20
Salí de Villafranca del Cierzo a las siete y veinte de la mañana con el depósito lleno y no le dije a nadie adónde iba.
Eso último lo pensé por el camino y no le di ninguna importancia.
La Casa del Cerro está en el término de Beteta, a cuatro kilómetros del pueblo por una pista de tierra en buen estado, con dos hileras de nogales y un cartel de madera que alguien pintó hace mucho y que alguien ha repintado hace poco.
Seis habitaciones, cocina de leña, una piscina pequeña tapada con una lona por el invierno.
Llamé a la puerta a las diez y media de la mañana de un jueves de octubre. Era temporada baja y no había un solo coche en la explanada.
Abrió una mujer de setenta años, delgada, con el pelo blanco recogido, un jersey de lana gordo y las manos de haber trabajado.
—Milagros Sanz.
—Sí.
—Me llamo Gonzalo Táboas, soy perito de Mutua Peninsular. La llamé el 13 de septiembre.
—Ya me acuerdo —dijo.
Y esperó.
No cerró la puerta, no me preguntó qué quería y no me invitó a pasar. Se quedó en el quicio, con las dos manos en los bolsillos del delantal, y esperó, y lo hizo con una tranquilidad que yo he visto en muy poca gente y que no tiene nada que ver con la mala educación.
—Vengo por el expediente de don Sebastián Larrea.
—Ya me lo imagino.
—Usted es la beneficiaria de una póliza suya.
—Sí.
—¿Puedo pasar?
Milagros Sanz se lo pensó cuatro o cinco segundos, que es mucho, y se apartó.
—Pase, que hace frío.
Estuve en aquella casa una hora y cuarenta minutos y le hice, según el cuaderno, veintinueve preguntas.
Me contestó a nueve.
Y aquí es donde tengo que explicar una cosa que me llevó todo el viaje de vuelta entender, y es que aquella mujer no se parecía en nada a la gente que miente y no se parecía en nada a la gente que oculta.
Yo he estado sentado enfrente de las dos clases cientos de veces.
El que miente se adelanta: contesta antes de que termines la pregunta y te da de más.
El que oculta se enreda: te cuenta un contexto larguísimo del que no le has preguntado nada.
Milagros Sanz Pardo hacía una tercera cosa, y era decir que no.
—¿De qué conocía usted al señor Larrea?
—Era primo de mi madre.
—¿Se veían?
—No.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
—Eso no se lo voy a decir.
Así, exactamente así. Sin bajar la vista, sin ponerse nerviosa, sin buscar una excusa. «Eso no se lo voy a decir» es una frase que en veinte años de peritaciones me habrán dicho tres veces, y las tres me las dijeron abogados.
Le pregunté por las transferencias. Me dijo que sí, que las había recibido. Le pregunté desde cuándo. Me dijo que desde hace muchos años. Le pregunté si eran mensuales y me dijo que sí. Le pregunté por qué se las hacía y me dijo que eso no me lo iba a decir.
Le pregunté si sabía que a partir de 2002 el concepto de la orden permanente decía «lo de siempre». Me dijo que sí, que lo sabía.
Le pregunté si le parecía raro.
—No.
Le pregunté por diciembre.
—¿Qué pasa con diciembre?
—Que todos los diciembres pagaba dos veces. Veintisiete años seguidos.
Milagros Sanz se levantó a mirar el fuego de la cocina de leña, que no lo necesitaba, y estuvo de espaldas quince o veinte segundos.
—El Sebas era así —dijo.
Y eso, en hora y cuarenta minutos, fue lo más parecido a una confidencia que salió de aquella casa: cuatro palabras en pasado sobre un hombre al que, según ella, no veía.
Le pregunté si aquel dinero era una manutención.
Y ahí, por primera y única vez, aquella mujer me hizo una pregunta a mí.
—¿Usted qué es lo que ha venido a saber?
—Si la compañía tiene que pagar o no tiene que pagar.
—¿Y de qué depende?
—De que la muerte fuera un accidente. Y fue un accidente. —Cerré el cuaderno, que es un truco viejo y que aquel día era verdad—. Yo he estado en esa bodega, he medido la escalera y he escrito el informe. Se cayó él solo. Usted va a cobrar.
Milagros Sanz se quedó mirando la mesa de la cocina un rato largo.
—Pues entonces váyase —dijo.
Y no lo dijo con rencor. Lo dijo como quien le dice a un albañil que ya ha terminado.
Lo de la casa lo vi antes de eso, mientras ella ponía agua a calentar y no me la ofrecía.
En el pasillo que va de la cocina al comedor de los huéspedes hay una pared con fotos.
Nueve o diez, de esas de marco de madera de los años dos mil, colgadas sin orden.
Están la casa antes de la reforma y la casa después.
Está una mujer mayor, que sería su madre.
Están dos perros distintos. Está una nevada.
Y hay tres de un chico.
En la primera tiene nueve años o diez, está de pie delante de la puerta de aquella casa, con un jersey que le queda grande y con las manos en los bolsillos, y no sonríe.
En la segunda tiene trece o catorce y está sentado en un tractor.
En la tercera tiene dieciocho o veinte y está con Milagros Sanz delante de la piscina, y en esa sí sonríe un poco.
Yo llevo peritado el contenido de unas cuatrocientas casas.
En una pared de fotos de una casa donde ha crecido un crío hay siempre lo mismo, y la gente no se lo cree hasta que se lo dices: hay bebés.
Hay una foto de bautizo, o de un carrito, o de una tarta con una vela, o del crío en brazos de alguien con esa cara que ponen todos los adultos cuando les dan un bebé.
