36
Me llamó ella. A las cinco menos cuarto, al móvil, y dijo seis palabras.
—A las seis, en mi casa.
La calle del Horno estaba vacía. Habían pasado ocho días desde lo del centro cívico y el pueblo se había vaciado otra vez, porque los de fuera vienen mientras hay algo y se van cuando lo hay de verdad, que es una cosa que yo no sabía y que aprendí aquel noviembre.
Me abrió con el delantal puesto y no se lo quitó.
—Pase, que se enfría.
Y en la cocina, encima de la mesa camilla, estaba el molde.
Uno de aluminio, redondo, con el borde ondulado, de esos que se vendían en las ferreterías de este país entre 1975 y 1990 y que ya no se fabrican. Estaba fregado y boca abajo encima de un paño, y al lado había un cuenco, un vaso medidor y un paquete de levadura.
—Estaba haciendo uno —dijo.
—Ya lo veo.
—Todavía no. —Puso el agua a calentar—. Estaba con lo de antes de hacerlo, que es lo que lleva tiempo.
Y en la pared, encima del banco de obra, seguían las tres fotos. La boda de los ochenta. Las mujeres del comedor escolar con delantal. Y la tercera, boca abajo, apoyada, con la trasera de cartón hacia fuera y la anilla de alambre.
Yo, el 10 de octubre, sentado en aquella misma silla, calculé que llevaba doce años así.
Me equivoqué en once.
⁂
Puso el té. Puso las pastas en el plato de diario. Y luego fue al aparador, abrió el cajón de arriba, sacó la funda de plástico rígido y la puso encima de la mesa, entre los dos.
—Usted ha estado dos meses queriendo mirar esto —dijo—. Míralo.
Y me tuteó, como el 3 de noviembre, y ya no volvió a tratarme de usted en su vida.
Le di la vuelta a la funda y la puse delante de mí.
Una hoja de rayas, impresa, con los nombres a máquina, sellada al calor por las cuatro esquinas. Cinco nombres. Tres tachados con rotulador permanente, dos con marca de asistencia, un sexto escrito a mano con el que se borra, y debajo una raya vacía.
—Ferrer, Rosario —leí.
—Esa soy yo.
—¿Y por qué está usted la primera?
Rosario Ferrer se sentó enfrente y se puso las manos en el regazo.
—Porque un crío de nueve años vivía en mi casa con un hombre que le pegaba, y lo sabían siete críos de este pueblo, y lo sabía la vecina, y lo sabía el cabo del puesto, y lo sabía medio Villafranca. Y la única persona de este pueblo que no lo sabía era yo.
—Charo.
—No. Eso no. —Levantó una mano quince centímetros de la mesa y la volvió a bajar—. Eso no lo digas, que llevo veintisiete años oyéndolo y no lo he creído nunca.
—Yo no iba a decir eso.
—Pues eres el primero.
Se calló un momento.
—Yo trabajaba de siete a cuatro en el comedor y luego limpiaba en dos casas hasta las siete.
Y él estaba en casa. Y mi hijo tenía nueve años y no me dijo nada nunca, ni una vez, y yo le vi dos golpes en dos años y le pregunté y me dijo que se había caído.
—Cogió una pasta y no se la comió—. Y yo le creí, porque los críos se caen.
Esa es la verdad entera y no hay otra, y no busques dónde ponerla, que llevo veintisiete años buscándolo.
⁂
—Larrea, Sebastián —leí.
—Ese se lo llevó.
—Se lo llevó sin querer.
—Se lo llevó sin querer y lo devolvió sin querer también, que fue lo que tardó. —Charo movió la taza dos centímetros—. Yo a ese hombre no lo he odiado nunca. Y no es por bondad. Es porque si aquella noche mi hijo no se mete en aquella furgoneta, mi hijo se vuelve a mi casa.
—Landa, Fito.
—Ese mandó la batida al río sabiendo que en el río no había nada. Y ese sabía lo de la casa desde el noventa y ocho y lo archivó dos veces. Y ese cobró por eso todos los meses durante veintisiete años y a mí me daba la mano los martes.
—¿Usted lo sabía?
—Yo sabía lo del río y lo de los avisos. Lo del dinero me lo trajiste tú.
—Gascón, Purificación.
Y ahí aquella mujer tardó en contestar.
—A la Puri le doy la mitad —dijo—. Ella traspapeló un papel porque se lo pidió el cabo del puesto y ella tenía treinta y seis años y una plaza que perder.
Y se pasó veintisiete años sabiéndolo, y se le puso en la cara desde marzo, y me dijo a mí en septiembre que quería contar una cosa antes de irse. Y no le dio tiempo.
—Ella me lo dijo a mí también.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque me lo dijo a mí primero.
⁂
—Ojeda, Maribel.
—Esa vio meterse a un crío en una furgoneta y se calló cuatro días.
—Me lo contó el miércoles.
—Y a mí me lo contó el jueves. —Charo Ferrer se quedó mirando la hoja—. Veintisiete años y tres meses.
—¿La ha perdonado?
