10
Lo primero que hizo Rosario Ferrer después de tachar aquella línea fue levantarse y cerrar la puerta.
En el pasillo había nueve o diez personas de pie, entre ellas dos chicas con acento del norte y un señor con una cámara colgada al cuello, y a ninguna la conocía nadie.
Charo salió, dijo cuatro palabras que no oí y volvió a entrar, y detrás de ella el pasillo se vació con esa docilidad que tiene la gente cuando le habla una mujer de sesenta y ocho años que no ha levantado la voz.
Echó el pestillo. En tres años, según me contaron después, aquella puerta no se había cerrado nunca.
Éramos seis.
Eso fue lo primero que conté, porque cuento. En la reunión número 150, la del martes 8 de septiembre, había siete personas sentadas en aquella mesa oyendo a Fito Landa decir que la zapatilla era la clave. Una de las siete estaba desde la noche anterior en el depósito del hospital de Teruel.
Quedábamos seis. Y ninguno de los seis se había marchado del pueblo.
—Punto único —dijo Charo Ferrer—. Purificación Gascón.
Y entonces, antes de cualquier otra cosa, se debatió el minuto de silencio.
Lo cuento porque es verdad y porque nadie me va a creer.
Fito Landa propuso minuto y medio. Argumentó que por el señor Larrea se había guardado un minuto, pero que las circunstancias del caso Gascón revestían mayor gravedad y que el club debía graduar sus homenajes conforme a criterio.
Maribel Ojeda dijo que la Puri le había puesto ella misma la inyección del hierro durante dos años y que eso no se paga con noventa segundos.
Vane Puértolas, sin levantar la cabeza del cuaderno nuevo que se había comprado aquella tarde, dijo que si empezaban a graduar acabarían con una tabla.
—Un minuto —dijo Charo.
—Charo, mujer...
—Un minuto. —Sacó el temporizador y le dio cuerda—. Un minuto es un minuto. Si le doy minuto y medio a ella, la semana que viene alguien va a tener que decidir cuánto le doy al siguiente.
Nadie dijo nada durante sesenta segundos, y los sesenta segundos fueron peores que la frase.
Después Charo Ferrer puso encima de la mesa una caja de zapatos.
No era una caja de zapatos: era una caja de archivo del tamaño de una caja de zapatos, forrada con papel de estraza y con una etiqueta escrita a mano.
Dentro estaban las actas del club desde la sesión número uno, en orden, separadas por año con cartulinas de colores.
Vane le había dado el cuaderno a la Guardia Civil aquella mañana con recibo y todo, y a las siete de la tarde de aquel mismo día la presidenta puso sobre la mesa tres años de copias que nadie sabía que existían.
—Yo llevo copia de todo desde el principio —dijo—. Me parecía lo suyo.
—¿Y por qué no lo dijiste esta mañana en la calle? —preguntó Vane.
—Porque esta mañana estábamos en la calle.
Se leyó el acta 150 entera, en voz alta, dos veces.
Se estableció con precisión de notario quién estaba sentado dónde y quién dijo qué.
Se estableció que la frase la había dicho Fito Landa a las siete y cuarenta y ocho, según la marca de tiempo que Vane pone en el margen porque graba el audio para transcribir después.
Se estableció que aquella acta no había salido de allí, salvo la copia de la presidenta, que estaba en su casa, en aquella caja, debajo de la cama.
—Debajo de la cama —repitió Fito.
—Debajo de la cama.
—Eso no es un archivo seguro.
—Es mi cama.
Y entonces se abrió lo otro, que era lo que llevaba abierto desde la una de la tarde y que nadie había querido tocar con la mano.
Empezó Maribel, que empieza siempre.
—Yo anoche estuve en casa. De las nueve a las once vi la película del uno, que era una de un juez que se enamora de la abogada. Luego el informativo de noche. Luego me acosté. Eso lo puedo decir yo y lo puede decir cualquiera que pase por mi calle y vea la luz.
—Eso no es una coartada —dijo Fito Landa—. Eso es una televisión.
—Pues yo no tengo otra cosa.
Y ahí estaba el asunto, y lo entendí en ese momento con una claridad desagradable.