Están antes que nada y están siempre, porque el bebé es de quien lo tuvo y esa foto es la que se enseña.
En aquella pared la vida de aquel chico empezaba a los nueve años.
Y había algo más, que no vi allí sino en el coche, tres horas después, repasando la pared de memoria como se repasa un inventario.
Aquellas tres fotos estaban colgadas con el marco de madera de las de la ferretería, iguales entre sí y distintos de los demás marcos de la pared.
Las otras fotos de aquella casa estaban en marcos de todas las clases, comprados a lo largo de treinta años, algunos torcidos, uno con el cristal rajado.
Las tres del chico eran del mismo lote.
Eso lo hace la gente cuando enmarca de golpe. Cuando alguien enmarca su vida, la enmarca a plazos: un marco de una feria, otro de un regalo, otro que se compró para otra foto. Cuando alguien enmarca de golpe, es porque ha decidido en un momento concreto que aquello se enseña.
En algún momento, aquella mujer fue a una ferretería, compró tres marcos iguales y colgó en un pasillo por el que pasan huéspedes tres fotos de un chico que no era su hijo.
Se lo pregunté. Claro que se lo pregunté.
—¿Y este chico?
—Un sobrino.
—¿Vive aquí?
—Vivía.
—¿Cómo se llama?
—Eso no se lo voy a decir.
Y entonces se levantó, fue al aparador del comedor, abrió el cajón de arriba, sacó un paño de cocina limpio y volvió a cerrar el cajón.
Lo cerró sin prisa. Eso es lo que hay que entender: sin prisa.
Una mujer que quiere que no mires un cajón lo cierra rápido y entonces miras.
Milagros Sanz lo cerró a la velocidad exacta a la que se cierra un cajón, y por eso yo tuve tiempo de ver lo que había encima de todo, que era un sobre de ventanilla, marrón, con el membrete impreso en la esquina.
Gestoría Lahoz. Teruel.
En el archivador de 2003 de Sebastián Larrea Bosque hay una minuta de la Gestoría Lahoz, de Teruel, expediente 4.
117, tramitación de documentación, ciento ochenta euros, pagada en efectivo.
La fotografié el 12 de septiembre en un cuarto del cuartel de Villafranca del Cierzo porque fotografío todo y porque no significaba nada.
Doscientos y pico kilómetros más allá, en un cajón de un aparador de una casa rural de la Serranía de Cuenca, había un sobre de la misma gestoría.
No dije nada. Y no dije nada porque no se me ocurrió qué decir, no por listo.
Le hice cuatro preguntas más y me contestó a una, y a la una y diez me acompañó a la puerta.
Y en la puerta le hice la única pregunta que llevaba preparada desde Villafranca, la que había ensayado en el coche cruzando Molina, y se la hice mal, deprisa y de espaldas al aire, como se hacen las preguntas que importan.
—Señora Sanz. El primer pago es del 1 de septiembre de 1999.
—Sí.
—¿Qué pasó en agosto de 1999?
Milagros Sanz Pardo tenía la mano en la puerta y se quedó así.
Yo he esperado muchas respuestas en muchos quicios de puerta. Aquella duró once o doce segundos y la conté sin querer, porque cuento.
—Váyase a su casa, hombre —dijo.
Y no había desprecio, y no había miedo. Había otra cosa que a mí me costó dos semanas ponerle nombre y que era, sencillamente, pena. Aquella mujer sintió pena por mí en la puerta de su casa y cerró.
⁂
Volví de noche.
Salí a las dos de Beteta, comí en un bar de carretera de Molina y a las siete de la tarde ya estaba oscuro, y hice los últimos ochenta kilómetros con las luces largas y sin radio.
Y por el camino se me cayó todo.
Yo llevaba desde el 12 de septiembre con una hipótesis y era buena.
Un hombre soltero paga religiosamente todos los meses durante veintisiete años a una mujer de otra provincia, sube la cantidad con los años, le da una extra en diciembre y le deja el doble del capital de una póliza.
Eso es un hijo. Sale en el noventa por ciento de los casos y lo firma cualquier perito de este país.
Y en aquella pared, en aquel pasillo, aquel chico empezaba a los nueve años.
Un hijo de Sebastián Larrea nacido en 1999 tendría hoy veintisiete.
En aquella pared no había un bebé, no había un parto, no había nada de antes.
Había un crío de nueve años de pie delante de una puerta, con un jersey que le quedaba grande, que llegó a aquella casa hecho, andando y con los dientes puestos.
Nadie manda a un recién nacido. A un recién nacido se le esconde o se le reconoce.
Y las transferencias empiezan el 1 de septiembre de 1999.
Aquello no era una manutención de un hijo. Aquello era otra cosa, y la otra cosa tenía la forma de un chaval que aparece en una casa de la Serranía de Cuenca en el otoño de 1999 y de un hombre de Villafranca del Cierzo que estuvo veintisiete años pagando por él sin fallar un mes.
Paré en el arcén a la altura del cruce de Villarquemado, apagué el motor y me quedé un rato con las manos en el volante.
El suelo se movía. Eso es lo más exacto que puedo escribir. No es una manera de hablar: es lo que pasa cuando un hombre lleva siete semanas de pie encima de una hipótesis y la hipótesis se retira debajo de él.
Saqué el cuaderno y escribí, en la primera línea que encontré libre, lo único que había sacado de doscientos y pico kilómetros y de veintinueve preguntas.
Un crío que en el otoño de 1999 tenía nueve años.
Llegué al hostal a la una menos cuarto de la mañana. Subí, me lavé la cara y me acosté.
Y dormí seis horas seguidas, que no me pasaba desde septiembre.