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Aquel viernes hice tres cosas y las tres me han costado dinero, sueño o las dos.
La primera fue ir al cuartel a pedir por escrito la documentación de Sebastián Larrea, y llevármela por escrito, y volver a las dos horas a pedirla otra vez de la otra manera, que es como se piden las cosas en este país cuando uno tiene prisa.
—Usted me pide la documentación por conducto reglamentario —me dijo el sargento Bericat—, yo se la mando a su compañía en mes y medio y usted vuelve por aquí en noviembre.
—¿O?
—O ya hablaremos.
Y me despachó, y yo salí de allí a las doce menos veinte sabiendo que aquel hombre me iba a decir que sí y que le iba a costar un día pensárselo, porque he tratado con doscientos como él y todos tardan un día.
La segunda fue ir a la farmacia.
Y la tercera fue bajar al frontón a las nueve de la noche, y de esa no me acordé hasta noviembre.
⁂
Fui a la farmacia por una tontería. Llevaba desde el martes con una ampolla en el talón de subir a cubiertas con las botas mojadas, y a un hombre de treinta y nueve años que se pasa el día en tejados una ampolla le dura una semana y le cambia la manera de andar, y eso lo notan los asegurados y no conviene.
Entré a la una menos veinte y salí a la una y veinticinco, y de esos cuarenta y cinco minutos, cuarenta los pasé de pie contra la pared de la báscula, esperando, mirando.
Yo he peritado once farmacias. Ocho por agua, dos por robo y una por un incendio de la instalación eléctrica en Ejea.
Una farmacia se perita mal y se perita despacio, porque el género es pequeño, es caro y está numerado, y porque el titular siempre tiene el inventario mejor que tú.
Se entra, se cuentan cajones, se pide el libro recetario y se sale a las cuatro horas con la sensación de que te han enseñado exactamente lo que querían enseñarte.
Y en once farmacias yo nunca había estado cuarenta minutos de pie mirando, porque en once farmacias nunca me había hecho falta.
Aquella tarde sí.
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Delante de mí había, cuando entré, cuatro personas. Cuando salí había seis. En ningún momento de aquellos cuarenta y cinco minutos hubo menos de tres.
En un pueblo de cuatrocientas doce personas.
Lo conté, porque cuento. Por aquel mostrador pasaron en tres cuartos de hora dieciséis vecinos. Dos venían a comprar algo: una crema y un termómetro. Los otros catorce venían a por lo suyo.
Y aquí es donde a mí se me abrió una cosa que tardé cinco semanas en cerrar.
Yo he tasado el continente y el contenido de once farmacias y las he tasado bien, y en las once puse en el informe la misma línea, que es «existencias según inventario del asegurado», y firmé, y cobré.
Y aquella tarde, apoyado en la pared de la báscula de un pueblo de la provincia de Teruel, me di cuenta de que en once farmacias yo no había tasado nunca lo que valía una farmacia.
Lo que valía aquella estaba pasando por delante de mí a razón de un vecino cada tres minutos, y no cabe en ninguna casilla, y no lo cubre nadie, y cuando desaparece no lo paga ninguna compañía de este país.
⁂
Del funcionamiento de aquel mostrador voy a poner tres cosas, porque las tres las oí de pie y las tres iban de balde.
A una mujer de sesenta y tantos le dio lo suyo, le miró la caja y le dijo:
—Esta te la estás tomando por la noche.
—Sí.
—Pues es por la mañana. Y no te enfades conmigo, que si te la tomas por la noche no duermes y luego vas a venir a pedirme algo para dormir, y no te lo voy a dar.
A un hombre de unos cincuenta le despachó una caja y una crema y le dijo, sin bajar la voz, delante de seis personas:
—Y a ti lo que te pasa se te cura con un trabajo.
El hombre se rio. Se rieron los seis. Y ninguno de los siete se rio de la manera en que se ríe uno cuando le han dicho una cosa que no es verdad.
Y a un chaval de dieciocho o diecinueve, que entró el último y que se puso detrás de todos y que esperó a que se fuera la última persona, le dijo, mientras le daba una caja que yo no vi:
—Esto lo pone tu médico y no lo pongo yo. Y el jueves que viene vienes y me lo dices.
—Vale.
—Que me lo dices.
—Que sí.
Y hubo una cuarta que no fue una conversación y que es la que me llevé de allí.
Entró una mujer de setenta y muchos con un bolso de rejilla, se puso en la cola, esperó sus ocho minutos y, cuando le tocó, no dijo nada. Se quedó delante del mostrador con las dos manos en el bolso.
Purificación Gascón se dio la vuelta, abrió el cajón, sacó una caja, la puso encima del cristal y dijo:
—Ya lo sé, Angelines.
Y aquella mujer cogió la caja y se fue, y las dos se habían entendido en cuatro segundos y una de las dos no había abierto la boca.
Yo llevo veinte años tomando declaración y sé perfectamente lo que estaba haciendo aquella mujer, porque es lo único que sé hacer yo: estaba llevando fichas.
Cuatrocientos doce expedientes abiertos. Sin ordenador, sin archivo y sin acta.
Y actualizados a diario durante treinta y cinco años por una sola persona que los llevaba todos en la cabeza y que no se los había pasado a nadie.
En mi oficio, a eso se le llama riesgo de dependencia de persona clave, y es una cláusula que existe, y que se contrata, y que sirve para que si a la única persona que sabe cómo funciona una empresa le pasa algo, la compañía cubra la pérdida mientras se encuentra a otra.
Aquella farmacia no la tenía contratada. Ese ramo no lo vende nadie en un pueblo de cuatrocientas doce personas.
⁂
Fito Landa entró diez minutos después que yo.
