El club del crimen de los martes 15
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A Charo Ferrer le dio la mano la cuarta.

—Rosario.

—Buenas tardes.

Eso fue todo. Eso fue absolutamente todo, y yo estuve mirando y no había nada más que mirar. Dos personas de setenta años que llevan viviendo cuarenta metros más allá la una de la otra desde hace medio siglo se dan la mano en un centro cívico y se dicen buenas tardes.

Se sentó donde le dijeron, que fue de espaldas a la ventana, y se puso la carpeta de plástico encima de las rodillas.

Charo Ferrer sacó los dos folios grapados, el bolígrafo rojo y el temporizador de cocina, y los puso delante en ese orden.

Hay una cosa que quiero dejar escrita antes de contar la entrevista, porque después de lo que pasó en noviembre nadie me va a creer y me da igual: aquella tarde, en aquella sala, Rufino Cañas estuvo espléndido.

No gracioso. Espléndido.

—¿Formación? —dijo Charo.

—Escuela hasta los catorce. Luego el campo y luego veintiocho años en el almacén de la cooperativa.

—Anotado. ¿Vínculo con la localidad?

—Nacido aquí. Mi padre nació aquí y mi abuelo también. —Se lo pensó un segundo—. Y me voy a morir aquí, si no me llevan a Teruel.

—Anotado. ¿Ha comentado usted el caso en foros, redes o grupos de mensajería?

—Yo no tengo de eso.

—¿Nada?

—Tengo el móvil para las llamadas y para lo del banco. Y mal.

Maribel Ojeda dijo que ella igual y Charo le dijo que no era su entrevista.

En la cuatro, que es la del vecino que le pide a uno que no publique un dato cierto, Rufo Cañas contestó lo siguiente:

—Depende de quién sea el vecino y de qué dato sea. Y eso está mal contestado, ya lo sé, pero es la verdad. Aquí todos nos hemos callado cosas por alguien alguna vez. El que le diga a usted que no, miente.

Charo Ferrer lo anotó entero, con el «miente» incluido.

En la cinco explicó que él no traía metodología ninguna y que no sabía qué es un indicio hasta hacía diez minutos, que se lo había mirado en el bar.

En la seis le preguntaron por qué quería entrar y dijo tres cosas: que se aburre, que le da rabia que vengan de fuera a contarle a él lo que pasó en su pueblo, y que la Puri le arreglaba las recetas.

Y llegó la siete.

Charo Ferrer le dio cuerda al temporizador de cocina y lo dejó en el centro de la mesa.

—Pregunta siete. Cite tres diferencias entre indicio y corazonada. Tiempo: un minuto.

En septiembre, un criminólogo de Zaragoza con posgrado había gastado aquel minuto entero para dar una diferencia y media y para decir joder cuando saltó el timbre.

Rufino Cañas se rascó la nuca y tardó cuatro segundos.

—Uno. El indicio lo puede ver otro. La corazonada la ve uno solo, y si la ve otro es que se la has contado tú.

Ocho segundos.

—Dos. El indicio se está quieto. La corazonada crece. Tú te acuestas con una sospecha pequeña y te levantas con ella grande, y por el camino no ha pasado nada.

Veinte segundos.

—Y tres. —Levantó un dedo—. Del indicio te puedes defender. Se mira, se mide y se dice que no es. De la corazonada de un pueblo no te defiende ni Dios.

Faltaban veintiséis segundos.

Se hizo en aquella sala un ruido de aprobación de esos que no se pueden fingir.

Maribel Ojeda dijo «ay, qué razón» en voz alta.

Vane Puértolas apuntó la tercera palabra por palabra.

Yo mismo, que llevo veinte años cobrando por distinguir un indicio de una corazonada, no habría sabido decirlo mejor y no lo he sabido decir mejor desde entonces.

Charo Ferrer paró el temporizador antes de que sonara.

—Correcto —dijo.

Y aquella fue la única palabra de toda la tarde en la que a mí me pareció que había algo debajo, y no supe qué, y lo escribí en el cuaderno y lo subrayé y luego taché el subrayado porque me pareció que estaba haciendo literatura.

La ocho era si aceptaría que se le pidiera guardar silencio sobre lo tratado en la sala. Dijo que sí y añadió que él eso lo lleva haciendo toda la vida gratis.

La nueve era si alguna vez había declarado ante la autoridad en relación con hechos ocurridos en la localidad.

Rufino Cañas se tomó su tiempo con esa.

—No —dijo.

—¿Nunca?

—Nunca. —Se encogió de hombros—. A mí no me llamaron.

Charo Ferrer lo anotó con el bolígrafo rojo, despacio, y no levantó la vista del folio, y en aquel momento a mí me pareció que estaba escribiendo tres palabras y ahora sé que estaba escribiendo dos.

La diez fue si tenía algo que aportar que no le hubieran preguntado.

—Sí —dijo Rufo, y abrió por fin la carpeta de plástico.

Dentro había ocho o nueve fotografías de las de papel, de las cuadradas con borde blanco. Fiestas de los años ochenta y noventa. La plaza con el escenario montado. La cucaña. Una peña con camisetas. Un grupo de gente delante del Bar Nuevo con Sebastián Larrea joven en el centro con un delantal.

—Yo de investigar no sé —dijo—. Pero de esto tengo tres cajas. Y aquí sale gente que ya no está y sitios que ya no están, y en agosto del noventa y nueve sale todo el pueblo, porque en aquellas fiestas hacía fotos hasta el gato.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

—Déjelas ahí —dijo Charo Ferrer.

Rufo Cañas salió al pasillo a esperar y se debatió la admisión con la puerta cerrada, y el debate duró once minutos y fue el más raro de todos.

