El club del crimen de los martes 24
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Me levanté a las seis y veinte, me duché, me afeité, bajé a desayunar a las siete y a las ocho y diez estaba en una nave de Villarquemado con una cinta métrica en la mano.

Aquel lunes redacté tres informes. Están bien hechos. Los he vuelto a mirar y no tienen una falta, ni un error de medida, ni una frase de más. Uno de ellos es de una cubierta de chapa con daños por granizo en el faldón sur y ocupa cuatro folios, y es el mejor informe que he escrito en veinte años.

Eso también hay que contarlo. Un hombre puede pasarse un día entero funcionando.

Lo que no me salía era lo otro. Yo he tenido siempre una manera de mirar las cosas que consiste en ponerles precio, y he vivido de eso, y me ha hecho llevadera una cantidad considerable de vida.

Aquel lunes no me salió ni una vez. Miraba una nave, una carretera, un bar, y no me venía nada.

Solo lo que era: una nave, una carretera, un bar.

Así que escribí como escribo en los informes, que es la única lengua que me quedaba.

Estado del asegurado: operativo. Daños: no visibles desde el exterior.

⁂

Vane Puértolas me llamó desde la plaza a media mañana.

—Estoy montando el puesto. ¿Se pasa?

La Semana del Misterio empezaba aquel lunes a las doce del mediodía con un parlamento de la alcaldesa, y Vanesa Puértolas, que en septiembre no quería vender camisetas y en octubre era la dueña legal de la marca, tenía cedido un puesto en el mercadillo por acuerdo escrito.

Llegué a las doce menos veinte. Estaba sola, montando una mesa plegable con una lona encima y colocando cajas.

—Anoche no dormí —dijo, sin saludar.

—Ya somos dos.

—No, si yo no dormí por lo suyo. —Metió la mano en una caja y sacó una camiseta doblada—. Por lo que me dijo por teléfono. Que alguien me vio buscar.

—Vane.

—Que no, que si tengo miedo es problema mío. —Colocó tres camisetas en fila y las alineó bien—. Lo que quiero saber es una cosa. ¿Usted por qué me lo dijo?

—Porque es verdad.

—Ya. Pero usted lleva ocho semanas aquí sin decirme nada de nada. Y de repente el domingo a las once de la noche me llama para decirme que deje una cosa.

Se puso a alinear la segunda fila.

—Yo creo que usted sabe algo —dijo— y que le pesa. Y llevo tres semanas viéndoselo en la cara y no le he preguntado nunca.

Y ahí estuvo la primera vez.

Yo tenía la frase entera hecha. La tengo hecha desde el 3 de septiembre y me la sé de memoria porque la he dicho cuatro mil veces en un coche: yo viví aquí de los seis a los doce y la noche del catorce de agosto de 1999 le dije a Quique Ferrer que se metiera en la furgoneta del Sebas.

Veintiséis palabras.

Y me quedé mirando cómo una chica de veintiséis años alineaba camisetas en una mesa plegable, y calculé, porque calculo, lo que le pasaba a aquella chica si yo decía aquellas veintiséis palabras.

Que se le acababa el problema. Eso le pasaba. Que tenía delante, servido, el episodio que llevaba tres años esperando sin saberlo, y que se lo daba yo, y que después ya no era problema suyo si lo contaba o no lo contaba, porque el que se lo había puesto delante era yo.

—Sé lo mismo que usted —dije—. Con más papeles.

—Ya.

Y no me creyó, y no insistió, y aquello me pareció en aquel momento un gesto de una elegancia enorme y hoy me parece que fue miedo.

⁂

La segunda vez fue a las siete de la tarde.

Habíamos acabado el día en la plaza, con las guirnaldas puestas y con un ambiente que no se puede describir sin faltarle al respeto a alguien.

Ciento y pico personas de fuera. Un puesto de rosquillas.

Un chico vendiendo imanes de nevera. Vane cerró el puesto a las siete y se sentó en el bordillo, y yo me senté al lado.

