19
Charo Ferrer convocó sesión extraordinaria por teléfono aquella misma mañana, uno por uno, en siete llamadas de menos de un minuto.
Villafranca del Cierzo llevaba desde las once de la noche anterior sin dormir, y esta vez no era por la farmacia.
Los dos primeros muertos se los había podido explicar el pueblo.
Sebastián Larrea se cayó por una escalera que estaba mal desde antes del euro, y de eso el pueblo tenía una versión cómoda y la usó seis semanas.
A Purificación Gascón se le veía en la cara desde el verano, y cuando se supo lo del páncreas media Villafranca respiró y la otra media dijo lo de la zapatilla, y así se aguantó otras tres semanas: con dos mitades discutiendo.
Con Fito Landa no había mitades.
A Fito Landa lo encontraron boca abajo en la acequia madre a dos kilómetros y medio del pueblo, andando, de noche, con la cabeza hacia el agua.
No hay manera de contar eso como un accidente y nadie lo intentó.
El miércoles a las nueve de la mañana, en Villafranca del Cierzo, no quedaba una sola persona diciendo que allí no pasaba nada.
Y había además lo otro, que en un pueblo pesa más de lo que parece: era guardia civil. Retirado, expedientado, pesado y con una cazadora nueva, pero guardia civil. Aquí eso significa algo. Si alguien es capaz de hacerle eso al Fito, decía la gente, y no terminaban la frase.
A las siete de la tarde del miércoles 21 de octubre, en el centro cívico de Villafranca del Cierzo, había ciento diez personas.
Lo digo sin exagerar y con el método de Maribel, que consiste en contar filas.
Sesenta y tantas dentro de la sala 2, de pie contra las paredes y sentadas en el suelo.
El resto en el pasillo, en el vestíbulo y en la puerta de la calle.
Había gente de Villarquemado, de Monreal y de Calamocha.
Había cuatro cámaras. Había un chico con un micrófono de pértiga que no consiguió entrar y que estuvo hora y media grabando una puerta.
En tres años, la asistencia media a las sesiones del Club de Lectura y Actualidad Los Martes había sido de cinco personas y media.
En la mesa había dos sillas vacías.
Y contra la pared del testero, la silla roja con su cartel plastificado, que a aquellas alturas ya no significaba nada de lo que había significado en septiembre y que nadie había tocado.
A las siete en punto, Rosario Ferrer se puso las gafas, sacó la funda plastificada y no dijo lo que dice.
—Hoy no es martes —dijo—. Se abre la sesión extraordinaria.
Y a mí me pareció, y sigue pareciéndome, que aquella fue la primera vez en toda esta historia en que aquella mujer dio una señal de estar perdiendo algo.
Pasó lista. Cinco nombres y tres rayas.
Íñigo Bericat entró a las siete y cuarto por el pasillo, de uniforme, y se quedó de pie al fondo con las manos cruzadas por delante, y la sala se abrió sola para dejarlo pasar y se cerró detrás de él.
Venía a pedir colaboración ciudadana. Lo dijo así.
Explicó, en tres minutos y con una voz que se le notaba ensayada delante del espejo, que se ha abierto diligencias, que hay un equipo de la Comandancia de Teruel trabajando en el asunto, que a partir de aquel momento cualquier información relativa a los hechos debía canalizarse por el cuartel, y que rogaba encarecidamente a los presentes que se abstuvieran de realizar por su cuenta actuaciones que pudieran comprometer la investigación.
—¿Eso qué quiere decir? —preguntó Maribel Ojeda.
—Quiere decir que no vayan ustedes a mirar sitios.
—Es que si no vamos a mirar sitios, el Fito seguiría en la acequia.
Aquello es verdad y no tiene vuelta de hoja, y el sargento Bericat, que es una persona decente, se quedó callado seis o siete segundos delante de ciento diez personas.
—Eso también es verdad —dijo.
Y entonces alguien de la tercera fila, un hombre de fuera con acento de Madrid, preguntó en voz alta si la Guardia Civil consideraba que había un asesino en serie en Villafranca del Cierzo.
El sargento Íñigo Bericat tiene treinta y cuatro años y llevaba en aquel puesto dos y medio, y aquella era la primera vez en su vida profesional que le hacían una pregunta con cuatro cámaras encendidas.