Fito Landa se opuso.

Se opuso como se había opuesto en septiembre, pero peor, porque en septiembre tenía argumentos de reglamento y en octubre ya no le quedaban.

Dijo que aquellas fotos no aportaban nada.

Dijo que un club de investigación no es un archivo de fiestas.

Dijo que había gente que se apunta a las cosas para estar donde se habla.

Y a mitad de la cuarta frase, que empezó por «además, ese hombre», se paró él solo y no la terminó, y se puso a buscar algo en la carpeta.

Aquella era la tercera vez que yo veía a Fito Landa no decir el nombre de Rufino Cañas.

Maribel Ojeda estaba a favor. Dijo que Rufo es de aquí de toda la vida, que a ella le arregló la persiana en enero y que aquel hombre en su casa tenía las fotos de la boda de sus padres.

Vane Puértolas pidió la palabra y dijo una cosa incómoda, que es su especialidad.

—Yo estoy a favor y quiero que conste por qué. Estoy a favor porque me interesa. Si entra, yo tengo material. Y me parece que aquí el único que ha dicho la verdad sobre por qué vota lo que vota soy yo, y me parece fatal que sea yo.

—Eso no se vota —dijo Charo.

—Ya lo sé. Es que yo no puedo votar.

A mí no me preguntaron y yo no dije nada, y me pasé aquellos once minutos haciendo una cosa muy poco elegante que consiste en mirar a la presidenta y esperar a que se le mueva algo en la cara.

No se le movió nada. Tomó nota, dejó hablar y a los once minutos dijo que se votaba.

Y entonces se votó, y aquí es donde hay que sacar la calculadora, porque es lo que a mí me dejó tonto y porque nadie de aquella sala lo dijo en voz alta.

En junio, aquel club tenía cinco personas en la lista. Un martes de octubre quedaban tres, y una de las tres preside y no vota.

Votaron dos.

Fito Landa, en contra. Maribel Ojeda, a favor.

Uno a uno.

Vane Puértolas levantó la cabeza del cuaderno y dijo lo que estaba pensando toda la sala.

—¿Y ahora qué?

Charo Ferrer se quitó las gafas.

—En caso de empate decide la presidencia. Artículo seis.

—¿Qué artículo seis?

—El de los estatutos que registré yo en noviembre de 2023 —dijo Rosario Ferrer, y volvió a ponerse las gafas—. Voto a favor.

Así fue como Rufino Cañas Bergua entró en el Club de Lectura y Actualidad Los Martes: por el voto de calidad de una sola persona, en una votación de dos, en una sala donde faltaban dos socios porque uno se había caído por una escalera y a la otra la habían encontrado sentada en su rebotica.

Y lo había hecho posible, sin saberlo, el hombre que más se opuso.

Si Fito Landa no llega a plantear el 15 de septiembre su cuestión de orden sobre que las admisiones requieren temario y entrevista, aquella solicitud se habría votado aquella misma tarde y habría salido que no por uno a dos, con la Puri viva y votando en contra.

Fito Landa se pasó un mes bloqueando una puerta y lo único que consiguió fue mantenerla abierta hasta que cambiaron los votos.

Lo hicieron pasar a las ocho y diez.

Charo Ferrer se levantó, y esto lo vi yo desde metro y medio y lo he repasado muchas veces desde entonces, y la primera vez que lo repasé fue ya de noche, en la habitación tres, y me tuve que sentar en la cama.

Rosario Ferrer le tendió la mano a Rufino Cañas por encima de la mesa.

—Bienvenido —dijo.

Y sonrió.

Yo he visto sonreír a esa mujer cuatro veces en tres meses y las cuatro las tengo apuntadas, porque apunto. Aquella fue la primera.

Después Rufo Cañas se sentó, y se pasó lista otra vez para que constara, y Charo dijo su nombre por primera vez en voz alta en aquella sala.

—Cañas, Rufino.

—Presente.

Lo apuntó en la hoja plastificada con el rotulador de pizarra, en el hueco que quedaba al final, encima de la raya en blanco. Con el que se borra.

Y en la pausa técnica, Andrés Sanz destapó la fuente, cortó el bizcocho y fue repartiendo los trozos uno por uno, empezando por la presidenta, como todos los martes.

A Rufino Cañas le tocó el cuarto.

—Anda, mira —dijo Rufo, con la boca llena—. Esto está buenísimo. Esto es de la señora Angelines, ¿no? El de las fiestas.

—Es la receta de siempre —dijo Andrés.

—Pues es esa. Yo esto lo he comido.

Y siguió comiendo, y siguió hablando de otra cosa, y le duró el trozo hasta el punto cuatro del orden del día, y no le pasó absolutamente nada.

Vane sacó el episodio el miércoles a las siete de la mañana, el 216, titulado «Han admitido a un vecino», sin nombres y sin una sola palabra de más, y a las nueve de la noche iba por trescientas mil reproducciones y la gente estaba haciendo apuestas en los comentarios sobre quién era el vecino.

El pueblo lo sabía desde las ocho y cuarto del martes, obviamente.

Un pódcast en Villafranca del Cierzo es un servicio para gente de fuera.

Y aquella noche, cuando ya estaba apagando la luz, me di cuenta de una cosa muy pequeña que no le he contado nunca a nadie.

Rufino Cañas nos dio la mano a los seis al entrar, uno por uno, por orden de proximidad y diciendo el nombre de cada uno.

Menos a Andrés.

A Andrés no le dio la mano. Pasó de largo y le hizo un gesto con la barbilla, de esos que se hacen entre hombres que se ven todos los días.

Y Andrés le devolvió el gesto.