El club del crimen de los martes 22
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A Fito Landa lo enterraron el sábado y el domingo por la mañana empezaron a vaciarle la casa.

Se hace así. Se avisa, se viene, se saca, se reparte lo que sirve y se lleva lo que no.

La cocina de butano se la llevó el de la casa de al lado.

Las herramientas se subastaron a voces en el patio por lo que quisiera dar cada uno y el dinero se lo dieron a Amparo, que lloró y lo cogió.

Las camisas se metieron en dos bolsas de basura para la parroquia. La televisión no la quiso nadie.

Yo fui porque fue Charo y porque me tocaba, y estuve cinco horas bajando cajas por una escalera y tomando dos cafés que me puso una mujer a la que no conozco.

Y voy a decir una cosa a favor de este pueblo, que le debo unas cuantas.

Aquel domingo, en la calle del Sol, había catorce personas trabajando gratis por un hombre al que la mitad de ellas no aguantaba.

Fito Landa era pesado, era vanidoso y llevaba nueve años dando la murga con lo del noventa y nueve.

En aquel patio, mientras se subastaban dos taladros y una radial, se dijeron de él tres o cuatro cosas que no eran amables.

Y estaban todos allí a las diez de la mañana de un domingo de octubre.

Aquí la gente no viene porque te quiera. Viene porque hay que vaciar una casa.

Y en aquella casa, aquella mañana, había dos personas buscando la misma cosa.

Una era Vanesa Puértolas y me lo había dicho ella el sábado por la noche, por teléfono, casi a las doce, sin preguntarme si quería saberlo.

—Fito tenía una libreta.

—Ya lo sé. La sacaba en las sesiones.

—La saca en cuarenta y una sesiones. Lo he contado. En cuarenta y una grabaciones se oye la goma. —Vane hace eso: oye las grabaciones y sabe qué ruido es cada cosa—. Y en el registro que hizo la Guardia Civil el miércoles no apareció.

—Eso no lo sabes.

—Lo sé porque el jueves el sargento me preguntó a mí si yo sabía de la existencia de una libreta o agenda personal del fallecido. —Se quedó callada un segundo—. Y a uno no le preguntan si existe una cosa que ya tienen.

Hay que reconocer que es buena.

Vane llegó a la calle del Sol a las diez y cuarto con una caja de cartón bajo el brazo, se ofreció para el dormitorio, que es la habitación que nadie quiere, y estuvo hora y media haciendo lo que hace la gente que busca: doblar despacio.

Yo la vi abrir los tres cajones de la mesilla.

Vi que sacaba el cajón entero para mirar detrás, que es de manual y que no se le ocurre a nadie que no lo haya visto hacer.

Vi que le daba la vuelta al colchón con la excusa de ponerlo de pie contra la pared.

Vi que descolgaba un cuadro de la Virgen del Pilar y lo dejaba apoyado en el suelo con la trasera hacia fuera.

La otra persona era Rufino Cañas.

Y de Rufino Cañas voy a contar exactamente lo que vi, sin ponerle nada, porque durante muchas semanas creí que lo que vi era una cosa y era otra.

Rufo llegó a las diez menos veinte, antes que casi nadie, con la furgoneta pequeña y con dos cajas de embalar plegadas.

Se puso a disposición de Amparo Landa, a la que llamó por su nombre y a la que le preguntó por un hermano que se murió en 2004.

Cargó. Cargó de verdad: subió y bajó por aquella escalera treinta o cuarenta veces con cosas que pesaban, con setenta años, sin quejarse y sin pararse a que se lo agradecieran.

Y se encargó del despacho.

Fito Landa tenía en el piso de arriba un cuarto de dos por tres con una mesa, una silla de oficina rota y una estantería de esas de bricolaje con cuatro baldas.

Ese cuarto era el que había que vaciar con cuidado, porque era donde estaban los papeles, y a nadie de aquella casa le apetecía ponerse con los papeles de un muerto.

Rufo dijo que ya lo hacía él.

Y lo hizo bien. Sacó cuatro cajas de papeles ordenados, con las carpetas por años, y le fue enseñando a Amparo lo que había en cada una para que decidiera, y le explicó que lo del banco había que guardarlo cinco años y que lo demás se podía tirar, cosa que es verdad y que la mitad de este país no sabe.

Tardó dos horas y cuarto en vaciar un cuarto de dos por tres.

Y a mí, aquel domingo, todo eso me pareció admirable.

Lo que vino después es lo que a mí me tuvo dos noches sin dormir en noviembre, cuando ya lo entendí.

A la una menos cuarto, Vane subió al despacho.

Yo estaba en el rellano con una caja de libros esperando a que se despejara la escalera, y la escalera no se despejó, así que estuve allí cuatro o cinco minutos con la caja en las manos oyendo lo que se decía dentro y viendo la mitad de la habitación por la puerta abierta.

—¿Te ayudo? —dijo Vane.

—Ya está casi.

—Es que quería mirar una cosa.

—Mira lo que quieras, hija.

Vane abrió la balda de abajo de la estantería, que estaba ya vacía, y pasó la mano por el fondo. Luego abrió el cajón de la mesa, que estaba vacío, y lo cerró. Luego se agachó y miró debajo de la mesa.

Rufino Cañas estaba precintando una caja con cinta de embalar, y la precintó entera, y luego se quedó de pie mirándola.

—¿Qué buscas?

—Nada. Cosas del club.

—Ah. —Rufo cortó la cinta con los dientes, que es como se corta—. ¿Papeles?

—Sí.

—Es que aquí papeles hay a punta pala. —Se pasó la mano por la nuca—. ¿Qué papeles? Que a lo mejor los he visto y no lo sé.