En un pueblo de cuatrocientas doce personas, a las once y media de la noche de un lunes de septiembre, no hay coartadas.
No las hay porque no hay nadie. Todo el mundo está en su casa, solo, con la tele puesta, a doscientos metros de todo el mundo.
Un pueblo es el único sitio de España donde te conocen de sobra y donde no te ve nadie.
Fito Landa dijo que él estuvo en casa. Charo Ferrer dijo que ella estuvo en casa.
Andrés dijo que él salió a las cinco de la mañana a un reparto de Calamocha y que tenía los albaranes firmados con la hora, que fue la única cosa parecida a una prueba que se dijo en toda la tarde y a la que nadie prestó la menor atención.
Vane dijo que ella estuvo editando hasta las dos y diez y que el archivo lo demuestra.
Y luego se giraron todos hacia mí, que era lo lógico.
—Yo estaba en el hostal —dije—. Solo. Cené a las nueve, subí a las diez y no bajé hasta las ocho de la mañana. No me vio nadie y no puedo demostrar nada.
—Usted llegó al pueblo el tres de septiembre —dijo Fito Landa.
—El tres de septiembre.
—Dos días después de morirse el Sebas.
—Dos días después.
—Y a las tres semanas se muere la Puri.
—A las tres semanas.
Fito Landa se echó hacia atrás en la silla con los pulgares en el cinturón, satisfecho, y a mí me pareció, con toda la honestidad de la que soy capaz, un razonamiento excelente.
Yo lo habría hecho igual. Un forastero que aparece con papel timbrado justo cuando empieza a morirse gente es exactamente el primer nombre que yo escribiría en la lista.
Miré a Charo Ferrer porque preside.
Charo Ferrer estaba recogiendo las actas y metiéndolas en la caja por orden de cartulina.
—El señor Táboas no.
Eso fue todo. No dijo por qué. No dijo «yo respondo», que es lo que se dice, ni «lo conozco», que es lo que se dice cuando se puede decir.
Dijo tres palabras, siguió metiendo actas en la caja y pasó al punto siguiente, y nadie —ni Fito, que llevaba veinte minutos construyendo lo suyo, ni Maribel, que le hace repetir a la gente hasta las bajas del ambulatorio— le pidió una sola explicación.
Yo era el único de aquella sala sin coartada, y a partir de aquel momento fui también el único al que nadie se la volvió a pedir.
Lo que vino después duró veinte minutos y es la cosa más triste que he visto hacer a seis personas juntas.
Se pusieron a sospechar. En voz alta y por turnos, como si fuera un punto del orden del día, que en cierto modo lo era.
Maribel Ojeda sospechaba de la gente de fuera.
Lo defendió con energía: que hasta agosto aquí no pasaba nada, que desde que vienen todos esos con los coches y las cámaras el pueblo está imposible, que uno de esos chicos había estado el domingo preguntando por la casa de la Charo.
Lo defendió durante seis minutos y no le hizo caso nadie, y ella siguió, porque no estaba defendiendo una teoría.
Estaba defendiendo la única cosa que le queda a una mujer que se sabe entera un pueblo desde 1987, que es que en ese pueblo no viva un asesino.
Fito Landa sospechaba de mí, ya lo he dicho, y lo repitió dos veces más con vocabulario distinto.
Vane Puértolas no sospechaba de nadie y estaba fatal por eso.
Lo dijo así, en alto, sin que se lo preguntaran: que ella se había pasado la tarde con las fotos y con las actas y que se había dado cuenta de que estaba montando el episodio mientras lo pensaba, y que no sabía separar lo que creía de lo que le convenía creer.
—Pues no lo publiques —dijo Maribel.
—Ya. —Vane miró la mesa—. Es que si no lo publico yo lo publica otro que no la conocía.
Y Andrés no dijo nada.
A Charo Ferrer le preguntaron la última, porque preside y porque en aquel club se le pregunta la última a la presidenta.
—Yo no sospecho de nadie —dijo.
—Charo, alguien ha puesto una zapatilla en el suelo de la Puri.
—Ya lo sé. —Cerró la caja de las actas y le puso la mano encima—. Y cuando yo sepa quién ha sido, lo voy a saber del todo. Mientras tanto no pienso repartir a esta gente en montones.
