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Lo tenía todo y no tenía nada, y voy a explicar por qué, porque es la parte de esto que a la gente le cuesta y que a mí me da de comer.
Para que un juez de Calamocha abra diligencias contra Rufino Cañas Bergua por la muerte de Adolfo Landa Bielsa, hace falta un móvil.
El móvil son veintisiete años de pagos.
Los pagos son en efectivo y no llevan nombre, así que hay que explicar por qué pagaba.
Pagaba porque el cabo del puesto sabía lo que pasaba en aquella casa y lo archivó.
Y eso hay que probarlo, y para probarlo hacen falta dos cosas: la libreta, que lleva desaparecida desde el 20 de octubre y que se buscó dos veces en aquella casa sin encontrarla, o un testigo.
Y el único testigo vivo de lo que pasaba en la cocina de la calle del Horno entre 1997 y 1999 es un hombre de treinta y seis años que se llama Andrés Sanz, que hace repartos por la comarca, y al que a efectos de este país y de aquel pueblo enterraron simbólicamente hace veintisiete años sin cuerpo.
Si yo abro la boca, no meto a nadie en la cárcel.
Lo que hago es esto: se abre 1999 entero.
Se sabe que Enrique Ferrer está vivo. Se sabe que la presidenta del Club de Lectura y Actualidad Los Martes lleva tres años sirviéndole café a su hijo sin decirle a nadie que es su hijo.
Se sabe que un hombre de aquel pueblo se llevó a un niño a Cuenca en una furgoneta y pagó veintisiete años, y ese hombre está muerto y no puede explicarse. Y se sabe lo mío.
Yo lo puse en columnas el lunes por la mañana, en la habitación tres, porque lo pongo todo en columnas.
En la de lo que se gana: nada seguro.
En la de lo que se pierde: una mujer de sesenta y ocho años en la portada de todo, un hombre de treinta y seis que lleva tres años decidiendo no existir y al que se le quita esa decisión de un día para otro, una mujer de setenta años en un pueblo de Cuenca que va a tener que explicarle a un juez por qué crio a un niño que no era suyo durante quince años, y un pueblo entero al que se le acaba de golpe lo único que ha tenido.
Y a cambio de todo eso, un juez tiene delante a un vecino de setenta años que ingresaba dinero en efectivo en la cuenta de otro, sin ningún documento que diga que ese dinero era suyo.
Rufino Cañas sale de aquel juzgado por su propio pie y vuelve a Villafranca del Cierzo, y en Villafranca del Cierzo hay una chica de veintiséis años con un disco duro y con la ventana al patio.
Eso es lo que yo tenía el lunes 9 de noviembre por la mañana.
⁂
Fui al cuartel a las once.
El sargento Íñigo Bericat estaba en su mesa con la carpeta azul de gomas delante, la de COLABORACIONES CIUDADANAS, que a esas alturas estaba atada con dos gomas y no cerraba.
—Doscientas catorce —dijo, sin que yo preguntara, dándole con el dedo—. En dos meses.
—¿Y sirve alguna?
—Sirven todas. —Se echó atrás en la silla—. Para saber cuánta gente escucha ese pódcast. Doscientas catorce colaboraciones ciudadanas y las doscientas catorce empiezan diciendo que lo han oído en Crímenes y Croquetas . Ni una sola persona de este pueblo ha venido a contarme nada por su cuenta.
—Alguna habrá.
—Ninguna. —Y me miró—. Usted lo sabe mejor que yo, que se pasa los martes ahí.
Le expuse un caso.
Se lo expuse como se exponen estas cosas, que es de una manera que no engaña a nadie y que sirve igual: le dije que en otro expediente mío, de otra provincia, me había encontrado con una situación curiosa y que quería saber qué haría un profesional.
Un hombre que ingresa en efectivo el día dos de cada mes durante veintisiete años. Otro hombre del mismo pueblo con un motivo para pagarle. El que pagaba, vivo. El que cobraba, muerto de forma violenta seis días después de que los dos coincidieran por primera vez en una habitación.
Íñigo Bericat me escuchó entero. Tardó cuarenta segundos en contestar y contestó sin moverse.
—¿Y qué provincia es esa?
—Eso da igual.
—No da igual. —Se pasó la mano por la nuca—. Mire, Táboas. Yo llevo dos años y medio aquí. Y en dos años y medio he aprendido dos cosas de este pueblo. La primera es que aquí nadie miente. La segunda es que aquí nadie cuenta nada.
—Ya.
—Los supuestos no existen. Un supuesto con fechas exactas y con importes exactos no es un supuesto: es una denuncia mal hecha.
