El club del crimen de los martes 2
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El Bar Nuevo llevaba tres días cerrado y en Villafranca se notaba como se nota una muela.

No era el luto: era la logística. En el Bar Nuevo se dejaban las llaves para el del butano, se cobraba la quiniela, se citaba la gente del catastro, se recogían los paquetes cuando el reparto llegaba tarde y se guardaba lo de la farmacia los días en que la farmacia cerraba a mediodía.

Un bar de pueblo no es un bar: es una infraestructura.

Y la infraestructura se había caído por una escalera.

Con el Bar Nuevo cerrado, el pueblo entero se había mudado al bar del frontón, que es un local alicatado hasta el techo con luz de ambulatorio y una máquina de café que Chusé, el que lo lleva, defiende con el argumento de que antes había otra peor.

Lo tasé nada más entrar, que es una cosa que hago sin querer y que en las cenas de empresa no me perdona nadie.

Continente: nave de bloque de los ochenta con falso techo desmontable y dos placas movidas.

Contenido: una máquina de café de dos brazos amortizada desde el segundo mandato de Aznar, cuarenta sillas de tres modelos distintos y una televisión de cincuenta pulgadas que es lo único de aquel local que aseguraría yo por su valor.

Riesgo principal: el cierzo. Riesgo secundario: la clientela.

Valor de reposición del conjunto, si se quemara mañana: menos de lo que cuesta el coche del perito que iría a mirarlo.

Y sin embargo, aquella semana, aquel local era la única infraestructura en funcionamiento de un municipio de cuatrocientas doce personas, y eso no lo cubre ninguna póliza y no lo sabe valorar nadie de mi oficio.

—Está flojo —dijo un hombre desde la barra, mirando su taza.

—Está como está —dijo Chusé.

—Está flojo, Chusé.

—Pues no lo pidas.

—Es que lo tengo que pedir en algún sitio.

Ese diálogo, con variaciones mínimas, lo oí cuatro veces en dos días. Un pueblo es un sitio donde la misma conversación se celebra a distintas horas, como las misas.

Me senté en la punta de la barra con la carpeta cerrada, que es mi manera de trabajar cuando trabajo de verdad.

En veinte minutos supe que Sebas cerraba tarde y bajaba a la bodega siempre a última hora, que aquella barandilla llevaba floja desde antes del euro, que el entierro había sido el miércoles y había ido «media provincia», expresión que en la provincia de Teruel puede significar cuarenta personas, y que a la salida del cementerio dos señoras se habían dicho una cosa que a todo el mundo le pareció mal y que todo el mundo repetía.

—Que a ver quién es el siguiente —dijo el del pan, que también estaba allí, porque en un pueblo con un bar abierto todo el mundo está siempre allí—. Eso dijeron. Con el muerto todavía caliente.

—Es que después de lo que se habló en el club —dijo otro.

—Que no se habló nada.

—Se habló.

—Se habló en broma.

—Ya.

Y ahí se paró la conversación, sola, como se paran las conversaciones que se han acercado demasiado a algo. Chusé aprovechó para poner la tele sin voz.

Aquello lo apunté en el sitio donde apunto lo que no se factura.

En los pueblos, lo que se calla se calla en grupo y a la vez, igual que los pájaros cambian de árbol sin que ninguno dé la orden.

Yo llevaba en Villafranca del Cierzo veintiocho horas y ya había visto pararse dos veces la misma conversación en el mismo punto exacto, que es un punto que no tiene nombre y que todo el mundo localiza sin mirar.

Entonces entró Rufo Cañas y el bar cambió de temperatura.

Hay hombres que entran en un sitio y hay hombres que llegan.

Rufo llegaba: setenta años bien llevados, camisa de cuadros con las mangas doblegadas dos vueltas exactas, la mano en el hombro del primero que pillaba y el saludo por nombre a cada uno de los nueve parroquianos, incluidos los dos que estaban de espaldas. Me localizó a mí en el segundo cuatro.

—Usted es el del seguro.

—Soy el del seguro.

—Pues vaya oficio le han dado, majo. —Se rio él primero, que es la técnica—. Venir a un pueblo a mirar una escalera.

—Alguien tiene que mirarlas.

—Eso digo yo. —Se giró hacia la barra y levantó dos dedos, y con los mismos dos dedos abarcó el local entero—. Chusé, pon.