Aquello, dicho en aquella sala, sonó a la única frase decente de la tarde. A mí me lo pareció y creo que a todos.
Yo estuve un rato largo dándole vueltas aquella noche y llegué a una conclusión que no le conté a nadie, porque era de las que quedan mal.
Ninguno de los cinco había dicho de quién sospechaba.
Los cinco habían dicho lo que no podían soportar.
Maribel no podía soportar que fuera de aquí.
Fito no podía soportar que no fuera de fuera.
Vane no podía soportar ser ella misma. Y la presidenta no podía soportar que se hicieran montones con la gente de este pueblo, cosa que a mí, aquel martes por la noche, me pareció una manera muy bonita de decir que era buena persona.
Entonces Fito Landa se levantó.
—Yo propongo una cosa. Y la propongo como profesional. —Puso las dos manos en la mesa—. Aquí no sale nadie de esta sala hasta que aflore la verdad.
Hubo un silencio de esos que se pueden aprovechar.
Lo aprovechó Andrés, que había hablado una vez en toda la tarde.
—A las ocho y media cierran.
—¿Cómo?
—El centro cívico. —Andrés miró el reloj de la pared—. A las ocho y media viene Fina a cerrar. Los martes tiene que estar en el otro edificio a menos cuarto.
Fito Landa se quedó de pie con las manos en la mesa unos tres segundos más de los necesarios, calculando si podía discutirle el horario del centro cívico a un hombre que llevaba tres años recogiendo las sillas, y decidió que no.
—Pues hasta esa hora —dijo, y se sentó.
Y hasta esa hora aflorarían las verdades que diera tiempo, que fueron ninguna.
Se habló otros treinta minutos. Se propuso hacer una lista de todo el que hubiera podido entrar en la farmacia por la puerta del patio.
Se propuso pedirle formalmente al sargento Bericat que informara al club, propuesta que se aprobó por unanimidad y que murió en el mismo instante en que se aprobó, porque nadie fue nunca a hacerla.
Se propuso que cada uno escribiera en un papel lo que recordara de la sesión 150 y que los papeles se metieran en un sobre.
Los papeles se escribieron. El sobre lo guardó Charo.
Lo que sí hubo, y esto ya no tuvo ninguna gracia, fue el protocolo.
Lo instituyó Charo Ferrer a las ocho y veinte, con la caja ya cerrada, en cinco puntos que Vane copió al pie de la letra y que yo copié detrás de ella porque copio.
Uno: nadie del club vuelve solo a su casa de noche.
Dos: se establecen parejas fijas y las parejas las asigna la presidencia.
Tres: en cada sesión se firma una hoja de entrada y una hoja de salida, con hora.
Cuatro: si alguien no aparece un martes, no se espera. Se llama, y si no coge, se va a mirar. Se va a mirar en pareja.
Cinco: esto no se cuenta fuera.
—El cinco no lo puedo firmar —dijo Vane.
—El cinco lo firmas o no firmas ninguno.
Vane Puértolas se quedó mirando la hoja un rato bastante largo. Luego cogió el bolígrafo y firmó el cinco, y no lo cumplió, y las dos cosas me parecen a mí perfectamente coherentes y creo que a ella también.
A las ocho y veinticinco entró Fina con las llaves y el carro de la fregona y dijo lo que dice todos los martes desde hace once años, que es «¿os falta mucho?
». Nadie le contestó con una broma, y era la primera vez en tres años, y Fina se dio cuenta enseguida y se fue a fregar el pasillo sin decir nada más, que en este pueblo es lo que se hace cuando uno entra donde no toca.
Las parejas las cantó Charo de memoria, sin papel. Maribel con Fito, porque viven en la misma calle. Vane con Andrés, porque Andrés tiene furgoneta y Vane sale tarde. Y ella conmigo, porque la presidenta se pone con el que sobra.
Firmamos la salida a las ocho y veintiocho.
Salimos de allí con un protocolo de cinco puntos cuyo objeto era que ninguno de nosotros volviera a quedarse solo. Es decir, cuyo objeto era que cada uno de nosotros se quedara a solas, todas las semanas, exactamente con otro.