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Se leyó el acta. Se hizo balance de la Semana del Misterio, que consistió en que Maribel Ojeda leyera una lista de agravios de nueve puntos y en que Rufino Cañas dijera que a él la gabardina del chico le había parecido una falta de respeto pero que el chico era muy majo.
Los nueve puntos de Maribel Ojeda merecen quedar escritos porque son la mejor descripción que se ha hecho de aquella semana.
Uno, que la ruta pasaba por delante de casas de gente.
Dos, que el guía decía «el pequeño Enrique» y que aquí nadie le ha llamado nunca Enrique.
Tres, que a la Puri la habían quitado del folleto y estaba bien quitada, pero que quitarla no arreglaba haberla puesto.
Cuatro, que en el mercadillo había un puesto de camisetas del ayuntamiento y otro de camisetas de Vane y que eso, a los de fuera, les parecía que era el mismo puesto.
Cinco, que el catedrático no se había leído el sumario.
Seis, que la réplica de la silla estaba mal, porque la silla del club tiene la pintura saltada en el tubo y la del vestíbulo estaba nueva.
Siete, que se habían hecho seiscientas fotos con una silla que no es.
Ocho, que a ella le habían preguntado tres veces por la calle si era del club y que dos de las tres le habían pedido una foto. Y nueve, que se había recaudado dinero.
—Eso no es un agravio —dijo Charo.
—Ya lo sé —dijo Maribel Ojeda—. Es que era el que me faltaba para nueve.
Se acordó agradecer por escrito a Fina el trabajo extra. Se dejaron sin abrir las cincuenta y tres solicitudes de ingreso, que estaban en una caja de zapatos encima del armario.
Y en el punto cuatro, Rosario Ferrer propuso escanear el archivo.
—Las actas —dijo—. Las mías. Las de la caja.
—¿Para qué? —dijo Maribel.
—Para que haya dos.
Nadie discutió aquello. Vane Puértolas, que le entregó su cuaderno a la Guardia Civil el 29 de septiembre y que se pasó el domingo 25 buscando una libreta que no aparece, dijo que era una idea excelente y no dijo por qué.
Se acordó llevarlas a una copistería de Calamocha, digitalizarlas y traerlas de vuelta el mismo día. Se acordó que fuera al día siguiente. Se acordó que las llevara Andrés, que tiene furgoneta, y me ofrecí yo a acompañarle, y no se le ocurrió a nadie preguntarme por qué.
Se levantó la sesión a las ocho y diez.
Cinco minutos después estábamos Rosario Ferrer y yo solos en la sala 2 apilando sillas contra la pared, que es una cosa que en aquel club hacía siempre Andrés y que aquella tarde, por algún motivo, se fue a hacer otra cosa.
⁂
Empecé yo.
—Sebastián Larrea mintió en su declaración.
Charo Ferrer estaba cogiendo una silla por el respaldo. La levantó, la puso encima de la pila y bajó a por otra.
—¿En cuál?
Eso fue lo primero que me hizo. Dos palabras.
—En la del 17 de agosto de 1999.
—Ya.
—Declaró que la noche del sábado cerró el bar a las tres de la madrugada y que no se movió de allí.
—Eso pone.
—A las dos y treinta y cinco de aquella madrugada estaba descargando doce garrafas de vino en el término de Beteta, provincia de Cuenca, a doscientos y pico kilómetros. —Puse otra silla en la pila—. Tengo el albarán. Firmado y sellado en destino, con la hora escrita a bolígrafo.
—¿Dónde estaba?
—En la guantera de su furgoneta, en el almacén del bar, debajo de dos lonas.
Rosario Ferrer siguió apilando sillas.
—Pues ya sabe usted más que la Guardia Civil de 1999 —dijo.
—Sé más que la Guardia Civil de 1999 porque he entrado en un almacén en el que no tenía que entrar durante una visita guiada de tres euros.
—Yo eso no se lo he preguntado.
Y ahí me di cuenta de que aquello no iba a salir bien y seguí igual, porque llevaba doce días seguidos sin salirme nada bien.
—El 1 de septiembre de 1999, dos semanas después, ese hombre hizo la primera transferencia a una mujer de aquel término.
Y luego trescientas veinticuatro más, una al mes, sin fallar una sola, hasta agosto de este año.
Y todos los diciembres pagaba doble. Y al morirse le ha dejado el doble del capital de una póliza de vida.
—Es mucho dinero.
—Ciento quince mil doscientos cincuenta y siete euros con setenta y cinco céntimos, sin contar la póliza.
Charo Ferrer se paró con una silla en las manos.
—Setenta y cinco céntimos —dijo.
—Sí.
—Usted lo cuenta todo.
—Es mi oficio.
—No, hijo. —Puso la silla en la pila y se quedó mirando la pared—. Su oficio es no contarlo.
Estuvimos un rato sin hablar. Quedaban cuatro sillas.
—Charo, yo he estado en esa casa.
—Ya lo sé.
Levanté la cabeza.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque el jueves 22 usted no fue a ningún tejado y volvió a la una de la mañana, y en este pueblo entra un coche por la noche y lo sabe todo el mundo. —Cogió la penúltima silla—. Y porque hay quince personas en Villafranca que se levantan a mear a las dos.
—Y no me ha dicho nada en doce días.
—Usted tampoco.
Aquello era exacto, y las dos partes lo sabíamos, y yo empecé a entender lo que estaba haciendo aquella mujer y no me sirvió de nada, porque una cosa es entender un método y otra es que te deje de funcionar encima.
Cogí otra silla y solté lo único que llevaba encima que podía hacer daño.
—Charo, en esa hoja suya hay cinco nombres.
No dijo nada.
—Y tres están tachados.
—Cuatro.
