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Me dieron nueve puntos en el brazo izquierdo en el centro de salud de Villarquemado a las ocho de la mañana, y la enfermera me preguntó cómo me lo había hecho, y le dije que con un destornillador, que es verdad.
—¿Trabajando?
—Más o menos.
A las diez estaba en el cuartel de Villafranca del Cierzo, que aquel miércoles parecía otra cosa.
Habían llegado a las siete y media dos coches de la Comandancia de Teruel y una furgoneta, y en la puerta había cuatro periodistas y una unidad móvil de una televisión autonómica aparcada en el vado del ambulatorio, y el ambulatorio se quejó, y con toda la razón.
Y dentro, en un pasillo con seis sillas, estábamos los cinco esperando a declarar.
Por turnos.
Rosario Ferrer, Maribel Ojeda, Vanesa Puértolas, Andrés Sanz y yo, sentados en fila en seis sillas de plástico, delante de una puerta, esperando a que nos llamaran de uno en uno, desde las diez de la mañana hasta las tres y veinte de la tarde.
Con una máquina de café que no funcionaba.
A la una y media teníamos todos hambre y ninguno lo dijo, porque en este país no se dice, y a las dos y cuarto ya se oía.
Yo llevaba desde el desayuno con nueve puntos en el brazo y con esa mezcla de sueño y adrenalina vieja que deja el cuerpo cuando lleva doce horas sin bajar, y me sonaba la tripa en el pasillo de un cuartel, sentado al lado de la mujer a la que le habían quitado un hijo.
De aquellas cinco horas y veinte minutos podría escribir un libro entero y sería mejor que este.
Diré solo que Maribel Ojeda se llevó dos bocadillos de tortilla envueltos en papel de aluminio y los repartió a las doce y media; que Vanesa Puértolas se pasó tres horas contestando mensajes de once medios distintos y no atendió a ninguno; que Rosario Ferrer se levantó una sola vez en toda la mañana, a las dos, para preguntar en la ventanilla si íbamos a poder comer, y que la respuesta fue que dependía.
Y que Andrés Sanz estuvo las cinco horas largas en la última silla, sin móvil, sin periódico y sin decir nada, y que a las tres y cuarto se levantó, salió a la calle y volvió a los diez minutos con cinco cafés de la máquina del bar del frontón, en vasos de plástico, en una bandeja de cartón, y le dio el primero a su madre.
Y que su madre le dijo gracias, hijo.
Lo dice todo el mundo en este país. Lo dice la panadera y lo dice el del butano. No significa nada.
Yo estaba enfrente y le vi la cara a los dos, y me tuve que mirar los zapatos.
⁂
A mí me tomaron declaración a las cuatro menos veinte y duró dos horas y media, y en esas dos horas y media entregué lo que llevaba encima desde el 21 de octubre.
Once páginas de cuaderno, fotocopiadas aquella mañana en el estanco.
El cotejo.
Que en la escena de Purificación Gascón hay un elemento y viene de un acta que leyeron siete personas.
Que en la escena de Adolfo Landa hay tres elementos y los tres están en un pódcast que oye media España.
Que una firma es una firma porque se repite y que allí no se repite ni una sola cosa.
Que en un caso hubo que colocar una zapatilla de pie en una habitación cerrada y en el otro hubo que arrastrar cuatro metros y medio a un hombre de noventa kilos por una hierba mojada.
Que la vela se apagó porque en aquel campo, en octubre, una vela no dura tres minutos.
Y que la zapatilla estaba blanca por dentro.
El teniente que me tomó declaración, que era de Teruel y que llevaba veinte años en esto, leyó las once páginas en veinticinco minutos sin decir una palabra.
Y luego dijo dos cosas.
La primera fue que por qué no había ido con aquello el 21 de octubre.
Y le contesté la verdad, que es que el 21 de octubre aquellas once páginas señalaban a cinco personas vivas de las cuales dos eran mujeres de sesenta y ocho y setenta y cuatro años, y que yo no tenía ni un solo dato para elegir entre las cinco.
La segunda fue que aquello no iba a servir para nada.
—¿Cómo que no?
—Le va a servir para cerrar. —Dejó las once páginas encima de la mesa y las alineó—. No para juzgar. Para cerrar.
⁂
Lo que pasó con aquello lo supe en diciembre y lo pongo aquí porque es el sitio.
A Rufino Cañas Bergua lo ingresaron en prisión provisional el jueves 12 de noviembre por el homicidio de Adolfo Landa Bielsa.
Solo por ese.
La libreta de hule negro no era una confesión. Era una contabilidad. Ochenta y una páginas con dos columnas, fecha e importe, y una anotación cada mes desde octubre de 1999, con la letra de un hombre que apuntaba todo y que subrayaba dos veces lo que le parecía importante.
En la primera página, arriba, escrito una sola vez y con otro bolígrafo, hay tres líneas.
14/11/98 — aviso vecinal, voces, C/ Horno. Archivado sin actuaciones.
22/06/99 — íd. Archivado sin actuaciones.
