12
Los martes de Villafranca del Cierzo habían adquirido en cinco semanas una liturgia nueva encima de la vieja: se firmaba al entrar, se firmaba al salir y se iba en parejas, y como en aquel pueblo lo que se hace tres veces ya es de toda la vida, nadie discutía.
Maribel Ojeda llegó del brazo de Fito Landa.
Andrés dejó a Vane en la puerta con la furgoneta y fue a aparcar.
—Charo —dijo Maribel, nada más sentarse—. La otra silla.
—¿Qué otra silla?
—La de la Puri.
Rosario Ferrer estaba sacando las actas de la caja y no levantó la vista.
—La silla es una.
—Ya, pero es que ahora somos dos. Digo, son dos. —Maribel se puso colorada—. Ya me entiendes.
—La silla es una —repitió Charo—. Si ponemos una por cada uno, dentro de un año esto es un cementerio con temario. Y aquí venimos a trabajar.
Hubo dos o tres segundos en los que aquella respuesta no le pareció suficiente a nadie, ni siquiera a mí, y en los que además nadie encontró qué objetar, que es la especialidad de esa mujer. Maribel dijo que bueno. Se pasó al punto uno.
Y en el punto uno, Fito Landa se levantó y anunció que aquella tarde íbamos a reconstruir.
Voy a intentar contarlo como fue, porque si lo cuento como suena no me va a creer nadie, y porque de todo lo que pasó en aquella sala en tres meses, aquella tarde es la que más me he reído y la que más me pesa.
Fito Landa había preparado un guion. Lo llevaba en la libreta.
La libreta merece un párrafo. Era una libreta de tapa de hule negro, de las antiguas, con las esquinas redondeadas por el uso y una goma.
Se la sacaba del bolsillo interior de la cazadora nueva con un gesto que le llevaba veintisiete años de práctica, la abría por una página marcada con un trozo de calendario y subrayaba dos veces lo que le parecía importante.
Aquella tarde subrayó cuatro cosas. Yo pensé, mirándolo, que era el hombre más feliz de la provincia de Teruel.
Y pensé otra cosa, muy de pasada, que era la clase de cosa que uno piensa cuando lleva veinte años tasando gente.
Aquella libreta estaba llena. Se le veía el canto y se le veían las hojas escritas hasta muy adentro, y un hombre jubilado hace nueve años de un puesto de pueblo, que dedica sus martes a un club de seis personas, no llena una libreta de doscientas páginas apuntando cronologías de una reconstrucción con escobas.
Pero un hombre así puede llenar una libreta de muchas maneras y todas son asunto suyo. Pasé a otra cosa.
—Reconstrucción del escenario Gascón —leyó—. Objetivo: determinar recorridos y tiempos.
Movieron la mesa. Pusieron dos mesas en ele para hacer de mostrador.
Con las sillas apilables marcaron el hueco de la puerta de la calle, el hueco de la puerta del patio y la mesa de la rebotica.
Maribel trajo del office la escoba, que hacía de jamba.
Vane midió con la aplicación del móvil y Fito con una cinta métrica de albañil, y cuando no coincidían ganaba la cinta métrica.
Y luego hubo turnos para hacer de cadáver.
Nadie lo llamó así. Fito lo llamó «posición del sujeto pasivo».
Se sentaba uno en una silla con los brazos en la mesa y la cabeza de lado, y los demás entraban por el hueco de la escoba a ver qué se veía desde dónde.
Empezó Vane, que duró treinta segundos y dijo que no podía.
Siguió Maribel, que se instaló, y que desde la posición del sujeto pasivo dio tres indicaciones sobre cómo tenía la Puri colocado el archivador.
—Maribel, que no te muevas.
—Es que lo tenía a la izquierda.
—Da igual dónde lo tuviera.
—No da igual, hijo. Estoy yo aquí de muerta y quiero estar bien.
Hice yo el tercer turno. Me senté en aquella silla, puse los brazos en la mesa y la cabeza de lado, y estuve mirando durante minuto y medio la pared de la sala 2 del centro cívico de Villafranca del Cierzo, con el olor a cloro de una piscina de hace quince años, mientras cinco personas discutían por encima de mí si desde el patio se veía o no se veía.
