El club del crimen de los martes 29
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Me llamó a las siete y cuarto de la tarde. Sonó una vez y colgó, y a los diez segundos me llegó un mensaje de tres palabras.

Detrás del frontón.

Hacía cierzo. Bajaba de la sierra desde media tarde y a las siete y media la calle estaba vacía y la temperatura era la que es en Villafranca del Cierzo en noviembre, que es tres grados menos de la que dice el termómetro.

Detrás del frontón hay una explanada de tierra apisonada con dos farolas, una de ellas fundida desde antes de que yo llegara. En fiestas caben treinta coches. En noviembre no hay ninguno.

La furgoneta estaba con el morro hacia la pared, en el sitio de más al fondo, con las luces apagadas y el motor parado. Me subí por la puerta del copiloto.

Estuvimos allí dos horas y veinte minutos y no arrancó ni una vez, y a la hora larga hacía tanto frío que se nos veía el aliento dentro de la cabina.

Hablamos con la ventanilla subida, mirando los dos hacia delante, hacia una pared de frontón, que es la manera en que dos hombres de este país son capaces de decirse las cosas.

⁂

Empezó él, y empezó por el final, que es como empieza la gente que lleva mucho tiempo callada.

—Yo no sabía que se había muerto hasta el martes por la mañana.

—El Sebas.

—El Sebas.

Se quedó un momento con las dos manos en el volante, con el volante parado.

—Yo estuve allí el lunes por la noche. En la bodega. Del treinta y uno al uno.

Y me lo contó entero, y voy a ponerlo aquí como me lo contó, sin ordenarlo, porque ordenarlo sería mío y esto no es mío.

Había bajado a hablar con él por la puerta del almacén, que él dejaba abierta. Le había estado dando vueltas seis días, desde el martes 25, desde que después de la reunión se acercó al Bar Nuevo y estuvo cuarenta minutos en la barra tomándose una caña sin decir nada y se fue.

Aquella noche entró y le dijo lo que había ido a decirle.

—Le dije: Sebas, soy Quique.

Dijo que el hombre no dijo nada durante mucho tiempo. Que se sentó en una caja. Que después se levantó y sacó dos vasos y una botella y sirvió dos.

Que él no bebió.

—Y me abrazó. Medio. —Andrés Sanz se miró las manos—. Del abrazo se acuerda uno de lo que pesa el otro.

Y luego el hombre empezó a hablar y no paró en cuarenta minutos, y le contó lo que ya sabían los dos y lo que ninguno de los dos había dicho nunca en voz alta, y le pidió perdón cuatro veces, y le dijo que llevaba veintisiete años esperando aquello y que se había figurado quinientas veces cómo iba a ser y que no era así.

Y después le dijo que al día siguiente iba a ir a la Guardia Civil.

—¿Eso le dijo?

—Eso me dijo. Y lo iba a hacer.

Andrés Sanz se marchó de allí a la una y media de la madrugada por la puerta del almacén. El hombre se quedó abajo. Estaba entero cuando se fue: eso lo dijo dos veces y lo dijo despacio.

—Yo he pensado mucho si lo dejé mal.

—No lo dejó mal.

—Usted no estaba.

—No. Pero he medido esa escalera.

Y no le conté los siete peldaños, ni el interruptor de arriba, ni la barandilla que cede tres centímetros, ni la bombilla sin tulipa, aunque lo tenía todo en la boca y aunque llevaba dos meses viviendo de eso.

Porque a un hombre que está llorando en una furgoneta no se le lee un informe.

—Eso se lo firmo yo —dije—. Ese hombre se cayó por una escalera que llevaba veinte años esperando a que alguien se cayera por ella.

Andrés Sanz no dijo nada durante un rato.

—Yo le dije mi nombre y a las dos horas estaba muerto —dijo—. Eso es lo que hay.

Y ahí estuve a punto de decir lo mío y no lo dije todavía, y me quedé mirando la pared del frontón.

