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El cuartel de Villafranca abre los sábados de nueve a una «para lo que haya», que en la práctica significa para lo que haya cuando el sargento Bericat no tenga nada mejor. Le llevaba yo tres días dándole la lata por escrito.
—Usted me pide la documentación por conducto reglamentario —me dijo el viernes—, yo se la mando a su compañía en mes y medio y usted vuelve por aquí en noviembre. O se sienta el sábado en esa mesa de ahí, no se lleva ni un papel, hace las fotos que le dé la gana y a mí no me ha visto nadie.
Este país entero funciona con ese párrafo. Yo lo sé porque vivo de él.
Así que el sábado a las nueve y diez estaba en un cuarto del cuartel que en su día fue vestuario, con una mesa de formica, un flexo y tres cajas de cartón que contenían la vida administrativa completa de Sebastián Larrea Bosque.
Bericat me dejó allí y se fue a su mesa, que está a dos puertas y desde la que se oye todo. Aquella mañana tenía delante la carpeta azul de gomas, la gorda, y la estaba vaciando en montones. Le pregunté por curiosidad profesional qué había dentro.
—Colaboración ciudadana —dijo—. Desde el miércoles llevo ciento y pico. Y todas dicen lo mismo.
—¿Qué dicen?
—Que escuche usted el pódcast.
Cerró la puerta con el pie.
Y ahí empezó lo raro, aunque tardé dos horas en verlo.
Sebas lo guardaba todo. Pero no lo guardaba como lo guardan los desordenados, que acumulan; lo guardaba como lo guardan los que tienen miedo, que clasifican.
Veintisiete archivadores de anillas, uno por año, con el año escrito en el lomo con rotulador y con la misma letra desde 1999 hasta 2026, que es una letra que envejece pero no cambia.
Dentro, separadores de cartulina: proveedores, suministros, Seguridad Social, banco.
Las facturas de barra iban aparte, pinchadas en un pincho de hierro de los de bar, por meses, con una goma.
Yo he peritado a hosteleros. He visto libros de contabilidad dentro de una caja de galletas y he visto a un hombre justificar tres años de compras con el reverso de un calendario.
Aquello no era un hostelero: era un hombre que llevaba veintisiete años preparándose para que alguien le pidiera explicaciones.
Y eso, en mi oficio, tiene un nombre y una casilla.
En los partes de siniestro hay un apartado que se llama «documentación aportada por el asegurado» y que se rellena con una cruz en una de estas tres opciones: suficiente, insuficiente, excesiva.
La tercera existe porque existe la gente que aporta de más.
Un asegurado que te entrega ciento cuarenta folios cuando le has pedido tres no es un hombre ordenado. Es un hombre que quiere que mires. O, y esto es lo que a mí me ha dado de comer durante veinte años, es un hombre que quiere que mires ahí y no en otro sitio.
Yo llevaba media hora en aquel cuarto y ya tenía la cruz puesta en la tercera casilla.
Lo que no supe hasta el 5 de noviembre es que Sebastián Larrea Bosque no aportaba de más para que yo mirara sus papeles.
Aportaba de más porque llevaba veintisiete años haciendo el equipaje.
En la tercera caja estaba lo demás, que era poco.
Un reloj de pulsera parado. Dos cartillas de la caja rural.
Una carpeta con las revisiones de la caldera desde 2006.
Un sobre con fotos de un equipo de fútbol sala de los años ochenta, con los nombres escritos por detrás.
Y un cuaderno de tapa dura donde apuntaba las comandas fiadas del bar, con su columna de pagado, y en el que había cuatro deudas de más de veinte años que él seguía arrastrando de página en página sin reclamarlas y sin borrarlas.
En el separador de banco de cada año estaban los extractos en papel. Todos. Grapados por trimestres.
Empecé por el de 1999 porque los empecé por orden y porque soy así de aburrido, y a la media hora ya tenía la cara del que ha encontrado algo y todavía no sabe si le conviene.
El 1 de septiembre de 1999, Sebastián Larrea ordenó en la ventanilla de la caja rural una transferencia de veinticinco mil pesetas a nombre de Milagros Sanz Pardo, con domicilio en la provincia de Cuenca. El resguardo estaba grapado al extracto.
