El club del crimen de los martes 25
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La I Semana del Misterio de Villafranca del Cierzo se celebró con arreglo al programa aprobado en pleno, y voy a contarla porque estuve, porque me reí y porque en mitad de aquello encontré lo único que he encontrado yo solo en todo este asunto.

Vinieron, según el ayuntamiento, cuatro mil personas. Según Maribel Ojeda, que cuenta filas, dos mil doscientas. Según Chusé, que cuenta cañas, unas mil quinientas.

Lo que sí es verdad es que el jueves no quedaba pan a media mañana.

La ruta guiada salía a las once y a las cuatro desde la puerta del ayuntamiento y costaba tres euros, y la daba un chico de veintidós años de la comarca al que habían contratado por catorce días y al que habían vestido de gabardina y sombrero.

De gabardina y sombrero. En octubre. En Teruel.

El chico se llamaba Adrián y era buena persona y no tenía ninguna culpa, y a los cuatro días había aprendido a bajar la voz al pasar por delante de las casas de la gente, que es más de lo que aprendieron otros.

Cinco paradas.

Parada 1, la plaza: la verbena de 1999. Parada 2, la travesía: el recorrido del niño. Parada 3, el Bar Nuevo: «El Origen». Parada 4, el centro cívico: «La Sala». Parada 5, la acequia madre, en autobús, con una cinta.

De la parada 3 hay que decir una cosa, porque es la única de todo esto que a mí me sigue pareciendo mal.

Aquel bar era de un hombre que se murió el 1 de septiembre y que no tiene herederos conocidos. Aquel bar está pendiente de una declaración de herederos que puede tardar dos años. Nadie tenía la menor autoridad para abrir aquella puerta.

La abrió el ayuntamiento porque el ayuntamiento tenía una llave desde lo de la licencia de la terraza de 2019.

Un concejal lo dijo en el pleno del jueves 15, y consta en acta, y se le contestó que se estaba haciendo un uso responsable del inmueble.

De la parada 4 hay que decir la otra.

El ayuntamiento pidió la silla. Formalmente, por escrito, a la presidencia del Club de Lectura y Actualidad Los Martes, para exponerla en el vestíbulo del centro cívico durante la Semana del Misterio con un panel explicativo.

Y Rosario Ferrer contestó por escrito, en cinco líneas, que la silla no salía de la sala 2.

Y entonces el ayuntamiento encargó una réplica.

Una silla plegable roja, de metal, comprada en un almacén de Teruel, con un cartel de cartulina amarilla que ponía RESERVADO, plastificado, colocada en el vestíbulo contra la pared del fondo, con un panel al lado y con una marca de cinta adhesiva en el suelo para que la gente supiera dónde ponerse a hacerse la foto.

Se hicieron, calculo, unas seiscientas fotos.

Y a mí, que llevo veinte años tasando cosas y que sé perfectamente que una silla plegable vale dieciocho euros, me tuvieron que salir de la sala 2 dos veces aquella semana porque no podía mirar el vestíbulo.

Del guía turístico y del club voy a contar solo el jueves.

El jueves 29 a las once de la mañana yo iba en la ruta. Iba de tapado, con mi cara de perito, entre cuarenta personas de Zaragoza, Valencia y Madrid.

Y en la parada 1, en la plaza, Adrián explicó que en la noche del 14 de agosto de 1999 el pequeño Enrique fue visto por última vez sobre las diez de la noche.

—A las once y veinte —dijo una voz desde el fondo.

Era Maribel Ojeda, con el carrito de la compra.

Adrián siguió. Explicó que la Guardia Civil orientó la búsqueda hacia el río desde el primer momento.

—Desde el segundo día —dijo Maribel—. El primer día no. Eso lo cambiaron el martes.

—Señora, por favor.

—Es que es el martes, hijo. Está en el sumario.

Y en la parada 2, en la travesía, cuando Adrián dijo que la investigación se centró desde el principio en la zapatilla encontrada junto a la acequia, apareció Rufino Cañas, que venía de la panadería con dos barras, y se paró a escuchar con las barras debajo del brazo.

—La zapatilla apareció el miércoles —dijo Rufo, tranquilamente, a los cuarenta turistas—. Del sábado al miércoles no había ninguna zapatilla. Y perdona, chaval, que no es por ti.

