30
Fui a Monreal el sábado por la mañana con una excusa de las de mi oficio, que son las mejores porque son verdad.
A Fito Landa lo mató alguien. Cuando a alguien lo mata alguien y ese alguien tenía un seguro de vida, la compañía abre expediente, y aunque el suyo no era de la mía, en este país los peritos nos conocemos y una llamada de viernes por la tarde te dice si hay póliza y de quién.
La había. Cuarenta mil euros, beneficiaria su hermana.
Así que llamé a Amparo Landa y le dije la verdad: que soy perito, que no soy el suyo, que no le va a servir de nada hablar conmigo y que necesito mirar unos papeles de su hermano por un asunto que no tiene que ver con ella.
—Pues venga usted, hijo —dijo—. Que aquí no viene nadie.
Amparo Landa vive en un piso de Monreal del Campo, en un tercero sin ascensor, con una cadera mal y con las cajas de la casa de su hermano puestas en fila en el pasillo desde el domingo 25 de octubre.
Once cajas.
—¿Y esto lo va a mirar usted?
—Si me deja.
—Mírelo. —Se apoyó en el marco—. Yo no puedo agacharme.
Le pregunté por qué las había guardado.
—Porque me dijeron que lo del banco hay que guardarlo cinco años.
—¿Quién se lo dijo?
—El Rufo. —Amparo Landa se fue hacia la cocina—. El que me ayudó a vaciar. Un cielo de hombre. Ese me lo explicó todo.
⁂
Tardé cinco horas y media en aquel pasillo, sentado en un taburete que me sacó ella, con las once cajas.
Fito Landa no era Sebastián Larrea. Sebastián Larrea archivaba por años con separadores de cartulina y una letra que envejece y no cambia.
Fito Landa metía los papeles en sobres y los sobres en cajas de zapatos y las cajas de zapatos en cajas grandes, y encima de cada sobre escribía el año con un rotulador.
Pero lo guardaba todo. Los dos guardaban todo. Es lo que hacen los hombres que llevan mucho tiempo esperando que alguien les pida explicaciones.
Las cartillas y los extractos estaban en la caja siete y en la caja ocho, que eran las dos más pesadas, y estaban completos desde 1994.
Un jubilado de puesto de la Guardia Civil cobra su pensión el día veinticinco.
Fito Landa la cobraba el veinticinco. Pagaba la luz, el agua, el seguro del coche, el butano y la cuota del hogar del jubilado por domiciliación, y sacaba dinero en el cajero de Villarquemado dos o tres veces al mes en cantidades de las que saca cualquiera.
Y todos los meses, el día dos, ingresaba dinero en efectivo por ventanilla.
Yo lo vi por primera vez en el extracto de 2011 y pensé que era una casualidad. Lo volví a ver en 2012. Y entonces hice lo que llevo haciendo dos meses, que es contar, y saqué el bolígrafo y una hoja y me puse a ir hacia atrás.
Octubre de 1999.
El primero es del 2 de octubre de 1999 y son quince mil pesetas.
Y a partir de ahí, el día dos de todos los meses, sin fallar uno, durante veintisiete años.
En pesetas hasta 2001. Noventa euros con quince céntimos desde enero de 2002, que es lo que salen quince mil pesetas con la calculadora oficial y sin redondear.
Ciento veinte desde 2002. Ciento cincuenta desde 2010. Doscientos desde 2019.
Trescientos veinticinco ingresos. El último, el 2 de octubre de 2026, dieciocho días antes de que lo encontraran boca abajo en la acequia madre.
Cuarenta y ocho mil novecientos cincuenta y cuatro euros con cinco céntimos.
Y en aquel taburete, con la hoja en las rodillas, entendí por fin lo del bidón.
El sábado 17 de octubre, en el huerto tercero de la izquierda, Fito Landa quemó papel de folio, papel de carpeta, tres anillas de un archivador de dos y un trozo de goma elástica.
Un resguardo de ingreso en efectivo es un papelito de nueve centímetros. Trescientos veinticinco resguardos de nueve centímetros, guardados por un hombre que lo guardaba todo, no van en un archivador: van en un taco, y un taco de trescientos veinticinco papelitos se sujeta con una goma.
Aquel hombre quemó veintisiete años de resguardos y se dejó la libreta.
Y no fue un descuido, y esto es lo que a mí me tuvo tres días dándole vueltas.
Los resguardos solo demostraban una cosa, que es que él había ingresado dinero. Eso no le sirve a nadie y a él le hacía daño.
La libreta demostraba la otra, que es quién se lo daba.
Un hombre con miedo que se pone una tarde de sábado a quemar sus papeles en un bidón, y quema lo que le acusa a él y guarda lo que acusa al otro, no está borrando el rastro.
Está poniendo a salvo la única cosa con la que puede negociar.
Le quedaban dos días.
Me quedé sentado en aquel taburete, en el pasillo de un tercero sin ascensor de Monreal del Campo, con una hoja en las rodillas, haciendo la única cosa que sé hacer.
