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Ocho horas antes de aquello, en la puerta de la farmacia había cinco personas.
A las nueve y media, cuando Purificación Gascón levantaba la persiana todos los días laborables desde hacía treinta y cinco años, la persiana no se levantó.
A las diez y cuarto había cinco personas.
A las diez y media, once. A las once menos veinte, según el cálculo que hice yo después y que nadie me ha discutido, había veintitrés vecinos de Villafranca del Cierzo esperando a que abriera la farmacia, y de esos veintitrés, dieciocho iban a por algo que se toman todos los días.
Al principio la cola estuvo de buen humor, porque una farmacia que no abre a su hora es un chiste.
Se dijo que se habría dormido. Se dijo que se habría ido al médico, que ya era hora.
Un hombre con una carpeta de análisis dijo que él había venido andando desde el barrio de arriba y que le daba igual esperar, y se sentó en el escalón.
A las once menos cuarto la gente ya no hablaba de las recetas.
Eso lo apunté aquel mismo día y no supe qué hacer con ello hasta mucho más tarde.
En un pueblo de cuatrocientas doce personas, veintitantas necesitan cada mañana algo de una farmacia: la tensión, el azúcar, la tiroides, el sueño, los nervios.
Villafranca del Cierzo llevaba años funcionando exactamente igual que funcionaba, ni mejor ni peor, y una parte considerable de por qué funcionaba estaba detrás de aquel mostrador con una bata que le sobraba.
El sargento Bericat llegó a las once y diez con el otro guardia del puesto, llamó tres veces, dio la vuelta por la calle de atrás y forzó la puerta del patio cinco minutos después.
Salió enseguida y dijo lo único que se puede decir, que es que despejaran.
No despejó nadie, claro.
Purificación Gascón estaba en la rebotica, sentada en su silla, delante de su mesa.
Eso lo supe aquella misma mañana porque en un pueblo se sabe todo en veinte minutos y porque la que estaba la primera en la cola era Maribel Ojeda, que había llegado a las diez menos cuarto y que a las once y media ya había hablado con cuatro personas y las cuatro habían hablado con otras cuatro.
Sobre la mesa había carpetas de cartón con gomas, apiladas en dos torres, con las etiquetas nuevas.
Y en el suelo, a medio metro de la silla, puesta de pie y con la punta hacia el cuerpo, había una zapatilla de niño.
A las doce y media, en la acera de enfrente, estábamos casi todos.
Digo casi todos y quiero decir el club. Sin convocatoria, sin llamada y sin ponerse de acuerdo, a las doce y media del martes 29 de septiembre estaban en aquella acera Maribel Ojeda, Fito Landa, Vane Puértolas y yo, y a la una menos veinte llegó Andrés con la furgoneta, la aparcó mal y se quedó de pie junto a la puerta del conductor sin acercarse.
No cruzó la calle en toda la tarde. Yo pensé que era por respeto y no volví a pensarlo.
Charo Ferrer no apareció.
Fito Landa llegó con la cazadora nueva y se colocó a dos metros del cordón con las manos a la espalda, mirando la fachada como se mira un edificio que se va a comprar.
Le preguntaron. Claro que le preguntaron.
Es lo que pasa cuando en un pueblo hay un guardia civil retirado y algo que parece un caso: la gente hace corro alrededor del hombre que sabe.
—Aquí lo primero es el perímetro —dijo Fito Landa—. Y el perímetro ya está perdido. Ha entrado y salido medio pueblo por esa calle desde las nueve.
—Pero si no ha entrado nadie.
—Ha pasado. Pasar es entrar. —Señaló la esquina con la barbilla—. Y en un sitio así lo que importa no es lo que se encuentra dentro, que dentro va a estar todo revuelto. Lo que importa es la puerta. Quién tenía llave.
Aquello, dicho a las doce y media de la mañana delante de once vecinos, sonó a lo que era: a un hombre que había esperado veintisiete años a poder decir tres frases seguidas de su antiguo oficio delante de gente que le escuchara.
—Dicen que había algo puesto al lado —dijo alguien.
—Una zapatilla.
Hubo una pausa de esas que solo se notan cuando ya sabes lo que buscas.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque lo he oído —dijo Fito Landa.
Y era verdad. En aquella acera, a aquella hora, todo el mundo lo había oído.
Yo lo había oído tres veces antes de las doce y en dos versiones distintas, en una de ellas la zapatilla estaba encima de la mesa.
Así que no significaba nada, y así lo anoté, y así se quedó apuntado en un cuaderno de tapas negras entre un tejado de Villarquemado y otro del alto, durante tres semanas, sin significar nada.
Vane Puértolas llegó a la una menos veinte por la calle de atrás, con el móvil por delante y la cara de quien no ha decidido todavía si lo que está haciendo está bien.
Lo que hizo fue esto: se metió por el callejón, se subió al poyo de la casa de al lado, metió el brazo entre los barrotes de la reja del patio y sacó nueve fotos por el hueco de la puerta forzada.
Ninguna con la difunta dentro. Eso lo comprobé yo después, una por una, y quiero dejarlo escrito porque a Vane Puértolas la han llamado muchas cosas y esa no.
Cuando bajó del poyo le temblaba la mano izquierda y con la derecha ya estaba pasando fotos.
—No las voy a publicar —dijo, antes de que nadie le preguntara.
—Nadie ha dicho nada —dijo Maribel.
—Lo digo yo, que soy la que se lo tiene que decir.
A la una menos cinco, en mitad de la acera, con el cordón puesto y la gente delante, Vanesa Puértolas sacó del bolso el cuaderno de las actas, buscó dos páginas atrás y leyó en voz alta, sin levantar la cabeza, la reunión número 150 del martes 8 de septiembre.