—No, si...

—Que tú lees lo que te han dado.

—Es que me lo han dado en un folio.

—Pues el folio está mal.

Y aquello es exactamente lo que pasó durante seis días en aquel pueblo.

Cuarenta turistas de fuera pagando tres euros por oír una versión mal hecha de una cosa que le pasó a un crío de nueve años, corregida a voces desde las aceras por gente que estaba allí, que se sabe el sumario y a la que no le ha preguntado nadie en veintisiete años.

El viernes, en la mesa redonda, un catedrático de Zaragoza que cobró seiscientos euros habló cincuenta minutos sobre la construcción social del relato criminal en las comunidades rurales, con ciento veinte sillas puestas y ochenta ocupadas.

En el turno de preguntas, la primera la hizo Charo Ferrer.

—¿Usted ha leído el sumario?

—Yo trabajo con fuentes secundarias.

—Ya —dijo Charo, y se sentó.

Y de lo del merchandising, dos cosas.

La primera es que el acuerdo se cumplió, salvo el miércoles, cuando un puesto de fuera apareció con unas tazas que llevaban impresa una silueta de niño y un nombre.

Vanesa Puértolas se plantó delante de aquel puesto a las diez y veinte de la mañana con el acuerdo impreso en la mano y con el secretario del ayuntamiento detrás, y a las once menos cuarto el puesto estaba recogido.

La segunda es que Vane vendió aquella semana trescientas once camisetas, y que el sábado por la noche, en el bar del frontón, delante de seis personas, dijo que iba a donar el dinero a algo y que no sabía a qué, y que no se le ocurría ninguna cosa a la que donar aquel dinero que no fuera una guarrada.

No lo ha donado. Lo tiene en una cuenta.

Se lo he preguntado dos veces.

⁂

Y ahora lo otro, que es el jueves por la tarde y que dura once minutos.

La parada 3 tenía un problema logístico.

El Bar Nuevo es un local estrecho con una barra larga, y cuarenta personas no caben, así que la ruta entraba en dos tandas de veinte.

Mientras la primera tanda estaba dentro oyendo a Adrián, la segunda esperaba fuera.

Y por dentro, del local se pasa al almacén, y del almacén sale la escalera de la bodega, que estaba cerrada con una cinta y con un cartel que ponía PROHIBIDO EL PASO.

El jueves 29 a las cinco y veinte de la tarde, yo estaba en la segunda tanda, y la segunda tanda estaba fuera, y la puerta del almacén estaba abierta porque por allí se ventila.

Entré.

Nadie me vio y no hacía falta que nadie me viera, porque en un edificio abierto al público con dos tandas de veinte personas, un señor de gris con una carpeta es alguien del ayuntamiento.

El almacén del Bar Nuevo es un espacio de siete metros por cinco con el suelo de cemento, tres estanterías metálicas, un arcón congelador desenchufado, cajas de refresco, un montón de trastos que Sebastián Larrea llevaba veinte años sin tirar, y al fondo, contra la pared, tapada con dos lonas verdes, una furgoneta.

Una Citroën C15 blanca, sin ruedas, sobre cuatro pilas de ladrillos, con la matrícula de las de antes.

Yo esa furgoneta no la había visto el 3 de septiembre. Yo el 3 de septiembre entré por la puerta del bar, bajé a la bodega, medí una escalera y me fui, porque a mí me habían mandado a tasar un siniestro y el siniestro estaba en la bodega.

Un perito no ve nunca lo que no le han mandado ver. Eso es lo primero que hay que entender de mi oficio y es lo que me tendrán que poner en la lápida debajo de lo otro.

Levanté la lona.

La cabina estaba llena de polvo y de telarañas.

El asiento del copiloto tenía la funda de escay rajada.

La guantera no cerraba y estaba medio abierta, y dentro había lo que hay en todas las guanteras de este país: un mapa de carreteras de 1997, un paquete de pañuelos, un destornillador, una bombilla suelta, dos bolígrafos y un taco de papeles doblados y aplastados de veinte años.

Los saqué. Los miré uno a uno de pie, en un almacén, con cuarenta turistas al otro lado de la pared.