Me quedé con una silla en las manos.
—¿Cómo cuatro?
—Que hay cinco nombres y el mío es el primero —dijo Rosario Ferrer—. Usted los ha contado mal porque me ha descontado a mí, y me ha descontado porque soy la que pasa lista. Y eso no es una razón para descontar a nadie.
—El suyo no está tachado.
—No.
Y fue a por otra silla.
Yo he mirado aquella hoja catorce veces en catorce fotos y sé desde el primer día que el primer nombre es el suyo. Y llevaba dos meses leyendo aquella lista como se lee una lista que hace alguien de otra gente.
—¿Usted por qué está en su propia lista?
—Porque estoy.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que hay. —Colocó la silla—. Usted lleva desde septiembre haciéndome preguntas de perito, y las preguntas de perito valen para las cosas que tienen precio.
—¿Tiene usted miedo?
Aquella fue la única que la paró.
Rosario Ferrer se quedó de pie, con las manos vacías, delante de una pila de sillas de plástico gris, en una sala que huele a cloro desde 2011.
—Sí —dijo.
—¿De qué?
—De llegar tarde.
Y ahí tuve dos segundos para hacer la siguiente y no la hice, y llevo desde entonces sabiendo exactamente cuál era.
—En esa casa hay una pared con fotos —dije—. Y hay tres de un chico. Y el chico empieza a los nueve años.
Rosario Ferrer puso la última silla en la pila y se limpió las manos en la falda.
Y entonces se dio la vuelta y me miró de frente por primera vez en toda la conversación.
—Gonzalo.
—Dígame.
—Tú también jugabas al escondite, ¿verdad?
Yo he estado en cuatrocientas peritaciones y he tomado mil doscientas declaraciones. Sé lo que hay que hacer cuando a uno le hacen una pregunta así: no se contesta, no se niega, no se pregunta a qué se refiere, y sobre todo no se cambia de tema, porque cambiar de tema es contestar que sí.
Hice las cuatro cosas mal.
—¿Qué?
—Que si tú también jugabas al escondite. En las fiestas. De crío.
—Sí.
Y ahí se acabó.
Aquella mujer llevaba dos meses tratándome de usted. En la primera reunión me trató de usted. En su cocina, con el té y las pastas, me trató de usted hora y media. El lunes anterior, con dos vasos de café malo, me trató de usted veinte minutos.
Y a las ocho y veinticinco de la tarde del martes 3 de noviembre de 2026, en la sala 2 del centro cívico de Villafranca del Cierzo, con doce sillas apiladas contra la pared, Rosario Ferrer me tuteó.
No hubo nada más.
No me dijo lo que sabía. No me preguntó lo que yo sabía. No me dijo que ella hubiera hablado con Sebastián Larrea, ni que no hubiera hablado. No dijo la palabra Cuenca, que la había dicho yo. No dijo el nombre de su hijo.
Cogió el bolso, se puso el abrigo y esperó en la puerta con las llaves en la mano, porque las tiene ella.
Y en la puerta dijo:
—El jueves tengo que ir a Teruel.
—Ya.
—Vuelvo el jueves por la noche.
—Muy bien.
Eso fue todo. Un dato de agenda, dado en una puerta por una mujer que no me debe ninguna agenda.
Yo tenía en el bolsillo la foto de un albarán del 15 de agosto de 1999 y el teléfono del sargento Bericat.
Y contesté «muy bien».
Bajamos por la calle del Horno hasta su esquina, y nos dimos las buenas noches, y ninguno de los dos dijo nada durante los cuatrocientos metros.
Cuarenta y ocho horas. Ni un minuto más ni uno menos, y no se pactó, y las dos partes cumplieron.
⁂
Yo tardé en llegar al hostal veinte minutos más de lo que se tarda, porque me metí por la calle de atrás y me senté en el poyo de la casa de la esquina, que estará frío en noviembre y que no me acuerdo.
Aquella sala lleva tres años haciendo la misma cosa.
Entra la gente los martes a las siete de la tarde. Se sientan a una mesa en forma de U con una hoja plastificada y un temporizador de cocina, a hablar de un crío que desapareció en 1999, y hablan de sitios, de horas, de quién estaba dónde y de lo que se hizo mal.
Y en veintitrés años nadie ha confesado nada en aquel pueblo, y en aquella sala confiesan todos, todas las semanas, sin darse cuenta.
Fito Landa confesó el 6 de octubre que sabía de memoria el resultado de un análisis que nunca llegó, y lo confesó para lucirse.
Maribel Ojeda confiesa cada martes que ella lo vio todo desde su ventana desde 1987 y lo confiesa por presumir de memoria.
Purificación Gascón dijo el 15 de septiembre, delante de seis personas, que lo que ella quería era que aquel club se diera prisa, y a los catorce días estaba muerta.
Rufino Cañas contestó el 13 de octubre, en una entrevista de admisión, con boli rojo y temporizador, que él nunca había declarado ante la autoridad por hechos ocurridos en la localidad, y que no le habían llamado.
Y el martes 3 de noviembre de 2026, a las ocho y veinte de la tarde, un perito de seguros de treinta y nueve años que llevaba veintisiete sin contárselo a nadie le puso a la presidenta de aquel club, encima de una mesa, en orden y con las cifras exactas, todo lo que había averiguado.
Y luego le contestó que sí a la única pregunta que le hicieron.
Aquella sala está montada para eso y no lo está por casualidad. Se entra, se firma, se pasa lista, se lee lo que se dijo la semana pasada y se habla del mismo asunto durante hora y media, todos los martes, durante tres años, delante de las mismas seis personas y de una secretaria que lo graba todo.
En un sitio así no hace falta preguntarle nada a nadie.
Solo hay que abrir la sesión y esperar sentada.