El club del crimen de los martes 13
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Vane Puértolas me llamó el jueves a las cuatro de la tarde y me dijo dos frases.

—Tengo tres años grabados. ¿Usted sabe mirar papeles o solo lo dice?

El estudio de Crímenes y Croquetas es el cuarto de arriba de la casa de sus padres, con un colchón viejo puesto de pie contra la pared para el eco y un cartel de la Feria del Libro de Zaragoza.

Allí estuvimos el jueves de cinco a once y el viernes de nueve a nueve, con dos ordenadores y un paquete de folios que compré yo en el estanco.

Ella tenía el audio de las ciento cincuenta y tres sesiones, porque graba desde la primera.

Tenía las transcripciones de ciento veinte, hechas por ella a mano y a máquina.

Tenía fotos: de la mesa, de las hojas del orden del día, de la pizarra que hubo el primer año y que quitaron porque no la usaba nadie, y de la lista.

Yo tenía lo mío, que es peor y sirve más: sé leer una serie.

En mi oficio, una serie es lo que le pasa a un edificio a lo largo de veinte años de partes: goteras, un derrame, otra gotera, una reclamación pequeña, otra.

Cada parte por separado es un accidente.

Los veinte juntos son un tejado que nadie ha arreglado nunca, y a veces son otra cosa.

Uno aprende a mirar las fechas antes que el contenido, porque el contenido lo escribe el que quiere cobrar y las fechas no las escribe nadie.

Empezamos por las fechas.

El Club de Lectura y Actualidad Los Martes se constituyó el 3 de octubre de 2023 con una sola persona, Rosario Ferrer Bonet, que reservó la sala 2 del centro cívico a nombre de una asociación que no existía y que se inscribió al mes siguiente.

La sesión número uno la levantó ella misma.

Duró cuarenta minutos y el acta ocupa cinco líneas.

Entre aquel martes y el martes 6 de octubre de 2026 hay ciento cincuenta y ocho martes. Y hay ciento cincuenta y tres sesiones.

Faltan cinco, y las cinco están justificadas: el 26 de diciembre de 2023, el 24 de diciembre de 2024, el 12 de agosto de 2025 por las fiestas, el 1 de septiembre de 2026 porque aquella mañana habían encontrado a Sebastián Larrea, y el 22 de septiembre de 2026 porque el ayuntamiento se quedó la sala.

Ciento cincuenta y tres martes de siete a ocho y media, con lluvia, con cierzo, con nieve y con dos muertos.

Yo he visto asociaciones de regantes con más medios y menos constancia.

Vane entró en la número cuatro, porque la buscó ella a Charo y no al revés. Eso conviene decirlo.

Y luego, uno a uno, entraron los demás.

Maribel Ojeda, sesión 19, febrero de 2024. En el audio de la sesión 6 se oye a Charo decir que va a hablar con Maribel. En el de la 11, que ha hablado. En el de la 15, que Maribel se lo está pensando. Tres meses y medio.

Fito Landa, sesión 38, junio de 2024. Charo lo menciona por primera vez en la sesión 12, la del 19 de diciembre. Seis meses.

Purificación Gascón, sesión 61, diciembre de 2024.

Sebastián Larrea, sesión 141, junio de 2026. Rosario Ferrer estuvo dos años y nueve meses trabajándose a un hombre que tenía el bar a ciento veinte metros del centro cívico y al que veía todos los días.

—Dos años y nueve meses —dijo Vane, con el folio en la mano.

—Y no entró nadie más en tres años.

—Once solicitudes en dos días este septiembre y ninguna admitida. —Se quedó mirando la pared del colchón—. Y el de Zaragoza, cuarenta minutos y a la calle.

Nunca entraron dos a la vez. Nunca entró nadie por su cuenta. En tres años, cada persona que se sentó en aquella mesa se sentó porque Rosario Ferrer fue a buscarla, andando, a su casa o a su trabajo, y volvió las veces que hicieron falta.

