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El plan éramos dos personas.
Eso hay que decirlo antes de nada, porque lo que pasó después ha salido en los periódicos de una manera que no fue.
El plan lo hicimos Rosario Ferrer y yo en un banco de piedra a la puerta del cementerio, el lunes por la tarde, y consistía en que ella y yo nos quedáramos dentro del edificio después de cerrar, a oscuras, y viéramos quién entraba.
Dos personas. Ella, porque tiene la llave. Yo, porque me tocaba.
A las diez y cuarto, cuando ya estaba el vestíbulo vacío y Fina había pasado la fregona por el pasillo, Charo le dijo a Fina que ya cerraba ella y Fina se fue.
Y en la sala 2 quedábamos cinco.
⁂
Empezó Maribel Ojeda.
—Yo no me voy.
—Maribel, vete a tu casa.
—Que no me voy. —Se sentó otra vez y se puso el bolso en las rodillas—. Yo he visto la cara que has puesto cuando la del pódcast ha preguntado por la libreta y yo a ti te conozco desde que tenías catorce años. Aquí va a pasar algo esta noche.
—No va a pasar nada.
—Pues entonces no pasa nada y estamos aquí las dos sentadas hasta las doce, y mañana me río yo.
Vane Puértolas estaba de pie con el abrigo puesto.
—Yo tampoco.
—Tú te vas a casa de tu abuela —dijo Charo—. Está hablado con tu madre.
—Ya lo sé que está hablado con mi madre. Lleváis dos días hablando de mí. —Se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo—. Yo grabo. Es lo único que sé hacer y es lo que hace falta.
Y entonces Rosario Ferrer sacó el argumento de una mujer que lleva tres años sabiendo exactamente qué botón hay que apretar en cada persona de aquel pueblo, y le salió mal por primera vez.
—Punto siete del protocolo. Nadie del club queda con nadie de noche fuera de su domicilio.
—Eso lo aprobaste tú —dijo Vane— y tú estás aquí.
—Yo tengo la llave.
—Punto dos: las parejas las asigna la presidencia. Asigna.
Hubo cuatro segundos de silencio.
—Ojeda con Puértolas —dijo Rosario Ferrer.
—Ferrer con Táboas —dijo Maribel Ojeda, que lleva tres años tomando nota de todo.
Y quedaba uno.
Andrés Sanz había recogido las sillas, como todos los martes, y estaba de pie junto al montón de la Semana del Misterio con las manos en los bolsillos de la cazadora de trabajo.
—Yo me quedo —dijo.
—Usted no está en la lista.
—Ya lo sé.
Y no dijo nada más, y no se movió de al lado de aquel montón, y Rosario Ferrer estuvo mirándolo desde el otro extremo de la sala unos segundos que a mí me parecieron muy largos y que probablemente fueron dos.
—Está bien —dijo.
Así que el plan éramos dos personas y a las diez y veinte de la noche del martes 10 de noviembre de 2026 éramos cinco, y quiero que quede escrito por qué, porque no fue por valor.
Fue porque aquella mujer había puesto por escrito, seis semanas antes, que en aquel club nadie se quedaba solo.
Y porque nadie encontró con quién dejar a nadie.
⁂
Nos escondimos detrás del montón de la Semana del Misterio.
Es lo más ridículo que he hecho en mi vida y lo volvería a hacer. Dos metros y medio de pared con cuatro paneles enrollados de metro ochenta, una mesa plegable de canto, tres cajas de camisetas del ayuntamiento y una silla plegable roja de dieciocho euros con una cartulina que pone RESERVADO.
Detrás de eso caben cinco personas si tres se sientan en el suelo.
Charo apagó las luces a las diez y media. Dejó el armario metálico cerrado con llave, porque forzar un armario metálico hace ruido y porque quien fuera a entrar tenía que hacer ese ruido.
Y antes de sentarse, sacó del bolso el temporizador de cocina y le dio cuerda entera.
—Sesenta minutos —dijo—. Si a las once y media no ha pasado nada, nos vamos a casa y mañana me llamáis tonta.
