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En el bar del frontón, Chusé había sacado la pizarra de los menús a la acera por primera vez desde la pandemia y había escrito CROQUETAS con tiza, sin más explicación, porque no hacía falta más explicación.
Dos chicas de Zaragoza se hicieron una foto con la pizarra.
Fito Landa desayunó allí y no pagó, y aquella era la segunda vez en cuatro días que yo veía a alguien no cobrarle a Fito Landa, aunque el viernes en la farmacia había pasado lo contrario y bastante más raro, y de eso me acordé mucho después.
Punto tres del orden del día: correspondencia.
—Once solicitudes —dijo Charo, y sacó del bolso un fajo con una goma.
Las leyó ella, de pie, una detrás de otra, con la voz con la que se leen los pliegos.
El chico de Valencia adjuntaba currículum y foto de carné y una carta de motivación de folio y medio.
La señora de Utrillas explicaba en dos folios que ella soñaba lo mismo desde hacía años y que en el sueño había un pozo.
Un matrimonio de Andorra, la de Teruel, se ofrecía conjuntamente y pedía si podían asistir en semanas alternas.
—Que se turnen —dijo Maribel—. Como en el ambulatorio.
Uno preguntaba si el club tenía seguro de responsabilidad civil. Otro, en tres líneas, se ofrecía «para lo que sea, incluso vigilancia nocturna». Y una chica de Barcelona adjuntaba el enlace a un canal suyo y preguntaba si se podía grabar dentro de la sala.
—No —dijo Charo, y siguió leyendo.
—Grabar, lo que se dice grabar... —empezó Vane.
—No.
Charo leyó diez. Al llegar a la última, que era una cuartilla escrita a mano, se la pasó a Vane sin decir nada y se sentó.
Fue la única de las once que no leyó ella.
Pero antes de eso pasó lo otro, y lo cuento en el orden en que ocurrió porque en ese orden es como te deja tonto.
Cuando Charo dijo «correspondencia», Vane Puértolas levantó el bolígrafo, que es su manera de pedir la palabra, y dijo que ella también traía correspondencia. Y sacó un sobre grande con una banda azul y un logotipo de Correos y lo levantó por encima de la mesa como se levanta un pez.
—Me ha llegado un burofax.
—¿A ti? —dijo Maribel.
—Con acuse de recibo.
—Léelo —dijo Fito Landa, que en tres años de club nunca había tenido tan buena tarde.
Vane lo leyó entero. Decía así, y lo transcribo porque me lo pasó ella después y porque merece la pena:
«Muy señora mía: Por medio del presente le comunico que en el programa por usted dirigido, emitido el pasado día 14 de julio, se aludió a mi persona en términos que pueden inducir a error a los oyentes.
Le requiero para que en el plazo de siete días naturales proceda a la oportuna rectificación, con la misma difusión y en el mismo horario, reservándome cuantas acciones me asistan en derecho. Sin otro particular, atentamente.»
—¿Con la misma difusión y en el mismo horario? —dijo Vane—. Es un pódcast. No hay horario. La gente lo escucha planchando.
—Pues se pone usted a planchar y lo rectifica —dijo Maribel.
—Y encima me llega en septiembre. Lo del catorce de julio. Ha tardado dos meses.
—El plazo es el plazo —dijo Fito, en tono profesional.
—El plazo de qué, Fito.
—El plazo.
Se rieron todos menos dos personas, y una de las dos era yo, que estaba mirando la firma.
—¿Y qué dijiste tú el catorce de julio? —preguntó Puri Gascón.
Vane se encogió de hombros con una naturalidad absoluta.
—Leí la lista de declaraciones del noventa y nueve. Las que constan en el sumario. Y dije en voz alta quiénes no declararon nunca. Sin nombres. Solo dije cuántos.
—¿Y eran muchos?
—Cuatro.
Hubo un silencio que en aquel momento me pareció de esos que se hacen cuando alguien dice una cifra y todo el mundo se pone a contar por dentro.
Y entonces yo hice la pregunta que hace el que es nuevo, que suele ser la única pregunta que nadie ha hecho en tres años.
—Si no dijo usted ningún nombre, ¿cómo sabe él que hablaba de él?
Nadie contestó.
Fito Landa se puso a buscar una cosa en la carpeta con mucha energía. Charo Ferrer no levantó la vista del orden del día. Maribel Ojeda abrió la boca y la cerró. Andrés, el del bizcocho, se quedó exactamente igual que estaba, que era la única postura de la sala que no había cambiado.
—Correspondencia —dijo Charo—. Once solicitudes.
Y leyó diez, y la undécima se la pasó a Vane.
Vane la leyó en voz alta, y era una cuartilla con la letra de las que se aprendían con caligrafía, con los palotes inclinados todos hacia el mismo lado:
«Muy señora presidenta: El abajo firmante, vecino de esta localidad desde su nacimiento, solicita tomar parte en las labores del Club de Lectura y Actualidad Los Martes, en calidad de socio y sin ánimo de protagonismo, ofreciendo su conocimiento del pueblo y de sus gentes para lo que se estime oportuno. Quedo a su disposición. Rufino Cañas.»
Entre el final del burofax y el final de la carta habían pasado dos minutos y cuarenta segundos. El mismo hombre. La misma letra, si uno miraba la firma del acuse. El mismo día de imposición, que estaba en el matasellos.
Un señor de setenta años había ido a Calamocha, había mandado un burofax con acuse de recibo contra el pódcast que habla del club, y de camino a casa había echado en el buzón del centro cívico una solicitud para entrar en el club.