Y ahí Vane Puértolas hizo lo único inteligente que se puede hacer en esa situación y lo hizo sin pensarlo, que es lo que a mí me hace pensar que aquella chica es mejor que todos nosotros.

—Actas —dijo—. Copias de actas del club. Que las teníamos repartidas.

—Actas.

—Sí.

—Pues yo no he visto ninguna. —Rufo levantó la caja precintada y se la puso en la cadera—. Pero mira, si quieres, cuando bajemos todo esto al remolque le echas un ojo tú a las cuatro cajas y te quedas tranquila. Que yo lo he mirado deprisa y a lo mejor se me ha pasado.

—Vale.

—Que aquí no hay prisa, hija. —Y en la puerta, ya con la caja, se giró—. Tú lo que tienes que hacer es dormir, que se te ve fatal.

Y bajó la escalera.

Yo estaba a metro y medio con una caja de libros en las manos.

Aquel domingo me pareció que un hombre de setenta años se había ofrecido a que una chica de veintiséis revisara su trabajo, y que le había dicho una cosa amable.

Y de aquello, de aquellas cuatro frases, no me di cuenta de nada hasta el 7 de noviembre.

Porque un hombre que no busca nada no pregunta qué buscas. Un hombre que no busca nada dice «pues no sé» y sigue precintando.

Y porque un hombre que no busca nada no se ofrece a que le revisen las cajas: se ofrece a ayudarte a buscar.

A las dos y media estaba la casa vacía y no había aparecido ninguna libreta.

Eso lo sé porque bajé yo mismo tres de las cuatro cajas del despacho al remolque y porque Vane las abrió las cuatro en el patio, delante de todo el mundo, con la excusa de las actas, y sacó todo lo que había dentro y lo volvió a meter.

Facturas. Recibos de la luz de 2011. El seguro del coche.

Un sobre con las cartillas de la Seguridad Social.

Un manual de una impresora que ya no existe.

Cuatro cuadernos de anillas con la letra de Fito, que Vane se llevó y que eran, los cuatro, cronologías del caso del 99 hechas y rehechas desde 2024.

Ninguna libreta de hule.

Y aquí es donde interviene el que se gana la vida entrando en casas después de que hayan pasado por ellas los bomberos, el cuñado y el vecino que ha querido ayudar.

Aquella casa la habían registrado dos veces antes del domingo.

La primera fue la Guardia Civil, y eso se ve en cuatro cosas y las cuatro estaban: los libros de la estantería del salón puestos por tamaño y no por tema, porque el que los saca y los mete no lee lo que pone en el lomo; los cajones cerrados hasta el fondo, cosa que en una casa de verdad no pasa nunca; el colchón bien puesto y las sábanas mal; y la caja de fusibles abierta.

La segunda no.

La segunda dejó otra cosa, que es más difícil de explicar y que a mí me costó una hora en el patio, sentado en un poyo, con el café frío.

En el cuarto de arriba, la estantería de bricolaje tenía cuatro baldas, y las cuatro baldas se apoyan en unos soportes de plástico que se meten en unos agujeros de la pared lateral.

Aquella estantería tenía la balda de abajo un agujero más arriba que la de la casa de mi hermana, que es la misma estantería, porque en este país esa estantería la tenemos todos.

Alguien la había desmontado y la había vuelto a montar. Deprisa. Y no había vuelto a poner la balda donde estaba.

Y había una segunda cosa, que confirmé subiendo otra vez con la excusa de un destornillador.

Detrás de aquella estantería, en la pared, había cuatro marcas de las que deja un mueble apoyado veinte años: cuatro rectángulos de pared limpia sobre el gotelé sucio. Los cuatro rectángulos estaban a la izquierda de donde estaban los cuatro soportes.

Aquella estantería no solo se había desmontado. Se había separado de la pared y se había vuelto a arrimar, y se había arrimado tres dedos más a la derecha.

Detrás de las estanterías de bricolaje no cabe nada y todo el mundo mira detrás igualmente. Es el primer sitio y es el peor.

La Guardia Civil no desmonta una estantería y la vuelve a montar. La Guardia Civil la vacía, la mira y se va.

Alguien había estado en aquella casa entre el miércoles y el domingo, buscando algo, y se había tomado la molestia de dejarlo todo como estaba.

Y esa persona tampoco la había encontrado.

Al final de la tarde, ya recogiendo, alguien dijo la única cosa acertada que se dijo en todo el día y la dijo por decir.

Fue Maribel Ojeda, en el patio, mirando el remolque.

—Pues si tenía papeles importantes, el Fito los tendría en el club, que allí tenía llave.

Vane levantó la cabeza.

—En el club no hay nada —dijo Charo Ferrer, que estaba doblando bolsas—. Hay cuatro cajas de fotocopias y las actas mías.

—Ya, mujer, si lo digo por decir.

Y se habló de otra cosa.

Aquella noche llamé a Vane a las once y le dije que dejara la libreta.

Se lo dije mal, como digo yo las cosas, sin explicar el motivo, porque el motivo era que llevaba desde la una menos cuarto con una sensación en la boca del estómago que no sabía justificar y que un perito no puede escribir en ninguna parte.

—¿Y eso por qué?

—Porque si esa libreta existe y no aparece, es que alguien no quiere que aparezca. Y ese alguien te ha visto buscarla esta mañana delante de catorce personas.

Vane Puértolas se quedó callada al otro lado.

—¿Quién? —dijo.

Y yo no tenía ningún nombre, y le dije la verdad, que era que no lo sabía.

Ojalá le hubiera dicho un nombre, aunque hubiera sido el equivocado.