En Villafranca del Cierzo hay un hombre que el día 1 de cada mes, desde septiembre de 1999, ordenaba una transferencia.
Y hay otro hombre que el día 2 de cada mes, desde octubre de 1999, ingresaba dinero en efectivo por ventanilla.
Veintisiete años.
Uno pagaba lo que había hecho. El otro cobraba lo que sabía.
Y los dos se sentaron en la misma mesa, en la sala 2 del centro cívico, en junio de 2026, a hablar todos los martes de agosto de 1999.
—¿Ha encontrado lo que buscaba? —dijo Amparo Landa desde la cocina.
—Sí, señora.
—Pues quédese a comer, que he hecho.
Me quedé a comer.
⁂
El dinero en efectivo no lleva nombre. Eso lo sabe cualquiera y lo sé yo mejor que cualquiera, porque me he pasado veinte años sin poder demostrar cosas que sabía.
De vuelta, en la carretera, hice la lista de lo que tenía y de lo que no.
Tenía: veintisiete años de ingresos mensuales en efectivo, empezando cuarenta y nueve días después del 14 de agosto de 1999.
Tenía: un hombre que en agosto de 1999 era cabo del puesto y que firmó la diligencia que mandó la búsqueda al río.
Tenía: a un chico de nueve años que llegó al escondite con la ceja abierta aquella noche y a siete críos que no preguntaron porque llevaban dos años sin preguntar, y a un pueblo entero que lo sabía.
Tenía: dos avisos de 1998 y 1999 por ruidos y voces en una casa de la calle del Horno, que están en el libro de novedades del puesto y que Vanesa Puértolas leyó en antena en el episodio 212 sin dar un solo nombre, y que archivó sin actuaciones el cabo Landa.
Tenía: a un hombre que se opuso durante un mes a una admisión y que en dos debates de cuarenta y seis minutos en total no pronunció ni una sola vez el nombre del solicitante.
Tenía: el 13 de octubre. El 17 de octubre. El 19 de octubre.
El 13 entró en aquella sala. El 17 quemó sus papeles en un bidón y se dejó una libreta. El 19 salió andando de su casa de noche, dejando el coche en la puerta, con una pistola de aire comprimido de feria en el bolsillo.
Y tenía una cosa más, que llevaba apuntada desde el 20 de octubre y que hasta aquel sábado había sido lo contrario de lo que era.
Todos siguen sin tener coartada y ahora hay uno que sí.
Rufino Cañas estuvo en el bar del frontón la noche del lunes 19 hasta las once menos veinte y lo vieron nueve personas.
De la puerta del bar del frontón a la acequia madre, por el camino de abajo, hay treinta y cinco minutos andando.
Los he hecho yo, el sábado 7 de noviembre a las cinco de la tarde, con el móvil en la mano y el cronómetro puesto, y los hice a mi paso, que es el paso de un hombre de treinta y nueve años.
Aquel hombre no tenía una coartada.
Tenía una hora de salida.
Y en un pueblo donde nadie está con nadie a partir de las once de la noche, la única persona de la que consta a qué hora dejó de estar acompañada es la única de la que se sabe a qué hora empezó a estar sola.
No tenía nada.
Todo lo anterior, puesto delante de un juez, es un señor que ingresaba dinero y otro señor que era antipático.
⁂
Sábado, 7 de noviembre, tarde
A Vanesa Puértolas le rajaron el retrovisor izquierdo del coche.
No se lo rompieron: se lo rajaron. La carcasa entera, de arriba abajo, con algo fino. El cristal quedó entero y colgando.
Estuvo aparcado toda la noche del viernes en la calle de sus padres, que es una calle sin salida con cuatro coches.
Ella me lo enseñó el sábado a las siete y media, en la puerta de su casa, con el móvil en la mano haciéndole fotos, y a mí me pareció, y se lo dije, que en la Semana del Misterio habían entrado en aquel pueblo dos mil doscientas personas de fuera y que en Villafranca del Cierzo ya no se puede saber quién hace las cosas.
—Ya —dijo Vane—. Es que eso es lo peor.
—¿Vas a denunciar?
—¿Denunciar qué? Un retrovisor.
⁂
Domingo, 8 de noviembre
El domingo por la mañana, Rufino Cañas llamó a la puerta de la casa de los Puértolas.
Llevaba una bolsa con dos kilos de peras de un huerto suyo, que es una cosa que hace todo el mundo aquí en noviembre. Se las dio al padre de Vane, que estaba en la puerta, y se quedó veinte minutos hablando en el portal.
Y luego preguntó si podía subir a ver «eso de la radio».
El padre de Vane lo subió, porque cómo no lo iba a subir.
Vanesa Puértolas tiene el estudio en el cuarto de arriba, con un colchón viejo puesto de pie contra la pared para el eco y un cartel de la Feria del Libro de Zaragoza. Tiene la mesa, dos micrófonos, dos ordenadores y, en una estantería, tres años de material.