—Y se echó hacia delante—. Así que hágame el favor y no me haga esto, porque si usted me lo cuenta de verdad, yo tengo que actuar, y si actúo con lo que usted me acaba de contar, en cuarenta y ocho horas ese señor de su provincia sabe que alguien le ha ido con el cuento y sabe quién.
—Y no hay bastante.
—No hay bastante. —Bericat se quedó callado—.
Con lo que usted me ha contado yo puedo pedir movimientos, y para pedir movimientos hago falta un juez, y el juez me va a preguntar de dónde ha salido esto.
Y usted no puede ser de dónde ha salido esto, porque usted es un perito que ha estado mirando papeles de un muerto en el pasillo de la casa de su hermana.
Aquello me lo dijo mirándome, y era la primera vez en dos meses que aquel hombre me daba a entender que sabía dónde estaba yo el sábado.
—Entonces qué.
—Entonces no hay nada.
—Entonces no hay nada y usted se va a su hostal. —Se levantó y fue a la ventana, y cuando se giró tenía otra cara—. Y ahora le voy a decir yo una cosa a usted, y se la voy a decir sin la carpeta delante.
—Dígame.
—Que llevo dos meses viéndole a usted los martes en esa sala y que sé perfectamente lo que está haciendo. Y sé lo que está haciendo esa mujer, que lleva tres años haciéndolo, y me parece muy bien, porque yo no puedo hacer nada y ella tampoco y por lo menos ella lo intenta.
—Íñigo.
—Pero eso se acabó. —Y ahí sí levantó la voz, y fue la única vez en cuatro meses—.
Aquí ha habido tres muertos. Tres. Y en este pueblo hay un club de vecinos que se reúne los martes a hablar de ello con un temporizador de cocina, y una chica de veintiséis años que lo publica, y un perito de Zaragoza que se mete en almacenes cerrados durante una visita guiada de tres euros.
—Yo no he...
—Usted ha entrado en el Bar Nuevo el jueves 29 de octubre por la puerta del almacén, con la ruta dentro, y ha salido con fotos. —Volvió a la mesa y se quedó de pie—. Lo sé porque me lo dijo el chico de la gabardina, que le vio y que no sabía si tenía que decírmelo.
Yo no dije nada.
—A partir de hoy, usted no hace nada más. Ni usted, ni la del pódcast, ni la presidenta. Si alguno de ustedes sabe algo, viene aquí y me lo cuenta con nombres y con fechas, y firma. Y si no lo quiere firmar, se lo calla y se va a su casa.
—¿Y si alguien está en peligro?
—Si alguien está en peligro me llama usted a mí. —Cogió la carpeta azul y se la puso debajo del brazo—. A mí. No a la del pódcast, no a la presidenta y no se lo arregla usted solo.
—De acuerdo.
—No me diga de acuerdo. Dígame que sí.
—Sí.
Y no me lo creyó, y tenía razón, y yo salí de aquel cuartel a las once y cuarenta de la mañana del lunes 9 de noviembre de 2026 con el teléfono en el bolsillo y sin ninguna intención de usarlo.
Eso es lo que hay. No lo voy a maquillar.
Aquel hombre me dijo exactamente lo que había que hacer, me lo dijo en voz alta, me lo dijo enfadado y me lo dijo el día antes.
Y yo pensé lo que piensa un hombre que lleva dos meses creyéndose más listo que un sargento de treinta y cuatro años en un puesto de pueblo, que es que aquello, con lo que yo tenía, no iba a ninguna parte.
⁂
Lunes, 9 de noviembre, tarde
A Rosario Ferrer la encontré en el cementerio a las cinco y media, que es donde está los lunes, y lo sabe todo el pueblo y no lo dice nadie.
No hay ninguna tumba de Enrique Ferrer. Hay una placa en el muro del fondo, puesta por suscripción popular en 2001, con un nombre, dos fechas y la palabra ausente .
Aquella mujer va todos los lunes desde hace veinticinco años a limpiar una placa que ella sabe, desde enero de 2025, que no hace falta limpiar.
Y sigue yendo.
Le conté lo de Amparo Landa, lo de las once cajas y lo del día dos. Se lo conté entero, con los importes y con las fechas, de pie en un cementerio, con el cierzo dándonos de lado, y a mitad de la tercera frase supe que no le estaba contando nada nuevo.
—Usted ya lo sabía.
—Yo sabía que el Fito cobraba de alguien —dijo Charo Ferrer—. Lo que no sabía es que fueran quince mil pesetas.
—¿Desde cuándo lo sabe?
—Desde el noventa y nueve.
Y siguió pasando el trapo por la placa.
—Charo, si lo llevo al juzgado no pasa nada. Necesito un testigo y no lo tengo.
—No.
—Y lo que se abre lo sabemos usted y yo.
