El club del crimen de los martes 16
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Yo esto lo explico porque cuando lo cuento fuera nadie me cree, y porque hay que entenderlo para entender lo que vino después.

Una farmacia rural no se abre porque venga otro y levante la persiana.

Hay una licencia, hay un titular, hay un colegio profesional que tiene que nombrar un regente, hay unos herederos que en este caso eran una prima de Monreal y un sobrino de Valencia, y hay unos plazos.

Los plazos son de meses. La botica siguiente está en Villarquemado, a dieciocho kilómetros, y el autobús pasa los martes.

Y a la segunda semana se le empezó a notar al pueblo.

Lo segundo fue el sueño.

De eso me enteré tarde y por casualidad, en el bar del frontón, oyendo hablar a tres mujeres de la calidad del sueño con un nivel de detalle técnico propio de un congreso.

—Yo desde el veinte de septiembre no pego ojo.

—Es que la Puri te lo daba y ya está.

—Es que la Puri sabía.

Yo llevo veinte años entrando en pueblos y hasta aquel jueves no había entendido una cosa que ahora me parece obvia.

Un pueblo de cuatrocientos habitantes con una media de edad de cincuenta y ocho años funciona todos los días gracias a una cantidad muy grande de cajas pequeñas.

La tensión, el azúcar, la tiroides, los nervios, el dormir.

Y funciona además porque hay una persona detrás de un mostrador que sabe cuál le toca a cada uno, quién se salta la del mediodía, a quién hay que apretarle y a quién hay que aflojarle.

Se muere esa persona y no se cae el pueblo. Se destempla.

Se destempla es la palabra exacta y me la dio Chusé.

La gente estaba de peor humor. Se discutía más y peor.

Se discutió por el aparcamiento, se discutió por los contenedores, se discutió en el hogar del jubilado por una partida de guiñote de una manera que hubo que separar a dos hombres de setenta y ocho años, y aquello no había pasado nunca.

Un pueblo entero se pasó tres semanas durmiendo mal y con los nervios de punta justo en el mes en que más falta le hacía tener la cabeza fría.

Y hay una cosa más, y esa todavía me da vueltas.

Una farmacéutica de pueblo no despacha solo cajas.

Despacha la conversación de tres minutos que va con la caja.

«¿Y tu madre?». «Eso tómatelo con comida».

«A ti te veo mala cara, ¿tú has ido al médico?

». Cuatrocientas doce personas tenían garantizados tres minutos de atención de un adulto competente cada vez que entraban por aquella puerta, y muchas de ellas no tenían otros tres minutos en todo el día.

Aquello también se cerró el 29 de septiembre y de aquello no habló nadie, porque no hay receta que lo diga.

Lo que hizo el pueblo, porque los pueblos hacen esto, fue organizarse por su cuenta.

Y de aquella semana hay una escena que hay que poner aquí porque es la única vez que este asunto tuvo gracia.

El jueves por la tarde, en el bar del frontón, Vanesa Puértolas estaba contando en voz alta las solicitudes de ingreso que se habían acumulado en el buzón del centro cívico desde septiembre, para el acta, con el dedo y moviendo los labios.

—Veintiséis —dijo.

—¿Veintiséis? —dijo Chusé.

—Veintiséis. Y en tres años no hubo ninguna.

Y entonces, sin ninguna intención, mirando la lista, Vane dijo:

—Es que cuantos más nos morimos, más quieren entrar.

Y en aquella barra se rieron once personas.

Se rieron de verdad, con esa risa fea y buenísima que se le hace en un pueblo a la única persona capaz de decir en voz alta lo que están pensando todos, y Chusé le puso otra caña sin que la pidiera, y Maribel Ojeda dijo que esa boca, y se rio también.

Yo me reí.

Apunto aquí que me reí, y apunto la fecha, que es el jueves 15 de octubre de 2026 a las siete y media de la tarde, porque cinco días después aquella misma chica dijo esa misma frase en otro sitio y no se rio nadie.

