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De aquellas dos semanas tengo notas de treinta y un tejados y muy poco de lo demás, que es exactamente el problema.
Perité en Ojos Negros, en Villarquemado y en dos masías del alto que llevaban vacías desde antes de la pedregada y que el propietario quería cobrar igual, con toda la razón del mundo desde su punto de vista y con ninguna desde el mío.
Subí a cubiertas con el cierzo dándome en la cara.
Comí en bares de carretera. Mandé nueve informes. Cobré el kilometraje.
De aquellos treinta y un tejados podría hacer un retrato de esta comarca mejor que el del ayuntamiento.
Anoté eso también, porque anoto.
Un tejado dice la edad del que duerme debajo. Y en aquella comarca, de treinta y un tejados, veintidós esperaban a que se cayera la madera y dos ya no esperaban nada.
Y por las tardes volvía a Villafranca del Cierzo, que cada día se parecía menos a sí mismo.
Crímenes y Croquetas sacó el episodio 212 el miércoles 16 y el 213 el miércoles 23.
En el 212 Vane repasó el sumario del noventa y nueve declaración por declaración, con el cuidado de un notario y la música de un tráiler.
En el 213 leyó cartas de oyentes. Recibía trescientas a la semana. Una señora de Lugo le mandó un rosario.
El pueblo se adaptó con esa velocidad que tienen los pueblos para lo que da dinero.
Chusé puso croquetas de verdad. La panadería sacó una hornada más los sábados.
El estanco vendía postales del frontón, que no se habían vendido nunca porque no las quería nadie, y de repente se vendían porque el frontón sale en el minuto veintidós del episodio 211.
Un chaval de la comarca montó un puesto de camisetas junto al cartel de entrada y lo quitó la Guardia Civil el jueves y volvió el sábado.
Y el martes 22 no hubo reunión.
No la suspendió nadie. Lo que pasó fue que el ayuntamiento convocó a las siete de la tarde en la sala 2 del centro cívico una «reunión informativa sobre afluencia de visitantes y ordenación del aparcamiento», y la sala 2 solo hay una, y en este país el que tiene la llave gana.
Así que el club se quedó sin martes por primera vez en tres años porque el pueblo necesitaba la sala para hablar de lo que le estaba pasando al pueblo por culpa del club. Fueron cincuenta personas, que es siete veces más de las que van a un pleno.
La alcaldesa, que se llama Montse y que hasta aquel mes de septiembre había ejercido de alcaldesa de un pueblo al que no le pasa nada, explicó con dos gráficos que en agosto habían entrado en Villafranca ciento veinte vehículos de fuera y que del 9 al 20 de septiembre habían entrado seiscientos cuarenta.
Explicó que eso es bueno. Explicó a continuación que también es malo.
Y explicó por último, en la parte que a mí me pareció la más honrada de la tarde, que el ayuntamiento no tenía la menor idea de qué hacer con ello y que por eso los había convocado.
Se habló del aparcamiento cuarenta minutos. Se habló de los contenedores. Un señor pidió que se pusieran señales. Otro preguntó si se podía cobrar. Se le dijo que no se puede cobrar por entrar en un pueblo y él respondió que eso ya lo sabía y que lo decía por saber.
Nadie dijo en voz alta, en cincuenta minutos, por qué venía toda aquella gente.
Charo Ferrer asistió, se sentó en su silla de siempre, escuchó cuarenta minutos y no pidió la palabra.
Una sesión que no se celebra no se numera. Eso me lo explicó Vane después, cuando yo andaba con las actas, y me lo explicó como quien explica una ley de la física.
De aquellos días me quedan tres cosas apuntadas y las tres las apunté mal, en el sentido de que las apunté sin darles importancia.
La primera es que Rufino Cañas no volvió a preguntar por su solicitud.
Ni una vez. Un hombre que había mandado un burofax con acuse de recibo por un asunto de julio dejó pasar dos semanas sin interesarse por una respuesta que le estaban debiendo.