—Yo no perdono a nadie, Gonzalo. Yo no soy nadie para eso. —Le dio la vuelta a la funda para que la hoja quedara mirándola a ella—. Yo lo que hice fue montar un sitio donde pudieran decirlo.
—¿Y por qué esos cinco y no otros?
—Porque son los cinco que podían haberlo traído a casa en cuarenta y ocho horas.
Y me los contó otra vez, con el dedo encima del plástico, uno por uno, y esta vez no dijo lo que hicieron. Dijo lo que podía haber pasado.
Si Maribel Ojeda dice el domingo lo que vio el sábado, el domingo por la tarde se para una furgoneta blanca en la carretera de Cuenca.
Si el cabo del puesto no manda la batida al río el martes, el miércoles se peinan las carreteras y los repartos.
Si el análisis del patio vuelve del laboratorio con un grupo que no es el del crío, el jueves alguien pregunta en aquella casa quién sangró.
Si Sebastián Larrea dice la verdad el 17 de agosto, se acaba el 17 de agosto.
Y si ella no hubiera creído que un crío se cae.
—Cinco personas y cuarenta y ocho horas —dijo Rosario Ferrer—. Eso es esta hoja.
Y ahí está.
Estuvo diez minutos explicándomelo y lo voy a poner en cuatro frases, porque en cuatro frases lo dijo ella.
En el año 2000, aquella mujer fue a la Guardia Civil dos veces y a un juzgado una, y le dijeron lo que le dijeron, y no volvió más.
—Yo no podía obligar a nadie a decir nada —dijo—. No tengo un uniforme, ni un despacho, ni dinero. Yo tengo cuarenta años de comedor escolar, que es un sitio donde se le pone de comer a la gente todos los días a la misma hora hasta que se acostumbra.
—Charo, eso son tres años de martes.
—Son ciento cincuenta y ocho.
—¿Y qué esperaba?
—Esperaba lo que ha pasado. —Rosario Ferrer se echó hacia delante—.
Que si yo pongo a esas cinco personas en una habitación, con un orden del día, y les hago hablar de agosto de 1999 una hora y media a la semana, un día alguno dice algo.
No hace falta apretar a nadie. Hace falta que estén y que se aburran.
Y luego dijo la frase que a mí me tuvo tres noches sin dormir.
—Y aquí nadie miente. Aquí no se dice, que es distinto. Y una cosa que no se dice, si la tienes hora y media a la semana delante, en algún momento se dice sola.
⁂
—Y luego dejó de ser eso —dije.
Rosario Ferrer se levantó, fue al banco de obra, cogió el molde de aluminio y lo puso en la mesa, entre los dos, boca arriba.
—El martes 28 de enero de 2025 —dijo— entró un hombre por esa puerta con un bizcocho hecho en un molde igual que este.
—Y usted lo reconoció.
—Yo lo conocí antes de que llegara a la mesa.
—¿Por la cara?
—Por cómo llevaba la fuente.
Y eso es lo único de aquella tarde que no puedo escribir sin pararme.
—Con las dos manos y separada del cuerpo —dijo Charo Ferrer—.
Como se lleva una cosa caliente cuando te han enseñado a llevarla y tienes miedo de que se te caiga.
Y a ese crío se lo enseñé yo cuando tenía siete años, para que me llevara la fuente del comedor a la mesa larga, y no me llegaba a la altura de la mesa.
Se quedó mirando el molde.
—Yo estuve tres días sin poder tragar. Y al cuarto día me di cuenta de una cosa, y es que ese hombre había vuelto a este pueblo y llevaba año y medio aquí sin llamar a mi puerta.
—¿Y no fue usted?
—No.
—¿Por qué?
—Porque si yo voy a esa casa y llamo a esa puerta, ese hombre se va.
—Lo dijo sin dramatizarlo, como quien explica un horario de autobús—.
Un hombre que lleva veintiséis años sin volver y que cuando vuelve no llama, es un hombre que está mirando.
Y al que está mirando no se le llama: se le deja mirar.
—Y entonces qué hizo.
—Cambié el club.
Y eso es lo que yo tardé dos meses en entender y lo que sigue pareciéndome la cosa más grande y más rara que ha hecho nadie en aquel pueblo.
—Aquello era un juicio —dijo Rosario Ferrer—. Yo tenía a cinco personas sentadas y las tenía allí para que dijeran lo que hicieron. Y desde el 28 de enero de 2025 dejó de ser eso.
—¿Y qué era?
—Un regalo.
Se sirvió más té.
—Yo no le puedo devolver a mi hijo lo que pasó. No puedo hacer que ese hombre no le pegara y no puedo hacer que se levantara alguien en este pueblo a decirlo en 1998. Eso no se arregla.
—No.
—Pero puedo sentar a esa gente delante de él todos los martes a las siete de la tarde y hacer que hablen de aquello. Y ellos no saben que se lo están contando a él. Y él está ahí sentado y lo oye.
Y me miró.
—Llevan tres años pidiéndole perdón sin saberlo. Y es la única manera que tiene este pueblo de pedir perdón, y yo lo sé, porque soy de aquí.
⁂
Y entonces le pasé la factura, porque alguien tenía que pasársela y porque llevaba dos meses sabiendo que iba a ser yo.
