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Lo escuché entero en el coche, subiendo a Ojos Negros a peritar tejados.
Aquel agosto había caído en la comarca una pedregada de las que salen en el telediario, y a mí me habían encajado veintitantos partes de daños en cubierta, que es la razón administrativa por la que un perito de Zaragoza puede pasarse tres semanas en un sitio como Villafranca sin que su jefe se pregunte nada.
Los tejados son mi coartada. Aún no sabía que me hiciera falta una.
La chica es buena. Eso hay que decirlo antes que lo demás, porque lo demás va a sonar peor.
Empieza con la sintonía, saluda —«croquetas, croquetos»—, mete la cuña de la ferretería, «todo para el hogar y para la huerta», y a los cuarenta segundos ya te ha puesto delante un hombre de sesenta y seis años bajando una escalera de siete peldaños con una bombilla a la espalda.
No dice nada que no sea verdad. Ese es el detalle que a mí me interesó profesionalmente: en cincuenta y un minutos de episodio no dijo una sola cosa falsa. Dijo verdades en un orden.
Y luego, sin subir la voz:
—«No estoy diciendo nada. Estoy leyendo un acta.»
Cerró con lo de siempre. Sed buenos, y si no, dejad pruebas.
Lo escuché dos veces, la segunda con lápiz.
Es un oficio parecido al mío: se reúnen datos ciertos, se colocan en un orden y el orden hace todo el trabajo sucio sin que nadie tenga que mentir.
La diferencia es que mi informe lo leen tres personas de una compañía y el suyo lo escucharon aquella semana más personas de las que viven en toda la provincia.
Y había otra cosa, que anoté y subrayé. Vanesa Puértolas leyó en antena un acta interna de un club privado del que ella es la secretaria. Sin pedirle permiso a nadie. Sin avisar a nadie. Y a continuación dijo, con toda la razón del mundo, que ella no estaba diciendo nada.
—¿Y la Charo qué ha dicho de eso? —le pregunté a Maribel dos días después.
—Nada. —Se ajustó la rebeca—. Ni una palabra. Que es peor.
A mediodía, en el bar del frontón, Chusé tenía el móvil apoyado en la caja registradora y lo estaba escuchando por segunda vez.
A las seis de la tarde, el episodio iba por ciento sesenta mil reproducciones, que en el pueblo se tradujo, de boca en boca y con esa aritmética que tienen los pueblos, en «medio millón de personas hablando de nosotros».
El de la panadería me lo dijo con un orgullo que no se molestó en disimular.
Villafranca del Cierzo llevaba veintisiete años saliendo en los sitios por lo del crío.
Ahora salía por lo del crío y encima con banda sonora.
Yo esto lo he visto tres veces y siempre es igual.
Cuando en un municipio pequeño se declara zona catastrófica, en cuarenta y ocho horas aparecen los de las lonas y los de los deshumidificadores, y no vienen a robar: vienen porque hay trabajo.
Y a las dos semanas el pueblo entero ha reorganizado su economía alrededor de la desgracia y ya no sabe volver.
En mi oficio a eso se le llama actividad inducida por siniestro, y a la hora de calcular el lucro cesante se descuenta entera, porque no es beneficio: es una burbuja con fecha de caducidad puesta.
Lo apunté aquella tarde en el cuaderno, debajo de un tejado de Ojos Negros, y le puse al lado la única cifra que se me ocurrió, que fue un interrogante.
Porque el lucro cesante se calcula sobre lo que había antes.
Y yo no sabía todavía lo que había antes en aquel pueblo, y cuando lo supe resultó que no había nada.
A las siete y media, en el bar del frontón había once personas y ocho eran de fuera. Se pidieron catorce cafés y una tapa. Chusé, que lleva desde marzo diciendo que cierra en octubre, sacó de la trastienda una mesa que no se había visto en cuatro años.
Y a las ocho entró Fito Landa, que era el hombre de la frase.
Le estuvieron dando la enhorabuena media hora.
Un chaval con acento de Barcelona le pidió una foto y él dijo que bueno, que si era para el chaval y no para internet, y luego posó de una manera que solo se puede describir diciendo que se colocó.