Y lo metió otra vez en el bolso, y el bolso lo dejó a su lado, en el suelo, y aquel aparato estuvo cincuenta y cinco minutos haciendo el ruido que hace, que es como un insecto pequeño trabajando muy en serio.
Estuvimos a oscuras cincuenta y cinco minutos.
Cincuenta y cinco minutos son mucho tiempo. Yo he estado ocho horas en un tejado con granizo y no es lo mismo, porque en un tejado uno se mueve.
A los veinte minutos me empezó la rodilla derecha, que la tengo mal desde 2019 y que no aguanta doblada.
A los treinta me la cambié de postura y crujió, y crujió tanto que Vane me buscó en la oscuridad y me puso la mano en el brazo para que me estuviera quieto.
A los cuarenta tenía el pie dormido y la espalda contra un panel enrollado que a la media hora deja de ser una pared y pasa a ser un canto.
Y todo el rato, muy cerca, el olor a plástico nuevo de trescientas camisetas metidas en cajas de cartón.
De aquellos cincuenta y cinco minutos me acuerdo de tres cosas.
De que Maribel Ojeda, a los veinte minutos, dijo en voz muy baja que tenía que ir al servicio y que aguantó.
De que Vane Puértolas tenía el móvil grabando desde las diez y veintiocho, boca arriba en el suelo, con la pantalla tapada con un folleto de la Semana del Misterio.
Y de que Andrés Sanz estuvo la hora entera sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, a metro y medio de su madre, y ninguno de los dos dijo una palabra, y a mitad de aquello ella alargó el brazo en la oscuridad y le puso la mano en el hombro y la dejó allí un rato.
Eso no lo vio nadie más porque estaba oscuro.
Yo sí lo vi, porque estaba enfrente.
⁂
A las once y veinticinco se oyó la puerta de atrás.
El centro cívico de Villafranca del Cierzo era una piscina cubierta y las piscinas cubiertas tienen puerta de servicio. Da al callejón, es metálica, la usan para meter el material de limpieza y tiene una cerradura de las de mil novecientos noventa.
La forzaron con un destornillador plano en cuatro o cinco intentos, y sonó, y sonó bastante, y no le importó a nadie porque a las once y media de la noche en aquella calle no hay nadie.
Luego se oyeron unos pasos por el pasillo.
Luego se paró en el vestíbulo, mucho rato, y a mí se me pasaron por la cabeza en aquel rato treinta y cinco años de cosas.
Y luego se abrió la puerta de la sala 2 y entró una luz de móvil.
⁂
Fue directo al armario.
No dio la luz. No miró la sala. No comprobó nada. Cruzó los cinco metros que hay de la puerta al armario metálico y metió un destornillador entre las dos hojas, a la altura de la cerradura, e hizo palanca dos veces.
El armario metálico de la sala 2 del centro cívico de Villafranca del Cierzo es de los de chapa de ochenta centésimas y se abre con un destornillador en dieciocho segundos. Yo los conté.
Sacó las cuatro cajas de arriba y las puso en el suelo.
Y entonces hizo una cosa que a mí me demostró, más que ninguna otra, cuántas veces había pensado aquel hombre en aquello.
No abrió las cajas encima de la mesa. Se agachó, las abrió en el suelo, y fue sacando las carpetas de gomas de una en una y poniéndolas boca abajo a su lado en una pila, en el mismo orden en que salían.
Iba a dejarlo todo como estaba.
Las once o doce carpetas de la caja de EXPEDIENTES le llevaron tres o cuatro minutos, porque las abría, pasaba las hojas con el pulgar a la luz del móvil y las cerraba.
Zapatilla. Helicóptero. Balsa de riego. Declaraciones. Cronología. Vehículos. Prensa comarcal. Admisiones.
Y la que ponía Suspensión del 18/08 (tarde) .
Yo estaba a cuatro metros, detrás de un panel enrollado de metro ochenta, y vi por el hueco cómo aquel hombre abría aquella carpeta y cómo se quedaba quieto.