Eso es lo primero. Lo segundo lo encontró ella.

Vane tenía el sumario del noventa y nueve escaneado, las tres cajas, porque se lo dejó ver un abogado de Calamocha que fue el que le abrió las ganas de hacer el pódcast. Y estuvo el viernes por la mañana cruzando nombres.

Fito Landa era cabo del puesto en agosto de 1999. Firmó las diligencias de la batida, incluida la de la mañana del día 17, que es la que orienta la búsqueda al río.

Purificación Gascón era auxiliar del laboratorio comarcal en 1999 y su firma está en el parte de recepción de la muestra del patio, el que no tiene resultado.

Maribel Ojeda declaró el 16 de agosto de 1999. Vive en la travesía. Su declaración ocupa nueve líneas y en las nueve líneas no dice nada.

Sebastián Larrea Bosque declaró el 17 de agosto de 1999. Dijo que aquella noche cerró el bar a las tres de la madrugada y que no se movió de allí.

Y Rosario Ferrer Bonet es la madre.

Se lo dije en voz alta porque a veces hay que decir las cosas en voz alta para saber si suenan a lo que uno cree.

—En esta mesa se sientan las cinco personas que en agosto del noventa y nueve estuvieron más cerca de aquel crío. El que llevó la investigación. La que tocó las muestras. La vecina de la calle. El que declaró esa noche. Y la madre.

—Eso no es raro —dijo Vane—. Es un pueblo de cuatrocientos. Aquí todo el mundo estuvo cerca de todo.

—Es un pueblo de cuatrocientos. En el sumario declaran ciento setenta y una personas. Ella ha ido a buscar a cinco, ha tardado tres años y no se ha equivocado ni una vez.

Vane Puértolas no dijo nada durante un rato bastante largo.

—Puede ser bueno —dijo al final—. Puede ser que la mujer haya juntado a la gente que más sabe. Es lo que haría cualquiera.

—Sí.

—Es lo que haría yo.

—Sí.

Y las dos veces que dije que sí era verdad, y las dos veces me quedó frío el cogote, y son cosas que pueden pasar a la vez.

Después miramos la lista.

Vane tiene catorce fotos de la lista plastificada, de sesiones distintas, la más antigua de marzo de 2024.

Es una hoja de las de rayas, impresa, con los nombres a máquina y sellada al calor por las cuatro esquinas.

Cinco nombres. Ferrer, Larrea, Landa, Gascón, Ojeda, en ese orden, que no es alfabético ni es el orden de entrada.

Y debajo del quinto nombre hay una raya. Vacía.

En la foto de marzo de 2024 la raya está y está vacía. En aquella foto, en la mesa de aquel club, solo se sentaban tres de los cinco: Larrea no entró hasta 2026 y Gascón hasta 2025, y sus nombres ya estaban impresos, y debajo ya estaba la raya.

Eso lo vi yo y no lo vio ella, porque ella miraba los nombres y yo miro los márgenes.

Aquella hoja no se hizo con los socios que había. Se hizo con los socios que iban a haber.

—Falta uno —dijo Vane, contando con el dedo—. Somos siete y en la lista hay cinco.

—Tú y Andrés estáis fuera de lista.

—Ya. ¿Y quién es la raya?

No contesté, porque no lo sabía. Tardé dieciocho días en saberlo.

Lo de Andrés salió a las siete de la tarde del viernes y salió por casualidad, buscando otra cosa.

Estábamos comprobando las fechas de alta contra las asistencias, que es un trabajo de chinos que hice yo porque para eso me pagan en otro sitio.

Andrés Sanz consta de alta en la sesión 87, junio de 2025.

Nombre completo, dirección, nada más: no hay entrevista archivada, no hay temario, no hay las tres hojas grapadas con boli rojo que le hicieron al chico de Zaragoza en cuarenta minutos.

Eso ya era raro. Lo otro era peor.

En el acta de la sesión 81, un mes y medio antes de su alta, en el apartado de ruegos y preguntas, pone: Bizcocho: A.