—Sí.
Y ahí se paró, con el trapo en la mano, y me miró de la manera en que lleva mirándome desde el 3 de noviembre, que es de frente.
Y nos dijimos, en cuatro frases, todo lo que no nos habíamos dicho en dos meses, y no dijimos ni un nombre.
—Usted tiene una cosa que yo no tengo —dijo—. Usted lo sabe desde hace cuatro días.
—Cinco.
—Y no se lo ha contado a nadie.
—No.
—Ni se lo va a contar.
—No.
—Muy bien. —Dobló el trapo y se lo guardó en el bolsillo del abrigo—. Entonces vamos a hacerlo mañana.
⁂
Lo diseñamos en el banco de piedra que hay a la entrada del cementerio, en veinte minutos, y quiero dejar por escrito que la parte difícil la puso ella.
La liturgia es suya. Eso lo dijo así.
—Mañana es sesión ordinaria —dijo—. Se abre a las siete, se pasa lista, se lee el acta y se hace lo de siempre. Tú no tienes que hacer nada raro. Lo raro no vale. Lo raro lo huele.
—¿Y qué hacemos entonces?
—Un punto del orden del día.
—¿Cuál?
Rosario Ferrer se quedó mirando el muro del cementerio.
—Repaso integral —dijo—. Del noventa y nueve a hoy. Todo, en orden, punto por punto, sin saltarse nada. Lleva tres años pendiente y no lo hemos hecho nunca porque no cabía en una tarde.
—Charo, eso son tres horas.
—Es que se trata de que sean tres horas.
—¿Y Vane?
Rosario Ferrer se giró.
—¿Qué pasa con Vane?
Se lo conté. Lo del retrovisor, lo de las peras, lo de los ocho minutos en el cuarto de arriba y lo del disco duro. Y lo de la barra del bar, y las nueve personas, y la luz encendida a las dos de la mañana.
Y le dije lo último, que es lo que a mí me tuvo el lunes sin poder tragar.
—Charo, su ventana no da a la calle. Da al patio.
Rosario Ferrer estuvo callada seis o siete segundos.
—Esa chica mañana no duerme en su casa —dijo.
—No va a querer.
—Va a querer. —Se levantó del banco—. Su abuela vive en la travesía, encima de la Maribel. Yo hablo con la abuela y la abuela habla con la madre, y a esa chica mañana la meten en esa casa a las once de la noche y no se entera ni ella de cómo ha llegado.
—¿Y esta noche?
—Esta noche voy yo a cenar a casa de sus padres —dijo Charo Ferrer—, que hace mucho que no voy.
Y así fue como aquel lunes, en un banco de piedra a la puerta de un cementerio, una mujer de sesenta y ocho años resolvió en cuarenta segundos el único problema de todo aquel asunto que no tenía que ver con el pasado.
Y la parte mía era una sola frase y había que decirla en el sitio adecuado, que en Villafranca del Cierzo no es el centro cívico ni es el ayuntamiento.
Es la barra del bar del frontón, entre las ocho y las nueve de la noche, cuando hay doce personas.
La dije el lunes a las ocho y veinte, hablando con Chusé, en voz normal, sin mirar a nadie.
Dije que el sábado había estado mirando papeles del club para lo del escaneo y que había aparecido, entre las cajas del archivo, una libreta de Fito.
Que estaba con los expedientes viejos.
Que no la había mirado nadie todavía y que mañana en la sesión la abrían.
Eso fue todo. Diecinueve palabras en una barra a las ocho y veinte de la noche de un lunes.
Chusé dijo «anda» y siguió secando vasos. Un señor del fondo preguntó si en la libreta venían nombres y yo dije que yo no la había abierto. Otro dijo que el Fito lo apuntaba todo, que eso lo sabía todo el mundo.
Y a las ocho y media ya estaba fuera de aquel bar, andando calle arriba sin mí.
Me fui a cenar, y subí a la habitación tres, y me acosté a las once, y no dormí.
Y no dormí porque llevaba dos meses en aquel pueblo aprendiendo cómo funciona, y aquella noche lo usé.
Aquí no hace falta contarle una cosa a nadie. No hace falta llamar, ni mandar un mensaje, ni decírselo al que tiene que enterarse. Aquí basta con decirla una vez, en la barra, delante de doce personas, y luego irse a su casa.
Antes de las once de la noche lo sabía Villafranca del Cierzo entera.
Y yo estuve hasta las cuatro de la mañana dándole vueltas a una sola cosa, que era que acababa de inventarme una libreta que estaba en una caja del archivo del club, y que me la había inventado porque no se me ocurrió nada mejor.
Aquello me parecía, aquella noche, la parte más floja del plan.