El club de los soñadores Parte 4. El país del sol #5
90%

Parte 4. El país del sol #5

–Os quería contar que mañana voy a hacer una excursión a Sevilla.

Sabéis que es una ciudad importante de Andalucía; de allí vienen las tapas y el flamenco, cuenta con una catedral magnífica, la plaza de España y el Alcázar, donde rodaron Juego de tronos .

Allí es donde se concibió El Quijote . ¿Qué os parece ir temprano y volver por la noche? ¿Alguien se apunta?

–¿Cuánto se tarda en llegar? –preguntó Sang-eun.

–Unas tres horas en tren –respondió el dueño.

–Uf. Seis horas de ida y vuelta. Yo paso. Tengo que ir al Museo del Prado.

Sang-eun fue la primera en rechazarlo.

–Papá, yo te dije que tenía que ir a Toledo, que Seo-yun me la va a liar como no traiga cosas de allí.

Han-bin fuera.

–Bien… Os entiendo a ambos. Dae-jun, Sevilla es exquisita para la gastronomía, ¿no? –preguntó el señor Don, aunque ya podíamos notar que Dae-jun vacilaba.

–Pues… Es que quería ver un partido de fútbol por la noche, lo reservé en Corea. Mañana juega el Real Madrid.

–¿Eh?

El señor Don parecía sorprendido.

–Bah, el Real Madrid está fatal desde que se fue Cristiano. Ahora el más conocido es Zidane en el banquillo, con eso te lo digo todo –comentó el dueño.

–Ya, pero quiero aprovechar para verlo jugar ya que estoy en España.

Dae-jun también se libró entre risas.

–Yo también voy a ir al Bernabéu mañana…, al partido –confesó Min.

–¡Y será verdad! –Se me escapó aquello de pura sorpresa.

Pensaba que Min pasaría el día conmigo. ¿Ahora de pronto eran todos fanáticos del fútbol? Al parecer se habían puesto de acuerdo. Han-bin, emocionadísimo, dijo que se iba a pillar entradas y que debería unirme a ellos. Yo solté una carcajada.

–Bah, estos chavales. En la última aventura del Club de La Mancha, ¡y preferís al Real Madrid antes que a don Quijote! Sí, muy bien. ¿Tú te vienes, Sol?

Me miró como si fuera su última esperanza y yo levanté la mano, rendida, para que me chocase los cinco.

–A la cárcel.

–¿Eh?

–La cárcel donde estuvo Cervantes. Siempre he querido ir.

Todos nos echamos a reír a carcajadas. ¿Una cárcel? ¡Con la de sitios bonitos que tiene Sevilla y me quería llevar a la cárcel!

–Que no te lleven presa, eh –comentó Han-bin haciéndonos reír todavía más.

Les lancé una mirada que dejó tiritando a Dae-jun y a Min, pero Han-bin se tapó la boca y giró la cabeza.

–Huye –me susurró Sang-eun al oído.

Pero el señor Don iba muy en serio. Había leído que el edificio que una vez fue la cárcel donde Cervantes estuvo preso era ahora un banco, pero no recordaba si lo había leído en una guía o en un blog de viajes, por eso me pidió ayuda para encontrar la ubicación.

Al volver a la habitación me puse a buscar con el móvil.

Me pasé más de una hora entregada a una búsqueda desesperada hasta que por fin encontré un artículo sobre la prisión, donde al parecer había un busto de Cervantes.

Madre mía, conque un busto de Cervantes en Sevilla.

Me esperaba un día muy largo. Cerré los ojos de puro agotamiento y me quedé dormida al instante.

46

El novelista de Sevilla

El señor Don se pasó todo el trayecto a Sevilla en silencio, ensimismado con las llanuras españolas.

Yo también miraba a ratos por la ventanilla para disfrutar del paisaje; la tierra seca amarillenta, algún bosque o viñedo ocasional y majestuosas cordilleras.

Llegamos a Andalucía antes de que me diera cuenta.

