El club del crimen de los martes 11
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Entregaron el cuerpo el jueves por la tarde y el funeral fue el viernes a las cinco.

La iglesia de Villafranca del Cierzo tiene aforo para ciento veinte personas apretadas y aquel viernes había, según el cálculo de Maribel Ojeda, que es el único censo fiable de esta comarca, doscientas diez.

La gente estaba de pie en las naves laterales, en el coro y en el atrio.

Del atrio para fuera, en la plaza, había otras sesenta, y de esas sesenta yo diría que la mitad no había pisado nunca la provincia de Teruel.

Vi tres móviles grabando. Uno de ellos lo bajó su dueño cuando se le acercó un vecino y le dijo dos palabras al oído, y aquel fue el momento más digno de toda la tarde y nadie lo aplaudió porque nadie lo vio.

Lo organizó Charo Ferrer.

Las flores, las lecturas, quién llevaba el paño, quién leía la primera lectura y quién los salmos.

Habló con don Óscar el miércoles por la mañana, con el ayuntamiento el miércoles por la tarde y con la prima de la difunta el jueves.

Puso en la primera fila a los que tenían que ir en la primera fila. Hizo una lista y la cumplió.

Nadie se lo pidió. Nadie se lo agradeció por escrito, porque estas cosas no se agradecen por escrito. Sencillamente, en Villafranca del Cierzo, cuando hace falta ordenar un dolor, se ordena solo si está ella.

Yo la miré durante toda la ceremonia desde la tercera fila del lado del evangelio y no le vi hacer un solo gesto que no fuera el correcto.

El club, mientras tanto, trabajaba.

Maribel Ojeda entró en la iglesia con un cuaderno de espiral de los pequeños y estuvo apuntando durante media hora. Apuntaba a los que entraban, con la hora. Apuntaba a los de fuera. Apuntaba, y esto lo vi yo con mis ojos, quién se santiguaba y quién no, criterio que ella considera diagnóstico.

—Maribel, que estamos en misa.

—Por eso —dijo Maribel.

Vane Puértolas no grabó. Estuvo la hora entera con el móvil boca abajo encima del misal y con las manos encima del móvil, y aquello, en una mujer que se gana la vida con esto, era una manera de estar de luto.

Al salir me dijo que había tenido que dejarlo en el coche a la ida y volver a por él porque no se fiaba de sí misma.

Fito Landa llegó con la cazadora nueva y no se sentó.

Estuvo los primeros quince minutos en el lateral izquierdo, junto a la pila, mirando a la gente de frente.

Después pasó al lateral derecho. Después se metió en la capilla del Carmen, donde estaban las coronas apoyadas en la pared, y allí lo vio media iglesia levantando cintas con dos dedos para leer los remites.

Un hombre que necesita saber quién ha mandado flores a un funeral necesita saberlo por una de dos razones, y en aquel momento yo solo se me ocurría una.

Don Óscar aguantó hasta la homilía.

Don Óscar tiene setenta y cuatro años y una manera de hablar en la que no se distingue el sermón de la conversación, y estaba diciendo una cosa muy sencilla y muy buena sobre las personas que sostienen un pueblo sin que se les note, cuando levantó la vista y se encontró a Fito Landa agachado detrás de la tercera corona con las gafas puestas.

Se paró.

Se paró de verdad, en mitad de una frase, y esperó. Diez segundos. Doscientas diez personas girándose a la vez hacia la capilla del Carmen.

—Cuando el señor Landa termine —dijo don Óscar.

Fito Landa se levantó despacio, se quitó las gafas, se guardó las gafas y volvió a su sitio del lateral con una dignidad que no había perdido porque nunca ha creído posible perderla, y don Óscar retomó la frase exactamente por donde la había dejado, que también tiene mérito.

Y en la puerta, al salir, se enteró todo el mundo de lo otro.

Lo dijo una prima suya de Monreal, una mujer de la edad de Puri con el mismo cuello y la misma manera de estar de pie, mientras daba la mano en la fila.