Leyó una frase que yo había oído con la boca llena de bizcocho, sentado a dos metros del que la dijo, tres semanas antes.
La zapatilla es la clave. Todo lo demás son ruidos, pero la zapatilla es la clave.
—Eso no ha salido nunca en el pódcast —dijo Vane—. Ni eso ni nada de esa reunión. El acta la tengo yo y la tiene la presidenta. No la ha leído nadie más.
—A lo mejor lo dijo él por la calle —dijo alguien—. Fito lo dice todo por la calle.
—Yo no he dicho eso por la calle en mi vida —dijo Fito Landa, y lo dijo muy alto y muy deprisa, y aquello, en un hombre que llevaba veinte minutos hablando de perímetros, fue la primera frase de la mañana que le salió sin colocar.
—Pues entonces —dijo Vane, y no terminó.
Se hizo un ruido raro en la acera, que era el ruido de veinte personas entendiendo lo mismo a la vez y ninguna queriendo decirlo la primera.
La dijo Maribel Ojeda, porque siempre la dice Maribel Ojeda.
—Entonces está en esta sala.
Y no estábamos en una sala. Estábamos en una acera, en la calle Mayor, delante de una farmacia, a la una de la tarde de un martes de septiembre, con el sol dando de plano. Pero todos entendimos perfectamente en qué sala estábamos.
El sargento Bericat cruzó la calle a la una y diez y nos echó.
Los echó de una manera que en cualquier otro momento habría sido divertida y que aquel día también lo fue un poco, y de eso tampoco me enorgullezco.
Le dijo a Fito Landa que retirara el perímetro que se había inventado.
Le dijo a Maribel que dejara de tomar declaración a la vecina.
Y a Vane le pidió, delante de todos, el cuaderno de actas.
—¿Oficialmente?
—Oficialmente.
—Pues oficialmente le pido un recibo.
Bericat sacó la libreta, arrancó una hoja, escribió cuatro líneas y se la dio.
Yo estuve a un metro y le vi la cara, y la cara de aquel hombre no era de estar tratando con aficionados.
Era la de un profesional de treinta y cuatro años calculando muy deprisa cuánta gente de aquella acera sabía cosas que él no sabía.
A mí no me echó. Me miró y me dijo:
—Usted es de seguros.
—De seguros.
—Pues váyase también.
Me fui. Entre la una y diez y las tres de la tarde hice lo que hace un hombre al que le sobran dos horas y le falta todo lo demás: me senté en el coche, subí a un tejado de Villarquemado que no me tocaba hasta el jueves, medí un faldón, bajé y me quedé un rato sentado en el capó.
Y me di cuenta de una cosa que aquel día no le importó a nadie.
En Villafranca del Cierzo, a la una de la tarde del martes 29 de septiembre, no había ni un solo dato oficial.
Nadie había dicho de qué había muerto Purificación Gascón.
No hay forense en un pueblo de cuatrocientos: hay un levantamiento, un traslado y una autopsia que tarda entre tres días y tres semanas, y hasta entonces lo único que existe es una mujer de sesenta y tres años encontrada sentada en su silla, en su rebotica, sin señales de violencia, sin puerta forzada y con las carpetas en orden.
En cualquier otro pueblo de España, eso es un infarto.
En cualquier otro pueblo de España, a esa hora la gente estaría diciendo que era muy joven y que últimamente se la veía desmejorada, y tendrían toda la razón, porque yo mismo la había visto desmejorada veinticuatro horas antes y no había hecho nada.
En este, a la una y cuarto, ya se había decidido que era un asesinato.
Lo decidió una zapatilla. No un forense: una zapatilla puesta de pie en el suelo, y un cuaderno de actas, y veinte personas en una acera. Y lo más difícil de escribir de todo esto, ahora que lo sé todo, es que aquella acera acertó.
A las tres de la tarde, en el bar del frontón, Vane me puso el móvil delante y me pasó las nueve fotos.
Chusé nos sirvió sin preguntar y se fue a la otra punta de la barra, que en un bar de pueblo es la manera más elegante de dar el pésame. En la tele, sin voz, echaban un programa de casas.
Las siete primeras no valían nada: pared, quicio, un trozo de baldosa, un archivador. La octava y la novena eran de la zapatilla.
Y ahí sí trabajé, porque eso sí es lo mío.
Yo tasé durante seis años daños en comercio, y en el ramo de comercio uno aprende a mirar calzado, porque el calzado es el género que más se falsea en un siniestro de agua.
Llega la riada, se moja el almacén y de repente en el inventario aparecen ciento veinte pares que nadie ha visto nunca.
Se aprende a distinguir el par que estaba en el almacén del par que ha estado en un pie.
Y no se distingue por fuera, porque por fuera se puede ensuciar cualquier cosa en dos minutos y todo el mundo lo sabe.
Se distingue por dentro. Eso no lo sabe casi nadie.
La zapatilla que había en el suelo de la rebotica de Purificación Gascón estaba sucia por fuera, con polvo y con una raya de tierra en el lateral, muy bien hecha.
Y por dentro estaba blanca.
La plantilla, entera y sin huella. El talón, sin vencer.
La costura del contrafuerte, sin marcar.
Ni sal, ni cerco, ni ese brillo gris que deja el sudor de un pie en la tela.
Un crío de nueve años deforma un zapato en tres semanas y lo deja marcado para el resto de su vida útil, y hay una parte de una zapatilla, la de dentro del talón, que no la limpia nadie porque nadie sabe que existe.
Aquella la había ensuciado alguien por fuera, con las manos y con prisa, y no se le había ocurrido mirar dentro.
La zapatilla del noventa y nueve la llevó un crío puesta hasta la acequia madre, a dos kilómetros y medio del pueblo, en el mes de agosto.
Aquella no había estado en ningún pie en su vida.