Parte 4. El país del sol #6
–No. Es la estatua más maravillosa que he visto nunca. Por fin te conozco, amigo Cervantes… ¿Dónde está la cárcel?
Miró alrededor, y yo señalé un edificio a nuestra derecha cuyo nombre comenzaba por una gran C.
–¡Allí! ¡Ese es!
Al enfocar al señor Don con la cámara comprobé que era un banco, un edificio antiguo que una vez albergó a cientos de prisioneros.
–Aquí es…
–Sí. Este es el lugar que tantas ganas tenía de ver.
El señor Don alargó una mano para rozar la pared con los dedos y luego apoyó la frente sobre ella con los ojos cerrados.
Se quedó quieto un rato, manteniendo aquel contacto con el edificio, como si estuviese rezando o meditando.
Sin darme cuenta, había dejado de grabar, y también había cerrado los ojos en algún punto.
Después de completar esa especie de ritual, se giró hacia mí.
–¿Sabes? Cervantes era recaudador de impuestos, pero fue a la cárcel después de que el banco donde trabajaba cayese en quiebra.
–Ya. Lo leí ayer buscando información del sitio.
–Pobre desgraciado, no tuvo suerte alguna.
–Ya ve.
–Fue en esta cárcel donde reflexionó sobre su vida, sobre el largo y difícil camino que lo había traído hasta aquí. Una historia interesante, ¿no crees?
–Sí que lo es.
–Tenía muchas ganas de venir. Aquí se concibió El Quijote , un lugar donde Cervantes pasó los años más duros de su vida. Este lugar me da valor.
–¿Valor para qué?
–Para esa pasión quijotesca de la que tanto hablas. Llámalo locura. El coraje que hay que tener para luchar, hacer el bien y enfrentarse al mal por la justicia y la libertad.
Mi pecho estaba a punto de explotar, pero intenté mantener la calma.
–El coraje por sí solo no basta. Hacen falta acciones.
De pronto, el señor Don me ofreció una de sus manos y yo la acepté.
–Sol, voy a volver a escribir.
–¿Cómo?
–Ya que me pavoneo de ser un gran escritor, tendré que escribir algo, ¿no? Me gustaría escribir una historia que esté a la altura de lo que Cervantes escribió en este lugar, aunque sea en una millonésima parte.
–¿Volverá a escribir guiones?
–Aquí me he dado cuenta de algo. Cervantes era novelista.
–Ejem…
–Voy a escribir una novela. Si algún día se publica, prométeme que la leerás recordando este día en Sevilla.
–De acuerdo.
Dicho aquello, nos estrechamos las manos con vigor.
–Bueno, ¿qué haces? ¡A grabar! Venga, grábame frente al lugar donde Cervantes escribía hace cuatrocientos años. Así enseñaré a los Amigos de dónde viene la inspiración. Venga, Sol, graba algo que deje a Min estupefacto. Ja, ja.
De pronto se arrodilló ante el edificio con aire solemne, inclinó la cabeza e hizo una reverencia completa. Fue la señal para seguir grabando, y eso hice.
Y seguí, y seguí.
En el blog de viaje del novelista que vivía en una residencia de Madrid decía lo siguiente:
La época que Cervantes pasó en Sevilla ocurrió después de un largo periodo errante por el extranjero, marcado por la batalla de Lepanto y por su cautiverio.
Acabó siendo un veterano herido, exprisionero de guerra y un novelista fracasado que anhelaba reconocimiento por su labor y conseguir un puesto en el gobierno del Nuevo Mundo.
Sin embargo, solo llegó a encontrar trabajo como recaudador de impuestos en Andalucía, y, cuando el banco donde depositaba el dinero de los impuestos quebró, lo condenaron a prisión por malversación de fondos.
A sus cincuenta y tantos años y con un brazo inutilizado, seguía soñando.
Incapaz de cumplir su deseo de viajar por el Nuevo Mundo y obligado a permanecer encerrado en una cárcel, aquel hombre (discapacitado, exconvicto y viejo sin credenciales) soñaba con lo único que podía hacer.
Justo aquí, en uno de los callejones cercanos a la catedral de Sevilla, fue concebido El Quijote .
Saberlo me produjo el escalofrío más profundo que he sentido desde que llegué a España en busca de Cervantes y su caballero.
Me incliné profundamente ante su estatua como hacemos los coreanos y me di la vuelta.
No sabía adónde ir, pero sí sabía qué hacer: brindar por el alma de quien siguió soñando incluso estando preso.
Después de aquello, fuimos a una terraza donde probamos la cerveza sevillana Cruzcampo.
Brindamos por aquel novelista que nos había ofrecido la información, por aquel al que tanto veneraba, y por el futuro novelista que había anunciado que escribiría una historia que dejaría asombrado al mundo al más puro estilo de don Quijote.
Cuando quise darme cuenta, llegó la hora de volver a Madrid.
Mientras acababa la última cerveza, imaginé la cara que pondrían los del Club de La Mancha y recordé a los descendientes de Cervantes que había conocido en Alcalá de Henares.
También me vino a la mente la cara apacible del dueño de Mad House e incluso el rostro de Zidane, el entrenador del Real Madrid.
Pensé en el taxista sevillano de barba profusa y en el camarero que me traía la última cerveza con cierto aire morisco.
En voz muy baja, les susurré a todos ellos:
–Adiós, amigos.