Desde ahí abajo se ve poco y se oye todo. Se oye a Maribel decir que el archivador iba a la izquierda. Se oye a Fito medir. Se oye a alguien retirar una silla. Y se oye, con una nitidez que no tiene ningún interés técnico, que cinco personas hablan de ti en tercera persona.
Setenta y dos horas antes, aquella postura la había tenido una mujer de verdad, sola, en una habitación de verdad, sin nadie que discutiera nada por encima de ella.
Y no me reí. Fue el único turno en el que no se rio nadie, y no supe por qué en aquel momento.
Ahora sé que no fue por mí. Fue porque era el tercero, y a la tercera vez que en una sala se coloca a una persona viva en la postura de una muerta, la broma se acaba sola.
Eso lo aprende cualquiera. Lo raro es tener que aprenderlo un martes a las siete y media de la tarde, con bizcocho.
A las ocho menos veinte se pasó a lo del señor Larrea.
Y aquí es donde hay que explicar el edificio.
El centro cívico es la piscina cubierta, clausurada en 2011, y cuando se tabica una piscina el vaso se tapia pero lo de debajo se queda.
Debajo, con acceso por una puerta metálica al final del pasillo, está la antigua sala de máquinas: la depuradora, dos bombas que ya no existen y un suelo de gres.
Se baja por una escalera de obra de nueve peldaños con barandilla de tubo.
—Nueve —dijo Fito—. Y allí eran siete. Pero la pendiente es la que es.
—¿Y para qué queremos la pendiente?
—Para el tiempo de caída.
Nadie preguntó por qué el club necesitaba el tiempo de caída de un hombre que se había caído solo en otro edificio hacía cinco semanas. En aquella sala, a aquellas alturas, esas preguntas ya no se hacían.
Bajaron. Bajé yo detrás, porque a estas alturas ya me daba igual todo.
Y entonces Maribel Ojeda, que iba tercera, apoyó la mano derecha en la barandilla de tubo del centro cívico de Villafranca del Cierzo para bajar el segundo peldaño.
La barandilla estaba floja.
Cedió tres o cuatro centímetros, que es exactamente lo que cedía la del Bar Nuevo, porque las barandillas de tubo de este país se pusieron todas los mismos años con los mismos tacos y se sueltan todas igual.
Maribel Ojeda hizo un ruido corto y se le fue el cuerpo hacia delante, y a Andrés, que iba detrás de ella y que no había dicho una palabra en toda la tarde, le dio tiempo a cogerla por el codo y por la cintura y a plantarle la otra mano en el pecho como una barra.
No pasó nada. Eso es lo que hay que escribir: no pasó nada.
Maribel Ojeda se sentó en el peldaño, se rio, dijo que menudo susto y que ella ya no está para reconstrucciones.
Fito Landa dijo que aquello demostraba precisamente su tesis.
Vane dijo que se subía a por agua. Y a mí me temblaban las manos veinte minutos después, y no a ellos, porque yo llevo veinte años tasando lo que pasa cuando alguien no llega a tiempo.
De la sala de máquinas subimos todos y no se volvió a hablar de tiempos de caída.
Lo que sí hubo, a las ocho y cinco, fue el taller.
Fito Landa sacó de una bolsa de tela una pistola de aire comprimido.
—Formación básica —dijo—. Balística.
—Fito, aquí no ha disparado nadie.
—Por eso. Cuando dispare alguien ya será tarde para aprender.
Aquello es de las pocas frases de aquel hombre que se sostienen solas.
Estuvo veinte minutos explicando la diferencia entre un orificio de entrada y uno de salida, con un cartón de una caja de folios apoyado en dos sillas, y disparó tres veces contra el cartón desde metro y medio con una puntería lamentable.
—Fito, que le has dado a la pared.
—Le he dado al cartón.
—Le has dado a la pared, que se ve el agujero.
—Ese agujero estaba.