Y luego sacó una libreta de tapa de hule negro con las esquinas redondeadas y una goma.
⁂
Se encendió la luz.
La dio Rosario Ferrer, que llevaba cincuenta y siete minutos sentada en el suelo a metro y medio del interruptor.
Rufino Cañas Bergua estaba de rodillas entre cuatro cajas de cartón abiertas y una pila de carpetas de gomas puestas boca abajo, con una libreta de hule negro en la mano izquierda y un destornillador plano en la derecha.
Y Charo dijo:
—Rufino.
Aquel hombre se levantó del suelo con una rapidez que no le correspondía a sus setenta años, y no dijo absolutamente nada, y fue hacia la puerta.
Y en la puerta estaba Maribel Ojeda.
Setenta y cuatro años, un metro cincuenta y ocho, con el abrigo puesto y el bolso colgado del brazo, de pie en el marco de la puerta de la sala 2 con las dos manos en el quicio.
—Quita, Maribel.
—No.
Lo que pasó después duró, según la grabación de Vanesa Puértolas, cincuenta y un segundos.
⁂
Voy a contarlo despacio porque lo he tenido que contar tres veces en un juzgado.
Rufino Cañas empujó a Maribel Ojeda con el antebrazo izquierdo y Maribel Ojeda se dio contra el marco y se cayó, y en ese momento nos movimos los cuatro a la vez.
Yo llegué el primero porque estaba más cerca y porque tengo treinta y nueve años.
Le cogí del brazo derecho, que era el del destornillador, con las dos manos, y no lo solté en cincuenta y un segundos, y me lo pasó por el antebrazo izquierdo de arriba abajo y me hizo un corte de once centímetros que no me dolió hasta el día siguiente.
Vane Puértolas cogió el extintor de la pared del pasillo, que es de seis kilos, y no supo qué hacer con él, y lo que hizo fue quitarle el pasador y darle en la espalda con el culo del extintor, y luego, cuando aquel hombre se giró, le dio en la cara con el chorro.
Aquello es lo que lo paró. Un extintor de polvo a metro y medio, en la cara, en una habitación cerrada.
Andrés Sanz lo cogió por detrás, por debajo de los brazos, y lo tiró al suelo con él encima, y allí es donde llegaron las dos sillas.
Las dos sillas plegables rojas.
La del club, que es la del comedor escolar de 1978 y que llevaba en el testero desde el 8 de septiembre con su cartel, la trajo Rosario Ferrer.
Y la otra, la réplica de dieciocho euros que compró el ayuntamiento para que se hicieran fotos, la sacó del montón Maribel Ojeda desde el suelo, sentada, sin levantarse, tirando de una pata.
Le pusieron las dos sillas encima, abiertas, una sobre los brazos y otra sobre las piernas, que es una cosa que no se le habría ocurrido a nadie que hubiera estudiado esto.
Y Maribel Ojeda, setenta y cuatro años, con las medias rotas y el abrigo blanco de polvo de extintor, se sentó encima de la de las piernas.
Y se quedó allí sentada.
En el bolso de Rosario Ferrer, en el suelo, a dos metros, empezó a sonar el temporizador de cocina.
Sonó los sesenta segundos enteros y no lo cogió nadie porque teníamos todos las manos ocupadas, y cuando terminó, en aquella sala llena de polvo blanco, con cinco personas por el suelo y un hombre de setenta años debajo de dos sillas plegables rojas, Rosario Ferrer dijo:
—El minuto ha terminado.
⁂
El sargento Íñigo Bericat entró a las once y treinta y cinco.
Cuatro minutos después de que Maribel Ojeda se sentara encima de una silla plegable, y cinco después de que aquel hombre me abriera el antebrazo, y seis después de que entrara por una puerta que había forzado con un destornillador plano.
Y quiero que quede escrito por qué llegó, porque no fue por mí y no fue por nadie de aquella sala.
Fina Used Bello, cincuenta y nueve años, lleva once años limpiando el centro cívico de Villafranca del Cierzo y se jubila en marzo.
