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Lo vi por última vez el lunes a las dos menos veinte en la puerta del estanco.
De aquella semana suya, la última, tengo cuatro cosas apuntadas y ninguna vale nada por separado.
El jueves estuvo en el consultorio, en la cola, y no iba a por ninguna receta, porque cuando le tocó el turno le dijo al médico que ya volvería. Eso me lo contó una mujer que estaba detrás y que lo contó porque en un pueblo se cuenta todo, y lo contó riéndose.
El viernes discutió con el sargento Bericat en la puerta del cuartel.
Del contenido no sé nada. La discusión duró cuatro minutos y la vieron seis personas, y las seis versiones coinciden en una sola frase de Fito Landa, dicha alta y de espaldas, ya en la calle: «Pues entonces tampoco os vengáis a mí a preguntar luego. »
Y el sábado quemó papeles y pagó dos rondas.
El lunes llevaba la cazadora azul marino. Iba a comprar tabaco, cosa rara, porque Fito Landa dejó de fumar en 2009 y lo contaba. Me saludó levantando la barbilla y me dijo que si aquella semana iba a haber sesión.
—Los martes hay sesión —dije.
—Ya. Digo si va a ser normal.
No supe qué contestar a eso y contesté una tontería, que se me ha quedado. Le dije que a ver.
—A ver —repitió él—. Eso digo yo.
Y se metió en el estanco.
De la noche del lunes 19 al martes 20 de octubre no tengo nada.
No estuve, no vi nada, no oí nada y no me enteré de nada, y llevo desde entonces sabiendo con exactitud dónde estaba yo a esa hora, que es en la habitación tres del hostal terminando el informe del tejado de una masía del alto con rotura de rasilla en dos faldones y desprendimiento parcial del alero sur.
El martes 20 fue un día normal.
Perité en Villarquemado por la mañana, comí en el bar del frontón, hablé del pleno con Chusé y volví a subir a Ojos Negros por la tarde.
En Villafranca del Cierzo, aquel martes, nadie echó de menos a nadie.
Fito Landa vivía solo desde 2013, en una casa de la calle del Sol con un patio, y no tenía perro, y no tenía que fichar en ningún sitio, y llevaba nueve años jubilado.
Un hombre así puede estar muerto un día entero sin que se entere el pueblo que lo conoce desde que nació.
Esa frase la he escrito muchas veces desde entonces y no consigo que deje de parecerme la más grave de todo el expediente.
⁂
Martes, 20 de octubre, 19:00
Firmé la entrada a las 18:51. En la sala había cinco personas y la silla roja.
Rufino Cañas llegó a menos cinco con la carpeta de las fotos, se sentó donde se sienta ahora, que es de espaldas a la ventana, y le preguntó a Maribel Ojeda por la rodilla.
A las siete en punto, Charo Ferrer sacó la funda plastificada, destapó el rotulador de pizarra y dijo lo que dice.
—Martes es martes. Se abre la sesión: que nadie falte.
—Ferrer, Rosario. Presente.
En la segunda no dijo nada, porque en la segunda hay una raya.
—Landa, Fito.
Y no contestó nadie.
Voy a contar exactamente lo que pasó y no voy a poner nada de mi parte, porque no hace falta.
Lo primero que pasó fue que nadie se alarmó. Miramos todos hacia la silla vacía de Fito con esa cara de fastidio que se pone cuando falta el que siempre viene, y Maribel Ojeda dijo que se habrá dormido y Rufo dijo que lo habrá pillado el partido.
Lo segundo fue que Charo Ferrer no siguió pasando lista.
Se quedó con el rotulador en la mano, mirando la hoja, y estuvo así unos cuatro segundos, y luego levantó la cabeza y dijo el nombre otra vez, más alto.
—Landa, Fito.
La sala se quedó muy quieta.
—Charo —dijo Maribel.
—Punto cuatro del protocolo —dijo Charo Ferrer—. Si alguien no aparece un martes, no se espera. Se llama, y si no coge, se va a mirar. Se va a mirar en pareja.
Lo llamó ella misma desde el fijo del despacho del centro cívico, con la puerta abierta, delante de todos, y se le oyó marcar y se le oyó esperar. Lo llamó tres veces. A la tercera dejó el auricular colgando de la mano un momento antes de colgarlo bien.
Eran las siete y ocho minutos.
Reasignó las parejas de pie, sin papel, en once segundos. Ojeda con Cañas, porque Ojeda se había quedado sin pareja. Puértolas con Sanz, que es la de siempre, a la casa. Ella conmigo, al huerto.
—Yo llevo el coche —dijo Rufo Cañas, que ya estaba de pie con las llaves en la mano—. Y me llevo a la Maribel, que con la rodilla no va a subir a ningún sitio.
—A la casa van Vane y Andrés —dijo Charo.
—Pues nosotros nos damos una vuelta por el frontón y por el bar, que a lo mejor está allí y nos estamos poniendo todos nerviosos por nada.
Aquello, en aquel momento, me pareció lo más sensato que se dijo en aquella sala. Un hombre de setenta años se ofrece a llevar el coche, se hace cargo de la socia que peor anda y propone empezar por el sitio donde estaría el desaparecido si no le hubiera pasado nada.
Es lo que habría propuesto yo. Es lo que habría propuesto cualquiera.
Y me miró al decir «al huerto», porque yo se lo había contado el domingo por la noche por teléfono, en cuatro frases, sin darle importancia, y ella no había hecho ningún comentario.
Firmamos la salida a las 19:11. Consta.
En el huerto tercero de la izquierda, el que tiene la caseta de bloque, no había nadie.
Había un bidón de doscientos litros con ceniza mojada del rocío de dos noches y una estaca sin cazadora.