Se sentó en el taburete de al lado sin pedir permiso, que en un pueblo no es un abuso: es un rito de acogida.

—¿Y usted ha tenido que bajar a la bodega?

—Esta mañana.

—Yo ahí abajo no he entrado nunca. —Le dio un trago corto—. Es que a mí las bodegas me dan una cosa. ¿Hace mucho frío?

—El que hacen todas.

—Ya me lo figuro. Pobre Sebas.

Y lo dijo bien. Ese es el asunto: lo dijo como se dice cuando se siente.

Contó el chiste a los tres minutos, cuando ya había pagado. No lo colocó: lo dejó caer, que es distinto.

—¿Sabéis por qué en Villafranca no ha habido nunca un crimen? —Esperó lo justo, ni un segundo más—. Porque para matar a uno de aquí hay que conocerlo. Y el que lo conoce ya sabe que no merece la pena.

Se rieron todos. Me reí yo. Fue un buen chiste y estaba bien contado, y las dos cosas juntas no se dan tanto.

Luego contó, porque se lo pidieron y porque quería, lo del burofax.

Resulta que en el pueblo hay un pódcast. Resulta que lo hace una chica de veintitantos y que se llama Crímenes y Croquetas , y que en un episodio de julio dijo algo sobre gente del pueblo, y que Rufo, en vez de subir a decírselo, que era lo fácil, había ido a Calamocha a mandarle un burofax con acuse de recibo.

—Con acuse —subrayó, disfrutando—. Que conste.

—¿Y qué te contestó?

—Nada. Los jóvenes no leen el papel. —Abrió las manos—. Yo he cumplido.

El bar se vino abajo. Uno de los del fondo dijo que Rufo era el único hombre de España que le mandaba un burofax a una cría, y Rufo dijo que él era de los de antes, y todos estuvieron de acuerdo en que era de los de antes, y a mí me pareció, honestamente, un tipo estupendo.

Yo tenía la mano izquierda sobre la carpeta y me di cuenta de que llevaba un rato sin moverla.

En veinte años yo le pongo número a todo, a los tejados y a las viudas y a los que lloran de más y a los que lloran de menos, y esa noche taso a Rufo Cañas por costumbre y por oficio y me salió un número que no supe leer.

No es que fuera alto ni bajo. Es que no era de la escala.

Cerré la carpeta, pagué mi caña, que no me dejaron pagar, y salí a fumar a la puerta con la excusa de que se me estaba haciendo tarde para nada.

Por la calle de arriba pasó una furgoneta blanca de reparto, despacio, con el intermitente puesto mucho antes de la esquina.

A un conductor se le conoce por el intermitente igual que a un fumador por cómo apaga.

El que avisa con veinte metros de antelación en una calle vacía y a esas horas es un hombre que lleva media vida conduciendo por sitios donde alguien puede salir de un portal sin mirar.

La seguí con la vista porque no había otra cosa que seguir.

Torció hacia la travesía y el ruido se apagó dos calles más allá.

⁂

Sábado, 5 de septiembre

A la mañana siguiente me interceptaron a la salida de la panadería. Uso el verbo con propiedad: no me abordó ni me saludó. Me cortó la trayectoria con el cuerpo, midiendo el paso, con la técnica de quien lleva cuarenta años cortándole la trayectoria a la gente en esa misma acera.

—Usted es el del seguro. Maribel. Maribel Ojeda, la de la casa de la esquina, la que hace esquina con la travesía, la del portal verde, que era azul.

Le di la mano y no me la soltó del todo, que es un recurso de oratoria.

Lo que vino después duró once minutos y lo cronometré sin querer, porque miré la hora al empezar por educación y al terminar por supervivencia.