Se montó una lista en el estanco. Quien fuera a Villarquemado apuntaba el día y la hora y se llevaba las recetas de los demás.

Los martes iba Rufino Cañas con su coche y llevaba a cuatro.

Los viernes iba Andrés con la furgoneta, que ya tenía reparto por allí, y llevaba las recetas de veinte personas en una caja de plástico con los nombres escritos en cinta de carrocero.

Eso lo hicieron ellos dos. Yo no lo hice y no me lo pidió nadie, y las dos cosas son justas.

Y el jueves 15 por la tarde, a todo esto, hubo pleno.

El pleno del ayuntamiento de Villafranca del Cierzo se celebra en el salón de plenos, que tiene doce sillas y un cuadro del rey de hace tres reyes.

Aquel jueves hubo que abrir las puertas al pasillo.

La alcaldesa, Montse, subió al estrado con dos folios y dijo la frase que aquel pueblo llevaba seis semanas esperando y temiendo.

—Queremos aprovechar el momento.

Y anunció la Semana del Misterio.

Del 26 al 31 de octubre. Ruta guiada de cinco paradas con guía municipal.

Menú del misterio en los establecimientos adheridos, que eran dos, el bar del frontón y el hostal.

Mercadillo el sábado. Y una mesa redonda el viernes con «expertos», expertos que en aquel momento no existían y que hubo que buscar en Zaragoza.

El debate duró dos horas.

Un concejal preguntó si aquello era ético.

La alcaldesa dijo que la ética no paga el alumbrado.

Una señora del público, sin turno de palabra y sin que nadie se lo quitara, dijo que a la Puri la estaban enterrando dos veces.

Otro señor dijo que a él Ávila le parecía muy bonita y que allí también han pasado cosas.

Se debatió el nombre. Se propuso «Jornadas de Novela Negra», que fue rechazado porque aquí no hay ninguna novela.

Se propuso «Villafranca Misteriosa», que fue rechazado porque suena a casa encantada.

Se propuso «Jornadas de Memoria y Territorio», propuesta de la que su propio autor se retractó a los cuatro minutos.

Se debatió si la ruta debía pasar por la farmacia. Se acordó que no, por doce votos a favor del no, que fue el único acuerdo unánime y decente de toda la tarde.

Se debatió si debía pasar por el Bar Nuevo. Se acordó que sí.

Nadie fue capaz de explicar en dos horas por qué una cosa sí y la otra no, y todo el mundo lo entendía perfectamente, y esa es exactamente la clase de moral que tiene un pueblo y que tengo yo.

Y entonces un concejal de la oposición, un hombre serio, de esos que se leen los expedientes, pidió la palabra y formuló la pregunta que a mí me tendrán que grabar en la lápida.

—Yo lo que quiero que conste es una cosa. ¿Estamos declarando de interés turístico a un asesino en serie?

Hubo doce segundos de silencio en el salón de plenos.

—Estamos declarando de interés turístico el patrimonio inmaterial —dijo Montse.

—El patrimonio inmaterial.

—Sí.

—Ya.

Se aprobó por siete votos a favor y dos en contra.

Lo que no se aprobó, porque no se pudo, fue el merchandising.

Aquello se supo el viernes y fue la única cosa de aquella semana que me hizo reír de verdad. El ayuntamiento había encargado doscientas camisetas y trescientas bolsas de tela con un logotipo y una leyenda, y la leyenda era «El Club de los Martes».

Y resulta que Vanesa Puértolas Ariño, veintiséis años, presentó en julio de 2026 una solicitud de marca nacional para «El Club de los Martes», clases 25 y 41, ropa y entretenimiento, porque quería vender camisetas del pódcast en las fiestas de agosto y le pareció que aquel nombre quedaba bien.

Julio. Antes de que se cayera nadie por ninguna escalera.

—Yo no he hecho nada —le dijo a la alcaldesa, en la puerta del ayuntamiento, con media Villafranca delante—. Yo lo pedí para unas camisetas.

