El club del crimen de los martes 23
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Yo tenía doce años.

Las fiestas de Villafranca del Cierzo son las de San Roque y empiezan siempre el día catorce. Aquel año el catorce cayó en sábado. Hubo vaquillas el domingo, el martes y el miércoles, orquesta las cuatro noches y una charanga que se llamaba La Peñazo.

Aquella tarde estuvimos en la piscina hasta que cerró. Éramos siete u ocho. Quique Ferrer tenía nueve años y era el más pequeño y venía siempre.

A las diez de la noche estábamos en la plaza. A las once y cuarto nos pusimos a jugar al escondite en la parte de atrás del frontón, que es donde aparcan todos los que vienen de fuera y donde en fiestas hay treinta coches y dos furgonetas.

Quique llegó a las once y veinte.

Llegó con la ceja abierta. No le sangraba ya. Le brillaba, que es como está una ceja abierta a los veinte minutos, y tenía la camiseta metida por dentro y venía respirando de haber corrido.

Nadie preguntó.

Eso es lo que hay que entender y es lo único que hay que entender.

En un pueblo, a los doce años, ya sabes qué caras no se preguntan.

Se pregunta por un diente y se pregunta por una rodilla.

Aquella cara no se preguntaba, y no se preguntaba porque todos sabíamos la respuesta desde hacía dos años, desde que aquel hombre se fue a vivir a aquella casa, y porque decirla en voz alta era de chivatos.

Nos lo habíamos callado entre siete críos durante dos años. Éramos niños. Nos parecía que estábamos siendo leales.

Le tocaba esconderse a él.

Rubén se puso de espaldas contra la pared del frontón y empezó a contar. Los demás salimos corriendo hacia los coches. Quique corría a mi lado y se reía, y se reía tanto que no podía correr, que es una cosa que hacen los niños y que no vuelve a hacer nadie.

Y yo le dije al oído, muy bajito y muy deprisa, porque yo quería ganar:

—Métete en la furgoneta del Sebas, ahí no te encuentra ni Dios.

Se metió por la puerta de atrás, que estaba abierta, porque la furgoneta del Sebas estaba siempre abierta y en aquel pueblo estaba todo siempre abierto.

Yo me escondí detrás de la casilla de la luz.

Rubén me pilló el tercero. A Quique no lo encontró.

Estuvimos buscándolo veinte minutos y luego nos aburrimos, y luego alguien dijo que se habría ido a su casa, y luego nos fuimos a los churros.

Yo me fui a los churros.

A las doce menos diez, un hombre de treinta y nueve años que había bebido cuatro o cinco cervezas se subió a aquella furgoneta y arrancó, y salió del pueblo por la carretera de abajo con un niño de nueve años dormido entre las cajas y una manta de reparto por encima.

Eso yo no lo vi. Eso lo he sabido veintisiete años después.

Lo que vi fue lo otro.

El domingo a las tres de la tarde ya estaba el pueblo entero en la calle.

El lunes vinieron los de tres puestos y un helicóptero.

El martes se abrieron ochenta corrales y se vació la balsa de riego con una motobomba de la cooperativa de Calamocha, y yo estuve en el borde de aquella balsa mirando cómo bajaba el agua durante dos horas con la certeza absoluta, física, de que Quique Ferrer iba a aparecer en el fondo cuando se acabara.

Aquellos cuatro días yo estuve con los mayores. Los críos no íbamos a la batida, pero íbamos detrás.

Vi a Charo Ferrer el domingo por la tarde en la puerta de su casa, de pie, con dos mujeres al lado.

Vi a Rufino Cañas repartiendo agua en el camino del río.

Vi al cabo Landa con un plano encima del capó de un coche, señalando cosas con un bolígrafo, y me pareció el hombre más importante que había visto en mi vida.

Y me preguntaron. Claro que me preguntaron.

Nos preguntaron a los siete, uno por uno, el lunes por la mañana, en el ayuntamiento, con nuestras madres delante. Nos preguntaron a qué habíamos jugado, quién estaba, a qué hora nos fuimos y si vimos a alguien raro.

Yo dije que jugamos al escondite y que Quique se escondió y que no lo encontramos.

Eso es verdad. Cada palabra de eso es verdad.

Aquella fue la primera vez en mi vida que hice lo que he hecho después durante veintisiete años, que es contestar entero y no contestar nada, y lo aprendí a los doce años en un ayuntamiento, con mi madre sentada al lado y con la mano encima de la mía.

El miércoles 18 apareció la zapatilla junto a la acequia madre.

Era una zapatilla blanca de niño. Salió en el telediario de Aragón.

Y no era suya.

Quique Ferrer llevaba aquella noche unas deportivas azules con la puntera de goma gris, y las llevaba porque las llevaba todos los días de aquel verano, y las llevaba porque eran las únicas que tenía, y yo estuve corriendo a su lado hasta las once y veinticinco de la noche del sábado 14 de agosto de 1999 y las estuve mirando mientras corría.

La madre lo dijo. Dijo que aquella zapatilla no era de su hijo.

Y los mayores dijeron lo que dicen los mayores, que la pobre estaba como estaba y que en aquel estado una madre no distingue.

Yo tenía doce años y sabía que la madre tenía razón, y no dije nada, porque no me lo iba a creer nadie, y porque para decirlo tenía que contar dónde estaba yo y qué le había dicho.

Y el miércoles por la tarde suspendieron la batida.

En el expediente pone que fue por causas organizativas. Yo he oído a Fito Landa decir esa frase en la sala 2 del centro cívico dos veces en tres meses y las dos veces me he tenido que agarrar a la mesa.

Se suspendió por la vaquilla.

Y yo fui a la vaquilla.

Eso es lo que hay debajo de todo esto y es lo único que no he podido colocar en veintisiete años en ningún sitio.

El miércoles 18 de agosto de 1999, cuatro días después de meter a mi mejor amigo en una furgoneta, yo estaba en la plaza de Villafranca del Cierzo, subido a un carro con otros cuatro críos, viendo la vaquilla.

Porque tenía doce años. Porque en un pueblo los mayores decidieron que aquella tarde había vaquilla y los niños van donde va el pueblo. Porque cuatro días son muchos días cuando tienes doce años.

Eso lo entiendo. Lo entiendo perfectamente y lo puedo explicar y llevo veintisiete años explicándomelo, y no me sirve de nada, porque yo aquella tarde me lo pasé bien.

Nos fuimos de Villafranca del Cierzo el 3 de octubre de 1999.

Mi padre encontró trabajo en Lugo, que era de donde era él, y a mí me pareció bien, y a mi madre le pareció bien, y no volví a poner un pie en aquel pueblo hasta el jueves 3 de septiembre de 2026, cuando entré por la carretera que la Diputación arregló en dos tramos, con la ventanilla bajada, a tasar la escalera de la bodega de un hombre llamado Sebastián Larrea.

El Club de Lectura y Actualidad Los Martes se constituyó el 3 de octubre de 2023.

Eso lo miré tres veces en el papel, la noche del 9 de octubre, en la habitación tres del hostal, con las catorce fotos en el móvil.

El mismo día y el mismo mes en que yo me fui.

Veinticuatro años más tarde.