Lo miré un rato largo, porque los resguardos de aquella época se hacían con papel de calco y en el de arriba la fuerza del bolígrafo deja el relieve al otro lado.
Aquel iba escrito por el empleado, con esa letra de ventanilla que existió en España hasta que la sustituyó una impresora, y el nombre de la beneficiaria estaba puesto de corrido y sin dudas, ni una tachadura, ni una corrección.
Eso significa que quien dictó el nombre lo dictó entero y a la primera.
El 1 de octubre de 1999, otras veinticinco mil.
El 1 de noviembre de 1999, otras veinticinco mil.
Hice lo que hacemos los peritos, que es contar. Tardé cuatro horas, incluidas dos interrupciones de Bericat, que entró la primera vez a preguntarme si quería café y la segunda a no preguntarme nada.
Trescientas veinticuatro transferencias. El día 1 de cada mes, sin fallar uno solo, desde septiembre de 1999 hasta agosto de 2026. Veintisiete años de pagos, que dividido entre doce sale redondo y que a mí, con el lápiz en la mano, me salió redondo tres veces seguidas porque no me lo creía.
En pesetas hasta diciembre de 2001. En enero de 2002 el importe pasó a ser de ciento cincuenta euros con veinticinco céntimos, que no es una cantidad: es veinticinco mil pesetas convertidas a euros con la calculadora oficial y sin redondear.
Un hombre que no quiso redondear. Estuvo cinco años pagando quince céntimos que no le pedía nadie.
Luego subió. Doscientos en 2002, trescientos en 2008, cuatrocientos en 2015, quinientos desde 2021. Subía como suben los sueldos de la gente decente: tarde y de golpe, cuando ya no queda más remedio.
Y todos los diciembres, desde el primero, pagaba dos veces.
Veintisiete pagas extra. Una por año, sin excepción. En un negocio en el que diciembre es el mes en que hay que reponer la cámara, pagar el impuesto de basuras y aguantar hasta las fiestas, Sebastián Larrea sacaba lo que hiciera falta y pagaba doble.
En los primeros resguardos, los de ventanilla, el concepto está en blanco.
Desde 2002 aquello se convirtió en una orden permanente y el sistema del banco fijó un concepto que ya no se tocó más, y como los sistemas del banco lo escriben todo en mayúsculas, en trescientos y pico extractos de papel, mes tras mes, durante veinticuatro años, aparece una línea que pone:
LO DE SIEMPRE
Sumé. Ciento quince mil doscientos cincuenta y siete euros con setenta y cinco céntimos.
Y luego, porque los sistemas no se enteran de nada, encontré el último.
El 1 de septiembre de 2026, a las 05:41 de la mañana, la orden permanente de Sebastián Larrea Bosque ejecutó una transferencia de quinientos euros a Milagros Sanz Pardo.
A esa hora, Sebastián Larrea llevaba entre cuatro y cinco horas muerto en el suelo de su bodega, según el atestado que yo mismo había leído sentado en el coche con los pies fuera.
Fue la única de las trescientas veinticinco que no ordenó él.
En el archivador de 2003, entre las facturas de proveedores, había una minuta de la Gestoría Lahoz, de Teruel, expediente 4.
117, «tramitación de documentación», ciento ochenta euros, pagada en efectivo y con el recibí firmado.
La grapa estaba en el sitio equivocado y la hoja iba metida entre una factura de refrescos y otra de butano, que es donde se meten las cosas cuando uno las archiva deprisa y no piensa volver a mirarlas.
En veintisiete años de papeles, aquel hombre no tuvo un solo asunto que no fuera vino, hielo, butano, Seguridad Social o Hacienda. Y una vez, en 2003, pagó a un gestor de Teruel por tramitar una documentación que no se especifica.
Lo fotografié porque fotografío todo, no porque significara nada.
A la una menos cuarto lo tenía. Un hombre soltero, sin hijos reconocidos, paga religiosamente todos los meses durante veintisiete años a una mujer de la provincia de Cuenca, sube la cantidad conforme suben los años, le da una extra en diciembre y le deja además el doble del capital de una póliza de vida.
Eso, en mi oficio, no es un fraude. Es un hijo.
