El club del crimen de los martes 14
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La casa de Rosario Ferrer está en la calle del Horno, haciendo esquina, con la fachada revocada de gris y un zócalo de piedra hasta la altura de la cintura.

Tiene dos plantas, un balcón corrido con geranios y una puerta de dos hojas con clavos, y a la derecha, en la pared, todavía se distingue el hueco cegado donde estuvo el portón del corral.

Llamé a las cinco y media. Me abrió con un delantal puesto y no se lo quitó.

—Pase, que se enfría.

El pasillo es largo y estrecho y da a una cocina que ocupa la mitad de la planta baja, con una mesa camilla en el centro, un banco de obra bajo la ventana y una cocina económica que ya no se usa y que sigue ahí porque quitarla es tirar media pared.

La ventana da a un patio pequeño con un fregadero de piedra y una parra.

Y huele.

Huele a lo que huelen estas casas, que es a cal, a fruta guardada y a butano, y por encima de todo eso, aquella tarde, a mantequilla.

En aquella cocina había habido mantequilla derretida hacía menos de dos horas, y yo lo supe al pasar la puerta, y no le di ninguna importancia porque era sábado y porque la gente hace repostería los sábados.

Lo que no pensé, y es lo que tenía que haber pensado, es que aquella mujer vive sola desde 1999.

Puso el té, puso las pastas en un plato de los de diario y se sentó enfrente.

Las pastas eran buenas. Nunca lo habría dudado.

En aquella cocina hay un reloj de pared de los de pila, un calendario de la Caja Rural, un almanaque de un taller de Calamocha colgado de un clavo y, encima del banco de obra, tres fotos enmarcadas.

En la primera hay una boda de los años ochenta.

En la segunda hay un grupo de mujeres con delantal delante de la puerta de un comedor escolar.

La tercera está boca abajo, apoyada en la pared, con la trasera de cartón hacia fuera y una anilla de alambre para colgarla.

Nadie pone una foto boca abajo por accidente y nadie la deja así doce años. Se pone boca abajo la que no se puede mirar todos los días y no se puede quitar.

Yo la miré una vez y no la volví a mirar, y de las dos cosas la segunda me costó más.

—Usted quería preguntarme una cosa —dijo.

—Varias.

—Pues pregunte, que a las siete tengo el rosario.

Eso lo dijo aquella mujer un sábado a las cinco y media de la tarde, y a mí me quedó una hora y media, que era exactamente el tiempo que ella había decidido concederme.

Empecé por lo fácil.

—Lleva usted tres años sin admitir a nadie de fuera. Al chico de Zaragoza lo devolvió en cuarenta minutos. A mí me hizo hueco en una tarde.

Charo sirvió el té sin mirar la taza, que es como sirven las mujeres que están mirando otra cosa.

—Aquí los huecos no se hacen, Gonzalo. Se guardan. —Empujó el plato hacia mi lado de la mesa—. Coja, que son de las buenas. Usted de crío ya era de los que no cogían sin que les dijeran.

Cogí una pasta.

Apunté mentalmente dos cosas. La primera, que no había respondido. La segunda, que sí.

Y a continuación hice lo que hace un perito cuando le acaban de dar un dato que no sabe dónde meter, que es seguir con el cuestionario como si nada, porque un cuestionario interrumpido no se retoma nunca.

—He estado mirando las actas.

—Ya lo sé.

—¿Se lo ha contado Vane?

—Vane no me cuenta nada, pobre. —Se echó azúcar—. Me lo ha contado su abuela, que estuvo el viernes en el hogar preguntando quién metió al Andrés en el club. Media Villafranca lo sabe desde el sábado por la mañana. Usted eso todavía no lo tiene aprendido.

—Pues se lo pregunto a usted directamente. En esa mesa se sientan cinco personas. El cabo que llevó la batida. La auxiliar que recibió la muestra del patio. La vecina de la travesía. El hombre que declaró aquella noche. Y usted.

—Sí.

—¿Eso es casualidad?

Rosario Ferrer dejó la cucharilla en el plato y se me quedó mirando con una paciencia enorme.

—¿A quién iba a llamar? ¿Al del banco?