⁂

Lo de Cuenca me lo contó en veinte minutos y sin adornos.

Se despertó cuando le abrieron la puerta de atrás, en una explanada, de noche, con un hombre gritándole que de dónde salía. Le dolía la cara. Se acordaba del frío y de que olía a vino.

Estuvo tres días en aquella casa metido en una habitación de arriba. El hombre subía y bajaba. La mujer no le preguntaba nada y le daba de comer.

Al tercer día le dijeron que lo llevaban de vuelta, y él dijo que no.

—Dije que no —repitió—. Con nueve años. Se lo dije a los dos, delante, en la cocina.

—¿Y por qué?

—Porque en aquella casa nadie me pegaba.

Eso lo dijo así, mirando la pared del frontón, con las manos en el volante de una furgoneta parada.

Y no lo voy a explicar más, porque llevo desde entonces intentando explicármelo y he llegado a la conclusión de que un hombre de treinta y nueve años que no ha tenido hijos no tiene nada que decir sobre eso.

La mujer se llama Milagros Sanz Pardo y no le preguntó nada durante quince años.

Le puso su apellido en 2003, cuando hubo que ponerle algo para el instituto, y lo arregló un gestor de Teruel que cobró ciento ochenta euros en efectivo y que no hizo preguntas porque en 2003 en este país no las hacía nadie.

Y todos los meses, el día uno, llegaba dinero.

—Yo lo supe a los catorce —dijo—. Le pregunté qué era aquello y me dijo que era del Sebas. Y le pregunté por qué y me dijo que porque el Sebas era así.

Estudió hasta los dieciséis en Priego. Trabajó en el campo, en una gasolinera, en una empresa de transporte de Cuenca. Sacó el carné. Se compró la furgoneta.

Volvió en octubre de 2023.

—¿Por qué?

Andrés Sanz tardó en contestar y luego contestó una cosa que no me esperaba.

—Por saber si le había hecho falta a alguien.

⁂

Y lo que se encontró es lo que hay que contar, y es lo peor de todo esto, y lo dijo sin ninguna amargura, que es lo que lo hace insoportable.

Se encontró un pueblo que llevaba veinticuatro años queriéndole.

Se encontró una placa. Se encontró que en las fiestas se guarda un minuto de silencio desde 2001. Se encontró un club de seis personas que se reúne todos los martes de siete a ocho y media para hablar de él, con actas, con temario y con expedientes.

Se encontró que era la única cosa interesante que le había pasado a aquella gente.

—El primer año iba a los martes y me sentaba al fondo —dijo—. Y les oía. Y decían cosas de mí que yo no sabía. Que yo era muy listo. Que yo cantaba en el coro, y yo no he cantado en ningún coro. Que la Charo me tenía muy bien criado.

—¿Y usted qué hacía?

—Traía el bizcocho.

Se calló un momento.

—El primer día no lo llevé para nada —dijo—. Lo hice porque me apetecía hacerlo y porque hacía veinte años que no lo hacía, y lo llevé porque no iba a comérmelo yo solo. Y a la semana siguiente me preguntaron si traía. Y ya traje.

—¿Y nunca lo ha probado?

—No.

—¿Por qué?

Andrés Sanz se quedó mirando la pared del frontón un rato largo.

—Porque yo sé a qué sabe —dijo.

Y después dijo lo otro, que es lo que hay que contar y lo peor de todo esto, y lo dijo sin ninguna amargura, que es lo que lo hace insoportable.

—Es que si yo aparezco, se acaba. Se acaba el club, se acaba el minuto de silencio de las fiestas y se acaba lo que esa gente lleva veintisiete años teniendo. Y lo que aparece en vez de eso es un tío de treinta y seis años que hace repartos y que no tiene nada que contar.

—Eso no es verdad.

—Es verdad y usted lo sabe. —Y se giró por primera vez—. Usted el 3 de septiembre entró en un bar y le contaron lo del crío. ¿Se lo contaron con pena o se lo contaron con gusto?

