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Rosario Ferrer volvió de Teruel a las diez y veinte de la noche. Lo sé porque me lo contó Fina al día siguiente y porque en este pueblo entra un coche de noche y se entera todo el mundo, que es una cosa que me habían explicado dos días antes y que a mí me llevó dos meses aprender.
Fina me abrió a las siete y cuarto. Le dije que tenía que mirar unas cosas del archivo y que Charo estaba en Teruel, y Fina me miró los tres segundos que hay que mirar a un hombre antes de darle una llave, y me dio la llave.
—El armario también —le dije.
—El armario también lo tengo yo. —Se sacó del bolsillo un llavero de ocho llaves con una anilla de plástico verde—. Me la dio la Charo hace dos años por si se le olvidaba a ella. Que a esa no se le olvida nada.
Se fue a fregar el otro edificio y me dejó allí.
Puse encima de la mesa en U, en orden, lo siguiente.
Una caja de actas de las que trajimos el miércoles de Calamocha.
Mi cuaderno de tapas negras, que a aquellas alturas iba por la página ciento diez.
El móvil, con doscientas y pico fotos hechas desde el 3 de septiembre.
Y catorce folios impresos aquella misma tarde en la copistería del estanco, que son las catorce fotos de la lista plastificada.
Y me puse a trabajar como se trabaja un expediente cuando por fin te dejan en paz, que es de atrás hacia delante y sin prisa.
⁂
Uno.
Actas. En el acta de la sesión 68, del 28 de enero de 2025, en ruegos y preguntas, pone Bizcocho: A. En la 74 pone lo mismo. En la 79, en la 81. Andrés Sanz consta de alta en la sesión 87, del 10 de junio de 2025.
Cuatro meses y medio de bizcocho antes de existir.
Dos.
Admisión. Al chico de Zaragoza le hicieron diez preguntas con temario, boli rojo y temporizador, y le contestaron por escrito, y aquellos dos folios grapados están en la carpeta de EXPEDIENTES, subcarpeta Admisiones , con otros seis.
A Rufino Cañas se le hizo lo mismo el 13 de octubre y sus dos folios están detrás.
De Andrés Sanz no hay nada. No hay temario, no hay entrevista, no hay dos folios grapados. Hay un renglón en el acta 87 con su nombre escrito por Rosario Ferrer.
Tres.
Llaves. El 10 de septiembre, jueves, a las seis y veinte de la tarde, llegamos Vane y yo al centro cívico para la entrevista de un aspirante y estaba abierto, con las luces dadas y las sillas puestas. Vane preguntó quién había abierto y Andrés Sanz dijo que ya estaba abierto.
El 6 de octubre yo llegué a las siete menos ocho y ya estaba dentro. El 24 de octubre llegué a las seis menos veinte y ya estaba dentro.
Fina abre a las siete menos cuarto.
Cuatro.
El bizcocho. Es la receta de Rosario Ferrer, la del comedor escolar, que ella hacía sola y no dejaba que le ayudaran. Maribel Ojeda se la pidió en 1996 y se la volvió a pedir en 2002 y le dijo que no las dos veces.
Andrés Sanz la trae todos los martes desde enero de 2025 y no la ha probado nunca.
Y el 4 de noviembre, en una furgoneta, entre Villafranca y Calamocha, me dijo que se la había enseñado una señora, y que la señora no era de Priego.
Cinco.
Reparto. Furgoneta blanca a su nombre, autónomo, rutas comarcales. Los viernes lleva las recetas de veinte vecinos a Villarquemado en una caja de plástico con los nombres en cinta de carrocero.
Seis.
Edad. Treinta y tantos. Nadie sabe cuántos exactamente porque nadie se lo ha preguntado nunca a nadie, porque en un pueblo la edad de la gente se sabe y a él no se le sabe.
⁂
Estuve dos horas y cuarto en aquella mesa y a las nueve y media lo tenía todo delante y no tenía nada.