—Setenta y cuatro camisetas —dijo.

—Está bien.

—Está muy bien. —Se quedó mirando la plaza—. Gonzalo, ¿usted se cree que esto está bien?

—No.

—Yo tampoco. Y llevo setenta y cuatro camisetas.

Estuvimos un rato callados y no era un silencio incómodo, y esa es exactamente la clase de silencio en la que uno dice las cosas.

—Vane.

—¿Qué?

Y tampoco.

—Nada. Que cierre bien la caja.

Se levantó, cogió la caja, me dijo hasta mañana y se fue calle arriba con la mesa plegable debajo del brazo, y a los cuatro pasos levantó el brazo sin volverse, que en esta comarca es una manera de despedirse.

Dos veces en un día. Es la marca de mi vida y aquel lunes la igualé.

⁂

Lunes, 26 de octubre, 22:40

El centro cívico de Villafranca del Cierzo estuvo abierto aquella semana hasta muy tarde, porque el vestíbulo era la sala de exposiciones de la Semana del Misterio y porque la sala 2 tenía que estar lista el viernes para la mesa redonda.

Entré a las diez y cuarenta porque estaba abierto y porque en la habitación tres no aguantaba.

En el vestíbulo había cuatro paneles de esos de feria con fotos ampliadas del pueblo, una mesa con folletos, tres cajas de camisetas del ayuntamiento sin abrir y, contra la pared del fondo, tapada con una sábana, una silla.

En la sala 2 estaban las sillas apiladas y la mesa recogida, y la silla roja de verdad estaba donde ha estado desde el 8 de septiembre, con su cartel plastificado, en el testero.

Me senté en el suelo, con la espalda en la pared, debajo de la ventana alta que no da a ninguna parte.

Y saqué el móvil.

Tengo catorce fotos de aquella hoja desde el 9 de octubre. Las hizo Vane en catorce sesiones distintas y me las pasó ella. Las he mirado quince o veinte veces. La primera es de marzo de 2024.

Cinco nombres impresos a máquina. Ferrer, Larrea, Landa, Gascón, Ojeda. Y debajo, una raya. Vacía.

En diecisiete días yo había mirado aquella foto muchas veces preguntándome de quién era aquella raya, y no se me había ocurrido nunca.

Y no se me había ocurrido nunca porque para que se le ocurra a uno esa cosa hace falta saber otra, y yo la sabía desde los doce años y llevaba veintisiete sin decírmela en voz alta.

La había dicho por fin la noche anterior, a nadie, en una habitación de hostal.

Y aquel lunes a las once menos veinte de la noche, sentado en el suelo de la sala 2, con el móvil en las manos, hice la cuenta en once segundos.

Aquella lista no es una lista de socios. Es una lista de personas que en agosto de 1999 estuvieron cerca de aquel crío.

El que llevó la batida y la mandó al río.

La que recibió la muestra del patio y no devolvió el resultado.

La vecina de la travesía, que declaró nueve líneas y no dijo nada en las nueve.

El hombre que declaró el 17 de agosto que aquella noche cerró a las tres y no se movió.

Y la madre.

Cinco.

Y hay una sexta línea, plastificada en marzo de 2024, vacía y esperando, porque aquella noche hubo una persona más cerca de Quique Ferrer que los cinco.

Una persona que estuvo corriendo a su lado hasta las once y veinticinco, que le vio la ceja abierta y no preguntó, que le dijo al oído dónde esconderse y que al día siguiente, en el ayuntamiento, con su madre al lado, contestó entero y no contestó nada.

Me quedé sentado en el suelo con el móvil encendido en la mano hasta que se apagó solo.

Y lo que sentí no fue miedo. Quiero dejarlo escrito porque me sorprendió entonces y me sigue sorprendiendo.

Sentí alivio.

