas.
Miró el reloj de la pared. Dijo que quedaban cuatro minutos y que si alguien tenía algo más.
Nadie tenía nada más.
Y entonces sacó la funda de plástico rígido del bolso, la puso encima de la mesa, sacó la hoja plastificada de dentro, cosa que yo no le había visto hacer nunca en tres meses, y la dejó boca arriba delante de ella.
Y sacó los dos rotuladores.
Cogió el de pizarra, el que se borra, el que lleva encima todas las semanas porque se usa todas las semanas, y escribió en la raya que estaba en blanco desde antes de marzo de 2024, con letra pequeña y derecha:
Táboas, Gonzalo.
Y luego cogió el otro. El que no se borra. El de las tres rayas rectas de arriba abajo, hechas sin apretar de más y sin repasar.
Y tachó Ferrer, Rosario .
⁂
Yo llevaba dos meses y medio mirando cuál de los dos rotuladores cogía aquella mujer.
Es lo único que he hecho bien en todo este asunto.
Con el que no se borra ha tachado a Sebastián Larrea, a Fito Landa, a Purificación Gascón y, el martes 24 de noviembre de 2026, a Rosario Ferrer Bonet.
Con el que se borra ha escrito a Rufino Cañas, que está vivo y que sigue en la hoja, y a Gonzalo Táboas Rey, que estaba en aquella sala aquella tarde y que se iba a ir.
Y ella lo sabía cuando lo escribió, y por eso lo escribió con ese.
Le he dado muchas vueltas a lo suyo.
Aquella hoja no es una lista de muertos: es una lista de personas que podían haber traído a un crío a su casa en cuarenta y ocho horas y no lo hicieron. Y con el rotulador que no se borra se tacha al que ya no puede hacer nada.
Sebastián Larrea no puede. Fito Landa no puede. Purificación Gascón no puede.
Y Rosario Ferrer Bonet, el martes 24 de noviembre de 2026, a las ocho y veinticuatro de la tarde, con su hijo sentado a cuatro metros en una silla del comedor escolar en el que ella sirvió cuarenta años, tampoco.
Ya está hecho. Bien o mal, ya está hecho.
Eso es lo que significa aquella raya y lo he tardado dos años en escribirlo.
⁂
Después se levantó, fue al testero, y a Andrés Sanz, que seguía sentado en la silla roja con las manos en las rodillas, le puso la mano en el hombro y la dejó allí.
Cogió el cartel de cartulina amarilla plastificado de encima de las cajas.
Y lo tiró a la papelera del office.
Aquel cartel lo hizo ella el 7 de septiembre de 2026, a mano, con mayúsculas, y lo plastificó en la copistería del estanco, y estuvo dos meses y diecisiete días de pie en el asiento de una silla.
Volvió a su sitio. Se sentó. Se quitó las gafas y las dejó encima de la hoja.
Y en la sala 2 del centro cívico de Villafranca del Cierzo, que fue una piscina cubierta y que huele a cloro desde 2011, a las ocho y veintiséis minutos de la tarde del martes 24 de noviembre de 2026, con la sesión número ciento cincuenta y nueve a punto de levantarse, Rosario Ferrer Bonet dijo lo que se dice al principio.
—Martes es martes. Se abre la sesión: ya no falta nadie.