No le contesté, porque me acordaba perfectamente.

—Y no es culpa de nadie —dijo—. Esa gente no ha hecho nada malo. Es que en un pueblo de cuatrocientos, en veintisiete años, no pasa nada. Y a mí me pasó.

⁂

Se lo dije a las nueve y veinte.

Se lo dije mirando la pared, con las dos manos en las rodillas, en el orden en que ocurrió y sin ponerle nada, que es como se lo había contado a nadie la noche del 25 de octubre en una habitación de hostal.

Le dije que yo viví aquí de los seis a los doce. Le dije que aquella noche estaba en el escondite. Le dije que le vi la ceja y no pregunté. Le dije que a Rubén le tocaba contar y que corríamos entre los coches y que él se reía tanto que no podía correr.

Y le dije lo que le dije al oído.

Y le dije que me fui a los churros. Y que el miércoles fui a la vaquilla. Y que al lunes siguiente, en el ayuntamiento, con mi madre al lado, dije que jugamos al escondite y que se escondió y que no lo encontramos, y que cada palabra de aquello era verdad.

Y que me fui de este pueblo el 3 de octubre de 1999 y que no se lo he contado a nadie en veintisiete años.

Andrés Sanz me escuchó entero. No me interrumpió ni una vez.

Cuando terminé estuvo callado un rato largo, mirando la pared del frontón, y luego se pasó la mano por la cara.

—Yo eso no lo recordaba —dijo.

—¿El qué?

—Lo de la furgoneta. —Se encogió de hombros—. Yo me acuerdo de correr y me acuerdo de que me metí. No me acordaba de que me lo hubieras dicho tú.

Y ahí me tuteó él también, y no lo hizo a propósito, y yo me quedé sin aire.

—Pero si me lo dijiste tú, mejor.

—¿Mejor?

—Claro. —Andrés Sanz se giró en el asiento y se quedó mirándome de frente en una cabina a oscuras, con el aliento de los dos delante—. Gonzalo, tú me dijiste que ahí no me encontraría ni Dios.

—Sí.

—Pues tenías razón.

Y entonces hizo la única cosa que he visto hacer a aquel hombre en tres meses que se pareciera a una sonrisa.

—Me salvaste la vida, imbécil.

⁂

De lo que hablamos después de aquello no tiene interés escribir mucho, porque fueron cuarenta minutos de dos hombres decidiendo cosas prácticas con la voz rara.

Decidimos que aquello no salía de la furgoneta. De momento. Ni a Vane, que se lo merecía. Ni al sargento Bericat, que lo necesitaba. Ni a Maribel, ni a Rufo, ni a nadie.

—¿Y su madre? —dije.

Andrés Sanz se quedó mirando el volante.

—Mi madre lo sabe desde el primer día.

—¿Se lo ha dicho?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca. —Metió la llave en el contacto y no la giró—. Ella me abre la puerta, me da los buenos días y me pregunta por la furgoneta. Y yo le llevo un bizcocho. Llevamos tres años así.

—Andrés.

—Ya lo sé.

—Eso hay que arreglarlo.

—Ya lo sé.

Arrancó. Salió de la explanada marcha atrás, sin luces, con la habilidad de quien ha hecho aquella maniobra mil veces, y me dejó en la esquina del hostal a las diez menos veinte de la noche del viernes 6 de noviembre de 2026.

Y antes de que yo cerrara la puerta, dijo lo último.

—Oye. Lo del martes que viene.

—¿Qué pasa el martes que viene?

—Que yo esta semana no llevo bizcocho.

Cerré la puerta y se fue.

Aquella noche dormí cuatro horas y me desperté a las cuatro y media con una sola cosa en la cabeza, y no era ninguna de las que llevaba dos meses persiguiendo.

Si Enrique Ferrer está vivo y lleva tres años viviendo en Villafranca del Cierzo, entonces en aquel pueblo no se ha cometido ningún crimen en 1999.

Y llevan nueve semanas muriéndose personas por un crimen que no existe.