Y ahí me tuvo, y lo supo, y no lo celebró, que es lo que más rabia da.

Porque es verdad. Es tan verdad que si a mí me encargan mañana reabrir aquel expediente, mi primera lista de personas con las que hablar es exactamente esa.

Una madre que quiere entender qué pasó con su hijo va a buscar al que llevó la investigación, a la que tocó las muestras, a la vecina que estaba en la calle y al que estaba abierto aquella noche.

No hay otro sitio adonde ir. Cualquier otra cosa que haga esa mujer es peor.

Lo que yo tenía delante no era una respuesta insuficiente.

Era una respuesta completa. Y ese es el problema con Rosario Ferrer, y lo tardé bastante en entender: no miente.

Administra. Le dan a uno el dato entero, bien pesado y sin trampa, y uno se va a su casa con el dato entero en la mano y tarda tres semanas en darse cuenta de que ha entrado con cuatro preguntas y ha salido con cuatro datos y ninguna respuesta.

Probé por otro lado.

—Andrés no tiene entrevista.

—No.

—Al chico de Zaragoza le hizo diez preguntas y le puso el temporizador.

—Sí.

—¿Y a Andrés?

—A Andrés no hizo falta.

Esperé. En mi oficio, esperar es la única técnica que funciona: la gente rellena los silencios con lo que le sobra, y lo que le sobra es lo que uno ha venido a buscar.

Rosario Ferrer se bebió el té.

Nunca he conocido a nadie, ni en veinte años de siniestros, ni entre los abogados, ni entre los que tienen algo gordo que esconder, que aguantara un silencio como aquella mujer. Y no lo aguantaba por dureza. Lo aguantaba porque a ella no le sobraba nada.

Cambié de tercio otra vez, que es lo que hace uno cuando le están ganando.

—Sebastián Larrea declaró el 17 de agosto del noventa y nueve que aquella noche cerró el bar a las tres y no se movió de allí.

—Eso pone.

—Usted lo tuvo tres años detrás para que entrara en el club.

—Dos años y nueve meses.

Lo dijo sin pensarlo, como se dice la edad de un hijo.

—¿Por qué se resistía tanto?

—Porque el Sebas era un hombre muy tímido —dijo Charo Ferrer— y porque no le gustaba hablar de aquello.

Y eso también era verdad, y también era completo, y también me dejó exactamente igual que estaba.

—Una última del capítulo del club —dije—. El martes deciden ustedes lo del vecino Cañas.

—El martes.

—¿Va usted a admitirlo?

—Eso lo decide el club.

—El club son dos votos, Charo. En la lista quedan tres y usted preside.

Rosario Ferrer se quedó quieta con la taza en la mano.

—Ya lo sé —dijo.

Y ahí me di cuenta, por primera vez en toda la tarde, de que aquella mujer llevaba dos semanas haciendo la misma cuenta que acababa de hacer yo, y que la había hecho antes, y que la había hecho más veces.

Entonces preguntó ella, y a partir de ahí ya no volví a llevar yo la conversación.

Me preguntó si me gustaba mi trabajo. Le dije que se me da bien, que no es lo mismo. Me preguntó cuántos años llevaba divorciado y le dije que nueve, y no le pregunté cómo sabía que lo estaba. Me preguntó si tenía hijos. Le dije que no. Me preguntó por mi padre.

—Murió en 2011 —dije—. En Lugo.

—En Lugo.

—Se volvió allí.

—Ya.

Y siguió con las pastas, y aquel «ya» estuvo colgado encima de la mesa camilla como se queda colgado el humo cuando no hay corriente.

Después me preguntó otra cosa.

—¿Y usted por qué se quedó aquí tres semanas por un tejado?

—Son treinta y un tejados.

—Ya. —Cortó una pasta por la mitad, que es una cosa que no hace nadie—. Pero eso lo despacha usted en cuatro días si le da la gana. Yo he tenido perito en esta casa dos veces y las dos vinieron por la mañana y se fueron a comer a su pueblo.

Y ahí tuve delante una puerta abierta de par en par.

Se lo podía haber dicho en aquel momento. Tenía la frase entera hecha desde hacía tres semanas, tenía la cocina, tenía a la mujer sentada enfrente y tenía hora y media pagada de su tiempo. Podía haber dicho: yo viví aquí de los seis a los doce, en la calle de la Fuente, y usted me daba de merendar.