—Si es que estaba malísima, hija. Si no llegaba a Navidad.

La fila del pésame es el único sitio de España donde se dicen las cosas que importan, porque uno tiene tres segundos y una mano cogida y no le da tiempo a calcular. En quince minutos lo supieron doscientas personas. En una hora lo sabía la comarca.

Purificación Gascón llevaba desde marzo con un páncreas que no perdona.

Lo sabía su médico de Zaragoza, lo sabía su prima de Monreal y no lo sabía nadie más, en un pueblo donde no se puede comprar una caja de ibuprofeno sin que lo comente alguien.

Se había estado despachando ella misma la medicación durante siete meses.

Detrás del mostrador. De espaldas al pueblo entero.

Y el pueblo entero, aquella tarde, se partió en dos en cuestión de minutos.

Media Villafranca dijo entonces qué barbaridad, pobre mujer, se ha ido antes de tiempo pero se ha ahorrado lo peor, y que descanse. Y la otra media, la que había estado el martes en aquella acera, dijo lo otro: entonces, ¿qué hacía allí la zapatilla?

Las dos mitades tenían razón, y de eso vive este pueblo.

Yo, que llevaba tres semanas mirando aquello desde fuera y cobrando dietas, me di cuenta de una cosa aquella tarde en el atrio, y es que la enfermedad lo cambiaba todo y no cambiaba nada.

Lo cambiaba todo porque una mujer con siete meses de páncreas es una mujer que se puede morir sola en su rebotica un lunes por la noche sin que intervenga nadie, y eso lo sabe cualquiera y lo va a decir el forense.

Y no cambiaba nada porque las zapatillas no se ponen de pie solas en el suelo con la punta hacia el cuerpo.

Y había una tercera cosa, que era la peor y que no dijo nadie en todo el funeral. Si alguien quería matar a Purificación Gascón, aquel era el momento exacto de la historia del mundo en que le salía barato.

A mí me sentó mal en un sitio muy concreto y muy egoísta.

Yo la había tenido a un metro el lunes a las dos menos cuarto y había pensado, con estas palabras exactas, «me parece otra cosa y no sé ponerle nombre».

Un hombre que se gana la vida mirando cosas y diciendo lo que valen se pasa de vez en cuando toda la vida sin abrir la boca.

Después del funeral, la prima abrió el salón del hogar del jubilado y puso café, y allí fue donde acabó el pueblo, porque el bar del frontón no cabía.

Rufino Cañas dio el pésame mejor que nadie.

No exagero y no lo digo con retintín. Lo he visto hacer mil veces y casi siempre está mal hecho: la gente dice lo siento mucho y aparta la vista, o dice una frase de las que se dicen y se queda esperando a que el otro le resuelva el momento.

Rufo Cañas cogió a aquella mujer de Monreal por los dos brazos, la miró y le dijo:

—Yo a tu prima la conozco desde que tenía las trenzas. Me ha aguantado a mí cosas que no le ha aguantado a nadie.

Y aquella mujer, que llevaba dos horas dando la mano y contestando lo mismo, se echó a llorar por primera vez en toda la tarde.

Luego le trajo una silla, luego le trajo un vaso de agua y luego se apartó, que es lo más difícil de las cuatro cosas.

Estuvo hora y media en aquel salón y no se sentó ni una vez. Recogió tazas. Sacó dos veces la basura. Le buscó el abrigo a una señora que no lo encontraba y se lo puso él. Cuando el hijo de la panadera se quedó sin sitio, le cedió el suyo, que no tenía.

Yo lo miré todo el rato desde la esquina de la mesa larga con un café que se me quedó frío, y voy a escribir aquí una cosa que me cuesta y que hace falta que quede escrita, porque si no, nada de lo que viene después se entiende.

Aquella tarde, Rufino Cañas me pareció el mejor hombre de aquel salón. No el más simpático: el mejor. El que hacía lo que había que hacer sin que se lo pidieran y sin que se le notara.