Lo llamaron el del acta. Le dijeron que había clavado el perfil.
Un señor le preguntó, muy serio, si él creía que el asesino seguía en el pueblo, y Fito Landa se tomó su tiempo antes de contestar, y contestó lo que contesta un hombre que ha esperado veintisiete años a que alguien le pregunte eso:
—Yo no creo nada. Yo trabajo con lo que hay.
Le invitaron a dos cervezas y no pagó ninguna, cosa que en aquel momento no me pareció digna de anotarse, porque en un bar de pueblo al que ha dicho algo en la tele nunca le cobran la primera.
El jueves por la mañana, en el buzón del centro cívico había once solicitudes de ingreso.
Las leyó Charo el martes siguiente, pero el jueves ya circulaban por el pueblo, porque en Villafranca la correspondencia es un género de conversación.
Había una de un chico de Valencia con currículum adjunto y foto de carné.
Había dos de Zaragoza. Había una de una señora de Utrillas que explicaba, en dos folios, que ella tenía un sueño recurrente y que el sueño era muy concreto.
Había una de un matrimonio que se ofrecía conjuntamente.
Había una anónima con recortes. Y había una escrita a mano, con una letra de las de antes, de las que se aprendían con caligrafía, que nadie mencionó porque a nadie le llamó la atención.
⁂
Jueves, 10 de septiembre
Vane me llamó a las cinco.
—Hay entrevista a las seis y media. ¿Se viene?
—¿Por qué me llama a mí?
—Porque se va a reír usted mucho —dijo— y porque quiero ver cómo se ríe.
Cuando llegamos, la sala 2 estaba abierta, las luces dadas y las sillas puestas en U, con la mesa limpia y el armario metálico ya sacado y cerrado. Andrés estaba dentro, de pie, colocando la última.
—¿Quién ha abierto? —preguntó Vane, buscando en el bolso.
—Ya estaba abierto —dijo Andrés.
Un jueves no hay bizcocho. Maribel lo señaló nada más entrar, con pena sincera, y Andrés le explicó que el bizcocho es de los martes. A mí la respuesta me pareció de una precisión encantadora y no volví a pensar en ella hasta muchas semanas después, en otra habitación y con otra cara.
El aspirante se llamaba Álex Bonilla, treinta y cuatro años, de Zaragoza, y llegó con un portátil.
Charo Ferrer se sentó enfrente con dos folios grapados y un bolígrafo rojo. Le dijo que se pusiera cómodo, lo cual, en el idioma de aquella mujer, es el equivalente exacto a que le lean a uno sus derechos.
—¿Formación?
—Criminología. Bueno, un posgrado. Online.
—Anotado. —Lo anotó—. ¿Vínculo con la localidad?
—Ninguno de momento. Pero he escuchado los doscientos once episodios.
—Los doscientos once —repitió Charo, y aquello, escrito con boli rojo, sonó a antecedentes.
—Pregunta tres. ¿Ha comentado usted el caso en foros, redes o grupos de mensajería?
—Hombre, comentar...
—Sí o no.
—Sí.
—Pregunta cuatro. Si un vecino de esta localidad le pidiera a usted que no publicara un dato cierto, ¿qué haría?
Álex Bonilla se tomó tres segundos, que fue lo más inteligente que hizo en toda la tarde, y contestó que dependería del interés público.
—Anotado —dijo Charo, y lo anotó entero, con el «dependería» incluido.
Fueron diez preguntas y duraron cuarenta minutos porque Álex Bonilla contestó a todas como si le pagaran por palabra.
Explicó que traía metodología. Explicó que en el caso del 99 había una «hipótesis alternativa muy sólida» que involucraba a un transportista de paso y que se podía cruzar con datos abiertos. Explicó que había hecho un mapa.
Charo tomó nota de todo con una educación que daba miedo.
En la pregunta cinco quiso enseñar el mapa y le dijeron que después. En la seis dijo que él lo que quería era resolverlo, «de una vez, con cariño y con rigor», y en la sala hubo un silencio en el que a mí me pareció, sin poder explicarlo entonces, que se había dicho algo grave.
Entonces llegó la siete.