Maribel Ojeda dijo:
—Pero si él...
Y se paró.
Nadie la ayudó a terminar. En un pueblo, cuando alguien empieza una frase así, siempre hay tres voluntarios para acabársela.
Aquella tarde no hubo ninguno. Maribel Ojeda se quedó con la boca abierta, miró a la presidenta, cerró la boca y se puso a doblar el paño del bizcocho por la mitad y luego otra vez por la mitad.
Charo Ferrer dijo:
—Se abre el debate sobre la admisión.
Y el debate duró treinta y cinco minutos y fue de las cosas más divertidas que he presenciado en mi vida, y no me he reído nunca menos.
Fito Landa se opuso. Se opuso mucho. Se opuso con una vehemencia que en un hombre que llevaba una semana firmando fotos a chavales de Barcelona no le pegaba nada.
Dijo que había que fijar criterios de admisión antes de admitir.
Dijo que el perfil del socio no estaba definido.
Dijo que la información que se maneja en esta sala es sensible y que aquí se habla de un caso abierto, y que meter a cualquiera es comprometer la línea de trabajo.
Dijo la palabra «línea de trabajo» cuatro veces.
No dijo ni una sola vez el nombre del solicitante.
Eso último lo apunté, y lo apunté por deformación.
Cuando yo tomo declaración a un asegurado y el asegurado se pasa veinte minutos hablando de un vehículo sin decir «mi coche», no es que sea un hombre reservado.
Es que ese coche le quema. La gente esquiva las palabras exactamente igual que esquiva los charcos: sin darse cuenta y siempre por el mismo lado.
Vane estaba a favor y no disimuló por qué.
—Si entra, tengo tres episodios.
—Eso no es un argumento —dijo Fito.
—Es el mío.
Puri Gascón habló una vez sola, en toda la reunión, y lo dijo mirando a la mesa.
—A mí me da igual quién entre. Lo que yo quiero es que este club se dé prisa.
Nadie le preguntó a qué se refería. En aquel momento parecía una queja de las que se hacen sobre las reuniones largas. Yo he tenido tiempo de sobra, después, para pensar en las quince palabras aquellas.
Se votó. Cinco manos. Las conté porque cuento, y me abstuve porque era mi tercer martes.
A favor: Vane y Maribel. En contra: Fito, Puri y Andrés. Y Charo no votó, porque preside.
—Los de fuera de lista no votan —dijo Charo Ferrer.
Vane protestó. Andrés bajó la mano sin decir nada, y en la vida he visto a nadie bajar una mano con menos ganas de discutir. Se anularon dos votos y quedó uno a dos, que en cualquier sitio del mundo es una derrota y en aquella sala fue una cuestión de procedimiento.
Entonces Fito Landa planteó una cuestión de orden: que las admisiones requieren temario y entrevista, y que sin entrevista no cabía votar la admisión, sino, como mucho, votar si procedía convocar la entrevista.
Y Maribel Ojeda, que es la persona más lógica de aquel club precisamente porque no lo intenta, propuso entonces que se votara si se votaba.
Se votó si se votaba. Votaron los tres que podían votar y salió que sí por dos a uno.
—Queda aprobado que se vota —dijo Charo Ferrer—. Y se pospone la votación.
Escribí esa frase en mi cuaderno tal cual, debajo de una nota sobre un tejado de Ojos Negros con rotura de rasilla en el faldón norte. La miro de vez en cuando.
En ruegos y preguntas aproveché mi condición de forastero, que caduca pronto.
—Una cosa del expediente del señor Larrea. ¿Tenía familia fuera del pueblo?
—Familia no —dijo Maribel—. Familia ninguna. Él llevaba vino a un sitio de por ahí abajo, hace años, un reparto que hacía de noche, pero eso lo dejó.
—¿Cuándo lo dejó?
—Ay, hijo. —Maribel Ojeda hizo con la mano el gesto que hace la gente de esta comarca para decir mucho tiempo, que consiste en tirar algo por encima del hombro—. De un día para otro. Que me acuerdo yo porque nos quedamos sin el vino aquel, que era muy bueno y muy barato.
Charo Ferrer levantó la sesión a las ocho y veinticinco, se guardó el temario en el bolso —dos folios grapados y un bolígrafo rojo— y dijo que la decisión sobre la solicitud del vecino Cañas se tomaría en la sesión siguiente.
Cuando salimos, las sillas ya estaban apiladas contra la pared y la fuente del bizcocho estaba fregada y boca abajo en el escurridor del office.
Vane me alcanzó en la esquina con el abrigo a medio poner.
—¿Usted ha entendido algo?
—He entendido que un señor manda un burofax y una solicitud el mismo día y en el mismo viaje.
—Eso no es lo raro. —Se paró a encender un cigarro con el mechero pegado a la pared, por el cierzo—.
Lo raro es la Charo. Lleva tres años diciéndome que aquí entra el que quiera entrar.
El de Zaragoza salió por la puerta en cuarenta minutos y a usted lo metió en diez segundos.
Y con esta cuartilla se ha ido a su casa a pensárselo una semana.
—A lo mejor lo conoce demasiado.
—A lo mejor. —Le dio una calada corta, de las de dejarlo—. En este pueblo se conoce todo el mundo demasiado. Eso no ha impedido nunca nada.
Aquella noche me acosté a las once y a la una seguía haciendo cuentas. Conté las veces que me había reído en hora y media y me salieron cinco. Conté las cosas que en aquella sala nadie había nombrado y me salieron menos, pero pesaban más.
En hora y media, nadie dijo los dos nombres en la misma frase.