—Charo.
—Dime.
—El 6 de octubre, en esa sala, se reconstruyó la muerte de la Puri con turnos para hacer de cadáver, y se midió el tiempo de caída de una escalera con una cinta métrica de albañil, y Fito Landa dio veinte minutos de clase sobre orificios de entrada y de salida con una pistola de aire comprimido.
Rosario Ferrer dejó la cucharilla.
—Y el 8 de septiembre, en esa misma sala, un hombre dijo que la zapatilla era la clave. Y a las tres semanas había una zapatilla puesta de pie en el suelo de una rebotica.
—Sí.
—Y en el episodio 211 se leyó en antena una frase de un acta que decía que el asesino empezaría por el que movió el cuerpo. Y a Fito Landa lo movieron cuatro metros y medio por una hierba mojada para dejarlo a la vista desde el camino.
—Sí.
—Usted montó una sala donde durante tres años, todos los martes, siete personas dijeron en voz alta y con acta cómo se comete y cómo se disimula esto. Y dos de ellas lo copiaron.
Y aquella mujer no dijo nada durante bastante rato, y no se defendió, y no me discutió ni una fecha.
Y las fechas eran todas suyas, porque las apuntó ella.
—Ya lo sé —dijo.
—¿Desde cuándo?
—Desde el 29 de septiembre a la una de la tarde, en la calle Mayor, cuando la cría leyó el acta en voz alta delante de veinte personas y yo entendí de dónde había salido aquella zapatilla. —Se quedó mirando el molde—. Y llevo desde entonces sin dormir del tirón.
—Charo, eso no lo arregla que usted no duerma.
—No.
—¿Y entonces?
Rosario Ferrer levantó la cabeza.
—Entonces nada, Gonzalo. Entonces no hay nada que decir. Yo puse a esa gente en una habitación para que hablaran y hablaron, y a mí me salió bien, y a la Puri le costó la vida.
—Usted no podía saber...
—No me haga eso. —Y me lo dijo con una dureza que no le había oído nunca—. Eso es lo que le dijeron a usted el 3 de septiembre cuando llegó, y lo que me lleva diciendo este pueblo a mí veintisiete años. Que una no podía saber. Ya está bien.
Se levantó, cogió el cuenco y se puso de espaldas, delante del banco de obra.
—Yo monté eso —dijo—. Y funcionó. Y funcionó de las dos maneras.
Y batió.
Y esa es la única vez en cuatro meses en que yo he visto a Rosario Ferrer Bonet hacer una cosa por no tener que mirar a alguien a la cara.
⁂
Y quedaba la raya.
Le puse el dedo encima, en aquella cocina, encima del plástico.
—Charo. ¿Para quién es?
Rosario Ferrer no contestó a eso. Contestó a otra cosa, que es lo que hace ella.
—El 3 de septiembre, a las siete de la tarde, me llamó Maribel para decirme que había un perito en el pueblo y que se llamaba Táboas.
—Ya.
—Y yo llevaba desde 1999 esperando ese apellido, porque en este pueblo hubo dos Táboas y se fueron los dos, y uno se murió en Lugo en 2011 y del otro no sabía nada nadie.
—Charo.
—Y el martes 8 entraste por esa puerta y dijiste tu nombre. —Cogió la funda plastificada y la levantó veinte centímetros de la mesa—. Y esta raya está aquí desde que yo mandé imprimir esta hoja, en marzo de 2024, y la plastifiqué con la raya dentro. Y no la puse porque te estuviera buscando.
—¿Entonces?
—Una no persigue a un crío de doce años —dijo Rosario Ferrer—. Lo espera.
⁂
Y entonces se lo dije.
Se lo había dicho a su hijo el 6 de noviembre, en la cabina de una furgoneta, y aquello me costó once minutos y me dejó vacío tres días.
Esto era otra cosa. Esto era decírselo a la madre.
Se lo dije de pie, porque me levanté sin darme cuenta, en una cocina de la calle del Horno con un molde de aluminio encima de la mesa, y tardé cuatro frases.
Que aquella noche yo estaba en el escondite.
Que le vi la ceja abierta y no pregunté, y que llevábamos dos años sin preguntar, y que a los doce años nos parecía que estábamos siendo leales.
Que le dije al oído dónde esconderse.
Y que lo dije porque quería ganar.
Rosario Ferrer me escuchó sentada, con las manos en el regazo, sin moverse.
Y cuando terminé, esperó los tres o cuatro segundos que espera ella, y dijo:
—Esa frase lo salvó.
—Charo...
—Esa frase lo salvó, Gonzalo. Al que había que esconderlo de verdad era de la casa.
Y se levantó, cogió el paquete de levadura y lo abrió, porque tenía un bizcocho a medias y porque en aquella cocina las cosas se hacen mientras se dicen.
—Siéntate, anda —dijo—. Y coge una pasta, que las he sacado para eso.
Cogí una pasta.
Y Rosario Ferrer, de espaldas, delante del banco de obra, con el cuenco en una mano, sonrió.
Fue la segunda vez en tres meses.