El club del crimen de los martes 1
2%
El club del crimen de los martes

El club del crimen de los martes

Por C. Andrade

© inepub.com

1

A Villafranca del Cierzo se llega por una carretera que la Diputación arregló en dos tramos y con dos criterios distintos, de manera que los primeros nueve kilómetros son de un pueblo con presupuesto y los últimos cuatro son de otro.

Iba con la ventanilla bajada porque el aire acondicionado del coche de empresa lleva dos años en el apartado de averías tolerables.

A la altura del cementerio empezó el cierzo, que en septiembre baja de la sierra por la mañana y se va por la tarde, y que no significa nada: es viento.

Aparqué junto al frontón y taso el pueblo, que es un vicio y no una obligación.

Continente: una plaza con dos plátanos podados con saña, once persianas bajadas en la calle principal contando solo el lado de la sombra, una piscina municipal vaciada con un patinete dentro y una iglesia con el reloj parado a las cuatro y veinte de alguna tarde.

Contenido: por determinar. Valoración: la que se le pone a los edificios que no se han caído porque nadie les ha dado un motivo.

Firmado, Gonzalo Táboas, perito, número de colegiado que a nadie le importa.

Venía por un expediente de vida. Sebastián Larrea Bosque, sesenta y seis años, hostelero, fallecido en la madrugada del lunes al martes en la bodega de su propio establecimiento por caída desde escalera interior.

Póliza de veintiún años de antigüedad, primas pagadas con una puntualidad que en mi oficio da más ternura que sospecha, y una cláusula adicional de fallecimiento por accidente que duplica el capital.

Eso es todo lo que hace falta para que una compañía mande a un hombre a ciento ochenta kilómetros de su casa: una multiplicación.

Requena me llamó cuando ya estaba echando el freno de mano.

—¿Has llegado?

—Estoy llegando.

—Táboas, el dato feo no es la escalera. —Requena habla en cifras, incluso cuando habla de personas—.

El dato feo es la beneficiaria. Designación nominativa, cambiada en el año dos mil dos.

Milagros Sanz Pardo, setenta años, domicilio en la provincia de Cuenca.

Consta como prima segunda del asegurado.

—Los primos segundos existen, Requena.

—Los primos segundos existen. Las prima segundas que se llevan el doble a doscientos kilómetros existen menos. —Se oyó de fondo el ruido de una impresora que llevaba oyéndose de fondo toda mi vida laboral—. Mira la escalera, mira el atestado y mírala a ella. Por ese orden, que es el barato.

Las compañías no sospechan de los muertos. Sospechan de los beneficiarios que no salen en las fotos.

El cuartel está a la salida, en un edificio de mil novecientos setenta y tantos con una placa que alguien limpia y un buzón que nadie.

Me atendió el sargento Bericat, treinta y pocos, de esos que llevan el uniforme como quien lleva una asignatura pendiente en un pueblo que no eligió.

Sobre la mesa tenía una carpeta de gomas azul con una etiqueta escrita a rotulador: COLABORACIONES CIUDADANAS. Estaba gorda. Muy gorda.

—Perito —dijo, mirándome la tarjeta más tiempo del necesario—. ¿Compañía?

—Mutua Peninsular. Vida y accidentes.

—Pues ya somos dos que hemos venido a mirar la misma escalera.

—Sacó el atestado y me lo puso delante, no en la mano, en la mesa, que es como se entrega lo que se entrega sin ganas—.

Caída, alcoholemia positiva, hora estimada entre las doce y las dos.

No hay signos de violencia, no hay signos de nada.

El difunto bajó a por vino y no volvió a subir.

Le va a costar a usted encontrar aquí un fraude.

—A mí me pagan igual por no encontrarlo.

—¿Familia?

—Ninguna aquí. Soltero, sin hijos, padres enterrados en el noventa y seis y en el dos mil cuatro. —Bericat se encogió de hombros con una economía admirable—. El entierro lo ha adelantado el ayuntamiento a cuenta de lo que salga. Aquí se muere bastante gente sin nadie a quien llamar. Es lo que hay.

Es lo que hay: la fórmula con la que este país cierra los expedientes que no piensa abrir.

Eso le gustó lo justo. Me dio las llaves con un recibo de dos ejemplares y me pidió que se las devolviera a la mañana siguiente, y cuando ya estaba en la puerta añadió lo que llevaba veinte minutos queriendo añadir:

—Una cosa. Si le paran por la calle y le hablan del club, usted escuche, dé las gracias y siga andando.

—¿Qué club?

El sargento Bericat cerró la carpeta azul con las dos manos, como quien tapa una olla.

—Ya se lo dirán ellos.

Leí el atestado en el coche, con la puerta abierta y los pies fuera.

Está bien hecho, dentro de lo que puede estarlo un atestado cuando nadie duda de nada: aviso a las 08:12 del martes por un proveedor que se encontró el almacén abierto y las luces dadas, levantamiento a mediodía, tasa de alcoholemia de las que en un hostelero de sesenta y seis años se llaman «una noche normal», ausencia de terceros, ausencia de forzamiento, ausencia de indicios.

La palabra «ausencia» sale nueve veces. Los atestados de accidente son documentos escritos en negativo: lo que valen es lo que no encuentran.

El Bar Nuevo se llama así desde mil novecientos setenta y uno. Tenía en la puerta un cartel escrito con rotulador grueso, CERRADO POR DEFUNCIÓN, y debajo, en letra más pequeña y otra mano, «el vermú del domingo se avisará». Los pueblos hacen las esquelas por capas.

La bodega está debajo del almacén, con acceso interior por una escalera de siete peldaños de obra y barandilla metálica de un solo tramo.

Bajé despacio, que es como bajan los peritos y como no bajó Sebastián Larrea.

