El club del crimen de los martes 18
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Un perito no ve nunca un siniestro. Eso es lo primero que hay que entender de mi oficio y es lo que la gente no se cree.

Yo llego tres días tarde, siempre. Llego cuando ya han pasado los bomberos, la ambulancia, el electricista, el cuñado y el vecino que ha querido ayudar, y me encuentro un local revuelto y a siete personas contándome siete cosas distintas.

Y de ahí tengo que sacar un dictamen que aguante en un juzgado.

Así que se aprende un método, y el método es humillante de tan simple: se recogen las versiones, se ponen en columnas y se busca lo que sale en todas.

Lo que un testigo inventa, lo inventa él solo. Lo que sale en las cinco versiones, estaba.

El miércoles 21, en Villafranca del Cierzo, había cinco versiones antes de las diez de la mañana y las cinco eran contradictorias.

La primera me la dio Chusé, que la tenía del hermano del que lleva la excavadora, que estaba a las once de la noche en el camino porque lo llamaron por si hacía falta luz.

La segunda, una mujer en la panadería, que la tenía de su sobrina, que trabaja en el ambulatorio.

La tercera y la cuarta, dos hombres en el frontón, que se contradijeron entre ellos durante veinte minutos delante de mí sin que yo abriera la boca.

Y la quinta me la dio Maribel Ojeda a las once menos cuarto, y era la más larga y la más detallada y la que menos servía, porque Maribel Ojeda tiene el archivo completo del pueblo y no tiene índice.

En las cinco versiones, Fito Landa estaba en un sitio distinto. En tres de ellas había sangre y en dos no. En una lo habían encontrado los del club, cosa que no ocurrió. En otra lo habían encontrado unos chicos de Zaragoza que estaban haciendo fotos de noche, cosa que tampoco.

Y en las cinco, sin excepción, aparecían tres cosas.

Una. La cabeza hacia el agua.

Dos. Lo habían movido. La hierba estaba aplastada desde el camino hasta la orilla en una franja de dos metros de ancho y cuatro o cinco de largo, y eso lo dijeron los cinco con las mismas palabras, que fueron «se ve el arrastre».

Tres. Había una vela.

A las once y veinte subí andando hasta la acequia madre por el camino de arriba y me quedé a quince metros del precinto, con las manos en los bolsillos, como un vecino.

Había un guardia joven en la cinta que me dijo que no se podía pasar y que se puso a hablar conmigo a los tres minutos porque llevaba desde las siete allí de pie.

Desde el camino se veía perfectamente lo del arrastre. La hierba de octubre, con el rocío, se queda tumbada donde la tumbas. Y se veía una piedra plana a un metro y medio de la orilla, dentro del precinto, con un cerco blanco encima.

—La vela —dije.

—Ya se la han llevado —dijo el guardia—. Estaba consumida un dedo.

—¿Y la cera?

—¿Qué cera?

—La que se cayó. Si estaba en una piedra, se cayó cera. ¿Cayó alrededor o cayó para un lado?

El chico me miró como se mira a un pesado y luego, porque tenía veintitrés años y llevaba cuatro horas aburrido, se acordó.

—Para un lado. Toda hacia allá. —Señaló al oeste con la barbilla—. Vamos, que se apagó enseguida.

Le di las gracias y me volví andando, y por el camino iba haciendo la cuenta más sencilla del mundo.

En Villafranca del Cierzo, en octubre, el cierzo baja de la sierra por la mañana. Por la noche, cuando lo hay, viene del noroeste. Una vela encendida al aire libre a las once y media de la noche de un lunes de octubre, a la orilla de una acequia, en campo abierto, no dura tres minutos.

Y no le duró.

Alguien encendió una vela en un sitio donde una vela no puede estar encendida, la vela se apagó de inmediato y aquel alguien la dejó allí igual, apagada, porque lo que necesitaba no era una vela encendida.

Lo que necesitaba era que hubiera una vela.

Y a partir de ahí ya no me hizo falta salir de la habitación tres.

⁂

Lo que hice el miércoles por la tarde y la mayor parte del jueves es la clase de trabajo por el que a mí me pagan y del que no se hacen series.

Me bajé los doscientos diecisiete episodios de Crímenes y Croquetas . Están todos en abierto, gratis, desde 2023, y los puede oír cualquiera con un móvil de sesenta euros o cualquiera que se siente en la barra de un bar donde el dueño los pone por el altavoz mientras friega vasos.

Los escuché a velocidad uno y medio con el cuaderno abierto, y no todos: fui a buscar tres cosas.

La primera la encontré en el episodio 212, del 16 de septiembre, minuto cuarenta y uno.

Vane Puértolas repasa el sumario del noventa y nueve diligencia por diligencia y lee, entera y en voz alta, la de la mañana del 17 de agosto, la que firmó el cabo Landa, la que orienta la búsqueda hacia el río.

Lee la expresión tal cual está escrita en el atestado: se dispone la orientación de la búsqueda hacia el cauce .

La segunda la encontré en el episodio 199, del 17 de junio, que es de una serie de tres que hizo sobre casos sin resolver de otras provincias.

En el minuto once habla de un caso de Segovia de 1987 en el que apareció una vela consumida en el interior de una vivienda, y dice que aquello nunca se explicó, y dice, textualmente, que hay asesinos que dejan cosas para decir algo y otros que dejan cosas para no decir nada.

La tercera está en el episodio 211, del 9 de septiembre, minuto veintiocho. Es la frase del acta 149. Vane la lee y dice que ella no está diciendo nada, que está leyendo un acta. La frase es: si el asesino del noventa y nueve siguiera por aquí, empezaría por el que movió el cuerpo .

El que movió el cuerpo.

