21
Cuando alguien me pregunta en qué consiste mi trabajo, digo que en tasar. No es verdad. Tasar lo hace un ordenador. Mi trabajo consiste en decidir a quién miro.
A mí me descuento, con todas las reservas que quiera hacer el que lea esto.
De Rosario Ferrer sé demasiado y todo de golpe.
De Maribel Ojeda lo sé absolutamente todo, porque lo cuenta ella, y sé además que no puede levantar una caja de fruta.
De Vanesa Puértolas lo sé todo también, porque su vida está publicada en doscientos diecisiete episodios y porque su casa es la de sus padres y su estudio es un cuarto con un colchón contra la pared.
De Andrés Sanz no sabía nada.
Ni yo ni nadie, y eso era lo raro.
Llevaba tres años en un pueblo de cuatrocientas doce personas. Iba a un club de seis personas todos los martes desde hacía año y medio. Llevaba las recetas de veinte vecinos a Villarquemado los viernes en una caja de plástico con los nombres puestos en cinta de carrocero.
Y el viernes 23 estuve desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde preguntando por él, con la excusa de los tejados, en el bar, en la panadería, en el estanco y en el hogar del jubilado, y saqué lo siguiente.
Que es muy buena persona. Eso lo dijeron once.
Que es muy callado. Eso lo dijeron todos.
Que vive en una casa alquilada al final de la calle de la Fuente, la última antes de las eras, que es de un señor de Zaragoza que la tiene cerrada todo el año.
Que hace repartos, que tiene la furgoneta a nombre suyo y que cobra barato.
Y que vino hace tres años, de Cuenca, o de por ahí abajo, o de Calamocha, o que lleva viniendo de toda la vida, según a quién se le pregunte.
Nadie sabía a qué se dedicaba antes. Nadie sabía si tenía familia.
Nadie le había visto novia, ni amigos de fuera, ni un coche que no fuera la furgoneta.
Nadie recordaba que hubiera contado nunca una historia de su vida, ni una, ni siquiera de las que se cuentan en una barra a las once de la noche para no callarse.
Le pregunté a Chusé si Andrés bebía.
—Una caña los sábados y a veces ni eso.
Le pregunté si hablaba.
—Contesta.
—¿Y pregunta?
Chusé se quedó parado con el vaso en la mano, que es lo que hace cuando le hacen una pregunta que no se había hecho él.
—Pues ahora que lo dices, ese chico pregunta mucho.
—¿Sobre qué?
—Sobre el pueblo. Que quién era el de tal casa. Que de qué año era la piscina. Cosas. —Se encogió de hombros—. Como el que viene de fuera y quiere enterarse.
En un pueblo de cuatrocientos habitantes, un hombre de treinta y tantos años, soltero, sin historia y sin nadie, es una anomalía estadística.
En veinte años tomando declaración he aprendido que un hombre sin pasado o está huyendo de algo o no es nadie.
Y en un pueblo no hay nadies. En un pueblo todo el mundo es de alguien.
Le seguí la furgoneta el viernes por la tarde, y esto lo escribo también porque lo hice.
Salió a las tres y diez y estuvo hasta las seis y veinte: Villarquemado, dos naves del polígono, una gasolinera, otra vez Villarquemado, y de vuelta. Ni un desvío. Ni una parada que no fuera una entrega. Ni una llamada, que se le habría notado en el volante.
Y la puntualidad, que es lo que más me impresionó y lo que menos sirve para nada.
Aquel hombre llegaba a los sitios a la hora exacta.
No cinco minutos antes, no dos después: a la hora.
Yo he seguido a mucha gente y a la hora exacta no llega nadie, porque para llegar a la hora exacta hay que esperar en algún sitio y hay que haber decidido esperar.
Un hombre que espera para no llegar pronto es un hombre que no quiere que se fijen en él.
Aquello lo apunté con tres subrayados y hoy me da vergüenza, porque a un hombre que ha estado esperando veintisiete años, cuatro minutos parados en un arcén no le cuestan nada.
⁂
Sábado, 24 de octubre
La merienda fue idea de Charo y la convocó en el acta de la extraordinaria, con estas palabras: punto seis, cohesión .
Sábado a las seis, sala 2, sin orden del día. Fuimos los seis. Fue lo más parecido a una tarde normal que tuvo aquel club en tres meses y duró hora y media.
Rufino Cañas trajo dos botellas de vino de la cooperativa y contó dos historias de las fiestas de 1986 con las fotos delante.
Maribel Ojeda trajo un tupper de magdalenas de las de la panadería y las presentó como suyas, cosa que sabíamos todos y que no dijo nadie.
Vane trajo un altavoz y no lo usó. Charo puso el café.
Y durante hora y media, en aquella sala, nadie habló de nada.
Es lo que hace la gente en este país y es de las pocas cosas de este país que a mí me parecen bien.
Habían enterrado a tres personas en siete semanas, dos de ellas de aquella mesa y una de ellas dos días antes, y se pasaron hora y media hablando del vino de la cooperativa, del año que a la piscina se le rompió la depuradora, de una peña de las fiestas del ochenta y seis que se llamaba Los Sedientos y de si el hijo de la panadera iba a volver de Barcelona.
Rufo tenía a la mesa entera. Es difícil explicar por escrito lo que hace un hombre así en una habitación. No es que cuente bien las historias, que las cuenta. Es que las cuenta para la persona que peor está.