Tomé las notas de siempre. Iluminación: una bombilla de rosca, sin tulipa, accionada por interruptor situado arriba, de modo que el descenso se hace con la luz a la espalda.

Peldaños: huella corta, tabica alta, canto sin material antideslizante, desgaste desigual en los tres primeros.

Barandilla: anclaje superior firme, anclaje intermedio con dos tacos vencidos; agarrando fuerte, cede tres o cuatro centímetros, lo suficiente para que un hombre de noventa kilos aprenda a volar sin querer.

Anoté «mantenimiento deficiente», que es como en mi oficio llamamos a la mala suerte cuando queremos pagarla.

Abajo olía a vino avinagrado, a serrín y a ese frío de cal que tienen las bodegas y que no se va ni en agosto.

Había cajas de refresco apiladas en dos columnas, una caja de cerveza abierta, un botellero de obra con más hueco que botella y, en el suelo, la marca de tiza de la Guardia Civil, que en las fotos de los periódicos parece una silueta y en la vida real parece lo que es: una raya torcida hecha por alguien con prisa y con frío.

Hice la reconstrucción de pie, que es como se hacen las reconstrucciones honradas: sin subirse a nada.

Un hombre de noventa y tantos kilos, con la luz a la espalda y una copa de más, baja el primer peldaño con la mano derecha en la barandilla.

En el segundo, la mano pide más de lo que el anclaje da.

A partir del tercero ya no hay decisión posible, porque a partir del tercero un cuerpo no se cae: se entrega.

La marca de tiza estaba a la distancia exacta que sale de esa cuenta.

Los siniestros que salen bien son así de aburridos, y ese aburrimiento es, contra lo que cree la gente, la mejor noticia que puedo darle a una familia.

Aquí no había familia a la que dársela.

Sobre una barrica volcada que hacía las veces de mesa había dos vasos.

Los taso porque los vasos son lo mío. Uno tenía en el fondo un dedo de vino puesto sin ganas y ya seco por el borde, con esa costra granate que tardan tres o cuatro días en criar. El otro estaba limpio y del revés. No mojado: limpio. Servido, no usado, o sacado y no servido.

En un bar hay vasos por todas partes. En un bar hay vasos en el váter.

Un hombre que baja a la bodega a las doce de la noche puede sacar dos vasos por costumbre, porque lleva cuarenta años sacando vasos de dos en dos, o porque le da la gana.

Lo escribí igual, en el margen y con lápiz, que es donde y como se escribe lo que uno no piensa defender: dos vasos, uno sin usar .

Después subí, apagué, cerré y me fui a tasar el resto, que era la parte del trabajo que no me habían encargado.

Salí a la plaza a las siete y cuarto. En hora y media de pueblo, tres personas distintas me hablaron del club sin que yo preguntara ni una sola vez.

La primera fue la mujer del estanco, que me vendió un mechero y me informó, con la puerta ya abierta y medio cuerpo fuera, de que el martes no había habido reunión «por respeto», y que se notó, porque el martes sin reunión el pueblo se queda descolocado como el domingo sin misa.

El segundo fue un señor con dos barras de pan que me paró para preguntarme si yo era del seguro y, sin esperar la respuesta, me dijo que el pobre Sebas se había matado en su propia bodega justo después de que en el club dijeran lo que dijeron.

No quiso decirme lo que dijeron. Lo dijo así, con esa forma de no decir las cosas que consiste en decirlas dos veces.

El tercero fue un crío de unos catorce años que me señaló el centro cívico desde la otra acera, gritando, con las manos alrededor de la boca:

—¡Los martes a las siete!

Le di las gracias. Es un pueblo educado.

Volví al hostal por la calle de atrás, la que sale detrás del ábside y baja al frontón, porque se tarda menos.

Me sé los pueblos. En veinte años de siniestros he entrado en trescientos como este y todos tienen una calle así, y una piscina vaciada, y un reloj parado en una hora en la que no se murió nadie.

Uno acaba caminando por ellos sin preguntar.

Es una ventaja profesional y la aprovecho.

En el hostal, cenando solo un plato combinado que era en realidad tres platos separados en el mismo plato, dejé caer el nombre delante de la dueña, que llevaba desde el postre esperando su turno.

—¿Le suena una Milagros Sanz? Sanz Pardo, setenta años.

Lo pensó de verdad. Es lo que tiene la gente de los pueblos pequeños: piensa los nombres a conciencia, porque los nombres son su patrimonio.

Repasó Sanz, repasó Pardo, se remontó a una rama de Sanz que se fue a Zaragoza en los ochenta y descartó por fechas, me preguntó si sería de Ojos Negros, se contestó que no, y terminó donde había empezado.

—Aquí no. Aquí esa mujer no ha sido nunca de aquí.

Anoté también eso, y esta vez con bolígrafo.

En un pueblo de cuatrocientas doce personas, que no conozcan a alguien no es una carencia: es un dato.

La gente cambia de beneficiario cuando se casa, cuando se descasa, cuando nace alguien o cuando alguien deja de hablarle.

Son cuatro motivos y no hay un quinto. Sebastián Larrea no se casó, no se descasó y no le nació nadie, y sin embargo en el año dos mil dos entró en una oficina, rellenó un impreso de modificación de designación y puso el nombre de una mujer de Cuenca a la que en su pueblo no había visto nunca nadie.

Y después estuvo veinticuatro años sin cambiar de opinión. Eso, en mi oficio, es más raro que una firma falsa. Una firma falsa la hace cualquiera en un mal momento. Veinticuatro años de puntualidad los sostiene únicamente un hombre que sabe exactamente por qué paga.

Los muertos no dejan cartas. Dejan formularios.