Un hombre que lleva veintisiete años cargando una cosa él solo, y que se entera de golpe, un lunes de octubre por la noche, de que hay otra persona en el mundo que la sabe, y que la ha escrito en una hoja, y que la ha plastificado, ese hombre no siente miedo.

Siente lo que se siente cuando alguien coge el otro lado del mueble.

Y después, con doce o quince segundos de retraso, ya sí.

Porque las otras cinco líneas de aquella hoja son una lista de gente que hizo daño. Y de las cinco, tres están tachadas con rotulador permanente.

Oí la puerta del vestíbulo a las once menos cinco.

Rosario Ferrer entró en la sala 2 con la luz del pasillo a la espalda, con el abrigo puesto y una carpeta debajo del brazo, y me vio sentado en el suelo debajo de la ventana.

No dijo «qué hace usted aquí». No dijo «ay, qué susto». No dijo nada.

Encendió la luz de la sala, dejó la carpeta encima de la mesa, dejó el bolso al lado, se quitó el abrigo y lo colgó del respaldo de una silla que bajó ella misma de la pila.

—Voy a dejar el acta en el armario —dijo—. Que el viernes esto va a estar lleno de gente.

Fue al armario metálico, lo abrió, metió la carpeta y lo cerró con llave.

El bolso se quedó encima de la mesa, abierto, con la funda de plástico rígido dentro, sobresaliendo tres dedos.

Yo estaba en el suelo, a dos metros y medio, con el móvil apagado en la mano.

No la saqué. Quiero que quede claro que no la saqué, porque me he preguntado muchas veces si la habría sacado, y la verdad es que no lo sé y que no me hizo falta averiguarlo.

Rosario Ferrer volvió del armario, se quedó de pie junto a la mesa un momento y no cerró el bolso.

Luego fue al office, y se oyó un grifo, y volvió con dos vasos de plástico de los del café y con el termo del club, que es un termo verde de dos litros con una pegatina de una caja de ahorros que ya no existe.

Puso los dos vasos en la mesa y sirvió.

—Está de esta tarde —dijo—. Estará malo.

Me levanté del suelo, que a los treinta y nueve años ya cuesta, y me senté a la mesa.

Estaba malísimo.

Estuvimos allí veinte minutos.

Hablamos de la mesa redonda del viernes, de que habían traído a un catedrático de Zaragoza que cobra y de que la alcaldesa había puesto ciento veinte sillas para una sala de sesenta.

Hablamos de que Fina se jubila en marzo.

Hablamos de que a Maribel Ojeda había que decirle que no fuera sola a Villarquemado.

En un momento dado, Rosario Ferrer se levantó, fue al testero, cogió el cartel plastificado que está de pie en el asiento de la silla roja, lo limpió con la manga porque tenía polvo, y lo volvió a poner exactamente donde estaba.

Y se sentó otra vez.

—Hay que decirle a Fina que no le pase el plumero —dijo.

—Ya.

—Que se le cae y no se entera.

Y se bebió el café.

No hablamos de la lista, que estuvo veinte minutos encima de aquella mesa, entre los dos vasos, dentro de un bolso abierto.

No hablamos de mi apellido.

No hablamos de agosto de 1999.

A las once y veinte, Rosario Ferrer recogió los dos vasos, los tiró a la papelera del office, enjuagó el termo, cerró el bolso, se puso el abrigo, apagó la luz de la sala 2 y me esperó en la puerta con las llaves en la mano, porque las tiene ella y porque cierra ella.

Bajamos juntos por la calle del Horno hasta su esquina.

—Hasta el martes —dijo.

—Hasta el martes.

Aquella raya en blanco lleva plastificada desde antes de marzo de 2024.

Se plastifica lo que ya no va a cambiar. Aquella mujer selló al calor una hoja con cinco nombres y un hueco, y estuvo dos años y medio sacándola del bolso todos los martes y pasando lista delante de un hueco, y esperando.

Y el 8 de septiembre de 2026 entré yo por aquella puerta y le dije mi nombre.

Y no me hizo deletrear el apellido.