—La Guardia Civil no considera nada —dijo—. La Guardia Civil investiga.
—¿Y usted qué considera?
—Que se vaya usted a su casa.
Fue lo único que se aplaudió en toda la tarde, y se aplaudió mucho, y a mí me pareció que aquel chico se ganó el pueblo en cinco palabras después de dos años y medio intentándolo por las buenas.
Se fue a las siete y media. En la puerta, Charo Ferrer le puso en la mano los dos folios grapados del temario y le dijo que si algún día quería entrar en el club, que se lo mirara.
Y luego, con el sargento ya en la calle, se planteó lo primero, que era si aquello seguía existiendo.
Lo planteó Vane, y lo planteó bien.
—Yo creo que hay que decir en voz alta lo que está pensando todo el mundo. En este club éramos siete en junio y quedamos cinco. Y los tres que faltan estaban en la lista. Yo no estoy en la lista y Andrés no está en la lista, y a nosotros no nos ha pasado nada.
Se quedó la sala muy quieta.
—Yo no digo que haya que cerrar —siguió—. Digo que hay tres personas ahí sentadas que están en esa hoja y que a lo mejor tienen derecho a que alguien les diga que se vayan a su casa.
Rosario Ferrer, Maribel Ojeda y Rufino Cañas no se miraron entre ellos. Eso lo vi yo y lo apunto: en una sala con ciento diez personas, las tres personas de las que se estaba hablando miraron cada una a un sitio distinto.
—¿Alguien quiere irse a su casa? —dijo Charo.
Nadie se fue a su casa.
Y luego empezó lo otro.
Rosario Ferrer amplió el protocolo. Lo hizo en cuatro puntos nuevos, numerados del seis al nueve, que Vane copió y que yo copié detrás.
Seis: las parejas se mantienen y se comunican la llegada a casa. Por mensaje o por teléfono, pero se comunica.
Siete: nadie del club queda con nadie de noche fuera de su domicilio. Con nadie. Ni del club ni de fuera.
Ocho: si alguien recibe una llamada, un mensaje o un recado citándole en cualquier sitio, lo pone en conocimiento de la presidencia antes de acudir.
Nueve: si alguien no puede cumplir alguno de los puntos anteriores, lo dice ahora.
Nadie dijo nada.
Rufino Cañas levantó la mano y preguntó si el punto siete valía también para llevar a la gente a Villarquemado a por las medicinas, porque eso a veces se hace tarde.
Charo dijo que sí, que valía. Rufo dijo que entonces habría que buscar una solución, porque hay tres o cuatro señoras que no pueden esperar a la semana que viene.
Y aquello, en aquel momento, en aquella sala, con ciento diez personas mirando, era lo único que se había dicho en veinte minutos que tenía que ver con la vida de alguien.
Se decidió que las medicinas se llevaran de día y en pareja. Lo propuso él.
Maribel Ojeda se puso a llorar a las ocho menos veinte y no fue por nada en concreto.
Llevaba desde el 20 de octubre por la noche aguantando, que son veintitantas horas, y llevaba desde el 29 de septiembre aguantando, que son tres semanas, y a Fito Landa lo conocía desde que él tenía veinticuatro años y llegó destinado al puesto.
Vivían en la misma calle. Iban en pareja.
El martes anterior había ido en su coche.
Y lo que hizo Rufino Cañas fue levantarse, dar la vuelta a la mesa, sentarse en la silla de al lado, ponerle la mano en la espalda y no decir absolutamente nada durante minuto y medio.
No le dijo que no llorara. No le dijo que Fito estaba en un sitio mejor.
No le contó nada de sí mismo, que es lo que hace casi todo el mundo.
Se sentó al lado de una mujer de setenta y cuatro años que estaba llorando delante de ciento diez personas y le puso la mano en la espalda y esperó a que terminara.
Y cuando terminó, le dijo:
—¿Te llevo a casa?
Yo estaba a dos metros y medio.
Y en el cuaderno, aquella noche, escribí que aquel hombre era la única persona de aquella sala que sabía estar con alguien que lo está pasando mal.
No he tachado esa línea. La he dejado ahí. Me parece que hay que dejarla.