Y no tenía nada porque llevaba trece días con una hipótesis que era horrible y que encajaba con todo, y una hipótesis que encaja con todo es lo peor que le puede pasar a un perito.
La mía decía que Sebastián Larrea se llevó un cuerpo a Cuenca la noche del 14 de agosto de 1999 y que pagó por ello todos los meses durante veintisiete años.
Con esa hipótesis, todo lo que tenía encima de la mesa sobre Andrés Sanz era un hombre raro.
Un hombre callado, sin pasado, que se cuela en un club de pueblo, que tiene llaves que no le ha dado nadie y que a lo mejor colocó una zapatilla en una rebotica el 29 de septiembre.
Eso era lo que yo tenía y era lo que yo llevaba dos semanas buscando.
Lo rompió el bizcocho.
A las nueve y treinta y cinco de la noche del jueves 5 de noviembre de 2026 yo estaba mirando el punto cuatro de mi propia lista, con un bolígrafo en la mano, y lo leí por sexta vez.
Una señora. Y no de Priego.
Rosario Ferrer no le ha dado esa receta a nadie. Se la pidieron dos veces y dijo que no las dos veces, y lo dijo delante de mí una mujer que se la comió durante veinte años en un comedor escolar.
De manera que hay dos posibilidades y solo dos.
O Rosario Ferrer se la dio a alguien.
O hay alguien que no necesitó que se la dieran.
Una receta no se enseña. Una receta se aprende de estar delante. Se aprende de tener nueve años y de estar en una cocina apoyado en la mesa camilla viendo a alguien hacerlo cuarenta veces, y luego se hace de memoria veintisiete años después, en otra provincia, sin medir nada, y sale igual.
Y la señora que se la enseñó no es de Priego.
⁂
Cogí el cuaderno y empecé por el principio, y me llevó once minutos, y los cuento porque los conté.
Milagros Sanz Pardo. Andrés Sanz.
Yo tenía los dos apellidos desde el 9 de octubre y los había descartado sin escribirlo siquiera, porque Sanz es uno de los veinte apellidos más frecuentes de España y porque en la provincia de Teruel hay Sanz en todos los pueblos.
Eso es verdad. Sigue siendo verdad. Es una verdad que me costó veintiséis días.
En una casa del término de Beteta hay una pared con tres fotos en marcos del mismo lote. En la primera hay un chico de nueve o diez años delante de una puerta, con un jersey que le queda grande y sin sonreír. En aquella pared no hay bebés. Aquella vida empieza a los nueve años.
El 15 de agosto de 1999, a las dos y treinta y cinco de la madrugada, Sebastián Larrea Bosque estaba descargando en aquella casa.
El 1 de septiembre de 1999 hizo la primera transferencia y no falló ni un mes en veintisiete años, y todos los diciembres pagó doble.
En 2003 pagó ciento ochenta euros a una gestoría de Teruel por la tramitación de una documentación que no se especifica, y en el cajón del aparador de aquella casa hay un sobre de esa misma gestoría.
Y en la bodega de su bar, en un hueco de treinta centímetros donde no cabe nada, guardó veintisiete años una manta de reparto doblada en cuatro.
Enrique Ferrer tenía nueve años en agosto de 1999.
Nació en 1990.
Hoy tendría treinta y seis.
Lo escribí en el cuaderno y me quedé mirándolo, y después escribí debajo la única frase que hacía falta y la escribí entera por primera vez en veintisiete años.
No lo llevó muerto.
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Y a partir de ahí ya no fue trabajo, fue otra cosa, y duró seis o siete minutos y no sé describirla.
Un hombre puede sostener durante veintisiete años una cosa que pesa mucho si sabe exactamente lo que es. Lo he visto en gente a la que se le ha quemado una casa. Se puede con lo que pesa. Con lo que no se puede es con que te lo quiten de golpe.
Yo llevaba desde los doce años sabiendo que había matado a mi mejor amigo con una frase.
Y a las diez menos veinte de la noche del jueves 5 de noviembre de 2026, sentado en una silla de plástico gris en una sala que huele a cloro, me quedé sin eso.