El AVE de Renfe, lo que en Corea equivale al KTX, nos dejó en la estación de Santa Justa, de Sevilla, a las 12:30.

–¿Te acuerdas, Sol?

Me dijo que buscase en Google Maps la dirección de la catedral de Sevilla.

–Espere que busque el camino…

–Sevilla era Seúl. En el pasado, yo…

Dejé de mirar el móvil para mirarlo a él.

–Claro que me acuerdo. Mokpo era Málaga, y Busan era Barcelona.

–Sabías que me lo inventé todo, ¿no?

–Claro que lo sabía. Todos lo sabíamos.

–Entonces tanto tú como los demás me teníais engañado.

–Es que era una buena historia.

–Ya, gracias. Pues ahora estamos en Seúl.

–En Seúl estamos. Nos acabamos de bajar en la estación de Seúl y vamos a buscar la cárcel donde estuvo preso Cervantes. Al parecer está por una calle cerca la catedral… Supongo que toca ir en taxi.

Nos acercamos a la parada de taxis.

El conductor nos dejó rápida y eficazmente a una manzana de la catedral de Sevilla, una decisión acertada por su parte.

A juzgar por la multitud de turistas que rondaban la catedral, la sola idea de habernos dejado allí me parecía aterradora.

El caso era que teníamos que abrirnos paso entre esa multitud para recorrer los intrincados callejones y llegar a nuestro destino.

Estudié atentamente el mapa en el móvil.

Por la noche había descubierto información sobre aquella cárcel donde Cervantes había estado preso, en el blog de viajes de un novelista.

La persona vivía en Madrid, pero viajaba por España para escribir un relato de don Quijote y leía todo cuanto podía sobre Cervantes y don Quijote en busca de inspiración y de conocimiento sobre ellos.

Narraba cómo había llegado a Sevilla y descubierto aquella prisión.

Por lo que contaba, ahora pertenecía a un banco ubicado en una calle menos turística cerca de la catedral.

Evitamos a los turistas y vendedores ambulantes y avanzamos por las calles siguiendo los letreros en las paredes.

El señor Don me seguía tan despacio que tenía que ir parando para acortar la distancia.

Había sido cosa suya ir allí, ¿y ahora le entraban los nervios?

Comprendí que se debían a que era un lugar que soñaba con visitar.

Después de perdernos dos veces sentí un poco de pánico. No era culpa de Google Maps, sino mía, que no sabía leer un mapa. El señor Don estaba en el otro extremo del callejón, donde yo me detuve, agotada, y me agaché.

–Sol, mira, creo que hay algo por allí –me dijo al volver.

Apoyé las manos en las rodillas para incorporarme y avanzamos hacia la calle que acababa de descubrir, donde se veía un pequeño busto.

–¡Creo que es eso! Vamos.

Acercarnos a nuestro objetivo nos hizo recuperar energía y acelerar el paso.

El busto constituía la parte superior del cuerpo de Cervantes. Mostraba su nariz aguileña, el pelo largo, el libro en la mano izquierda y una espada en la derecha que lo identificaba.

Nos quedamos un rato mirándolo en silencio mientras los peatones pasaban a nuestro lado indiferentes.

Alrededor del busto había restos de algo que podía ser caca de perro o vómito.

Y es que era un busto común en una calle cualquiera.

No había turistas ni vendedores a pesar de estar cerca de un destino turístico; era un busto como otro cualquiera.

Sentí una emoción indescifrable al estar allí contemplando el busto de bronce de Cervantes. Entonces oí un clic y me giré, y encontré al señor Don haciendo una foto con el móvil.

–Ah, espere. Le hago yo una…

–Así está bien.

Me sacó varias fotos, yo muerta de vergüenza, y luego abrazó el busto con la naturalidad de quien se encuentra con un viejo amigo. Al verle me puse a grabar de inmediato.

Me acerqué a él y comenté:

–Está un poco descuidado, ¿no?