Parte 5. Canal Videoclub Don Quijote #3
–Y ahora me dirá que no piensa venir, ¿no? ¿Ha leído el mensaje de su amigo de la universidad? ¿A que no? Pues dice que viene.
–Pero si apenas lee, qué tontería es esa.
–¿Para qué le envía el libro, entonces? ¿Ha visto mi mensaje? También viene la traductora Seung-ah, su compañera de la editorial.
–Me siento mal por no haber podido enviarle el libro, no sé ni cómo mirarla a la cara… No dejas ni un cabo suelto, eh.
–Si tanto lo siente, fírmele el libro aquí.
Ah, y también viene Se-rom. Además de que vamos a elegir a veinte Amigos del canal como invitados.
Pretendíamos que fuesen solo diez, pero había cientos de solicitudes.
Es increíble la de fans que tiene. Todos han comprado el libro y escrito reseñas en internet.
¿Es que no lo ve? Lo hacen para verle. Si no viene, será como una traición. ¡Traición!
Se quedó en silencio un rato. Me sentí un poco mal por presionarle tanto, pero decidí seguir insistiendo ya que había llegado hasta ese punto.
–No estará llorando, ¿no? Para llorar, mejor venga y hágalo aquí. Lloramos juntos. Estamos decorando el sitio como si fuera el videoclub Don Quijote. Entonces… ¿Oiga?
Se oyó una tos al otro lado del teléfono, seguida de un carraspeo. Esperé en silencio hasta que por fin volvió a hablar.
–Me he pasado estos cuatro años desde que volvimos de España dejando Barataria en manos de mi hijo para escribir esta novela.
He seguido los pasos de Cervantes como Ban Tae-su y por fin he terminado esta historia para dar ánimos a todos los don Quijotes del mundo, para sacudir a los gobernantes de este país, donde la justicia está de capa caída.
Ahora que ha salido el libro, pues resulta que es un libro más.
Esta enorme librería se me antoja un cementerio gigante de libros.
Resulta escalofriante ver a cada ejemplar descansando plácidamente en su tumba.
Lo gracioso es que, cuanto más dinero hay de por medio, más grande es la tumba, y si no, pues acaban aquí exhumados.
Este libro que tanto contiene de mí mismo no es más que un zombi de papel que se quedará aquí.
No te imaginas lo que es, Sol. ¿Crees que el libro se va a vender solo por salir en tu programa o porque vaya corriendo a la editorial para que lo promocionen?
He aceptado su destino. Sé que viviré viendo cómo desaparece de las librerías y acaba en estanterías de segunda mano o bibliotecas, y ahí, de vez en cuando, algún apasionado por El Quijote o las novelas policíacas lo cogerá.
¿Lo entiendes, Sol? Los libros son libros, y el mundo es el mundo.
Tras ese discurso tan apasionado guardó silencio, y yo rumié despacio ese sermón antes de decir una sola cosa:
–Don Quijote le ha cambiado; a usted, a su mundo y al mío.
–Ya no soy Don Quijote. Lo sé ahora que he publicado el libro. Soy Yeong-su Jang, un soñador, un visionario y un escritor don nadie.
–Don Quijote soy yo. Así me llamó y así es como me llaman ahora. ¿Se acuerda de por qué Daejeon era La Mancha?
–Pues… porque era donde estaba don Quijote.
–Sí. Daejeon, por Don Quijote. Así que tiene que venir.
–No sé… Tendría que ir a Barataria y cuidar de O-reum… No lo sé.
–¡Vaya tela! ¡Si Don Quijote le ordena que venga, pues viene! ¡Don Quijote y Cervantes son inseparables!
Intenté desesperadamente que aceptara, pero colgó sin darme una respuesta definitiva.
Me guardé mi decepción y me dediqué a preparar el evento.
Sin él iba a ser un poco rollo, pero tenía que hacer mi trabajo.
No era la primera vez que organizaba una charla sobre un libro sin el autor, pero sí que me molestaba decepcionar a Se-rom, los compañeros del señor Don y a mis Amigos, a quienes había invitado con tanto entusiasmo.
No me quedó otra que aceptar la incomodidad y decidí que jamás lo culparía por no venir.
De hecho, no volvería a verle.
El mayor problema al que nos enfrentamos el día del evento fue trasladar arriba el cartel del videoclub.
Entre el empleado y Min lograron sacarlo, pero requirió experiencia de un profesional, al que pagamos una buena tarifa para que lo dejase bien colocado, para instalarlo sobre el cartel de D ON Q UIJOTE B OOK será que les trae recuerdos.
–Me gusta volver a ver ese cartel después de tanto tiempo.
Aquello era una forma de recuperar un comercio que traía recuerdos a los mayores del barrio.
Entre Min, Sang-eun, el empleado y yo movimos las cosas desde el sótano.