Entró como entra un hombre que va a comprar algo, que es sin mirar a nadie y directo al mostrador, y se puso a la cola detrás de mí, y estuvo tres minutos hablando del cierzo con la mujer de la crema.
Y cuando le tocó, no compró nada.
Sacó la cartera, sacó cuatro billetes de veinte y los puso encima del mostrador.
—Puri, apúntame esto a la cuenta.
—¿Qué cuenta?
—La mía.
—Fito, tú no tienes cuenta.
—Yo tengo cuenta desde el año pasado.
—Tú tenías. —Purificación Gascón no tocó los ochenta euros—. Y eran veintitrés con cuarenta y me los pagaste en marzo.
—Pues serán de antes.
—De antes no hay nada.
Y aquel hombre se quedó con las dos manos apoyadas en el mostrador de madera, delante de seis vecinos, con ochenta euros suyos encima del cristal y con una farmacéutica que no los cogía.
Yo estaba a metro y medio.
Y voy a escribir aquí lo que anoté aquella tarde, palabra por palabra, porque lo tengo delante en el cuaderno, entre una nota de un tejado de Villarquemado y la matrícula de un coche:
11/9. Farmacia. Landa paga una deuda que no existe. Raro.
Eso es todo lo que escribí. Cinco palabras y un adjetivo.
Purificación Gascón cogió los cuatro billetes, los dobló, se los devolvió y le dijo que se los guardara para las fiestas.
Y Fito Landa se los guardó, y se rio, y dijo que él es que ya no se acuerda de nada.
Y no se fue.
Se quedó allí de pie, junto a la báscula, a mi lado, veintidós minutos, hablando con quien entraba, mientras aquella mujer despachaba a seis personas.
⁂
Lo dijo justo antes de que me tocara a mí.
Lo dijo sin ninguna preparación, en medio de otra cosa, con el tono con el que había dicho lo de la pastilla de la mañana.
Estaba dándole la vuelta a una receta electrónica que no le salía a una señora, y la señora le dijo que si aquello se estropea qué hacen ellos, y que en el pueblo de al lado tuvieron dos meses sin farmacéutico.
Y Purificación Gascón, sin levantar la vista de la pantalla, dijo:
—De aquí no os vais a quedar tirados.
—Ay, hija, no digas eso.
—Que no lo digo por nada. Lo digo porque hay que dejarlo todo hablado. —Le devolvió el móvil—. Yo, cuando me vaya, lo dejo todo contado. Todo. Y el que venga se encuentra las cosas donde están.
La señora dijo que qué manera de hablar.
Otra dijo que la Puri llevaba treinta y cinco años allí y que se merecía jubilarse cuando le diera la gana.
Y la conversación se fue a las pensiones y se quedó allí cinco minutos, que es donde se van todas las conversaciones de este país cuando alguien dice «cuando me vaya».
Fito Landa no dijo nada.
Yo lo tenía al lado, tocándome el codo, y no dijo nada, y no se movió, y siguió mirando la pantalla apagada de la báscula durante toda la conversación de las pensiones.
Y a la una y veinticinco se fue sin despedirse, cosa que en Villafranca del Cierzo no hace nadie.
⁂
Yo salí detrás, con mis apósitos, y me fui a comer.
Y no apunté aquello. Quiero decir: no apunté la frase.
Apunté lo del dinero, que era raro y que era medible, y no apunté a una farmacéutica de sesenta y tres años diciendo delante de siete vecinos que cuando se vaya lo dejará todo contado, porque eso, en un pueblo, lo dice todo el mundo y no significa nada.
Significa que se va a jubilar. Significa que está harta. Significa que hay que arreglar unos papeles con el colegio profesional.
Yo he oído esa frase quince veces en veinte años en boca de gente que iba a cerrar un negocio.
Y en las quince no había ninguna persona en la habitación a la que le fuera la vida en ello.
⁂
De la tercera cosa que hice aquel viernes hay poco que contar y ocupó cuarenta minutos.
Bajé al bar del frontón a las nueve, cené un plato combinado y me tomé una caña en la barra oyendo hablar de la pedregada de agosto.
Y a las nueve y media entró Fito Landa y pidió, y a las diez menos veinte, cuando se estaba yendo, se paró en la punta de la barra y dijo:
—Chusé. Lo de estos.
Y pagó.
Éramos siete. Salieron catorce euros con veinte.
Y lo que pasó a continuación es lo que hace que yo me acuerde de esto, porque si no, no me acordaría.
Chusé se quedó con el billete en la mano y miró a Fito Landa. Y luego miró la barra. Y luego dijo, en voz alta y para todos, con una sonrisa enorme:
—Anda. Que paga el cabo.
Y hubo en aquella barra una carcajada de las que solo se hacen en un pueblo, que es la carcajada que se le hace a un hombre por una cosa que lleva cuarenta años sin hacer.
Se rieron seis personas. Se rio él.
Me reí yo.
Y un hombre de setenta y un años que en la historia documentada del bar del frontón de Villafranca del Cierzo no había pagado nunca una ronda, pagó una ronda un viernes de septiembre a las diez menos veinte de la noche, ocho horas después de intentar saldar en una farmacia una deuda que no existía.
Aquello, en mi oficio, tiene un nombre.
Cuando un asegurado empieza de repente a ponerlo todo al día —a pagar los recibos atrasados, a renovar la ITV, a firmar lo que llevaba dos años sin firmar—, uno no piensa que le ha entrado el orden.
Uno mira la fecha.
Y yo miré la fecha y era viernes 11 de septiembre y no significaba nada, y cerré el cuaderno y subí al hostal y dormí ocho horas seguidas.