R. C.
Y en la página cincuenta y nueve, después del apunte del 2 de octubre de 2026, que es el último de la columna, hay una línea escrita el 13 de octubre y son dos palabras.
Ha entrado.
Con eso hay móvil. Con el móvil, con las trescientas veinticinco imposiciones en efectivo del día 2 de cada mes, con el forzamiento de una puerta de servicio a las once y veinticinco de la noche, con un destornillador, con nueve puntos en el brazo de un perito de seguros y con cincuenta y un segundos grabados por una chica de veintiséis años que llevaba el móvil boca arriba debajo de un folleto, hay causa.
De la muerte de Purificación Gascón Ibáñez no va a responder nadie.
Se le atribuyó a Adolfo Landa Bielsa y el procedimiento se archivó por extinción de la responsabilidad criminal por fallecimiento del investigado, que es la fórmula, y que quiere decir que aquel hombre no ha sido condenado ni absuelto ni juzgado y que no va a serlo nunca, y que su hermana Amparo, que vive en un tercero sin ascensor de Monreal del Campo, va a tener que vivir el resto de su vida en un pueblo donde todo el mundo sabe una cosa que ningún tribunal ha dicho.
Y se le atribuyó, además de por mis once páginas, por una cosa que estaba en el atestado del registro del 21 de octubre y que a mí no me enseñó nadie hasta enero.
En el armario del cuarto de arriba de la casa de la calle del Sol, dentro de una bolsa de plástico de un comercio de Calamocha, había una zapatilla infantil del pie izquierdo, del número treinta y tres, sin usar.
Las zapatillas se venden de dos en dos.
En el suelo de la rebotica de aquella farmacia, el 29 de septiembre de 2026, había una del pie derecho, sucia por fuera y blanca por dentro.
Aquel hombre compró un par, ensució uno con las manos y con prisa, y se quedó el otro en una bolsa en el armario de su cuarto durante veintiún días.
Y el que entró en aquella casa entre el miércoles y el domingo, y desmontó una estantería de bricolaje y la volvió a montar tres dedos a la derecha, no la encontró.
Porque no la estaba buscando.
Y de los malos tratos de 1997, 1998 y 1999 en una cocina de la calle del Horno no se abrió nada, porque han pasado veintisiete años y porque en este país eso prescribe.
Y del caso de agosto de 1999 no se abrió nada tampoco.
Sigue como está desde el 14 de agosto de 1999. Diligencias previas, autor desconocido, sin cuerpo. El gran caso sin resolver de Villafranca del Cierzo va camino de los treinta años sin resolver, y va a llegar, y va a haber un aniversario, y va a venir gente de fuera.
Y sigue sin resolverse porque nunca ocurrió.
⁂
Maribel Ojeda me lo contó aquella misma tarde.
Salimos del cuartel a las cinco y veinte, los cinco, y en la calle había cámaras, y Rosario Ferrer cruzó por delante de las cámaras con el bolso en el brazo y sin acelerar el paso, y detrás fuimos los demás.
Y a la altura de la panadería, Maribel Ojeda me cogió del brazo bueno.
—Usted me preguntó una cosa en el hogar del jubilado el día del entierro de la Puri —dijo.
—Sí.
—Y yo le dije que eran tonterías de vieja.
—Sí.
—Pues no lo eran.
Y me lo contó de pie, en la acera de la calle Mayor, a las cinco y media de la tarde del miércoles 11 de noviembre de 2026, y no me lo contó en once frases y sin adornarlo, que es como lo he escrito arriba y que es mentira.
Me lo contó como cuenta las cosas Maribel Ojeda, que es la única manera que tiene.
—Yo desde que murió mi marido, en el ochenta y siete, tengo la costumbre de asomarme antes de acostarme. Que no es por cotillear, ¿eh?, que es porque me quedé sola y una casa sola de noche hace unos ruidos que no sabe usted. Y me asomo, y veo la calle, y ya me acuesto tranquila.
—Ya.
—Y en fiestas más, porque en fiestas aparcan ahí todos los de fuera. En la travesía. Porque detrás del frontón caben treinta y en fiestas vienen ochenta.
—Maribel.
—Que ya voy, hijo. Que si no se lo cuento así no se lo cuento.
Y se puso el bolso en el otro brazo y siguió.
—Aquella noche me asomé. Y en la travesía estaba la furgoneta del Sebas, que la conozco yo como conozco la mía, que era blanca y tenía el rótulo medio despegado por el lado de la puerta. Y estaban los críos corriendo entre los coches, que se oían desde el frontón, que estaban jugando al escondite.
—Sí.
—Y vi a uno meterse por la puerta de atrás.
Se calló.
—Y ya está. Eso es todo. Yo vi a un crío meterse en una furgoneta y me acosté.
—¿Sabía quién era?
—No.
—¿Seguro?
—Hijo, eran las once y media de la noche, estaba oscuro y yo estoy en un primero. —Y ahí me miró—. Vi a un crío. Un crío de los de esa edad. Y me hizo gracia, porque el sitio era bueno.
Y a la mañana siguiente, cuando se supo, no dijo nada.
—¿Por qué?