La puerta de servicio del callejón, que es la que da al cuarto de la fregona, no cierra bien desde hace tres inviernos y hay que darle con la cadera.
Fina lo sabe y no lo ha dicho nunca en un pleno porque para qué.
Aquella noche, Charo le dijo que ya cerraba ella y Fina se fue a su casa a las diez y cuarto.
Y a las once y veintiocho, volviendo de casa de su hermana, que vive en la travesía, Fina Used pasó por el callejón porque pasa por el callejón todas las noches desde hace once años, y vio la puerta de servicio abierta y la cerradura reventada.
No entró.
Se fue hasta la esquina, sacó el móvil y llamó al cuartel.
Eso es lo único que salió bien aquella noche en Villafranca del Cierzo, y no lo hizo un plan, ni un perito, ni una presidenta con temporizador. Lo hizo una mujer que sabe qué puerta de su edificio no cierra.
Cuando yo se lo agradecí, en enero, en el pasillo del centro cívico, con la fregona de por medio, Fina Used me contestó lo siguiente:
—Es que si no la cierro yo se me mete el gato.
⁂
Detuvo a Rufino Cañas Bergua a las once y treinta y siete minutos de la noche del martes 10 de noviembre de 2026, en el suelo de la sala 2 del centro cívico de Villafranca del Cierzo, como presunto autor de la muerte de Adolfo Landa Bielsa.
Y le leyó los derechos con la voz que se le pone a un hombre de treinta y cuatro años que lleva dos años y medio en un puesto en el que no pasa nada.
Y después nos miró a nosotros.
Y lo que dijo entonces no lo voy a poner entero porque no hace falta, y porque las cuatro personas que estábamos allí lo tenemos aprendido.
Nos preguntó, señalándome el brazo, si nos parecía que aquello era una manera de hacer las cosas.
Le preguntó a Maribel Ojeda, que tiene setenta y cuatro años y estaba sentada en el suelo con las medias rotas, si a ella le parecía normal estar allí a las once y media de la noche.
Le preguntó a Vanesa Puértolas, que seguía con el extintor cogido con las dos manos, qué habría hecho ella si aquel hombre hubiera ido a por Charo en vez de a por la puerta.
Y a mí me dijo, delante de todos y a metro y medio, dos frases que llevo desde entonces sabiéndome de memoria.
—Yo se lo dije a usted ayer. En mi mesa, de pie y a voces.
—Sí.
—Pues ya está.
Y no volvió a mencionarlo. Ni aquella noche, ni en la declaración del miércoles, ni en el juicio de 2028, ni la única vez que se lo saqué yo en un bar en 2029.
Aquel hombre nos tapó. Puso en el atestado que cinco socios de la asociación se encontraban en el local por acuerdo de la propia asociación, adoptado en sesión y con hoja de firmas, lo cual es literalmente cierto y no explica absolutamente nada, y con eso pasó por delante de un juez, de un fiscal y de una defensa.
Y a cambio nunca nos ha dicho una palabra más del asunto.
Le quitaron las dos sillas.
Y cuando lo levantaron, con las manos a la espalda y la cara y el pelo blancos de polvo, Rufino Cañas miró la sala.
Miró a Maribel Ojeda, que estaba sentada en el suelo con las medias rotas. Miró a Vane, que seguía con el extintor en las manos. Me miró a mí, que estaba sangrando en el brazo.
Y miró a Rosario Ferrer.
Y a Rosario Ferrer le dijo la última cosa que le ha dicho en su vida, que fueron cinco palabras, y las dijo con la misma voz con la que le dio el pésame a una mujer de Monreal el 2 de octubre.
—Rosario, que yo no fui.
La libreta se la llevó Bericat en una bolsa, delante de dos testigos, con acta.
Ninguno de los cinco la abrió.
Y Rosario Ferrer, cuando ya no quedaba nadie en aquella sala, cogió del suelo la silla plegable roja del comedor escolar de 1978, la cerró, la abrió, la puso en el testero contra la pared, en su sitio, y le colocó encima el cartel plastificado.
Y luego se agachó y recogió la cartulina de la otra.