En once minutos, Maribel Ojeda me contó: que su marido murió en el ochenta y siete y que desde entonces ella ve todo lo que pasa en la travesía, cosa que dijo sin orgullo, como quien informa de un cargo; que el ayuntamiento cambió las farolas y quedaron peor; que el Sebas era buena persona y muy suyo, y que muy suyo, en su idioma, se pronuncia bajando la voz; que la bodega aquella era una trampa y que ella se lo había dicho; que el médico solo viene los martes y los jueves, y los martes de aquella manera; que a la Puri la farmacéutica hay que tratarla bien porque la farmacéutica sabe de ti más que tu madre; que la Charo Ferrer llevaba tres años con lo del club y que al principio en el pueblo se rieron y ahora ya no se ríe nadie; que la Charo no ha faltado un martes, ni uno, ni con la nieve del veinticuatro; que Rufo Cañas, el simpático, había estado con la Charo hace mil años, cuando ellos eran jóvenes y todo era distinto, y que aquello acabó como acaban esas cosas; que el sargento nuevo es majo pero no es de aquí y se le nota en que pregunta; que la cría del pódcast, la Vane, la nieta de la Puértolas, se gana la vida contando desgracias por el móvil y gana más que su padre; que la piscina se llenó el año pasado y este no; y que el mundo, en general, había ido a peor a partir de un momento concreto que ella situó, sin fecha y sin nombre, «desde lo del crío».

Once minutos. Ni una pausa que un taquígrafo hubiera podido señalar, ni una sola frase mal construida, y toda la información del pueblo entregada sin un orden que yo pudiera usar.

Maribel Ojeda tiene el archivo completo de Villafranca del Cierzo desde 1987 y no tiene índice.

Es la mujer mejor informada de la comarca y la menos capaz de encontrar nada.

En mi oficio a eso se le llama fuente saturada y es la peor que hay.

El testigo saturado no miente nunca y no sirve de nada: lo ha visto todo, se acuerda de todo, y te lo entrega en el orden en el que se le ocurre, que es el orden de la última vez que se lo contó a otro.

Yo perité en 2019 el incendio de una nave de piensos con una fuente saturada enfrente y tardé cuatro días en sacarle que la puerta de la cámara estaba abierta.

Me lo había dicho el primer día. En la frase catorce.

Con esa clase de testigo solo funciona una cosa, y es sacarlo todo a la calle y ponerlo en filas, como se hace con las cajas de un almacén después de una riada.

Lo anoté aquella mañana en la puerta de la panadería, con esas mismas palabras, y luego pasé de página.

Tardé cincuenta y un días en acordarme.

No me explicó lo del crío. En Villafranca del Cierzo eso no se explica: se usa. Es el meridiano. Las cosas pasaron antes de lo del crío o después de lo del crío, y quien pregunta cuál es lo del crío se identifica solo como forastero, igual que quien pregunta dónde está la iglesia.

Terminó exactamente donde había empezado.

—Yo es que desde que murió mi marido, en el ochenta y siete, veo todo lo que pasa en la travesía.

Y entonces se me quedó mirando de una manera nueva.

—Oiga. A usted yo lo he visto.

—Habré pasado por aquí.

—No, no. A usted yo lo he visto. —Se acercó medio paso y me estudió la cara por partes, con método, como quien busca una llave en un bolso que conoce—. Yo tengo muy buena memoria. Muy buena. Lo que no tengo es dónde ponerla.

Por la calle de arriba pasó la furgoneta blanca otra vez, despacio, con el mismo intermitente prematuro. Maribel Ojeda la despidió con la mano sin dejar de mirarme a mí.

—Ese es el Andrés, el del reparto —dijo—. El del bizcocho.

—¿El del bizcocho?

—El del club. Lleva el bizcocho todos los martes. —Y volvió a lo suyo, que era yo—. ¿Usted es de Zaragoza?

—Trabajo en Zaragoza.

—Ya.

Me dejó marchar tres minutos después, no sin antes informarme de que el martes a las siete, en el centro cívico, sala dos, se reunía el Club de Lectura y Actualidad Los Martes, que se llama así de nombre y que de leer no lee nadie desde que se fundó, y que a mí me convenía ir, porque el club iba a resolver lo del Sebas.

—Yo hablo con la Charo —dijo, y lo dijo como quien tramita.

—No hace falta.

—Hija, no hace falta nada. —Se colocó el pan debajo del brazo—. Usted venga el martes y siéntese donde le digan, que aquí hay sitios.

—Lo del Sebas ha sido una escalera —dije.

Maribel Ojeda me miró con una paciencia infinita, la que se le tiene a los niños y a los peritos.

—Eso también se dijo la otra vez.

Se fue calle abajo con el pan debajo del brazo. Yo me quedé en la puerta de la panadería, en un pueblo que sabía dónde estaba el frontón sin que me lo dijeran, y no le pregunté qué otra vez.

Eso, en mi oficio, se llama no ampliar la cobertura.