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Peritado el conjunto a valor de reposición, aquella sala vale mil doscientos euros con el armario dentro, y de esos mil doscientos, novecientos son la mesa, que es de las de contrata pública y que va a durar más que todos nosotros.
Es lo que tienen los locales municipales. Están amueblados para que no se los lleve nadie.
Anoté eso al sentarme, porque anoto, y anoté también que en aquella sala no había ni un solo objeto que fuera de alguien.
Menos uno.
Porque en el testero, contra la pared, había una silla plegable de metal, roja, de las viejas del comedor escolar, con la pintura saltada en el tubo del respaldo.
Sobre el asiento, apoyado y de pie, un cartel de cartulina amarilla con una sola palabra escrita a mano en mayúsculas, RESERVADO, y plastificado.
Sellado al calor, con su ceja de plástico alrededor del borde.
Llegué a las siete menos ocho. Ya estaban dentro tres personas y las sillas puestas, y encima de la mesa había una fuente con un bizcocho tapado con un paño.
—Usted es el del seguro —dijo una mujer bajita de setenta y pocos, con una rebeca abrochada hasta arriba y unas gafas colgando de un cordón.
—Gonzalo Táboas.
—Rosario Ferrer. —Me dio la mano una vez, seca, la de las presidentas—. Siéntese ahí, que ahí se oye.
Y volvió a lo suyo.
En veinte años he entregado mi apellido a unas cuatro mil personas y siempre pasa lo mismo: me piden que lo repita, o que lo deletree, o me preguntan si es con uve.
Es un apellido de fuera y en los pueblos eso no se cura.
Rosario Ferrer lo oyó, no me pidió que se lo deletreara y no me preguntó por la compañía, y a las siete menos siete de aquella tarde yo ya estaba admitido en un club en el que llevaban tres años sin admitir a nadie.
Me senté donde me dijo, que era de espaldas a la puerta. Elegí no cambiarme de sitio y anoté que era por no molestar.
A las siete en punto, Charo Ferrer puso las gafas en su sitio, dejó sobre la mesa un temporizador de cocina de los de cuerda y dijo:
—Martes es martes. Se abre la sesión: que nadie falte.
Luego sacó del bolso una funda rígida con una hoja dentro.
No una hoja metida en una funda: una hoja plastificada, sellada al calor, de las que no se pueden corregir sin romperlas.
Se plastifica lo que ya no va a cambiar.
Los menús, los horarios de misa, las normas de la piscina que ahora es esto.
Aquella hoja tenía cinco nombres impresos con sus rayas, y debajo del quinto, una raya más, vacía. Plastificada también.
Es la manera más cara que existe de guardarle el sitio a alguien.
—Ferrer, Rosario. —Se pasó lista a sí misma la primera, en voz alta, y se contestó—: Presente.
Fue bajando con un rotulador de pizarra, de esos que se borran con el dedo.
En el segundo nombre no dijo nada. Yo estaba mirando la hoja desde mi sitio y vi por qué: sobre «Larrea, Sebastián» había una raya recta, hecha con rotulador de los que no se borran.
En una hoja plastificada solo se puede escribir de dos maneras, y a la una se le llama asistencia y a la otra no se le llama de ninguna manera.
La pausa duró exactamente un tiempo. No fue un silencio: fue una casilla.
—Landa, Fito.
—Presente.
—Gascón, Purificación.
—Presente.
—Ojeda, Maribel.
—Presente, y traigo lo del ambulatorio.
—Eso en ruegos. —Charo tapó el rotulador—. Y los de fuera de lista.
Una chica de veintipocos levantó un bolígrafo sin levantar la cabeza del cuaderno. Un hombre de treinta y tantos, sentado al final, levantó dos dedos.
—¿Yo dónde voy? —pregunté.
—Usted, de momento, fuera de lista.
La chica del cuaderno era Vanesa Puértolas, del pódcast. El hombre de los dos dedos era Andrés, el del reparto, el del bizcocho.
Lo miré durante los tres segundos que se mira a alguien a quien te acaban de nombrar y no saqué nada, y no por falta de atención.
Hay caras que se te olvidan mientras las estás mirando.
La suya era el mejor ejemplo que he visto nunca.
Al resto los tasé mientras Charo repartía el orden del día, porque es lo que hago y porque no tenía otra cosa que hacer.
Fito Landa: setenta y tantos, sentado en la cabecera contraria a la presidencia, que es donde se sientan los que fueron algo.
