El club del crimen de los martes 32
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A las siete menos veinte de la tarde, en el centro cívico de Villafranca del Cierzo, había ciento cuarenta personas.

El séptimo es martes.

Íñigo Bericat llegó a las siete menos cinco, de paisano, y se quedó de pie al fondo, junto a la puerta, con las manos por delante. No dijo nada al entrar y no le preguntó nada a nadie.

Rufino Cañas llegó a las siete menos siete con la carpeta de las fotos.

Se sentó donde se sienta, que es de espaldas a la ventana, y le preguntó a Maribel Ojeda por la rodilla, y le dijo a Vane que la había visto muy pálida y que a ver si dormía.

Y a las siete en punto, Rosario Ferrer sacó la funda plastificada del bolso y dijo lo que dice.

—Martes es martes. Se abre la sesión: que nadie falte.

—Ferrer, Rosario. Presente.

Tres rayas.

—Ojeda, Maribel.

—Presente.

—Cañas, Rufino.

—Presente.

—Y los de fuera de lista.

Vane levantó el bolígrafo. Andrés levantó dos dedos. Yo levanté la mano, que es lo que hago desde septiembre.

⁂

Vane leyó el acta de la sesión anterior. Se aprobó.

Y en el punto dos, Rosario Ferrer dijo:

—Punto único. Repaso integral, mil novecientos noventa y nueve a hoy.

Sacó del bolso cuatro folios grapados y los puso encima de la mesa, y sacó el temporizador de cocina y lo puso al lado, y se puso las gafas.

—Esto lleva tres años pendiente y no lo hemos hecho nunca porque no cabe en una tarde. —Pasó la primera hoja—. Hoy cabe, porque hoy nos vamos a las diez.

Alguien del fondo dijo que a las ocho y media cierran.

—Hoy no —dijo Charo—. Hoy tenemos la sala hasta las diez y he pagado yo la hora extra de Fina.

Y empezó.

Voy a contar aquellas tres horas por partes, porque por partes es como fueron, y porque lo que pasó en aquella sala no lo hizo nadie con un discurso.

Lo hizo una mujer de sesenta y ocho años leyendo un orden del día de cuatro folios en voz alta, por orden cronológico, delante de ciento cuarenta personas, sin levantar la voz ni una vez y sin decir una sola mentira.

Y quiero dejar escrito, porque después se ha dicho lo contrario, que Rosario Ferrer no acusó a nadie aquella noche. Ni una vez. Ni con una insinuación.

Se limitó a poner las cosas en orden.

⁂

Punto uno. Los días 12, 13 y 14 de agosto de 1999.

Quién estaba en el pueblo. Qué había en el programa de fiestas.

A qué hora empezó la verbena. Se leyeron los nombres de los siete críos que jugaban al escondite detrás del frontón, que constan en el sumario, y yo oí mi nombre dicho en voz alta en aquella sala por primera vez y no se giró nadie, porque en el sumario pone Táboas Rey, Gonzalo, doce años, y en aquel pueblo yo era el del seguro.

Se giró una persona.

Andrés Sanz estaba en su silla de siempre, en el lado corto de la U, con las manos en las rodillas. Y cuando Charo Ferrer leyó los siete nombres, giró la cabeza y me miró tres segundos, y luego volvió a mirar la mesa.

Punto dos. La denuncia. Las cuarenta y ocho primeras horas.

Punto tres. La batida. Los cuatro días. Los tres puestos, el helicóptero del segundo día, los ochenta corrales, la balsa de riego.

Punto cuatro. La orientación de la búsqueda.

—Consta en el sumario, folio ciento nueve, diligencia de la mañana del 17 de agosto de 1999, firmada por el cabo don Adolfo Landa Bielsa —leyó Charo—: se dispone la orientación de la búsqueda hacia el cauce.

Levantó la vista.

—Se dispone. No dice por qué. En el sumario no hay ni una línea que explique por qué el 17 de agosto la búsqueda se va al río.

Y pasó al punto cinco.

Aquello es lo que hizo aquella mujer durante tres horas. Leer un documento, decir lo que no pone, y pasar de punto.

⁂

Punto siete, y aquí empezó lo otro.