Y esto lo dijo tal cual, y lo he repetido tres veces en un juzgado y las tres lo he repetido tal cual, porque no se puede decir mejor.
—Porque a las tres de la tarde ya había cien personas en esa calle y el Sebas estaba entre las cien.
—Y usted qué pensó.
—Yo pensé lo que piensa cualquiera. Que si yo digo eso el domingo por la tarde, delante de cien personas, estoy señalando al Sebas.
Y el Sebas estaba allí, con las botas puestas, buscando.
Y si yo lo digo y luego resulta que no era nada, que el crío se subió y se bajó y se fue por su pie, yo he señalado a un vecino delante del pueblo entero.
—Ya.
—Y de eso no se vuelve, hijo. En un pueblo de eso no se vuelve nunca.
—Y esperó.
—Y esperé a estar segura. —Se ajustó la rebeca—.
Esperé al domingo por la noche. Y el lunes ya había el doble de gente.
Y el martes vinieron los del helicóptero.
Y el miércoles apareció la zapatilla en la acequia y ya lo decían todos, que el crío se había ido al río, y una furgoneta ahí ya no pintaba nada.
—Y entonces.
—Y entonces ya no se podía decir.
—¿Por qué no?
Maribel Ojeda me miró con esa paciencia que se les tiene a los niños y a los peritos.
—Porque llevaba cuatro días sin decirlo.
Y ahí está todo. Ahí está este pueblo entero y este libro entero.
No se calló para tapar a nadie. Se calló dos días por prudencia y al tercer día ya no se podía hablar, porque hablar el tercer día ya no era contar una cosa: era confesar que se la había callado dos días.
Y así estuvo veintisiete años.
—¿Y por qué me lo cuenta ahora?
—Porque ya no le hace daño a nadie —dijo.
Y luego dijo lo último, y lo dijo mirando la persiana de la panadería, que estaba bajada.
—Y porque llevo veintisiete años asomándome a esa ventana todas las noches. Y ya me he asomado bastante.
Igual que todo lo demás. Igual que lo de la Puri, que se murió con las carpetas puestas en orden y sin poder contarlo. Igual que lo mío, que lo dije por primera vez a los veintisiete años, solo, en una habitación de hostal, a nadie.
En este pueblo se cuenta todo.
Tarde.
⁂
Jueves, 12 de noviembre
Llegó a las cuatro de la tarde en un Ibiza rojo con matrícula de Cuenca y aparcó en la plaza, delante del ayuntamiento.
Yo iba andando hacia el centro cívico a devolverle a Charo unos papeles y la vi bajarse del coche, y me paré en mitad de la calle.
Milagros Sanz Pardo, setenta años, con un abrigo bueno de los de guardar y el pelo blanco recogido, en la plaza de Villafranca del Cierzo, a las cuatro de la tarde de un jueves de noviembre.
Veintisiete años y tres meses.
Le preguntó a una mujer que pasaba por el club.
—¿El club ese de los martes? Pues eso está en el centro cívico, hija, pero hoy no hay.
—¿Y la señora que lo lleva?
—Pues esa estará allí, que está siempre.
Y se fue andando calle arriba con el bolso en el brazo, y yo fui detrás por la otra acera, cuarenta metros por detrás, y no me enorgullezco.
Rosario Ferrer estaba en el vestíbulo del centro cívico con la puerta abierta, recogiendo los cuatro paneles de la Semana del Misterio, que llevaban desde el 2 de noviembre esperando a que alguien decidiera algo.
Y Milagros Sanz se paró en la puerta.
No entró.
Se quedó en el escalón, con el bolso en las dos manos, y Rosario Ferrer se giró desde el fondo del vestíbulo con un panel enrollado en los brazos.
Se miraron.
Yo estaba a treinta metros, en la acera de enfrente, parado, con una carpeta debajo del brazo, y lo que pasó allí duró un segundo o dos y no hubo ni un gesto que se pueda describir.
Dos mujeres de setenta años, en la puerta de un centro cívico que fue una piscina, con veintisiete años y doscientos kilómetros entre las dos.
Rosario Ferrer dejó el panel apoyado en la pared.
—Pase —dijo—, que hay café.
Y entraron las dos y se cerró la puerta.
Yo me quedé en la acera de enfrente, y a los tres o cuatro minutos di media vuelta y me fui al hostal, porque hay sitios donde uno no pinta nada.
De lo que se dijeron aquella tarde no sé una palabra y no he preguntado nunca.
Solo sé que Milagros Sanz Pardo se quedó a dormir en el hostal, en la habitación siete, y que cenó abajo, sola, un plato combinado que es en realidad tres platos separados en el mismo plato.
Y que a las nueve y media entró Andrés Sanz por la puerta del hostal, que no había entrado allí en su vida, y se sentó a cenar con ella, y estuvieron hora y media.
Y que la dueña, que lleva en aquel hostal desde 2004 y que piensa los nombres a conciencia, no le dio ninguna importancia, porque en Villafranca del Cierzo un repartidor que se llama Sanz cena con una señora que se llama Sanz y eso no es una noticia.
Es una familia.