—Vanesa, hija, sé razonable.

—Es que soy razonable. Es que la marca es mía.

—Es el nombre de un club del pueblo.

—Es el nombre de un club en el que yo no puedo ni votar —dijo Vane.

Y se fue calle arriba.

La reunión con el secretario del ayuntamiento fue el lunes por la mañana y duró hora y media, y de aquella hora y media lo único que ha trascendido es que el secretario, que es un hombre de cincuenta y tantos que lleva veintiún años en el cargo y que ha visto de todo, le explicó a Vanesa Puértolas que aquella marca la había pedido de mala fe.

Y Vane le puso delante la fecha de la solicitud.

Julio. Antes de todo. Antes de que hubiera nada de lo que aprovecharse.

Una chica de veintiséis años que quería vender camisetas en las fiestas de su pueblo y que, sin comerlo ni beberlo, se encontró siendo dueña legal del nombre de la única cosa por la que su pueblo iba a existir en el mapa aquel otoño.

Aquello dio dos episodios y, al final, una cesión gratuita de uso por un año con una condición que puso ella y que el ayuntamiento aceptó por escrito: que en el material no saliera el nombre de ninguna víctima.

Es la única persona de esta historia que negoció algo y ganó, y lo que ganó fue eso.

Y luego está lo de Fito Landa.

El sábado 17 volvía yo de Ojos Negros a las seis y media de la tarde y bajé por el camino de los huertos, que es más corto y está peor, y en el huerto tercero de la izquierda, el que tiene la caseta de bloque, había un hombre de setenta y un años quemando papeles en un bidón.

Frené. No me escondí: paré el coche a treinta metros, en un ensanche, y estuve mirando el humo cuatro o cinco minutos porque el humo es lo mío.

No me vio. Estaba de espaldas, con la cazadora nueva colgada de una estaca para no estropearla, echando cosas al bidón de una en una, que es como quema la gente que no tiene prisa y sí tiene cuidado.

Volví el domingo por la mañana. Eso hay que decirlo tal cual: volví el domingo a mirar la ceniza de un vecino, sin que me lo hubiera pedido nadie y sin ninguna razón profesional, y si aquello tiene un nombre, que me lo pongan.

Y lo hice porque llevo dieciocho años peritando incendios y porque la ceniza habla.

En un bidón de doscientos litros con papel quemado queda mucho más de lo que la gente cree.

Queda el borde de las hojas, que no llega a arder si está apretado.

Quedan las grapas. Quedan las anillas de los archivadores, que son de metal y no se van a ninguna parte.

Y queda, sobre todo, lo que no era papel.

En aquel bidón había grapas, tres anillas de un archivador de dos, ceniza de folio y ceniza de papel de más gramaje, del de las carpetas de cartón. Había un trozo de goma elástica derretida. Había una espiral de alambre de un cuaderno pequeño.

Y no había hule.

El hule negro de una tapa de libreta no se quema: se retuerce, apesta y deja un pegote negro y brillante pegado al fondo, que se conoce a un metro de distancia y que no se confunde con nada. Yo lo he visto en cuatro incendios de local y una vez en un coche.

En aquel bidón no había ni rastro.

Fito Landa se pasó una tarde de sábado quemando sus papeles en un bidón, y todos sus papeles menos uno.

Aquella noche bajó al frontón y pagó dos rondas.

Le dijeron lo que se le dice a un hombre que paga dos rondas seguidas, que es que le habrá tocado algo, y él dijo que qué le va a tocar a él, y se rio, y se le vio bien, y estuvo hasta las once y media, que era una hora a la que Fito Landa no se quedaba nunca porque cenaba a las nueve desde 1978.

Yo estaba allí y lo vi y no hice nada, porque no había nada que hacer. Un hombre puede quemar papeles en su huerto. Un hombre puede pagar dos rondas. Un hombre puede quedarse en el bar hasta las once y media.

Un hombre puede hacer las tres cosas el mismo sábado y no significa nada.

Le quedaban dos días.