Es la respuesta número uno. La que sale en el noventa por ciento de los casos, la que no requiere que nadie sea malo y la única que explica de una sola vez las tres cosas raras: que empiece de golpe y no vuelva a fallar, que suba con los años como sube una manutención pactada de palabra, y que en diciembre pague doble.
A los hijos que uno no tiene se les paga en Navidad.
Eso no lo pone en ningún manual de peritación y lo sabe todo el que ha peritado en un pueblo.
Contra esa hipótesis solo había un pero, y era pequeño, y me lo comí. Si Sebastián Larrea tuvo un hijo en 1999 con una mujer nacida en 1956, aquella mujer tenía cuarenta y tres años. No es imposible. Es raro, y raro no es nada.
Se lo dije a Requena el domingo por la noche y a Requena le pareció perfecto, porque una paternidad no discutida no le cuesta un euro a la compañía.
—Entonces cerramos —dijo.
—Cuando hable con ella.
—Táboas, tú tienes veintitantos tejados en Ojos Negros.
—Y los estoy haciendo.
—Ya. —Requena se quedó callado el tiempo que se queda callado un hombre que está mirando otra pantalla—. ¿Tú sabes lo que me cuesta a mí un perito una semana de más en un pueblo?
—Menos que un juicio.
—Aquí no va a haber juicio. Aquí hay una señora de setenta años que cobra lo que le dejaron. —Se oyó la impresora—. Habla con ella y cierra.
⁂
Domingo, 13 de septiembre
La llamé el domingo a las siete de la tarde, que es cuando la gente de setenta años está en casa y no está durmiendo.
Descolgó al cuarto tono. No dijo diga, ni sí, ni ¿quién es? No dijo nada. Se oyó el descuelgue, se oyó una televisión de fondo y se oyó, durante tres segundos largos, una mujer respirando.
—¿Milagros Sanz? —dije—. Buenas tardes, la llamo de Mutua Peninsular, por un asunto de...
Colgó.
Volví a marcar y sonó ocupado, cosa que en un fijo de casa significa una sola cosa, que es que hay una mano encima. A la media hora comunicaba igual. A las nueve y media daba señal y no lo cogió nadie.
Me quedé con el teléfono en la mano haciendo lo que hago siempre, que es contar lo que ha pasado en vez de lo que me ha parecido.
Y lo que había pasado era esto: una señora de setenta años que vive sola en la provincia de Cuenca descuelga el teléfono, oye a un desconocido decir el nombre de una compañía de seguros y cuelga sin preguntar quién es.
La gente que cuelga suele colgar de los cobradores.
Pero a los cobradores se les pregunta quién eres antes de colgar.
Se pregunta siempre. Se pregunta para saber si hay que preocuparse, y se pregunta con una voz determinada, que es la voz que pone la gente cuando descuelga a las siete de la tarde de un domingo y le suena un número que no conoce.
Milagros Sanz Pardo no preguntó. Y para no preguntar hay que tener ya la respuesta.
Eso me duró en la cabeza lo que tardé en encontrarle una explicación mejor, que fue poco: una señora sola, de setenta años, a la que llaman por teléfono para hablarle de seguros tres veces por semana. Cualquiera cuelga. Mi madre colgaba. Yo cuelgo.
Cené abajo, subí a la habitación tres del hostal, puse las notas en orden y me senté a pasar a limpio el resumen del expediente. Escribí la primera línea: Primer pago: 1 de septiembre de 1999.
Y me quedé mirándola, porque para escribir la segunda hay que hacer una resta, y la resta es de las fáciles. Dos semanas antes del 1 de septiembre de 1999 es mediados de agosto de 1999. Y mediados de agosto, en un pueblo de esta comarca, es una cosa muy concreta.
Es de noche y hace el calor que hace en agosto a las once, que no es calor de sol sino calor de gente.
Hay bombillas de colores colgadas de una calle a otra y una orquesta afinando y un olor a churros que viene de la plaza.
Alguien cuenta hasta veinte con la frente pegada a la pared del frontón.
Dos críos corren agachados entre los coches aparcados y uno de los dos se está riendo tanto que no puede correr, y el otro le dice al oído, muy bajito y muy deprisa:
Métete en la furgoneta del Sebas, ahí no te encuentra ni Dios.
Al día siguiente perité tres tejados en Ojos Negros y comí en un bar de carretera.