—Manchas de sangre en el patio de mi casa. Fotografiadas el 16 de agosto. Muestra remitida al laboratorio comarcal el 17 de agosto con el parte de remisión firmado por la auxiliar doña Purificación Gascón Ibáñez. El resultado no aparece en ninguna parte y no hay diligencia que explique por qué.

Maribel Ojeda dijo:

—Eso ya lo hablamos.

—Eso lo hablamos el 6 de octubre, sesión ciento cincuenta y tres. —Charo cogió el acta y la levantó—. Y consta en acta lo que dijo aquel día don Adolfo Landa. Lo voy a leer entero.

Y lo leyó entero.

Aquella sangre era AB negativo. En el patio de aquella casa vivían tres personas y ese grupo no aporta nada, porque en una casa se corta todo el mundo. Aquello no era una escena, era una cocina.

Dejó el acta.

—Hipótesis de trabajo —dijo Rosario Ferrer—.

Una. Si el resultado no llegó nunca, don Adolfo Landa no podía saber el grupo.

Y lo sabía. Dos. En aquella casa vivíamos tres personas.

Mi hijo era del grupo cero positivo y consta en su cartilla de pediatría, que la tengo yo.

Yo soy A positivo y consta en la cartilla de donante, que también la tengo.

Se quitó las gafas.

—Esas son las dos que aporto. Las demás las pone cada uno.

En aquella sala había ciento cuarenta personas y ciento veinte eran del pueblo.

No dijo nadie nada.

Yo he estado en salas de vistas y en juntas de propietarios y en el velatorio de mi padre, y nunca he oído un silencio así, y lo que tenía de terrible es que era un silencio de gente haciendo una cuenta y decidiendo, todos a la vez y por su cuenta, no decirla.

Rufino Cañas estaba de espaldas a la ventana con las dos manos encima de la carpeta de las fotos.

No dijo nada. No protestó. No se levantó.

Sonrió.

Sonrió como sonríe uno cuando en una reunión se dice una cosa que no va con él, que es una manera de sonreír que hay que haber practicado, y siguió sonriendo cuatro o cinco segundos más de lo que dura eso.

—Punto ocho —dijo Charo Ferrer.

⁂

Punto siete bis, que no estaba en los cuatro folios y que Rosario Ferrer improvisó, y que fue lo único de aquella noche que no llevaba escrito.

Lo pidió Vane.

—Charo, perdona. En el punto siete has dicho quién firmó el parte de remisión de la muestra. ¿Podemos hacer lo mismo con todo?

—¿Con todo qué?

—Con las declaraciones. Quién declaró y quién no. —Vane tenía el cuaderno abierto—. Yo eso lo leí en antena el 14 de julio y no di ningún nombre, y me llegó un burofax.

Y allí, en la sala 2, se leyeron en voz alta los nombres de las ciento setenta y una personas que declararon en agosto de 1999.

Tardó once minutos. Se leyeron por orden alfabético y no se saltó ninguno.

Y al terminar, Rosario Ferrer dijo:

—Y en un pueblo que aquel año tenía quinientos ochenta y seis habitantes, hay cuatro personas mayores de edad que estaban en Villafranca aquella semana y que no declararon nunca. Los nombres no los digo yo. Están en el sumario.

Y pasó de punto.

Yo estaba mirando a Rufino Cañas y aquella fue la primera vez en toda la noche en que le vi hacer algo con las manos.

Se las puso encima de la carpeta de las fotos, una sobre otra, y las apretó.

⁂

Punto ocho. La zapatilla.

—Apareció el miércoles 18 de agosto de 1999 junto a la acequia madre. Consta en el sumario. Es la única pieza física del caso y es la que ha sostenido veintisiete años de trabajo.

Y entonces Rosario Ferrer dijo lo que dijo en 1999 y que no le hizo caso nadie, y lo dijo delante de todo el pueblo, y lo dijo sin ninguna amargura, que es lo que a mí me partió por la mitad.

—Aquella zapatilla no era de mi hijo. Lo dije el día 18 de agosto de 1999 delante del cabo del puesto y de dos guardias. Consta en el sumario, folio ciento treinta y cuatro, y consta también que el cabo hizo constar que la declarante se encontraba en estado de shock.

Se calló un momento.

