El club del crimen de los martes 37
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Esto no lo vi.

Y lo escribo igual, porque llevo veinte años escribiendo cosas que no he visto y porque es lo único que sé hacer.

Un perito no ve nunca un siniestro. Llega tres días tarde, cuando ya han pasado los bomberos y el cuñado y el vecino que ha querido ayudar, y se sienta enfrente de la gente y les hace preguntas, y luego pone en un folio lo que ocurrió.

Coinciden en todo menos en una cosa.

⁂

Andrés Sanz decidió no aparecer.

Eso lo decidió antes, y lo decidió solo, y me lo dijo a mí el 6 de noviembre en aquella furgoneta y me lo repitió el 12 de diciembre con las mismas palabras.

—A este pueblo yo no le devuelvo al crío —dijo—. Le quito el crío y le pongo a un tío de treinta y seis años que hace repartos. Y eso no se lo he ganado.

Yo estuve una hora discutiéndoselo el 12 de diciembre y perdí, y he vuelto a perder cuatro veces desde entonces, y a estas alturas creo que tiene razón, y no me gusta.

Aquel viernes no fue a aparecer.

Fue a subir a la casa.

⁂

Llegó a las siete y media y llamó al timbre, que no lo había tocado en veintisiete años.

Le abrió ella con el delantal puesto.

Y no se dijeron nada en la puerta.

Eso lo dicen los dos igual y las dos veces me lo contaron con las mismas palabras, que fueron «no dijimos nada», y las dos veces yo pregunté qué quería decir eso, y las dos veces me contestaron que quería decir eso.

Pasó al pasillo, que es largo y estrecho. Pasó a la cocina, que ocupa la mitad de la planta baja y que tiene una mesa camilla en el centro, un banco de obra bajo la ventana y una cocina económica que ya no se usa y que sigue ahí porque quitarla es tirar media pared.

Y se quedó de pie mirando la ventana que da al patio.

—El fregadero de piedra es el mismo —dijo Andrés Sanz cuando me lo contó—. Y la parra también. Está más grande.

Y luego, según los dos, hizo una cosa que duró tres o cuatro minutos y de la que ninguno de los dos ha querido decirme nada más.

Recorrió la casa.

Subió la escalera. Miró la habitación de arriba, la que da al patio, y no entró. Bajó. Miró el cuarto de la caldera, que en 1999 era una despensa. Miró el hueco de la pared donde estuvo el portón del corral, que está cegado desde 2007 y que él no había visto cegado nunca.

Y volvió a la cocina.

De aquellos tres o cuatro minutos, Rosario Ferrer me dijo en 2028 una sola frase, y la dijo mirando el fregadero.

—Yo me quedé aquí abajo con el cuenco en la mano y no me moví.

Charo Ferrer estaba en la mesa con el cuenco y con el molde de aluminio.

—Yo estaba con el bizcocho —me dijo ella en 2028—. Y no lo estaba haciendo por él, que conste. Los hago los viernes desde hace veinticinco años.

Y entonces él fue al clavo de detrás de la puerta y cogió el segundo delantal.

Aquí es donde no coinciden.

Rosario Ferrer me dijo que ella se lo dio.

Andrés Sanz me dijo que lo cogió él, del clavo de detrás de la puerta, donde ha estado siempre, y que se lo puso.

Yo he tomado mil doscientas declaraciones y sé perfectamente lo que significa que dos personas discrepen en una sola cosa de una tarde entera, y en este caso no significa nada, y esa es la primera vez en veinte años que escribo esa frase.

Lo he dejado sin resolver. No hace falta.

⁂

Hicieron el bizcocho.

Eso ocupó, según los dos, cuarenta minutos.

Y de los cuarenta minutos, lo que a mí me interesa y lo que he preguntado tres veces es cómo se repartieron el trabajo, porque en una cocina eso lo dice todo y porque no se pacta.

Él pesó. Ella batió.

Él engrasó el molde con papel de estraza y mantequilla, y lo hizo empezando por el borde ondulado y terminando por el fondo, que es al revés de como lo hace todo el mundo y que es como lo hace ella.

Ella no le dijo dónde estaba nada. Él no preguntó dónde estaba nada.

Y en cuarenta minutos, aquella mujer se equivocó una vez: le pidió que le acercara el azúcar y el azúcar lleva desde 2011 en el armario de arriba y en 1999 estaba en el de abajo, y él fue al de abajo.

Y ella no dijo nada, y se levantó y lo cogió del de arriba.

En cuarenta minutos hablaron de lo siguiente.

De que el horno de aquella casa tira más por la izquierda y de que hay que girar el molde a los veinte minutos.

De que la parra hay que podarla en enero y de que ella ya no puede con la escalera.

De que el hijo de la panadera ha vuelto de Barcelona.

De que en Cuenca, en la Serranía, en noviembre hace más frío que aquí, y de que aquí lo que hay es cierzo, que es otra cosa.

De un perro que hubo en aquella casa entre 1996 y 2004 y que se llamaba Trueno, y del que él se acordaba y ella creía que no.