Dije:

—Es que la comida del hostal no está mal.

Rosario Ferrer masticó media pasta, se limpió con la servilleta y no insistió.

Volvió a abrirme la puerta veinte minutos después, con otra cosa, hablando de nada, cuando dijo que en este pueblo hubo un año en que en la escuela llegó a haber treinta y un críos y que ahora hay nueve. Yo podría haber dicho que lo sabía. Sabía hasta los nombres.

Dije que era una pena.

Y la segunda vez ya no me la abrió más, y la conversación siguió por el ambulatorio y por lo mal que está la carretera de Villarquemado hasta las siete menos veinte.

A las siete menos veinte la última pregunta la hice yo, porque uno tiene que irse con algo.

—En la lista hay cinco nombres y una raya en blanco.

—Sí.

—¿Para quién es?

Rosario Ferrer se levantó, recogió las dos tazas, las llevó al fregadero y abrió el grifo.

—Aquí no se olvida a nadie —dijo, de espaldas, con el mismo tono con el que me había ofrecido las pastas.

Salí a la calle del Horno a las siete menos cinco. Hacía cierzo.

Bajé andando hasta el hostal y por el camino puse en columnas lo que llevaba, que es lo que hago cuando no entiendo nada, y me salieron dos columnas y las dos me disgustaron.

En la de la izquierda: no me había mentido ni una vez. Ni una. He tomado declaración a mil doscientas personas y sé perfectamente cómo suena una mentira pequeña metida entre dos verdades, y en aquella cocina no hubo ninguna.

En la de la derecha: no me había contestado a nada.

Y al final de la de la derecha, con letra más pequeña, porque me costó escribirlo, apunté lo único que aquella tarde había sido en realidad un hecho.

Sabe quién soy.

No sabía cuánto. Eso me llevó otro mes.

Llamé a Vane Puértolas a las ocho y cuarto, desde la habitación tres, porque se lo debía y porque las cuarenta y ocho horas se acababan al día siguiente.

—¿Y bien?

—No me ha mentido en hora y media.

—¿Eso es bueno o es malo?

—Es lo que hay. —Me senté en la cama—. Me ha dado el dato de por qué son esos cinco y el dato es bueno. Es el que daría cualquiera. Es el que daría yo.

Vane se quedó callada un rato.

—Entonces no tengo episodio.

—Tienes un club que se ha quedado en dos votos y a una mujer que lleva tres años reuniendo a esa gente. Y no tienes nada más.

—Ya. —Se oyó de fondo el ruido de la casa de sus padres, la tele, una puerta—. ¿Sabe lo peor? Que si lo publico así, en dos días alguien de fuera dice en un vídeo que esa señora mató a su propio hijo, y hay seiscientas personas que se lo creen. Y esa señora tiene que ir a la panadería.

—Pues no lo publiques.

—Le doy tres semanas —dijo—. Y luego lo publico o lo dejo, y no sé cuál de las dos me da más miedo.

Colgué a las ocho y media, cené abajo y subí. Apagué la luz a las once y cuarto.

⁂

Es de noche y hace el calor de agosto a las once, que no es calor de sol sino calor de gente. Suena la orquesta en la plaza y desde la pared del frontón se oye a medias, con el bajo por delante.

Quique llega al escondite con la ceja abierta y la camiseta por dentro, porque su madre le riñe si la lleva por fuera y él ya no distingue qué casa manda en qué cosa. Tiene nueve años y trae la respiración de haber corrido. La ceja no le sangra ya. Le brilla.

Nadie pregunta. En el pueblo, a los nueve años, ya sabemos qué caras no se preguntan.

Se pregunta por un diente, se pregunta por una rodilla y por lo demás no se pregunta, porque la respuesta la sabe todo el mundo y porque decirla en voz alta es de chivatos.

Rubén cuenta hasta veinte con la frente en la pared.

Quique se pone al lado mío y mira hacia la calle por donde ha venido, y sigue mirando hacia allí más rato del que hace falta.

Le toca esconderse a él.

Yo quiero ganar.