Purificación Gascón: sesenta y pico, farmacéutica, la única de la mesa con la carpeta ordenada y la única que no tocaba la carpeta.
Maribel Ojeda ya la conocía yo, con exceso.
Vane Puértolas escribía a mano en un cuaderno mientras el móvil, boca abajo sobre la mesa, hacía lo suyo.
Y Rosario Ferrer presidía en la mitad de la U, con las gafas puestas y el temporizador a su derecha, como un juez de mesa de un deporte que se hubiera inventado ella.
Vane leyó el acta anterior, la del martes 25 de agosto, con una voz de funcionaria que no era la suya y que se le notaba puesta a propósito.
Punto tercero: continuidad de la línea de trabajo.
En ese punto, Fito Landa —guardia civil retirado, setenta y uno, chaleco de pescador sin río— había expuesto que, si el autor de lo del crío siguiera vivo y en el pueblo, lo lógico sería que empezara por el que movió el cuerpo.
Vane leyó la frase entera sin cambiarle una coma y sin levantar la vista. Que conste en acta, constaba.
Nadie dijo nada durante un momento razonable. Después Maribel Ojeda pidió que constara que ella aquel día había dicho que eso no se dice.
—No consta —dijo Vane.
—Pues que conste ahora.
—Consta que lo pide.
—Con eso me vale.
El bizcocho salió a la una y cuarto de reunión, en el turno que Charo llama la pausa técnica, y lo cortó Maribel en porciones que no eran iguales pero que se repartieron con una justicia perfecta, porque en los pueblos la porción grande se le da al que peor semana ha tenido. Me tocó grande.
Estaba muy bueno. Lo digo con criterio: soy un hombre que come solo desde hace nueve años y conozco el género industrial en todas sus formas.
Era denso y estaba húmedo por dentro, que es lo contrario de lo que sale de un horno de gas, y sabía a limón sin llevar limón, que es cosa de la ralladura, y en el borde tenía una costra fina de azúcar que crujía y que se hace poniendo el molde abajo los últimos cinco minutos.
Se me quedó pegado al paladar y me duró la boca dulce toda la sesión, y a las nueve de la noche, cenando en el hostal, todavía lo tenía.
—¿Esto de dónde sale?
—Lo trae el Andrés —dijo Puri Gascón, la farmacéutica—. Todos los martes desde que entró.
—Es la receta de siempre —dijo Andrés.
Y se levantó a llevarle su trozo a Charo, y luego el mío, y luego el de Maribel, con esa manera de servir que tiene la gente que ha trabajado de cara al público o que ha estado mucho tiempo sola.
Cuando se sentó tenía las manos vacías y delante de él no había plato.
No le di ninguna importancia. Yo tampoco como en las reuniones de trabajo.
Fito Landa propuso entonces abrir el caso Larrea.
Lo que vino después duró cuarenta minutos y lo cuento en orden porque en orden es como resulta increíble.
Primero se debatió si la muerte del Sebas era un caso o era una escalera.
Maribel defendió la escalera con el argumento de que ella se lo había dicho a él en vida.
Fito defendió el caso con un desarrollo técnico sobre la iluminación del hueco que, en lo esencial, coincidía con mi informe, cosa que no le pienso decir nunca a nadie.
Segundo, se planteó una cuestión previa: si Sebastián Larrea seguía siendo socio.
—Está la silla puesta —dijo Maribel.
—La silla está puesta por respeto —dijo Charo.
—Por respeto y con cartel.
—El cartel es para que no se siente nadie.
—Ya. ¿Y para el quórum?
Charo se quitó las gafas, que es lo que hace cuando va a resolver.
—El socio Larrea consta presente y no vota. Siguiente punto.
Tercero, se votó a mano alzada la apertura del caso.
Cuatro a favor, uno en contra, una abstención y una silla vacía que constaba presente y no votaba.
Vane lo anotó todo. Yo, que llevo veinte años levantando actas de peritación, tomé nota de una cosa que ninguno de ellos había dicho en voz alta: en cuarenta minutos, nadie había propuesto contárselo a la Guardia Civil.
Y tomé nota de otra, que me pareció entonces la más divertida y que hoy no me lo parece.
Aquello estaba montado. No improvisado: montado.
Orden del día, quórum, cuestión previa, votación nominal, acta y secretaría.
Yo he asistido a juntas de comunidades de propietarios de trescientas viviendas en Zaragoza que se llevan peor que aquello, y he peritado siniestros de cuatro millones de euros cuya documentación estaba en tres carpetas de anillas y una bolsa del Mercadona.