Aquella tarde Maribel Ojeda se rio cuatro veces, y las cuatro las provocó él, y las cuatro las provocó a base de contar cosas en las que ella salía.
Andrés trajo el bizcocho.
Yo llegué el primero después de él, a las seis menos veinte, y aquello ya estaba abierto y las sillas puestas.
Voy a contar lo del bizcocho despacio, porque me llevó cinco semanas entenderlo y porque estuvo delante de mí desde el 8 de septiembre.
Lo cortó él, como siempre. Repartió, como siempre: primero a la presidenta, luego a Maribel, luego a Vane, luego a Rufo, luego a mí. Después dejó el cuchillo en el plato, se limpió las manos con el paño y se sentó.
Y no cogió.
Me puse a mirar hacia atrás, que es lo único que sé hacer. El 8 de septiembre no cogió. El 15 no cogió. En el funeral de la Puri estuvo media hora repartiendo y no cogió. El 13 de octubre, cuando entró Rufo, no cogió.
Siete veces. Siete veces había visto yo a aquel hombre traer un bizcocho, cortarlo, repartirlo entero y no probarlo, y no lo había apuntado ni una sola vez, porque nadie apunta lo que no pasa.
Eso es lo que se aprende tarde en mi oficio y lo que no se aprende nunca del todo. Un expediente se llena de lo que ocurrió y se pierde por lo que no. El agua que no entró por donde dice el asegurado. La puerta que no se forzó. El hombre que no se sirve.
Y hay que entender que a nadie le llama la atención. Un hombre que reparte y no coge es un hombre educado. Es el que se queda el último trozo o el que dice que ha merendado. Es la persona más invisible de una mesa.
Y estaba en eso cuando Maribel Ojeda, que se había comido su trozo y estaba mirando el mío, dijo lo que dijo.
—Yo esta receta se la pedí a la Charo en el noventa y seis.
Se hizo un silencio pequeño de esos de merienda.
—¿Y te la dio? —dijo Vane.
—Qué me la iba a dar. —Maribel se rio—. Esa receta no se la ha dado a nadie. En el comedor la hacía ella sola y no dejaba que le ayudáramos, que estábamos las cuatro allí de brazos cruzados. Y se lo pedí en el noventa y seis y se lo volví a pedir en el dos mil dos y me dijo que no las dos veces.
—Anda ya.
—Que sí, hija. Cosas de cada uno. —Y le dio un mordisco a la magdalena de la panadería que había presentado como suya—. Este bizcocho lo he comido yo veinte años y esa receta no la tiene nadie más que ella.
Rosario Ferrer estaba sirviendo café en la punta de la mesa y no levantó la cabeza.
Yo dejé el plato en la mesa muy despacio y me oí a mí mismo preguntar, con una voz que era la de una peritación y no la de una merienda:
—Andrés, ¿esa receta de quién es?
Y aquí es donde hay que ser exacto, porque he repasado esos veinte segundos más veces que ninguna otra cosa de este expediente.
Andrés Sanz levantó la cabeza y me miró.
Y me sostuvo la mirada un segundo más de lo que se le sostiene la mirada a nadie en una merienda de sábado, y en ese segundo yo no vi miedo, ni cálculo, ni molestia.
Vi una cosa que no supe leer y que ahora sé que era una pregunta.
Aquel hombre me estaba preguntando algo a mí, con la cara, en mitad de una sala con cuatro personas más, y yo no supe qué me preguntaba.
—Es la receta de siempre —dijo.
—Ya. De siempre de dónde.
—De donde me la enseñaron.
—¿Y quién se la enseñó?
Andrés Sanz cogió el plato de la fuente, en el que quedaba un trozo, el último, y lo empujó por la mesa hasta ponérmelo delante.
—Coma usted, que si no se queda.
Y se levantó a recoger las tazas.
En aquella mesa había cinco personas más y ninguna se enteró de nada.
Rufo estaba contándole a Vane lo de la peña Los Sedientos.
Maribel se había puesto con la segunda magdalena.
Y Charo Ferrer estaba enjuagando la cafetera en el office, con el grifo abierto, a cuatro metros y de espaldas, y llevaba así desde que Maribel dijo lo de la receta.
Me comí el último trozo delante de cuatro personas que hablaban de otra cosa, y estaba bueno, y es el mejor bizcocho que he comido en mi vida, y me lo dio un hombre que en siete meriendas no se ha comido nunca un trozo del suyo.
Aquella noche escribí en el cuaderno dos líneas y me acosté a las doce.
No miente. Ni una vez.
Contesta a todo y no contesta a nada.
Y me quedé mirándolas con la luz ya apagada y la lámpara de la mesilla otra vez encendida, porque me di cuenta de que aquellas dos líneas ya las tenía escritas.
Están catorce días atrás, en la misma libreta, puestas en dos columnas, con letra más pequeña en la de la derecha porque me costó escribirla. Las escribí el sábado 10 de octubre bajando por la calle del Horno con el cierzo de cara, después de hora y media de té y de pastas.
Dos personas en aquel pueblo tenían exactamente el mismo sistema.
Y a mí, aquella noche, aquello me pareció una casualidad de las que no significan nada, porque uno puede tasar durante veinte años y seguir sin saber que dos personas no adquieren el mismo sistema por casualidad.
Lo adquieren en la misma casa.