Epílogo
De pie ante el consagrado Rocinante, pregunté:
–¿Debería ir allí?
Él guardó silencio. Claro, estaba muerto.
–¿Debería volver al lugar donde pasé tantos años muerto en vida?
Siguió callado.
–No sé qué habría hecho sin ti. Si no me hubieras invitado a makgeolli entonces.
De repente, el relicario guardaba cierto parecido con una botella blanca de makgeolli .
–Y esos niños… Sabes que no habría podido seguir de no ser por el Club de La Mancha. Estábamos muy solos entonces. Don Quijote, los Amigos… Nos juntábamos en el videoclub porque era el único sitio al que podíamos pertenecer. Por eso nos juntábamos, para hacernos compañía.
El relicario, allí encerrado, me transmitió mucha soledad en ese instante.
–Sé que esa tienda…, esa tiendecita que abandoné, me está llamando ahora. ¿Debería ir?
Continuó callado. Luego, la respuesta empezó a llegar a mis oídos en medio del silencio.
–Vienes a Daejeon y te pones a protestar con que no quieres ir… Tsk. No te aclaras.
–Soy un cobarde. He dejado de ser Don Quijote.
Cuando era Sancho recobré algo de valor, pero ahora, como Ban Tae-su, ese valor se ha esfumado.
El brillante Cervantes de Corea, maldita sea.
Me aterra ser escritor. Bueno, puede que siempre haya sido un cobarde y que por eso me hiciera escritor.
¿Sabes? Los escritores no cambian el mundo, se esconden detrás de los libros.
El relicario dio una sacudida repentina, como si estuviese a punto de reventar.
–No te enfades, hombre. Capaz te veo de levantarte y llevarme como Rocinante. Que sí, te lo digo en serio. No quiero ir. ¡Pero ay! ¡Mis chavales! Mis amigos también han ido… Y algunos de mis seguidores, aunque no sean muchos… Ya sabía que iba a pasar. Bueno, me voy.
De nuevo un silencio inmóvil.
–Fíjate que siempre que vengo a verte se me escapa el acento. Ay, de verdad, vaya lío. En fin, volveré la próxima vez que pise tierra. Adiós.
El silencio llenó todo el santuario.
Me apresuré para llegar a tiempo.
El taxi me dejó frente a la antigua oficina del gobierno provincial y fui caminando desde allí.
El barrio de Seonhwa-dong quedaba justo enfrente, pero me tomé mi tiempo al caminar.
Me emocionaba la idea de volver a ver a Yeong-hun, y me avergonzaba pensar en encontrarme con Seung-ah.
Sabía que Dae-jun y Seong-min tenían una vida ajetreada.
Menos mal. Mi hijo también debía de estar ocupado llevando toda mi ausencia, ahora que era un líder retirado.
Dejé la República en manos de Han-bin, Seo-yun y O-reum.
Min es una persona muy amable. Verlos a él y a Sol trabajar tan bien juntos me da tranquilidad. Se nota que apoya la incansable pasión y ambición de Sol y avanza a su lado.
¿Por qué esa chiquilla siempre me ponía en aprietos?
Llevaba dándome la lata desde que era Sancho.
Siempre diciendo que vendiéramos granizados, que subiera el precio de recarga por retraso, preguntando qué pasaría si cerraba…
Se daba aires de ser mayor, pero no era ninguna pantomima.
Sol tuvo que crecer demasiado rápido, por eso aprendió a soñar tarde y ahora volvía a ser una niña.
Por lo menos no era como el viejo manchego, que se dio cuenta pasados los cincuenta, y por eso sabía que ella cumpliría su sueño mucho antes.
Ahí estaba el videoclub.
Ya veía el cartel de V IDEOCLUB D ON Q UIJOTE .
Ah, estaba saliendo Sol para darme la bienvenida. Me estaba saludando con esa expresión indescifrable, entre enfadada y contenta.
Muchas gracias, mi Don Quijote.