Parte 4. El país del sol #4
Sí que era enorme. Si ya era alta de por sí, con el casco coronado por un tridente parecía aún más imponente. Al menos, era magnífico: los flecos rojos combinaban de maravilla con el azul metálico, y tanto el ala dorada como la visera de la frente estaban impolutos.
La armadura era de un rojo exuberante con detalles dorados y un par de pequeños dragones en cada hombro, y daba sensación de mayor anchura.
Las escamas marrones y azules hechas de canalé que cubrían el pecho le conferían robustez, y mi rostro, encajado en el casco, parecía dotado de una confianza renovada.
¿Era ese don Quijote? ¿Era la figura de don Quijote que me había imaginado?
El reflejo de Sang-eun apareció por detrás en el espejo y me dedicó una sonrisa.
En cuanto me giré, aprovechó para hacerme fotos como si hubiera estado esperando el momento. Clic, clic, clic. Hizo por lo menos diez fotos sin parar y me enseñó el resultado.
–¿No se me ve muy grande? ¿Está bien?
–Es brutal, de locos. ¡Tú sigue y no dudes!
–Tienes razón, Dulcinea. Me das valor.
Me arrodillé frente a ella inclinando la cabeza con reverencia. Sang-eun soltó una risita, pero enseguida me siguió el rollo, dándome un par de palmaditas en el hombro con el abanico para bendecirme.
El personal de recepción hablaba maravillado del grupo que se había reunido en el vestíbulo del Parador.
Podíamos oír alguna que otra exclamación de sorpresa.
No hacía falta mencionar al Cervantes coreano, con su gat y su dopo , y Dae-jun, con la máscara de caballo, era claramente Rocinante.
Sang-eun estaba radiante y Han-bin era Sancho personificado, tan metido en el personaje que caminaba sacando barriga y, al verme, alzó la calabaza haciendo el gesto de beber.
Apreté los labios ante ese exagerado intento de darme ánimos.
Luego alcé la lanza con decisión y todos los ojos se posaron en mí.
–¡Vamos!
Salimos del Parador con un grito al unísono. Min nos esperaba frente al hotel y encendió la cámara en cuanto salimos.
La respuesta de la gente de la plaza fue instantánea.
Estaban maravillados con los trajes y accesorios, como si lo hubiésemos prometido y estuviesen esperando para recibirnos como los personajes de la obra, mientras nosotros interpretábamos con desparpajo nuestra versión coreana de don Quijote y sus compañeros.
Quedaron especialmente asombrados con mi espléndida armadura y muchos se acercaban para pedirme fotos. De repente me vi convertida en una famosa rodeada de sus fans, pero pronto tanto el señor Don como Sang-eun, Han-bin y Dae-jun tuvieron que enfrentarse al infierno de las fotos.
Al rato comenzó a sonar un instrumento vibrante y majestuoso.
Me giré al ver una banda marchando por la plaza.
Eran hombres y mujeres vestidos con camisas blancas, chalecos negros y pantalones también negros de pierna ancha, tocando un conjunto de flautas, violines, trompetas, mandolinas, tambores pequeños y castañuelas.
Estaba comenzando.
El líder de la banda fue guiando a la multitud hacia el mercado y nosotros los seguimos como encantados, adentrándonos en el desfile que nos esperaba.
Entonces lo vimos: a la cabeza del desfile había un don Quijote con armadura plateada y yelmo, a lomos de un caballo blanco, lanza y escudo en mano, aunque con expresión algo desganada.
Con el rostro enrojecido por el calor y el cuerpo extremadamente enjuto, parecía sacado del propio libro.
A diferencia de ese don Quijote que parecía fastidiado por haber sido arrastrado hasta allí, a su lado había un Sancho que parecía encantado, sujetando la cuerda de un mulo.
Era bajito y rechoncho, llevaba un sombrero de ala ancha y bebía de una bolsita de cuero mientras se hacía fotos con la gente.
Los que marchaban detrás de ellos tampoco pasaban desapercibidos: había un hombre árabe con aires de mago y un loro posado en el hombro, un hombre calvo gigante y musculoso que medía dos metros como poco, un tipo con turbante que llevaba una pitón enrollada al cuello, y un acróbata semidesnudo que estiraba el cuerpo entero dentro de un enorme aro circular.
El espectáculo era de una variedad abrumadora.
Min comentó que sería interesante grabarnos al frente del desfile saludando a la gente, así que el señor Don tomó la iniciativa y me arrastró hacia el don Quijote de la ciudad.
Me detuve frente al caballo blanco y extendí mi lanza. El don Quijote de aspecto cansado me miró con solemnidad y cruzó su lanza con la mía en señal de aceptación. Nos miramos un instante antes de que yo volviera a bajar mi lanza.
Han-bin ya estaba brindando con Sancho, chocando su calabaza con la bota de vino.
Caminamos por la procesión saludando a la gente; el mago me dedicó una sonrisa carismática, el gigante apretó sus enormes pectorales, el hombre de la túnica mostró sus dientes mientras acercaba la cabeza del animal y el acróbata del aro me acercó el puño, que choqué con el mío intentando ignorar que solo llevaba un minúsculo slip .