Y de una mujer que se llama Milagros Sanz Pardo, de la que hablaron once minutos según él y unos veinte según ella, y de la que Rosario Ferrer preguntó, entre otras cosas, si le había dado de cenar bien y si tuvo alguna vez a alguien que la ayudara con la casa.

Del año 1999 se dijo, en cuarenta minutos, una sola frase.

La dijo ella, de espaldas, batiendo, y me la contaron los dos exactamente igual, palabra por palabra, con dos años de diferencia, que es la única prueba que yo necesito de que aquella frase se dijo.

—Yo te compré aquellas deportivas en el mercadillo de Calamocha.

Y él dijo:

—Ya lo sé.

Y siguieron con el molde.

⁂

A las ocho y veinte, Andrés Sanz fue al banco de obra, cogió la tercera foto, la que llevaba desde enero de 2025 boca abajo con la trasera de cartón hacia fuera, y le dio la vuelta.

Era él, en el patio, en julio de 1999, con nueve años, delante de la parra.

La colgó del clavo.

Y volvió a la mesa.

De eso los dos me dijeron lo mismo, que fue que no dijeron nada, y esta vez sí sé lo que quiere decir.

⁂

El timbre sonó a las nueve menos veinte.

Milagros Sanz Pardo había salido de Beteta a las cuatro y media de la tarde y había hecho doscientos y pico kilómetros en un Ibiza rojo, sola, a los setenta años, y aparcó delante de la casa y estuvo cuatro minutos dentro del coche antes de bajarse.

Eso último lo sé porque lo vio Maribel Ojeda desde su ventana, que para eso está.

Le abrió Andrés.

Y en aquella cocina de la calle del Horno, a las nueve menos veinte de la noche del viernes 20 de noviembre de 2026, cenaron tres personas.

Cenaron sopa y una tortilla, y de postre el bizcocho, que había salido a las ocho y media y que estaba caliente todavía.

Tres platos.

Y no se disputó nada.

Eso es lo que me contaron los dos y lo que yo no me creí hasta que se lo oí a los dos por separado con dos años de diferencia. No hubo una escena. No hubo reproches. No hubo una mujer que reclamara veintisiete años ni otra que pidiera perdón por habérselos quedado.

Se repartieron los años como se reparte el pan.

Milagros Sanz contó lo de la escuela de Priego y lo del primer año, que fue el malo. Rosario Ferrer contó lo del comedor y lo de las manos rojas de la lejía. Milagros dijo que a los catorce le dio por la mecánica. Charo dijo que a los siete le dio por el fútbol y que era malísimo.

Milagros contó que a los diecinueve se fue tres meses a trabajar a Valencia y volvió, y que ella no le preguntó por qué había vuelto.

Charo contó que a los ocho se subía a una silla para ver hacer el bizcocho y que había que vigilarlo porque metía el dedo.

Milagros dijo que sigue metiendo el dedo.

Y hubo un momento, según los dos, en que Rosario Ferrer preguntó una cosa que llevaba veintisiete años sin poder preguntarle a nadie, que fue si de pequeño había tenido amigos.

Y Milagros Sanz Pardo contestó que dos, y le dijo los nombres, y le dijo dónde vivía cada uno y a qué se dedican ahora.

Y a las once y media, Milagros Sanz Pardo dijo que se volvía al hostal.

Y Rosario Ferrer dijo:

—De eso nada. Aquí hay dos habitaciones y las dos están hechas.

Y Milagros Sanz Pardo se quedó a dormir en aquella casa.

En la habitación de arriba, la que da al patio, que es la que era de él y que aquella mujer tenía hecha desde el 28 de enero de 2025, con las sábanas puestas, y a la que no había subido nadie en veintiún meses.

⁂

Andrés Sanz se fue a la una menos cuarto, andando, a su casa alquilada del final de la calle de la Fuente.

Y en la puerta, según los dos, pasó lo siguiente.

Rosario Ferrer le puso en la mano medio bizcocho envuelto en papel de aluminio.

Y le dijo:

—El martes tráelo entero.

Y él dijo que vale.

⁂

Hay una cosa de aquella noche que sí vi yo, y la vi el sábado 21 por la mañana, y no la vi buscando nada.

Fui a devolverle a Charo la funda de la lista, que se me había quedado en el bolsillo el miércoles y que llevaba dos días quemándome.

Me abrió con el delantal puesto, me dijo que pasara y me dijo que estaba con la compra.

Y en el escurridor de aquella cocina, colocados de canto, escurriendo, había tres platos hondos, tres platos llanos, tres vasos, una fuente y un molde de aluminio redondo con el borde ondulado.

Y en el clavo de detrás de la puerta, dos delantales.

Yo llevo veinte años entrando en casas y tasando lo que hay dentro, y en veinte años no he visto nunca nada que valga menos y que valiera más.

—Le traigo esto —dije.

—Déjalo ahí.

Lo dejé en la mesa camilla.

Y en la pared, encima del banco de obra, había tres fotos colgadas y las tres miraban a la cocina.