Facturas de la ITV. Un parte amistoso en blanco. Recibos de gasolina de 2001, de 2003, de 1999. Y albaranes de reparto, doblados en cuatro, once o doce, de esos de papel autocopiativo con la copia rosa.

El octavo era del 15 de agosto de 1999.

No venía a nombre de ninguna empresa. Venía a nombre de una persona.

M. Sanz Pardo. El Cerro. Beteta (Cuenca).

Doce garrafas de vino tinto de veinticinco litros y cuatro cajas de refresco. Firmado y sellado en destino. Y en la casilla de la hora, escrita a bolígrafo con letra de ventanilla, con esa letra que existió en España hasta que la sustituyó una impresora: 02:35.

Trescientos litros de vino. Aquello no es un reparto: aquello es un viaje.

Yo había estado en aquella casa el jueves 22 de octubre, de diez y media a una y diez, en una cocina de leña, delante de una mujer de setenta años que no me contestó a veinte preguntas.

Sebastián Larrea Bosque declaró ante la Guardia Civil el 17 de agosto de 1999 que la noche del sábado 14 cerró el bar a las tres de la madrugada y no se movió de allí.

A las dos y treinta y cinco de la madrugada del domingo 15 de agosto de 1999 estaba descargando doce garrafas de vino a doscientos y pico kilómetros de aquella barra.

Volví a la bodega con la cinta puesta y el cartel de prohibido el paso, y bajé los siete peldaños agarrándome a una barandilla que cede tres centímetros, y encendí la bombilla sin tulipa.

Y busqué lo que se busca cuando ya sabes que hay algo.

Estaba en el hueco entre la segunda y la tercera columna de cajas de refresco, encima de un travesaño de madera, a treinta centímetros del suelo, en un sitio donde no se pone nada porque no cabe nada.

Una manta de reparto. De las acolchadas, grises, con las cintas de refuerzo en los bordes, de las que se ponían encima de los muebles y de las garrafas.

Doblada.

Doblada en cuatro, con los picos alineados, con esa manera de doblar que tienen los hombres que han trabajado en un almacén.

Llevaba allí veintisiete años y estaba doblada.

En la bodega de aquel bar había cuarenta o cincuenta cosas tiradas de cualquier manera.

Cajas abiertas, un cubo, dos escobas, un rollo de cable.

Y en un hueco de treinta centímetros entre dos columnas de cajas, donde no cabe nada y no hace falta nada, un hombre había puesto una manta doblada en cuatro y no la había vuelto a tocar.

No la toqué yo tampoco. Le hice cuatro fotos y las tengo.

Subí, salí por el almacén, me incorporé a la segunda tanda en la acera y estuve doce minutos oyendo a Adrián explicarle a veinte personas de Valencia lo que es una bodega.

⁂

Aquella noche lo puse en columnas, en la habitación tres, como pongo todo.

El 15 de agosto de 1999, a las 02:35, Sebastián Larrea Bosque estaba en el término de Beteta, provincia de Cuenca.

El 17 de agosto de 1999 declaró bajo firma que no se había movido de Villafranca del Cierzo.

El 1 de septiembre de 1999 hizo la primera de trescientas veinticinco transferencias a una mujer de aquel término, y no falló una sola en veintisiete años, y le pagó doble todos los diciembres, y le dejó al morirse el doble del capital de una póliza.

Y en la bodega de su bar guardó doblada, durante veintisiete años, una manta de reparto en un hueco donde no cabe nada.

Yo llevaba desde el 22 de octubre sin hipótesis. Aquella noche tuve una y me duró trece días y era horrible y encajaba con todo.

Aquel hombre se llevó algo a Cuenca la noche del 14 de agosto de 1999, y pagó por ello todos los meses hasta que se cayó por una escalera.

Lo escribí en el cuaderno y no escribí la palabra. Escribí «algo».

Un hombre que se gana la vida escribiendo lo que ve escribió «algo» a las dos de la mañana en una habitación de hostal, y se quedó mirando la palabra un rato largo, y no la cambió.

Porque había una pieza que no encajaba, y era la única que importaba.

En un pasillo de una casa rural del término de Beteta hay tres fotos con marcos del mismo lote. En la primera hay un crío de nueve o diez años, de pie delante de una puerta, con un jersey que le queda grande.

Ese crío está vivo en las tres.