Entonces, alguien me tocó el casco. Se me escapó un grito del susto y miré hacia arriba: un enorme árbol verde del tamaño de dos personas juntas había extendido sus ramas para tocarme la cabeza.
Me recordó a los árboles vivientes de El Señor de los Anillos , y estaba extendiendo sus ramas para que chocara los cinco.
Seguimos saludando al resto de los participantes, que iban vestidos de animales y otras criaturas fantásticas. Los ciuda danos, todos sin excepción, nos recibían como si hubiéramos salido de aquella obra de su antepasado.
Por fin llegamos frente a la banda, todos vestidos con el atuendo tradicional, y se apartaron para dejarnos espacio. Nosotros inclinamos la cabeza en señal de agradecimiento y nos unimos a la comitiva.
La música se elevó por el aire. En el corazón del lugar, la gente cantaba a pleno pulmón. Luego la música se detuvo de pronto… Y volvió a retumbar. El desfile empezaba de verdad.
–Maaaar... chen –exclamó el señor Don dando un paso–. Maaaar… chen.
Entendiendo que era una canción, le seguí.
–Maaaar… chen.
El señor Don cantaba tras de mí a pleno pulmón.
Parecía dispuesto a seguir marchando sin descanso, así rodara el aro con una persona dentro, así el dueño de la serpiente tropezara, el mago perdiera su loro, y por mucho que don Quijote cabeceara de sueño sobre el caballo, Sancho se tambaleara medio borracho o la banda se quedase sin repertorio.
Marcharía como había hecho durante toda su vida.
Y yo marché junto a él con la lanza en alto.
El Mercado Cervantino cobró nueva vida gracias a un Cervantes y un don Quijote coreanos y el desfile vibraba gracias al afán de su público.
Ese día, en Alcalá de Henares, cada uno representaba una palabra, una frase, un personaje o un escenario de El Quijote , como si el genio de aquella ciudad lo hubiera previsto todo cuatrocientos años atrás.
El desfile terminó, pero nosotros seguimos adelante, adentrándonos en la historia por las páginas de una obra tan antigua como lo serían los Amigos del Club de La Mancha.
Pusimos rumbo a Madrid antes del anochecer.
45
Mad House
Ubicada algo al norte del centro de Madrid había una pensión coreana llamada Mad House, de Madrid House.
Era muy acogedora y entrañable, dicho de forma amable.
En realidad, era estrechísima y algo tosca.
Claro que era comprensible, teniendo en cuenta que habían convertido las habitaciones en dormitorios con literas.
El dueño era un hombre de mediana edad con el pelo largo y permanente que parecía conocer bien al señor Don. Tenía sentido, ya que se había hospedado allí al llegar a Madrid y gracias a eso había obtenido toda la información que necesitaba.
–Bueno, pues yo soy el dueño, el don Quijote de Madrid. ¿Sabéis? Luego llegó este señor diciendo que él era Cervantes y no sé qué más. Pues claro, tuve que ceder un poco. Además, es mayor que yo. Ejem.
El dueño, muy simpático, nos contó que llevaba doce años viviendo él solo en España, siete de ellos en Madrid. Después de charlar un rato nos dirigimos a nuestras habitaciones y el hombre condujo al señor Don a la mesa del salón.
En la habitación de los hombres había otros dos huéspedes, pero nosotras tuvimos la suerte de estar solas en la nuestra, así que deshicimos las maletas en las camas de abajo.
Mientras preparábamos ropa para lavar, Sang-eun comentó que pensaba pasar el día siguiente de cafetería en cafetería y que tenía que ir sí o sí al Museo del Prado por la tarde.
Después de grabar en el festival habíamos decidido tomarnos el resto del tiempo libre.
Mientras me duchaba pensé en que España tenía muchos más atractivos aparte de Cervantes y don Quijote.
Presumía de una gastronomía exquisita con jamón, gambas, vino y cerveza.
Coexistían en ella catedrales y mezquitas, contaba con espectáculos como el flamenco y los toros, y era la cuna de artistas como Gaudí, Picasso, Goya y Dalí.
Además, quién no conocía el clásico enfrentamiento entre dos grandes equipos del país, el FC Barcelona y el Real Madrid.
¿Adónde podría ir yo? Todos estaban emocionados planeando su propio día, pero ni Min ni yo sabíamos qué hacer porque solo habíamos estado enfocados en grabar.
Después de asearnos, Han-bin y Dae-jun se pusieron a preparar los fideos que ofrecían gratis. El señor Don, el dueño y Min estaban sentados a la mesa disfrutando de un buen vino y patatas fritas. El señor Don nos ofreció sentarnos a las dos en cuanto nos vio.
Pronto estábamos todos reunidos en la mesa del salón.
–Sé que mañana vais a estar ocupados. Seguro que hay muchos sitios a los que queréis ir y cosas que queréis probar.
–Papá, me niego a renunciar a mi tiempo libre –le interrumpió Han-bin, y su padre alzó la mano para silenciarlo y nos miró con cierta ternura.