Estuvimos allí seis o siete minutos con la linterna del móvil, y Rosario Ferrer no dijo ni una palabra, y cuando volvimos al camino me di cuenta de que aquella mujer de sesenta y ocho años había subido un camino de tierra en cuesta a paso de marcha y no le faltaba el aire y a mí sí.
A las ocho menos veinte llamó Vane. En la casa de la calle del Sol no había nadie, la puerta estaba cerrada con llave y el coche de Fito estaba aparcado en la puerta.
El coche en la puerta.
Eso fue lo que a mí me cambió la noche, y no me lo callé.
—Se fue andando —dije.
—Sí —dijo Charo Ferrer.
—Un hombre de setenta y un años, de noche, en octubre, se va andando. Entonces iba cerca.
Charo Ferrer se quedó mirando el camino de los huertos hacia abajo, hacia donde se acaba el pueblo y empieza lo otro, y por primera vez desde que la conocía tardó en contestar.
—O iba a un sitio donde no quería que se le viera el coche —dijo.
Llamamos al cuartel a las ocho menos cuarto.
El sargento Bericat tardó cuatro minutos en llegar al centro cívico y otros seis en dejar de discutir con nosotros.
Nos dijo, con toda la razón del mundo y bastante peor humor del que le correspondía, que un adulto que no aparece en una reunión no es una desaparición, que hay que esperar veinticuatro horas y que si él movilizaba a la Guardia Civil cada vez que a aquel club le faltaba uno.
Y luego se calló en mitad de la frase y dijo que fuéramos a casa.
Lo encontraron a las diez y cuarenta.
En la acequia madre, a dos kilómetros y medio del pueblo, boca abajo, con la cabeza hacia el agua.
A dos kilómetros y medio del pueblo, junto a la acequia madre, es donde apareció una zapatilla de niño el 18 de agosto de 1999.
Nos lo dijeron por teléfono a las once menos cinco, y nos lo dijo Bericat, y nos lo dijo mal, porque no hay manera de decirlo bien y porque además tenía que colgar.
En las dos horas anteriores habíamos estado los seis en el bar del frontón, que Chusé no cerró, sin hablar apenas y sin tomar nada más que lo primero.
Maribel Ojeda tenía las manos encima del bolso y no se lo quitó de las rodillas en dos horas.
Vane Puértolas no tocó el móvil, y eso yo lo vi y lo apunto porque es verdad.
Rufino Cañas se levantó tres veces a preguntarle a Chusé si había alguna noticia y las tres volvió a sentarse.
Andrés estuvo de pie junto a la puerta, mirando la calle.
Y Rosario Ferrer estuvo dos horas sentada muy derecha en una silla del bar del frontón, con el bolso colgado del respaldo, sin decir absolutamente nada.
Volvimos al centro cívico porque no sabíamos adónde ir, y Fina, que ya había cerrado, nos abrió la sala 2 sin preguntar y se quedó en el pasillo con el carro de la fregona.
A las once y veinte de la noche, Rosario Ferrer sacó del bolso el otro rotulador.
Antes de eso, Bericat nos había dicho por teléfono lo único que nos dijo aquella noche, porque tenía que preguntárnoslo y porque no había otra manera de preguntarlo.
Nos preguntó si Fito Landa tenía licencia de armas.
Le dijimos que no, que estaba retirado desde 2017.
Nos preguntó entonces si alguno de nosotros sabía por qué un vecino de setenta y un años salía de su casa a las once y media de la noche de un lunes de octubre, andando, dejando el coche en la puerta, con una pistola de aire comprimido de las de feria en el bolsillo derecho de una cazadora nueva.
Nadie contestó.
Nos preguntó también, uno por uno y por teléfono, dónde habíamos estado la noche del lunes.
Yo estaba en el hostal, solo, como el 28 de septiembre.
Maribel Ojeda estaba en su casa, con la tele, como el 28 de septiembre.
Vane Puértolas estaba editando y tenía los archivos.
Andrés Sanz había salido a las cinco de la mañana del martes a un reparto de Monreal y tenía los albaranes. Rosario Ferrer estaba en su casa.
Y Rufino Cañas estaba en el bar del frontón hasta las once menos veinte y luego en su casa, y en el bar del frontón hasta las once menos veinte lo vieron nueve personas.
Yo escribí aquella noche en el cuaderno, con la letra que me sale cuando escribo tarde, una frase que dos semanas después subrayé tres veces y que aquel martes no significaba nada: todos siguen sin tener coartada y ahora hay uno que sí .
Yo tenía en el cuaderno, tres páginas atrás, entre un tejado y otro, escrito de mi puño y letra: pistola de aire comprimido, Landa, sesión 153 .
Aquella pistola no dispara más que balines.
La había traído a la sala 2 catorce días antes para dar veinte minutos de clase sobre orificios de entrada y de salida a cinco personas que no la habían pedido, y la había guardado en una bolsa de tela, y la bolsa en la mochila, y la mochila debajo de su silla, y todos habíamos aplaudido.
Se la llevó al bolsillo. Un hombre que tenía miedo y que no tenía a quién decírselo cogió lo único que tenía en casa que se pareciera a algo, y se fue andando de noche a ver a alguien a dos kilómetros y medio del pueblo, y ni siquiera llegó a sacarla.
La hoja de la lista tiene seis rayas con nombre y una en blanco.
A las once y veinte de la noche del martes 20 de octubre de 2026, Rosario Ferrer tachó la tercera. La tachó igual que las otras dos: de arriba abajo, con una raya recta, sin apretar de más y sin repasar.
Tres tachadas con el rotulador que no se borra.
Dos con marca de asistencia, hecha con el que se borra.
Y la sexta, la de más abajo, escrita hacía siete días también con el que se borra, que ponía Cañas, Rufino.
Debajo seguía la raya en blanco.