Nadie contradijo aquello, porque en la sala 2 del centro cívico de Villafranca del Cierzo hay agujeros de todo, y porque a un hombre de setenta y un años que está feliz no se le quita eso un martes.
Todo el mundo aplaudió. Vane lo grabó y no lo publicó. Y luego Fito Landa guardó la pistola en la bolsa de tela y la bolsa de tela en la mochila y la mochila debajo de su silla.
Yo escribí en mi cuaderno: pistola de aire comprimido, Landa, sesión 153 . Lo escribí porque escribo. No hay más motivo. Que quede claro que no hay más motivo.
Y en ruegos y preguntas salió lo de la sangre.
Lo sacó Vane, con cuidado, mirando primero a Charo.
—Ahora que la Puri no está. Yo quiero preguntar una cosa y no quiero faltar al respeto a nadie.
—Pregunta.
—La sangre del patio del noventa y nueve. En el sumario está el parte de remisión de la muestra al laboratorio comarcal, con fecha y con número. Y luego no está el resultado. No está y no hay ninguna diligencia que explique por qué no está.
—Eso es así —dijo Fito Landa, con la tranquilidad del que lleva treinta años esperando esa pregunta—. Se remitió y no volvió. El laboratorio de entonces era una habitación con dos personas y un frigorífico. Yo he visto perderse muestras de cosas más gordas que esta.
—Ya, pero es que el resultado...
—El resultado no habría cambiado nada, y te digo por qué.
—Abrió la libreta de hule y la cerró sin mirarla, que fue un gesto puramente decorativo—.
Aquella sangre era AB negativo. En el patio de aquella casa vivían tres personas y ese grupo no aporta nada, porque en una casa se corta todo el mundo.
Aquello no era una escena, era una cocina.
Y siguió hablando de otra cosa.
Nadie le preguntó nada, porque a Fito Landa no se le preguntaba: se le escuchaba. Yo apunté aquellas tres palabras, AB negativo, en el margen de la página de la pistola de aire comprimido, sin subrayarlas, entre otras nueve cosas que apunté aquella tarde y que no significaban nada.
Un hombre acababa de recitar de memoria el resultado exacto de un análisis que, según él mismo, nunca llegó.
A las ocho y veinte, Maribel Ojeda, contando otra cosa, dijo lo del miércoles de la batida.
—Que el miércoles no se buscó por la tarde, que ya lo hemos hablado...
—Por causas organizativas —dijo Fito.
—Por la vaquilla.
Andrés se levantó y salió a buscar las sillas del pasillo, que era donde estaban desde que las habíamos sacado para la reconstrucción y que efectivamente había que meter antes de las ocho y media. Tardó tres minutos. Cuando volvió, la discusión ya se había apagado sola, como se apagan siempre.
Firmamos la salida a las ocho y veintinueve. Charo Ferrer aprovechó los últimos dos minutos para posponer por tercera vez la solicitud del vecino Cañas, sin dar razones, y para anunciar que la semana siguiente se resolvería.
Volví andando con ella hasta la esquina de su calle, porque me tocaba, y no nos dijimos nada que merezca la pena escribir.
Y a la una de la mañana, en la habitación tres, con el cuaderno abierto encima de la cama, me di cuenta de lo que llevaba toda la tarde intentando decirme y no me dejaba decirme el ruido.
Yo he peritado incendios copiados. Es más común de lo que la gente cree: alguien ve en el telediario cómo se investiga un incendio y monta el suyo con lo que ha visto, y falla siempre en lo mismo, que es que copia lo que se ve y no lo que se sabe.
Y para copiar hace falta una cosa: hace falta un modelo.
Aquella sala llevaba tres años, cada martes, a las siete de la tarde, generando modelos.
Mesas movidas, tiempos de caída, posiciones del sujeto pasivo, orificios de entrada, la zapatilla es la clave.
Ciento cincuenta y tres sesiones. Todo dicho en voz alta delante de siete personas.
Todo escrito, numerado y archivado por año con cartulinas de colores.
El club de lectura y actualidad Los Martes no estaba investigando ningún crimen.
Llevaba tres años escribiendo un manual.