Y no sentí alegría. Eso lo quiero dejar escrito porque me parece importante y porque no me lo va a creer nadie.
Lo primero que sentí, y duró unos cuatro segundos, fue rabia.
Rabia de que aquel hombre llevara tres años entrando por aquella puerta todos los martes a las siete menos veinte, poniendo las sillas, cortando un bizcocho y repartiéndolo, y oyendo a seis personas hablar de él en pasado, y corrigiendo el orden del día, y no diciendo nada.
Y luego se me pasó, porque me acordé de mí en un ayuntamiento en agosto de 1999, con doce años y con mi madre al lado, contestando entero y no contestando nada.
Y después ya no sentí nada durante un rato bastante largo.
A las diez y cuarto me levanté, fui al office y bebí agua del grifo en un vaso de plástico.
Y volví, y me senté, e hice lo que hago.
Cogí el cuaderno y escribí un índice.
Once puntos numerados, con la fecha y la fuente de cada uno al margen, como se hace un índice de pruebas para una compañía que va a discutir un siniestro de cuatrocientos mil euros.
Actas 68 a 87, con fechas. Ausencia de expediente de admisión.
Llaves: tres fechas con hora. Receta: dos testimonios.
Fotografías de la pared de Beteta, cuatro.
Albarán de 15/08/1999. Extractos bancarios de 1999 a 2026.
Minuta de gestoría de 2003. Sobre de la misma gestoría en el domicilio de la beneficiaria. Manta. Y la aritmética.
Tardé veinticinco minutos y me quedó impecable.
Y cuando lo tuve, con los once puntos numerados y los márgenes cuadrados, me di cuenta de lo que acababa de hacer: el índice de un expediente que no me ha encargado nadie, sobre una persona que no está muerta, para una compañía a la que esto no le cuesta un euro.
Era lo único que sé hacer para no tener que pensar en lo otro.
Y lo otro es que a doscientos metros de aquella mesa vive una mujer de sesenta y ocho años que pasa lista todos los martes delante de una hoja plastificada con tres nombres tachados, y que hace tres años que le pone un bizcocho encima de esa mesa un hombre al que ella misma abrió la puerta el primer día.
⁂
Oí el motor a las once menos cinco.
Una furgoneta que baja por la calle de atrás y que se para delante del centro cívico. Una puerta. Y luego una llave en la puerta de la calle, que en aquel edificio se oye desde la sala 2 porque el vestíbulo hace de caja de resonancia desde que taparon el vaso de la piscina.
Andrés Sanz apareció en el marco de la puerta a las once menos tres minutos con la ropa del reparto y las llaves en la mano.
—Está la luz dada —dijo.
—Sí.
—Los jueves no hay nadie.
—Hoy sí.
Y entonces miró la mesa.
En aquella mesa en forma de U había una caja de actas abierta, catorce folios impresos con la foto de una hoja plastificada, un cuaderno de tapas negras abierto por la página ciento doce y un móvil boca arriba con la pantalla encendida en la que se veía una pared con tres fotos.
Andrés Sanz estuvo mirando aquella mesa doce o quince segundos.
No se acercó. No cogió nada. No preguntó qué era.
Y yo lo miré a él, por encima de la caja de actas, y me di cuenta de una cosa que llevaba tres meses delante y que no había visto ni una sola vez, y es que aquel hombre tiene los ojos de Rosario Ferrer.
Ojos claros, pequeños, sin pestañas apenas, y una manera de mirar que consiste en no parpadear mientras se decide algo.
Y él estaba decidiendo algo.
Yo quiero dejar constancia de que no dije nada. No pude. Llevaba cinco horas trabajando y once minutos sabiéndolo y no me salió la voz, y he pensado muchas veces que eso fue una suerte, porque si a aquel hombre le llego a decir un nombre, se va.
Andrés Sanz levantó la vista de la mesa y me miró.
Y dijo:
—Mi madre siempre decía que aquí no se olvida a nadie.