Y no me lo pareció porque él lo montara. Me lo pareció porque era verdad. Un hombre puede llevar cuarenta años haciendo bien las cosas pequeñas. Eso no lo tacha nada de lo demás, y lo demás no tacha eso, y ahí es exactamente donde se me rompió a mí la manera de mirar a la gente.

Del bizcocho me acuerdo porque me acuerdo de todo mal y de las cosas de comer bien.

Lo llevó Andrés. Lo dejó en la mesa larga del fondo, junto a las bandejas de la panadería, tapado con su paño, y estuvo cortándolo y repartiéndolo durante media hora sin hablar con nadie más de lo justo.

—Pero si hoy no es martes —dijo alguien.

—Hoy no —dijo Andrés.

Maribel Ojeda cogió su trozo con dos dedos, le dio un bocado y dijo lo que dijo, en voz normal, delante de catorce personas, con la boca medio llena:

—Este bizcocho es el del comedor. El de la Charo. Yo este bizcocho me lo he comido durante veinte años.

—Es la receta de siempre —dijo Andrés.

—Pues es esa.

Charo Ferrer estaba a cuatro metros, de pie, con un café que no se estaba tomando, hablando con la alcaldesa sobre el aparcamiento del cementerio.

No se giró.

Anoté aquello en la parte del cerebro donde anoto lo que no cuadra y que no tiene ningún interés, que es una parte bastante grande y que en aquel momento contenía, entre otras cosas, dos vasos en una bodega y una minuta de una gestoría de Teruel.

Y a las ocho menos cuarto, cuando ya se estaba yendo la gente, Maribel Ojeda me cogió del brazo.

Estaba distinta. Llevaba toda la tarde apuntando en su cuaderno con una energía que a mí me había parecido de mal gusto, y de repente tenía el cuaderno cerrado en la mano y los ojos rojos, y en ese estado no la había visto nadie desde el ochenta y siete.

—La Puri era buena persona —dijo.

—Eso he oído.

—No. —Me apretó el brazo—. Usted no me entiende. La Puri era buena persona y se ha muerto sin poder contar una cosa. Y yo llevo veintisiete años...

Y detrás de mí, con la sotana todavía puesta y una taza de café en la mano, apareció don Óscar.

Don Óscar llevaba dos horas esperando a alguien del club, y le tocó a ella.

Le dijo que una iglesia no es un juzgado.

Le dijo que en una despedida no se toma nota de quién se santigua.

Le dijo, y aquí bajó la voz de una manera que a mí me pareció más grave que todo lo demás, que él llevaba cuarenta años enterrando gente en aquel pueblo y que jamás había tenido que parar una homilía, y que le daba mucha pena tener que decirle a Maribel Ojeda, precisamente a ella, que aquella tarde el club había hecho el ridículo delante de doscientas personas.

Maribel Ojeda le pidió perdón. Y lo pidió de verdad.

Cuando don Óscar se fue, ella se quedó mirando el suelo con el cuaderno cerrado en la mano.

—¿Qué me estaba usted contando? —dije.

—Nada, hijo. —Se guardó el cuaderno en el bolso—. Tonterías de vieja.

Se fue a la cocina a ayudar a recoger las tazas, que es lo que hace la gente de aquí cuando ha dicho demasiado, y en el trayecto le arregló a otra el nudo del pañuelo.

Yo no insistí.

Podría escribir que no insistí porque no era el momento, o porque a una mujer de setenta y cuatro años que acaba de llevarse una regañina de su párroco delante de medio pueblo no se la interroga en el pasillo del hogar del jubilado. Las dos cosas son verdad y ninguna de las dos es la razón.

No insistí porque eran las ocho menos cuarto de un viernes, porque llevaba cinco horas de pie, porque el lunes tenía que estar en Villarquemado a las nueve y porque aquella tarde yo era, oficialmente, un perito de seguros con un expediente de vida abierto y ninguna obligación de escuchar a nadie.

Tardé cuarenta días en volver a preguntárselo.