27
Quedamos a las nueve en la puerta del centro cívico.
Andrés Sanz llegó a las nueve. No a las nueve menos cinco ni a las nueve y dos: a las nueve, con la furgoneta ya de culo y las puertas de atrás abiertas.
El armario tiene dos baldas y en las dos baldas está el archivo entero del Club de Lectura y Actualidad Los Martes.
Abajo, la caja de archivo forrada de papel de estraza con las actas, que es la que veníamos a llevarnos, y otra igual con las copias de los últimos dos años.
Levanté la tapa de la de EXPEDIENTES mientras Andrés bajaba las otras dos, porque levanto tapas.
Dentro había carpetas de gomas, once o doce, con las pestañas escritas a mano. Zapatilla. Helicóptero. Balsa de riego. Declaraciones (resumen). Cronología. Vehículos. Prensa comarcal.
Y una que ponía Suspensión del 18/08 (tarde) .
Me reí solo, en una sala con olor a cloro, a las nueve y diez de la mañana.
Aquella mujer llevaba tres años oyendo a su club discutir un mes sí y otro también sobre si la batida se suspendió por causas organizativas o por la vaquilla, y en algún momento había hecho lo único que sabe hacer, que es abrir un expediente y ponerle un nombre que no ofendiera a nadie.
Suspensión del 18/08 (tarde).
Once palabras y dos paréntesis para no decir vaquilla.
Le di un golpecito con el dedo a la carpeta, la dejé donde estaba y cerré la caja.
—¿Esta no va? —dijo Andrés desde la puerta, con las dos manos ocupadas.
—Estas cuatro se quedan. Van solo las actas.
—Vale.
La puse en su sitio, en la balda de arriba, a la derecha del todo, y cerré el armario con la llave del sobre, y no volví a acordarme de aquella carpeta hasta el 10 de noviembre a las once menos veinte de la noche.
Bajamos las dos cajas de actas a la furgoneta y salimos a las nueve y veinte.
⁂
Son treinta y seis kilómetros hasta Calamocha y se tarda cuarenta minutos, y son cuarenta minutos de ida y cuarenta de vuelta, y en ochenta minutos con un hombre en una cabina se puede hacer una peritación entera si uno sabe.
Yo sé.
Y salí de aquella furgoneta con menos de lo que llevaba al subirme.
Empezó la radio.
Andrés lleva sintonizada la emisora comarcal, que a esa hora tiene un magacín de tres horas con una señora de Monreal que se llama Pilar y que habla estupendamente. Aquella mañana hacían balance de la Semana del Misterio con la alcaldesa al teléfono.
Y en once minutos dijeron cuatro cosas mal.
Dijeron que el niño desapareció el 15 de agosto. Fue el 14.
Dijeron que la Guardia Civil registró la casa familiar. No se registró.
Dijeron que la zapatilla apareció el mismo fin de semana. Apareció el miércoles.
Y dijeron que el crío, de haber vivido, tendría hoy treinta y siete años.
Tendría treinta y seis.
Yo hice las cuatro correcciones por dentro, en orden, sin decir nada, con esa cosa insoportable que tiene uno cuando se sabe un expediente.
Y luego la alcaldesa dijo por teléfono que la Semana del Misterio había sido una manera de que el pueblo se reconciliara con su historia, y Pilar dijo que qué bonito, y a mí se me ocurrió que en Villafranca del Cierzo hay ochenta personas vivas que estuvieron en aquella batida y que ninguna de las ochenta ha dicho nunca en voz alta lo que hizo aquellos cuatro días.
Miré de reojo a Andrés Sanz, porque miro de reojo a la gente.
Conducía con las dos manos en el volante, mirando la carretera, con la cara que se le pone a cualquiera oyendo la radio. Ni una mano se le movió del volante. Ni tragó saliva. Ni hizo esa cosa que hace la gente que se está aguantando algo, que es respirar por la nariz un poco más largo de la cuenta.
Yo eso lo miro desde hace veinte años y se me da bien.
Cuando terminó el bloque, alargó la mano y bajó el volumen dos rayas.
—Está muy alto —dijo.
Y estaba muy alto.
Es la única cosa que le he visto hacer a aquel hombre en tres meses que no fuera exactamente lo que había que hacer, y consistió en bajar el volumen de una radio.
⁂
Le eché tres anzuelos y no picó ninguno, y no me mintió en ninguno de los tres.
El primero se lo eché a los quince kilómetros.
—¿Usted de dónde es, Andrés?
—De Cuenca.
—¿De la capital?
—De un pueblo.
—¿De cuál?
—De Priego.
Lo dijo como se dice el nombre del pueblo de uno, sin adornarlo. Priego es un pueblo de la Serranía Baja de Cuenca. Yo tenía en el cuaderno, desde el 22 de octubre, el nombre de otro pueblo de aquella provincia, y aquella noche lo miré en el mapa del móvil sentado en la cama.
Poco más de veinte kilómetros.
Escribí en el cuaderno: no es el mismo pueblo .
Y ahora tengo que explicar una cosa que me deja fatal y que es el centro de todo esto.
El 21 de octubre, en una habitación de hostal, yo monté un razonamiento entero sobre la base de que las versiones que no coinciden se descartan.
Escribí que lo que sale en todas las versiones estaba y que lo que sale en una se lo ha inventado alguien.