Alguien oyó aquella frase, entendió que la firma del asesino del noventa y nueve era mover cuerpos, y movió un cuerpo cuatro metros y medio por una hierba mojada para dejarlo a la vista desde el camino.

En agosto de 1999 no se movió ningún cuerpo, entre otras cosas porque no apareció ninguno. La frase del acta 149 no hablaba de mover cadáveres. Hablaba de otra cosa y yo tardé todavía tres semanas en entender de qué.

Ahí tenía las tres.

La orientación hacia el cauce: episodio 212, público, un millón cuatrocientas mil reproducciones.

La vela: episodio 199, público.

El cuerpo movido: episodio 211, público, dos millones cien mil.

Todo lo que había en la orilla de aquella acequia el lunes por la noche lo puede saber cualquier persona de este país con un altavoz de móvil.

Lo puede saber un camionero de Albacete.

Lo puede saber un vecino de Villafranca que no tenga ni internet, sentado en la barra del bar del frontón, porque Chusé pone el pódcast por el altavoz desde el episodio 211 y lo pone entero y lo pone dos veces.

Y entonces cogí el cuaderno y volví al 29 de septiembre.

La zapatilla.

Una zapatilla colocada de pie en el suelo de una rebotica, con la punta hacia el cuerpo, sucia por fuera y blanca por dentro.

Aquello venía de una sola frase, dicha por Fito Landa el martes 8 de septiembre a las siete y cuarenta y ocho de la tarde, en la sala 2 del centro cívico, delante de siete personas. La zapatilla es la clave.

Esa frase no está en ningún episodio. Está en el acta 150 y está en la grabación de Vane, y el acta 150 no ha salido de allí en la vida, y lo sé porque el 29 de septiembre, en mitad de la calle Mayor, delante de veinte personas, Vane Puértolas lo dijo en voz alta y nadie la desmintió.

Puse las dos columnas en una hoja y las miré un rato largo.

En la escena de Purificación Gascón hay un elemento y viene de dentro. De una sala cerrada, de un acta, de siete personas.

En la escena de Fito Landa hay tres elementos y los tres vienen de fuera. De un pódcast que oye media España.

Y esto es lo que no se puede arreglar de ninguna manera, por mucho que uno le dé vueltas tumbado en una cama de hostal: una firma es una firma porque se repite.

Eso es lo primero que se aprende en el ramo del fraude. Un defraudador reincidente se caza porque repite. Repite el perito, repite la frase, repite el importe, repite el error. La repetición es lo único que convierte una casualidad en un autor.

Entre la rebotica de la farmacia y la orilla de la acequia madre no se repite ni una sola cosa.

No se repite el elemento. No se repite la fuente.

No se repite el cuidado: la zapatilla estaba puesta de pie, con la punta hacia el cuerpo, colocada por alguien que se tomó su tiempo dentro de una habitación cerrada; la vela estaba en una piedra al aire libre en un sitio donde no podía durar encendida, puesta por alguien que tenía prisa y frío.

No se repite ni la fuerza que hace falta: en un caso no hubo que mover nada; en el otro hubo que arrastrar cuatro metros y medio a un hombre de noventa kilos.

No hay firma.

Y donde no hay firma no hay un autor.

Escribí aquello en el cuaderno, en la habitación tres, a las once y media de la noche del miércoles 21 de octubre de 2026, y lo escribí en el lenguaje en el que yo pienso, que es el de los informes:

Elementos incompatibles. Fuentes de información no coincidentes. Sin patrón. Hipótesis de autor único: no sostenible.

Y debajo, en castellano:

No hay ningún Vengador de Quique.

Hay dos personas distintas, cada una copiando de un sitio distinto, cada una equivocándose de una manera distinta, y las dos tapándose con la misma sábana. Y la sábana la cosimos entre todos los martes de siete a ocho y media, en voz alta, delante de una secretaria que lo graba todo.

⁂

Me quedaba lo peor, que era decidir a quién se lo decía.

Y no se lo dije a nadie, y voy a poner por escrito por qué, porque después se me ha reprochado y porque yo mismo me lo he reprochado a las cuatro de la mañana más veces de las que me apetece contar.

El elemento de la rebotica venía de una sala cerrada. En aquella sala, el 8 de septiembre, había siete personas.

Sebastián Larrea no estaba: llevaba una semana muerto.

De las siete, tres están enterradas.

Quedan cinco. Rosario Ferrer, de sesenta y ocho años. Maribel Ojeda, de setenta y cuatro. Vanesa Puértolas, de veintiséis. Andrés Sanz. Y yo.

Si yo digo en voz alta lo que tengo en el cuaderno, no estoy diciendo «hay dos asesinos».

Estoy diciendo, con la boca pequeña y sin poder demostrar nada, que la persona que colocó aquella zapatilla estaba sentada a aquella mesa y hoy sigue viva o está enterrada, y que las opciones son cinco, y que dos de ellas son mujeres que a esa hora estaban solas en su casa viendo la televisión.

Ya he visto lo que pasa en este país cuando alguien dice una cosa así con un micrófono delante.

Lo vi en julio, sin ir más lejos: una chica de veintiséis años leyó en voz alta que cuatro personas no declararon en 1999, sin dar un solo nombre, y un hombre de setenta años se fue a Calamocha a poner un burofax porque se dio por aludido.

Y hay una sexta cosa, que es la que de verdad me calló la boca y la que me da vergüenza.

En aquella sala, el 8 de septiembre, había siete personas. La zapatilla salió de una frase. La frase la dijo Fito Landa.

Y Fito Landa estaba, a aquellas horas del miércoles 21 de octubre, en el depósito de Teruel.

Empecé a escribir eso en el cuaderno y llegué hasta la mitad de la línea.

Luego cerré el cuaderno y apagué la luz.