—Mi hijo llevaba unas deportivas azules con la puntera de goma gris. Las compré yo en el mercadillo de Calamocha en junio de aquel año. Eran las únicas que tenía.

Y en el lado corto de la mesa en forma de U, Andrés Sanz miraba el tablero y no movía las manos.

Me tuve que agarrar al asiento de la silla.

Aquella mujer estaba describiendo en voz alta, delante de su hijo, los zapatos que le compró a su hijo en un mercadillo cuatro meses antes de perderlo.

Y su hijo la estaba oyendo.

Y de las ciento cuarenta personas que había en aquella sala, dos sabíamos lo que estaba pasando, y una era ella.

⁂

A las nueve menos veinte, Rosario Ferrer abrió el armario metálico.

Lo hizo delante de todo el mundo, para sacar la caja de EXPEDIENTES, porque en el punto once había que cotejar la carpeta de la cronología con el sumario.

Yo estuve mirando aquello y no miré la caja.

Miré a Rufino Cañas.

Rufino Cañas miró la llave. Miró la mano de Charo Ferrer meter la llave en la cerradura del armario, girarla, abrir las dos hojas, sacar la caja de arriba a la derecha, dejar el armario abierto, poner la caja en la mesa, quitar la tapa, sacar una carpeta de gomas de once o doce, y dejar la caja abierta encima de la mesa durante cuarenta minutos.

Y cuando terminó el punto once, la volvió a meter, y cerró el armario, y se guardó la llave en el bolsillo de la rebeca.

Yo estuve toda la sesión sin apartar la vista de aquel hombre y no le vi hacer nada que no haga un vecino en una reunión.

Ni una vez.

⁂

A las nueve y cincuenta, Maribel Ojeda hizo la pregunta.

—Charo. ¿Y lo de la libreta?

Se movió la sala entera.

Aquello lo sabía todo el mundo desde el lunes a las once de la noche, porque yo lo había dicho en una barra delante de doce personas, y en ciento cuarenta personas no había una sola que no lo hubiera oído.

—El punto trece era ese —dijo Rosario Ferrer, y miró el reloj de la pared—. Y son las diez menos diez.

—Pues ábrela.

—No.

—Charo.

—He dicho que a las diez nos vamos y son las diez menos diez.

—Cerró los cuatro folios grapados—. Eso es un documento de un socio fallecido que ha aparecido en el archivo de esta asociación.

Eso no se abre a estas horas delante de todo el mundo y con el sargento en la puerta.

Eso se abre con calma, con acta, y con dos personas delante que lo firmen.

—¿Y cuándo?

—El martes que viene.

Y en aquella sala de ciento cuarenta personas hubo un ruido de decepción de esos que se oyen en el fútbol.

Yo tenía la boca seca.

—Se levanta la sesión —dijo Rosario Ferrer—. Aquí no se olvida a nadie.

Eran las diez menos ocho de la noche del martes 10 de noviembre de 2026.

Se firmó la salida. Ciento cuarenta personas tardaron catorce minutos en desalojar aquel edificio.

Y en esos catorce minutos, en aquel vestíbulo, no habló nadie de la libreta.

Eso me dejó tonto entonces y me lo sigue dejando.

Ciento y pico vecinos salieron de allí después de tres horas en las que se había establecido, punto por punto y con fechas, que la sangre del patio no era del crío, que la zapatilla no era del crío, que la búsqueda se desvió al río sin ninguna razón escrita y que hay cuatro personas de aquel pueblo que no declararon nunca.

Y en el vestíbulo se habló de que hacía frío, de que la sala se había quedado pequeña y de que la Charo había aguantado tres horas de pie.

Aquí no se dice nada. Aquí se sabe todo y no se dice nada, y llevan haciéndolo veintisiete años, y aquella noche lo hicieron delante de mí en catorce minutos.

Rufino Cañas Bergua se despidió de todo el mundo, uno por uno, por orden de proximidad y diciendo el nombre de cada uno.

A Maribel Ojeda le dijo que se abrigara.

A Vanesa Puértolas le dijo que se fuera pronto a dormir.

Le dio la mano al sargento Bericat en la puerta y le preguntó por su padre, que está malo, y el sargento Bericat le contestó que va tirando.

Y se fue a su casa andando por la calle del Horno.