Aquel club de seis vecinos y un muerto tenía mejor administración que el noventa por ciento de las empresas que me dan de comer.
Eso, en mi oficio, no es una curiosidad. Es un dato de riesgo. Cuando uno se encuentra una contabilidad demasiado buena para el tamaño del negocio, lo que hay debajo no es un contable meticuloso.
Lo que hay debajo es alguien que lleva mucho tiempo esperando que le pidan cuentas.
Lo dije, porque para eso soy nuevo.
—¿Y no habría que pasarle esto al sargento?
—El sargento tiene sus procedimientos —dijo Charo Ferrer, y apuntó algo en el margen del orden del día— y nosotros tenemos los nuestros.
Y como yo era nuevo, y como era la parte del temario que en aquel club se le explica al que llega, me contaron lo del crío.
Se llamaba Enrique Ferrer. Nueve años. Desapareció en las fiestas de agosto de 1999, la noche de la verbena, entre las diez y las doce, y a las cuatro de la tarde del día siguiente el pueblo entero estaba peinando la ribera.
Batida de cuatro días. Guardia Civil de tres puestos, voluntarios de la comarca, un helicóptero el segundo día.
Se miró el río, se miraron las eras, se abrieron ochenta corrales y se vació una balsa de riego con una motobomba prestada por una cooperativa de Calamocha.
A dos kilómetros y medio, junto a la acequia madre, apareció una zapatilla de niño.
—La zapatilla es la clave —dijo Fito—. Todo lo demás son ruidos, pero la zapatilla es la clave.
—La madre dijo que no era suya —apuntó Maribel.
—La madre estaba como estaba, y es normal —dijo Fito—. En aquel estado, una madre no distingue.
Charo Ferrer no dijo nada. Tenía las manos sobre el orden del día, una encima de otra, y estaba mirando el punto siguiente.
Nadie me avisó. Uno entra en una sala con olor a cloro, come bizcocho, se ríe de una votación y de repente lleva veinte minutos oyendo cómo seis personas le explican a un forastero, con dos correcciones de forma, la desaparición del hijo de la mujer que preside la mesa.
Y ella corrige. Corrige las fechas, corrige el número de puestos de la Guardia Civil, corrige a Maribel cuando dice que el helicóptero vino el primer día.
—El segundo —dijo Charo—. El primero no había helicóptero.
Después salió lo de las manchas del patio, que en la versión oficial son del crío y que en el año 99 se mandaron a analizar al laboratorio comarcal y volvieron sin volver.
—El laboratorio de entonces era lo que era —dijo Fito Landa.
Purificación Gascón se miró las manos.
—Era lo que era —dijo.
Y salió la vaquilla, que salió como sale siempre, de refilón y sin querer, porque Maribel estaba contando lo del segundo día y se le escapó que el miércoles por la tarde no hubo batida.
—Por causas organizativas —dijo Fito.
—Por la vaquilla —dijo Maribel.
Se levantaron dos personas a la vez. Una era Puri, que dijo que iba a por agua, y no había grifo en la sala.
La otra no llegó a levantarse del todo. Fito Landa se puso muy rojo y explicó, en un párrafo largo con vocabulario administrativo, que la suspensión de la tarde del miércoles obedeció a un requerimiento de orden público derivado de un evento previamente autorizado, y que quien no estuviera allí no puede opinar.
—Ese punto no está en el orden del día —dijo Charo.
Y no estuvo.
A las ocho y veinte se guardó un minuto de silencio por Sebastián Larrea.
Charo le dio cuerda al temporizador de cocina, lo puso en sesenta segundos y lo dejó en el centro de la mesa, y durante ese minuto, que fue un minuto exacto porque un minuto es un minuto, nadie miró la silla roja y todos estuvimos mirándola.
—Se levanta la sesión —dijo Charo Ferrer cuando saltó el timbre—. Aquí no se olvida a nadie.
En hora y media, aquella mujer había abierto una sesión, corregido un acta, resuelto una cuestión de quórum, ordenado una votación, cronometrado un duelo y explicado con dos frases exactas cómo desapareció su hijo. No se le movió la voz ni una vez.
He tasado incendios, riadas y una nave con doscientos cerdos dentro, y sé distinguir una estructura que aguanta porque está bien hecha de una que aguanta porque no tiene otra cosa que hacer. Aquella mujer no estaba investigando nada.
Estaba pasando lista.