Rufino Cañas estuvo allí ocho o nueve minutos. Preguntó cómo funcionaba aquello. Le dijeron que con un programa. Preguntó dónde se guardaba. Le dijeron que en los ordenadores. Preguntó si eso se podía perder.
—Si se estropea el ordenador, ¿lo pierdes todo?
—Tengo copia.
—Menos mal —dijo Rufo—. ¿Y la copia dónde está?
Y Vanesa Puértolas, veintiséis años, que llevaba desde el 25 de octubre sin dormir bien, contestó lo que le salió, que fue la verdad.
—En un disco duro.
—Ah.
Y se bajó, y se despidió del padre, y le dijo que las peras eran de las que hay que dejar dos días.
⁂
Domingo, 8 de noviembre, noche
Y a las nueve y media de la noche del domingo, en el bar del frontón, delante de nueve personas, Rufino Cañas dijo la frase.
Estábamos hablando de la Semana del Misterio y de que Vane había vendido trescientas once camisetas, y alguien dijo que aquella chica trabajaba mucho, y Rufo, que estaba de pie en la barra con el codo apoyado, dijo:
—Trabaja demasiado.
—Es joven.
—Es joven, pero eso no es vida. —Le dio un trago corto—. Yo paso por su calle de noche, cuando bajo a cerrar el huerto, y a las dos de la mañana esa chica tiene la luz encendida. Todas las noches. Habría que decírselo a los padres.
Y hubo en aquella barra un murmullo de acuerdo, y una mujer dijo que su hija igual, y Chusé dijo que los jóvenes ya no duermen.
Y yo estaba a tres metros con una caña en la mano y no sentí absolutamente nada, porque no había nada que sentir. Un vecino de setenta años se preocupa por una chica del pueblo que trabaja hasta tarde.
Vane no estaba. Se lo conté el lunes.
Cuando se lo conté, Vanesa Puértolas se quedó quieta con el móvil en la mano y dijo una cosa que yo tardé cuatro horas en entender.
—Mi ventana no da a la calle.
⁂
Aquella noche del domingo puse todo lo del fin de semana en una hoja y no me salió nada, y me acosté a las doce.
Y me levanté a las tres y cuarto y encendí la luz y lo puse otra vez, en otro orden.
No en el orden en que había pasado. En el orden en que se hacen las cosas.
Primero se mira el coche. El coche está en una calle sin salida con cuatro coches y se sabe cuál es. Se raja un retrovisor, que no sirve para nada y que no se denuncia, y se mira qué hace ella. Y ella no hace nada.
Después se entra en la casa. Se entra con dos kilos de peras y con un padre que te abre la puerta, y se sube al cuarto de arriba, y en ocho minutos se ve dónde está todo, cuántos ordenadores hay y si hay copia. Y se pregunta dónde está la copia, y contesta.
Y después se dice en voz alta, en una barra, delante de nueve testigos, que uno pasa por su calle de noche y que a las dos de la mañana esa chica tiene la luz encendida.
Y esa frase, dicha así, delante de nueve personas que asienten, hace dos cosas a la vez.
A nueve vecinos les dice que aquel hombre se preocupa por una chica del pueblo.
Y a ella le dice que la mira por la noche.
Yo estuve sentado en la cama de la habitación tres del hostal, a las tres y media de la mañana del lunes 9 de noviembre de 2026, y hice lo que llevaba dos meses sin hacer, que es leer hacia atrás.
Un hombre que carga cuarenta veces por una escalera con setenta años.
Un hombre que le explica a la hermana de un muerto que lo del banco hay que guardarlo cinco años.
Un hombre que se sienta al lado de una mujer de setenta y cuatro años que está llorando delante de ciento diez personas y le pone la mano en la espalda y no dice nada durante minuto y medio, y luego le pregunta si la lleva a casa.
Un hombre que en una entrevista de admisión, con boli rojo y temporizador, contesta que del indicio uno se puede defender y que de la corazonada de un pueblo no te defiende ni Dios.
Un hombre que se ofrece a llevar el coche la noche que hay que ir a buscar a un desaparecido, que se hace cargo de la socia que peor anda y que propone empezar por el bar.
Yo he escrito en este cuaderno, de mi puño y letra, que aquel hombre era el mejor de aquel salón. Lo escribí el 2 de octubre y no lo he tachado y no lo voy a tachar.
Y es verdad. Ese es el asunto. Todo eso es verdad y lo otro también.
En la casa de la calle del Horno, en 1998 y en 1999, hubo dos avisos por voces. Los archivó sin actuaciones el cabo del puesto. Y desde el 2 de octubre de 1999, el día dos de todos los meses, durante veintisiete años, aquel cabo ingresó dinero en efectivo por ventanilla.
El 13 de octubre de 2026, el hombre que pagaba entró en la sala 2 y se sentó a aquella mesa.
Y el que cobraba se pasó cuarenta y seis minutos oponiéndose sin decir su nombre.