A las ocho y cuarto, cuando ya se levantaba la sesión, pasó lo del aforo.
Vane Puértolas tenía delante el cuaderno de actas nuevo y estaba haciendo las cuentas para el acta, que es una cosa que hace en voz baja, y le salió lo que le salió, y lo dijo en voz alta sin querer, en uno de esos silencios en los que se oye todo.
—Es que ya somos más de los que cabemos.
Charo la miró.
—Perdón —dijo Vane—. Es que hay cuarenta y una solicitudes.
—¿Cuarenta y una?
—Desde ayer.
Desde ayer. Desde que a las diez y cuarenta de la noche del martes encontraron a un hombre de setenta y un años en una acequia, y antes de que amaneciera, y antes de que hubiera funeral, cuarenta y una personas habían escrito una carta pidiendo entrar en un club de un pueblo de cuatrocientas doce personas.
Las leí después, casi todas, porque Vane las tenía en una carpeta y me la dejó.
Había tres de gente que decía que quería ayudar y a lo mejor era verdad.
Había una de un hombre de Bilbao que ofrecía dinero.
Había siete de creadores de contenido, que se presentaban con el número de seguidores en la primera línea, como quien pone la titulación.
Y había una de una chica de dieciocho años de un pueblo de Cuenca que decía que su abuelo desapareció en 1994 y que a ella nadie le había hecho nunca un club.
Esa la contestó Charo. A mano.
Y entonces Vanesa Puértolas Ariño repitió, delante de ciento diez personas, la frase que había dicho cinco días antes en la barra del bar del frontón y con la que se habían reído once vecinos.
La repitió igual. Con las mismas palabras y con el mismo tono, y la repitió porque una frase que ha funcionado se repite, y eso lo hacemos todos, y lo hace sobre todo la gente que trabaja con un micrófono.
—Es que cuantos más nos morimos, más quieren entrar.
El jueves 15 aquello era un chiste.
El miércoles 21, con Adolfo Landa en el depósito de Teruel desde hacía veintitrés horas, era la descripción exacta de lo que estaba pasando en aquel edificio.
Se oyó una risa. Una sola, al fondo, de alguien de fuera.
Y luego no se oyó nada.
Y Vane se puso colorada hasta el cuello y bajó la cabeza y se puso a escribir, y Rosario Ferrer dijo «se levanta la sesión» y no dijo la otra mitad.
Firmamos la salida a las ocho y diecinueve. Ciento diez personas tardaron once minutos en desalojar el edificio.
Y en esos once minutos, Andrés Sanz, que no había hablado en toda la tarde, hizo lo que hace todos los martes: fue recogiendo las sillas de la sala 2 y apilándolas contra la pared, una a una, mientras la gente salía por delante de él y sin que nadie se apartara.
Cuando llegó a la silla roja no la tocó. La dejó donde estaba, con su cartel plastificado, y siguió con la siguiente.
Yo salí el último, con Charo, porque me tocaba.
Y mientras cruzábamos el vestíbulo vacío, con Fina esperando con las llaves, le dije la única cosa que le dije en toda la tarde.
—El lunes empieza la Semana del Misterio.
—El lunes.
—¿Van a suspenderla?
Rosario Ferrer se paró en la puerta y se ajustó el bolso en el brazo.
—No.
—Han matado a un hombre hace veinticuatro horas.
—Ya lo sé, Gonzalo. —Miró la calle, que estaba llena de coches aparcados de cualquier manera y de gente que todavía no se había ido—. Ayer por la tarde se llevaron cuarenta y ocho reservas en el hostal para el fin de semana. En el hostal hay siete habitaciones.
—Eso no contesta a lo que le he preguntado.
—Contesta a todo.
—¿Usted cómo está tan segura?
Salió a la calle y se subió el cuello del abrigo, porque a esa hora bajaba el cierzo.
—Porque las camisetas ya están hechas.
Y bajó por la calle del Horno andando deprisa, con el bolso en el brazo y la lista plastificada dentro, con tres nombres tachados.
Yo me quedé en la puerta pensando una tontería que no me he quitado de encima desde entonces: que si aquella mujer hubiera nacido en otro sitio y en otro año habría dirigido algo grande.
Y que a lo mejor lo estaba dirigiendo.