Seguía bajando al frontón, seguía pagando rondas y seguía contando chistes buenos, y a mí me seguía cayendo bien, que es lo que más rabia me da de todo esto.
La segunda es que Fito Landa se compró una cazadora.
No es una tontería, o no lo es en mi oficio.
Yo he cerrado expedientes de incendio fijándome en menos que eso.
Fito Landa llevaba tres semanas con el mismo chaleco de bolsillos, que es una prenda que un hombre de setenta y un años no cambia porque sí, y el sábado 26 apareció en el frontón con una cazadora azul marino con las costuras todavía tiesas y el pliegue del doblado marcado en las mangas.
Se la habían traído de Calamocha. Le dijeron lo que se le dice a un hombre de setenta y un años con una cazadora nueva, que es que parece otro, y él contestó que ya está bien de ir hecho un adán, y pagó la ronda.
Iba a salir en las fotos. Eso es lo que yo entendí entonces y sigo pensando que es verdad, y sigo pensando que es la mitad de la verdad.
La tercera me la dijo Maribel Ojeda el viernes 25 en la puerta de la panadería, bajando la voz para que se enterara toda la calle.
—Pues dicen que la Puri lo va a dejar todo contado.
—¿El qué?
—Todo. —Se ajustó la rebeca—. Es una manera de hablar.
⁂
Lunes, 28 de septiembre
Bajé a la farmacia a las dos menos cuarto porque llevaba tres días con la espalda de subir a cubiertas y porque en el hostal no había ni una aspirina.
Purificación Gascón estaba detrás del mostrador con una bata blanca que le sobraba por todas partes.
Yo la había visto tres veces en tres semanas y las tres me había parecido una mujer delgada.
Aquel lunes me pareció otra cosa y no supe ponerle nombre, y no se lo puse, y seguí con lo mío, que es lo que hace todo el mundo.
La farmacia de Villafranca del Cierzo es de las de antes: mostrador de madera, cajoneras hasta el techo con las etiquetas escritas a mano y un cartel de una crema para las manos de una marca que ya no existe.
Detrás, la rebotica, con la puerta siempre abierta.
En la pared, encima de la báscula, un cuadro con la orla de su promoción y una foto de un viaje a Roma.
Delante de mí había dos mujeres. A la primera le dio su medicación y le preguntó por su marido.
A la segunda le dio su medicación y no le preguntó nada, y la segunda se fue igual de contenta.
Eso lo da tratar durante treinta y cinco años a cuatrocientas personas: se aprende quién quiere que le pregunten.
Me despachó un antiinflamatorio y me explicó cómo tomarlo con una precisión de manual.
—Con comida. Y no cuatro días seguidos, que luego vienen a llorarme.
Detrás de ella, sobre la mesa de la rebotica, había carpetas. Muchas. De las de cartón con gomas, apiladas en dos torres, con etiquetas nuevas. Se le fue la vista un momento hacia allí y volvió.
—Usted es perito.
—Soy perito.
—De papeles.
—De papeles y de tejados.
—Ya. —Se apoyó en el mostrador con las dos manos, y aquello, en una mujer que atendía de pie y erguida, era una postura nueva—. Yo tengo que poner unos papeles en orden y no sé cómo se hace. Quiero decir que sé cómo se hace, que no soy tonta. Lo que no sé es en qué orden.
—¿Papeles de qué tipo?
—De los que están mal desde hace mucho.
Lo dijo sin ninguna carga, con el tono con el que hablaba de las dosis. Y luego dijo lo otro, y lo otro no se me ha ido nunca.
—Se lo pregunto a usted porque usted es el único de este pueblo que se va a ir.
En aquel momento entendí una frase distinta de la que me estaba diciendo.
Entendí lo que entiende un hombre de mi oficio cuando una mujer de sesenta y tres años empieza a hablar de poner papeles en orden y tiene la cara que tenía ella: entendí testamentaría.
Entendí herederos, un local en propiedad, una licencia de farmacia, unas cuentas y unos primos.