Colocamos las cintas de vídeo y una colección de cómics polvorientos sobre la mesa del bar, para exhibirlos; sería el fondo del escenario.
Cuando colgamos un póster de estreno del año 2003 en la ventana, parecía que habíamos retrocedido en el tiempo.
También decoramos la mesa de la entrada con la rebobinadora del coche rojo, un limpiador de cabezales y el contenedor de devoluciones.
Entonces, un coche extranjero de color verde oliva se detuvo frente a la tienda. Lo reconocí de inmediato y salí corriendo. Del asiento del conductor se bajó una mujer muy elegante con un vestido amarillo.
–¡Se-rom!
Estaba igual, salvo por la nariz, que con cirugía se había elevado un poco y era ahora algo más gruesa y redondeada, pero seguía teniendo las mejillas regordetas de cuando era niña y el cabello por los hombros teñido de lila.
Extendí los brazos hacia ella, que me abrazó con la misma fuerza de siempre, tan pequeña como era.
–Pero mira el videoclub, con cartel y todo. Lo he visto y casi me echo a llorar.
Notaba que tenía la voz algo ronca mientras me abrazaba. Le dije que no deberíamos estar montando esa escenita porque teníamos espectadores, así que la conduje adentro.
En el pasado solíamos sentarnos junto a la ventana, donde ella se ponía a leer novelas románticas mientras yo leía cómics.
De pronto volvíamos a ser esas dos muchachas de instituto sentadas en el videoclub, solo que, en vez de chocolate caliente, nos tomamos una cerveza mientras nos poníamos al día.
Se-rom comentó con una sonrisa que era una pena que los demás miembros del Club de La Mancha no pudieran venir, pero que al menos estaba contenta con la idea de verle. Me di por vencida en ese momento.
–¿Qué? ¿No va a venir? ¿Cómo no va a venir a hablar de su libro? ¿Le has dicho que venía yo? ¿Es que no quiere verme?
–No lo sé. Dice que se avergüenza. Mira que le he insistido, pero nada, solo me pone excusas sin sentido para no venir. En fin.
Justo en ese momento captó mi atención un rostro familiar que rondaba por la entrada. Me disculpé con Se-rom y fui a recibirla.
Seung-ah se me acercó con el mismo aspecto elegante que el día que nos habíamos conocido.
Le agradecí que hubiera venido desde tan lejos y me dijo que gracias a la autopista entre Daejeon y Tongyeong era bastante sencillo y, de hecho, le quedaba más cerca de Seúl.
Por supuesto. Daejeon solo está lejos desde Seúl; para todas las ciudades que están por debajo de Daejeon, siempre queda más cerca.
La dejé sentada frente a Se-rom y terminé de preparar todo para el evento.
Revisé el guion del programa, comprobé todo el montaje para la banda local que actuaba en la apertura, y luego saludé a los Amigos elegidos que llegaron con sus bolsas de pan y pedí a Sang-eun que les preparara las bebidas.
En medio de todo el bullicio, una inquietud incipiente se adueñó de mí.
Miré alrededor. Encontré a Min en una esquina liado con las luces, así que me acerqué a su lado. Él me observó con cierta sospecha, pero no paró.
–¿Qué hago si de verdad no viene?
Tuve que confesarle cómo me sentía. Solo entonces se detuvo para mirarme.
–Hazlo lo mejor que puedas… y luego le enseñas el vídeo. –Fue una respuesta contundente.
–Está bien. Hagamos un buen vídeo para que lo vea y se arrepienta de no haber venido.
Apreté los puños como muestra de mi determinación, y él me dedicó su clásica sonrisa serena que me hizo sentir en una nube reluciente.
Al poco apareció otro de los invitados que tanto esperaba; el hombre llevaba un abrigo gris, gorra de caza y el libro de su viejo amigo en la mano; recorrió el local con la mirada hasta posarla en mí.
Me incliné como muestra de agradecimiento y él asintió.
El videoclub Don Quijote es un puente, al igual que yo. También lo es el señor Don, ya que era gracias a él que todos estuviéramos ahí reunidos. Los seres humanos creamos puentes entre nosotros.
El señor Don y yo, los amigos del Club de La Mancha y del canal Videoclub Don Quijote.
Todos somos amigos. La palabra «amistad» no alberga ambigüedades, siempre se entiende a la perfección.
Basta con llamar amigo a alguien que no lo era para que lo sea.
Nos hicimos amigos en el instante en que compartimos sueños y emprendimos una aventura juntos.
Al igual que un viejo caballero y un lugareño campesino de la península ibérica narrada en aquel libro, nosotros hemos marchado juntos siendo amigos.
–Parece un sueño –dije.
–Ya me encargo yo de grabarlo –añadió Min.
Le di un abrazo rápido antes de convertirme en la señorita Don Quijote.
Dio comienzo la aventura.