—Pregunta siete. —Charo puso el temporizador de cocina en la mesa y le dio cuerda—. Cite tres diferencias entre indicio y corazonada. Tiempo: un minuto.
—Bueno. A ver. —Álex Bonilla se rio, buscando compañía, y no la encontró—. El indicio es objetivo y la corazonada es subjetiva.
—Esa es una.
—Y el indicio... el indicio se puede verificar.
—Eso es la misma.
—Vale, vale. Y...
El temporizador de cocina de aquella mujer hace un ruido que es como un insecto pequeño trabajando muy en serio. Ocupó los últimos veintidós segundos él solo. Cuando saltó el timbre, Álex Bonilla dijo «joder» en voz baja y Maribel dijo que esa boca.
—Le doy yo las tres —dijo Charo, sin ninguna crueldad, que fue lo peor—. Uno: el indicio se fotografía. Dos: el indicio no cambia porque a usted le caiga bien alguien. Y tres: del indicio se vuelve. De la corazonada no vuelve nadie.
Escribió tres palabras al final del segundo folio, lo grapó y se levantó.
—Falta la diez —dijo Álex Bonilla.
—La diez es si tiene usted algo que aportar que no le hayamos preguntado.
—¡Pues sí! El mapa.
—Pues ya está la diez. —Charo se guardó el boli rojo en el bolsillo de la rebeca—. Le contestamos por escrito.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que le contestamos por escrito.
Álex Bonilla recogió el portátil despacio, como se recoge un portátil cuando uno ha entendido y todavía no quiere. En la puerta se giró.
—¿Es porque no soy de aquí?
—Eso se puede arreglar —dijo, desde la ventana, Puri Gascón, que había venido a mirar y no había abierto la boca en cuarenta minutos.
—No, hija —dijo Charo Ferrer—. Eso es precisamente lo que no se arregla.
Salimos Vane y yo a la vez y el cierzo nos empujó calle abajo, porque a esa hora baja de la sierra y a esa hora empuja. Ella iba con el móvil en la mano y la grabadora todavía en marcha, cosa que yo no sabía y que ella no ocultó cuando se lo pregunté.
—Once solicitudes en dos días —dijo—. ¿Sabe cuántas hubo en tres años? Ninguna. Nadie quiere entrar en un club de viejos que hablan de un crío del noventa y nueve. Ahora quieren entrar porque se muere gente.
—Se ha muerto una persona. Y de una escalera.
—Ya. —Metió el móvil en el bolsillo del abrigo con la pantalla hacia dentro—.
Y yo he hecho doscientos diez episodios con cuatro mil escuchas y el doscientos once lleva ciento sesenta mil.
¿Sabe lo que eso significa? Que el episodio bueno era el que no había pasado todavía.
Llevo tres años levantando actas de esa gente por si algún día servían para algo, y han servido en cuanto se ha muerto alguien.
Eso a mí me tiene desde el lunes sin dormir bien, y a la vez estoy deseando que sea martes. Las dos cosas.
—Eso es honestidad.
—Eso es un problema. —Se paró en la esquina de la travesía y se giró—. Oiga, una cosa que llevo dos días con ella. El martes le contaron lo del crío entero. La verbena, la batida, la zapatilla, todo.
—Sí.
—Usted no preguntó nada.
El cierzo hace ese favor: si uno se calla tres segundos en una esquina, parece que es por el viento.
—Yo trabajo con siniestros —dije—. En mi oficio no se pregunta lo que ya te están contando.
Vane Puértolas me miró con la cabeza un poco de lado y con una sonrisa que no era simpática ni antipática. Era de trabajo.
—Todo el mundo pregunta lo mismo —dijo—. Todo el mundo, siempre, sin excepción, cuando le cuentan lo del crío, pregunta si lo llegaron a encontrar. Usted no.
Se metió las manos en los bolsillos y se fue hacia arriba, y a los cuatro pasos levantó el brazo sin volverse, que en esta comarca es una manera de despedirse.
Me quedé en la esquina haciendo el recuento de la tarde. Cuarenta minutos, diez preguntas, un temporizador, un boli rojo y un hombre de Zaragoza devuelto al remitente por escrito.
A mí no me habían preguntado nada.