Lo entendí tan deprisa y con tanta seguridad que ni siquiera me molesté en comprobarlo.
—Eso se hace con un notario y una tarde —dije—. Y si quiere, yo le explico la parte de los seguros, que suele ser la que peor se lleva.
—La parte de los seguros. —Puri Gascón se rio con la boca cerrada—. Sí. Empecemos por ahí.
Se puso derecha otra vez y miró el reloj de la pared.
—El miércoles cierro a las dos. ¿Le viene bien a las dos y media?
—Me viene bien.
—Pues el miércoles a las dos y media, y trae usted un cuaderno de los suyos, que yo lo voy a contar mal y usted lo va a poner en columnas. —Cogió aire—. Mire, le voy a decir una cosa antes de que se me pase, porque a mí se me pasan las cosas ahora. Aquí todo el mundo lleva veintisiete años...
En la puerta, con el timbre y todo, entró una mujer con el móvil por delante.
—Puri, hija, que no me sale la receta electrónica.
—Que no le sale la receta electrónica —dijo Puri.
—Que me da un error, mira.
Y Purificación Gascón, farmacéutica, salió del mostrador, cogió el móvil de aquella mujer con las dos manos, se puso las gafas, le arregló la receta electrónica, le explicó dos veces dónde estaba el botón y le dio la pastilla que necesitaba, porque para eso había estado treinta y cinco años detrás de aquel mostrador.
Cuando terminó eran las dos y cinco y tenía que cerrar.
—El miércoles —me dijo desde la puerta, con la llave en la mano.
—El miércoles.
⁂
Martes, 29 de septiembre, 19:00
Lo cuento en desorden porque así lo tengo yo. Lo de la mañana lo pondré después, en el orden en que lo entendí, que no es el orden en que ocurrió. Un expediente se ordena por hechos y un hombre se ordena por golpes.
A las siete de la tarde del martes 29 de septiembre estábamos en la sala 2 nueve personas, que eran más de las que caben en aquella mesa y menos de las que había. La puerta se quedó abierta y en el pasillo había gente de pie que no era del club. Nadie los echó.
Charo Ferrer llegó a las siete menos cinco, colgó el bolso en el respaldo, sacó la funda de plástico rígido y la puso encima de la mesa.
—Martes es martes. Se abre la sesión: que nadie falte.
Destapó el rotulador de pizarra.
—Ferrer, Rosario. Presente.
En la segunda línea no dijo nada, porque en la segunda línea lleva desde el ocho de septiembre sin decir nada.
—Landa, Fito.
—Presente.
Y llegó la tercera y no llegó nada.
Yo llevo veinte años entrando en casas al día siguiente.
Sé cómo suena una casa el día siguiente, sé lo que se le puede decir a un hombre que acaba de quedarse sin almacén y he aprendido a mirar por encima del hombro de la gente mientras firma, que es una manera de tener educación.
Lo de aquella tarde fue como cuando en una peritación
No.
Aquello no fue como nada.
Fue una mujer de sesenta y ocho años delante de una hoja de plástico, con un rotulador en la mano, sin decir un nombre.
Duró tres segundos. Nadie tosió. Los del pasillo tampoco, y eso que no sabían lo que estaban viendo.
Luego Charo Ferrer tapó el rotulador de pizarra, lo dejó a su derecha, metió la mano en el bolso y sacó otro. Y con el otro, que era de los que no se borran, tachó la línea de arriba abajo con una raya recta, sin apretar de más, sin repasar, como se tacha un renglón en un libro de registro.
—Ojeda, Maribel.
—Presente —dijo Maribel Ojeda, con una voz que no era la suya.
Yo estaba mirando el bolso.
Un rotulador de pizarra se lleva encima porque se usa todas las semanas. El otro no. El otro estaba en un cajón de su casa desde el ocho de septiembre, y aquella tarde, antes de salir por la puerta, Rosario Ferrer había abierto el cajón y se lo había metido en el bolso.
Traía los dos. El de borrar y el otro.