Con ese método demostré que en Villafranca del Cierzo no había ningún asesino en serie, y tenía razón, y sigo pensando que era un buen método.
Y con ese mismo método, la noche del 4 de noviembre, descarté veinte kilómetros.
El segundo anzuelo se lo eché a la altura de Monreal.
—El sábado dijo usted una cosa que se me quedó. Lo de la receta.
—¿Qué dije?
—Que se la enseñaron.
—Sí.
—¿Quién?
Andrés Sanz puso el intermitente cuarenta metros antes de una rotonda vacía.
—Una señora —dijo.
—¿De Priego?
—No.
Y no dijo nada más, y no hacía falta, porque acababa de contestar a mi pregunta con la única palabra que la contestaba entera y que no decía nada.
El tercero se lo eché ya en Calamocha, buscando la copistería, con el papel de la dirección en la mano.
—¿A usted por qué le interesa lo del crío?
Y esa fue la única de las tres que le hizo girar la cabeza.
—¿A mí?
—Usted lleva año y medio yendo todos los martes.
Andrés Sanz aparcó. Puso el freno de mano, quitó el contacto y se quedó un momento con las manos en las rodillas.
—Yo no voy por eso —dijo.
—¿Y por qué va?
—Porque los martes hay gente.
⁂
En la copistería nos dijeron que tardaban dos horas y nos fuimos a un bar a esperar, y en aquel bar de Calamocha, entre las once y la una, hablamos de la sequía, del precio del gasóleo, de una avería que había tenido la furgoneta en junio y de un equipo de fútbol que no me interesa.
Ni una palabra del club. Ni una palabra de Fito Landa, al que habían enterrado hacía diez días. Ni una palabra de la Puri, ni del Sebas.
Yo he estado en muchas mesas de bar con gente que oculta cosas. Lo que hace esa gente es hablar de otra cosa con demasiada energía. Se les nota en que llenan. En que no dejan un hueco.
Aquel hombre no llenaba nada.
Me preguntó, en dos horas, seis o siete cosas sobre mí.
Me preguntó por el divorcio, y no con morbo, sino de la manera en que se pregunta cuando de verdad se quiere saber cómo le fue a uno.
Me preguntó si echo de menos algo de Zaragoza.
Me preguntó qué es lo peor que he peritado, y le conté lo de la nave de los cerdos, y se rio.
Y me escuchó las seis o siete respuestas y no volvió sobre ninguna, y no contó ni una sola cosa suya.
En dos horas, aquel hombre no dijo la palabra «yo» más de tres veces, y las tres fueron para decir que no sabía algo.
A la una recogimos las cajas y los archivos en un lápiz de memoria y salimos.
⁂
Volvimos por la misma carretera y a la misma velocidad, que es la del límite.
Y a tres kilómetros de Villafranca, en el cruce de la carretera de abajo, que es un stop en medio del campo donde no hay nada y no viene nunca nadie, Andrés Sanz paró.
Paró bien, con el morro en la línea, y miró a la izquierda, y miró a la derecha.
Y se quedó.
No fueron dos segundos. Fueron cinco o seis, que en un stop de una carretera comarcal a la una y media de un miércoles de noviembre es muchísimo tiempo. Yo miré también a la izquierda y a la derecha, porque cuando alguien mira, uno mira.
No venía nadie. No venía nadie hasta el horizonte por los dos lados.
De frente se ve el pueblo entero desde ese cruce. Se ve la torre, se ve el frontón, se ven las cuatro calles y se ven las eras, y por detrás se ve la sierra. Es la vista que sale en el folleto del ayuntamiento.
—¿Pasa algo? —dije.
Andrés Sanz metió primera y salió.
—Costumbre —dijo.
Y no dijo nada más en los tres kilómetros que quedaban, y a mí, que llevaba dos meses buscándole las vueltas a aquel hombre, se me ocurrió una cosa muy fea y muy razonable, que es que un hombre que para seis segundos en un cruce vacío es un hombre acostumbrado a mirar si viene alguien.
Descargamos las cajas, subimos las dos baldas del armario, cerré con la llave del sobre y le devolví el sobre a Fina.
Andrés Sanz me dio la mano en la puerta, cosa que no había hecho nunca.
Aquello duró un segundo y no significó nada en aquel momento, y hoy es una de las cuatro o cinco cosas de todo este asunto que no puedo mirar de frente.
Un hombre me dio la mano en la puerta de un centro cívico después de pasarse ochenta minutos en una cabina conmigo contestando a todo y no contando nada, y lo hizo porque llevaba tres años sin que nadie de aquel pueblo le hiciera una sola pregunta sobre él.
Se subió a la furgoneta y se fue a hacer el reparto de la tarde.
Aquella noche, en la habitación tres, escribí cuatro líneas.
No miente.
No pregunta por el caso.
Va los martes porque los martes hay gente.
Y la cuarta la escribí, la taché y la volví a escribir debajo, porque no sabía dónde ponerla y sigo sin saberlo:
Ese cruce da a la carretera por la que salió la furgoneta del Sebas el 14 de agosto de 1999.
Y debajo de esa, ya con la luz apagada y la lámpara otra vez encendida, escribí la quinta y la única que era verdad del todo:
Priego está a poco más de veinte kilómetros de Beteta y no es el mismo pueblo.