Y en la 79. Y en la 74.

Retrocedimos hasta que dejó de aparecer, y dejó de aparecer en la 68, la del 28 de enero de 2025. Cuatro meses y medio de bizcocho antes de existir.

—Se apuntaría más tarde —dijo Vane—. La gente viene y luego se apunta.

—Vale. ¿Quién lo trajo?

Y ahí se paró.

Llamamos a Maribel Ojeda a las ocho menos cuarto, en manos libres, con la excusa de una fecha. Le preguntamos, de pasada, quién había metido al Andrés en el club.

Maribel Ojeda tardó cuarenta segundos en contestar. Cuarenta segundos, ella.

—Pues lo trajo... —Y se paró—. Lo traería la Puri, digo yo, que es el sobrino de no sé quién.

—¿De quién?

—De la de Cuenca. O de Calamocha. De por ahí abajo.

Colgamos y Vane llamó a su abuela, que va al hogar del jubilado con media Villafranca. Su abuela dijo, sin dudar un segundo, que al Andrés lo metió Fito.

Llamamos a Chusé, que no es del club pero que sabe todo lo que se dice en su barra. Chusé dijo que ese chico llevaba viniendo de toda la vida.

—Chusé, que llegó al pueblo hace tres años.

—Pues eso. De toda la vida.

Y a las nueve menos veinte, cuando ya estábamos recogiendo, Vane se acordó de que en la sesión 90 se había hablado del tema y buscó el audio, y en el audio de la sesión 90 se oye a Fito Landa preguntar, con toda naturalidad, quién había traído al Andrés.

Nadie le contesta. Se oye a Charo Ferrer decir «punto tres» y se oye pasar una hoja.

Lo pusimos tres veces. La tercera, Vane subió el volumen hasta el final, buscando en el ruido de fondo alguna respuesta que se hubiera comido el micrófono.

No hay nada. Hay siete personas en una sala, una pregunta razonable hecha en voz alta por un guardia civil retirado, y una presidenta que pasa al punto tres.

Vane apagó el ordenador y se quedó con la mano encima.

—Esto es el episodio de mi vida —dijo.

—Ya lo sé.

—Es que es el episodio de mi vida, Gonzalo. Y hay una mujer de sesenta y ocho años y un pueblo de cuatrocientos.

—Ya lo sé.

—No, usted no lo sabe. —Se giró en la silla—.

Usted se va a ir. Cuando esto acabe usted firma su informe, cobra sus dietas y se sube a un coche.

Yo me quedo. Yo tengo que ir a la panadería el jueves.

Si publico esto y me equivoco, no hay rectificación que valga, y si publico esto y acierto, tampoco.

En este pueblo, la que va a tener que mirar a la cara a esa mujer todos los días de su vida soy yo.

Aquella era la segunda vez en once días que alguien de Villafranca del Cierzo me decía a la cara que yo era el que se iba. La primera me la había dicho una mujer que estaba a cuarenta y ocho horas de morirse y que quería contarme algo.

Empezaba a ser una descripción del cargo.

—Cuarenta y ocho horas —dije—. Dame cuarenta y ocho horas y luego haces lo que tengas que hacer.

—¿Para qué?

—Para preguntárselo a ella.

—¿Así, de frente?

—De frente no. —Cerré la carpeta—. De frente, con esa mujer, no llega nadie a ninguna parte. Voy a ir a tomar café.

Bajé la escalera de aquella casa a las nueve y diez de la noche del viernes 9 de octubre con catorce fotos en el móvil y una cosa en la cabeza que no conseguí colocar en ningún sitio hasta mucho después.

La hoja de la lista está plastificada. Sellada al calor por las cuatro esquinas, desde marzo de 2024 por lo menos.

Se plastifica lo que ya no va a cambiar. Y aquella hoja se plastificó con una raya de más.

La raya en blanco no se le ocurrió a nadie sobre la marcha. La raya en blanco estaba en el plan desde el principio.