Parte 4. El país del sol #3
–Esperad un momento. Dejadme terminar lo que estaba haciendo. Esta popularidad mía… No me libro de ella, ja, ja.
El señor Don señaló a la gente que hacía fila y les hizo un gesto para que se acercaran.
Cuando se acercó una lugareña, él le preguntó por su nombre y lo escribió en coreano con el pincel sobre algo que tenía en la mesa.
Luego estampó un sello de madera con la inscrip ción «Cervantes» en coreano.
Cuando se colocó a su lado sosteniéndolo, pude ver lo que era en realidad: uno de los cuadernos manuscritos del señor Don.
El acompañante de la mujer hizo la foto y el señor Don exclamó «¡Muchas gracias!» en español para expresarle su gratitud.
Sobre la mesa había decenas de cuadernos de El Quijote y justo delante un cartel que decía:
DON QUIXOTE written in Corean: FREE!!
Estaba repartiendo a los españoles su propia versión transcrita de El Quijote , en la que había estado trabajando durante tanto tiempo.
Me quedé sin palabras, hundida en el arrepentimiento.
Él parecía encantado, como si hubiera pasado toda la vida transcribiendo la novela precisamente para ese momento.
Manteniendo una expresión solemne y la mar de contento, escribía los nombres de los españoles en coreano en el cuaderno y se tomaba fotos con ellos, como la atracción principal del festival.
–¡Papá! ¿Así, de gratis? ¿No podrías cobrar ni diez euritos por libro o algo? –Han-bin empezó con su cantinela de sacaperras.
–Pues sí que es popular. ¿Nos va a pasar lo mismo mañana cuando nos pongamos el hanbok ? –preguntó Dae-jun con cierta emoción.
–Casi que podríamos llamarlo el Cervantes coreano, así vestido –intervino Sang-eun mientras le hacía una foto con el móvil.
El hombre había vuelto a transformarse. Incapaz de encontrar su camino como Don Quijote o Sancho, decidió convertirse en el creador de la propia historia. Yo seguía estupefacta, no se me iba el asombro de ver a la gente de allí abrazando al Cervantes de Corea que escribía sus nombres en coreano.
¿Sería que ahora que había completado su propia historia quería compartirla con los demás?
Acabó de entregar todos los manuscritos y nos preguntó si teníamos hambre, señalando el restaurante que teníamos detrás.
–¡Hola! ¡Buenos días!
El personal del restaurante lo recibió con amabilidad cuando entró con aquel cordial saludo en español y enseguida comprendí por qué estaba celebrando su evento en las mesas de fuera.
Nos sentamos en dos mesas contiguas. El señor Don pidió varios platos en inglés sin necesidad de mirar la carta.
Aunque yo hablo inglés, los nombres de los platos estaban en español, y no me enteré de nada de lo que había pedido.
Al poco, trajeron una cestita con pan y vasos para cada uno, seguido de una cubitera con botellas de champán.
–¡Papá! ¡Esto es carísimo!
–No, no. Se llama cava y es un vino espumoso español. No es tan caro como piensas. Es ideal para tomar una copa por la noche antes de dormir.
El camarero abrió la botella y sirvió primero a Sang-eun, que lo olió con calma antes de probarlo.
–¡Qué rico! No es dulce, es más bien fresco.
Nos contagió de la emoción y el brillo en sus ojos.
Llenaron todas las copas.
El señor Don, consciente de que Min estaba grabando, se aclaró la garganta mientras sostenía su vaso en alto y nos miró a todos. Dae-jun estaba a puntito de echar la zarpa al pan y se detuvo.
–Bien, el Club de La Mancha ha vuelto a juntarse.
Pensé que no volveríamos a vivir una aventura juntos…
Os agradezco que hayáis venido. Imagino que es la primera vez que venís a E spaña.
La mía también. Venir aquí me ha hecho darme cuenta de que mi corazón lleva los últimos treinta años latiendo por esta tierra.
Escuchamos con atención sus palabras más sinceras. Min se incorporó con la cámara para grabar más de cerca.
–Mañana es el cumpleaños de Cervantes. ¡Nos uniremos al desfile vestidos con hanbok ! Mostraremos lo genial que es el Club de La Mancha de Corea. –Por último, alzó el vaso y exclamó en español–: ¡Vamos!
Nos quedamos mirándolo.
–Significa «vamos» en coreano. Es como para dar ánimos. Todos juntos… ¡Vamos!
Gritamos al unísono, brindamos y bebimos. El cava era sorprendentemente refrescante y me sentó tan bien que parecía una bebida digestiva, y se me escapó un pequeño eructo. Entonces trajeron queso y me bastó un bocado para saber que era la combinación perfecta.
Así dio comienzo un festín gastronómico: tortilla, bacalao, patatas bravas, jamón ibérico, chorizo y morcilla.
Probar toda esa comida española era un viaje en el tiempo, a cuando comimos gukbap de Gongju en la fortaleza o probé el milmyeon mientras me mojaba los pies en la playa de Haeundae, en Busan.
El señor Don también parecía haber regresado a aquella época, porque estaba pendiente de explicarnos cada plato. Comprendí entonces por qué nos había convocado allí.
El Quijote no trataba solo de don Quijote y de Sancho, sino también de Rocinante, Dulcinea, de los pastores y el posadero, de un barbero y un sacerdote, una doncella y el duque.
En aquella larguísima historia aparecían tantas personas y tan distintas que el señor Don había tenido que encarnarlas todas en su propio cuerpo hasta llegar a convertirse en Cervantes, el autor.
Parecía que su historia aún no había terminado.
44
Marcha por la aventura y la amistad
Madrugué porque Sang-eun insistía en desayunar en el hotel. Mientras me tomaba un café con leche, admiré la férrea profesionalidad de Sang-eun, que no dejaba de traer cosas del bufet y de hacerle fotos a todo. Los demás debían de seguir durmiendo, porque no había aparecido nadie.
Después de desayunar y dar una vuelta con Sang-eun, Han-bin escribió en el chat grupal para avisar de que nos pusiéramos el hanbok y nos encontrásemos en la habitación del señor Don a las 11:00.
Así que regresamos, nos turnamos para asearnos, nos pusimos los hanbok que traíamos bien doblados en la maleta y fuimos a la habitación del señor Don.
Menudo susto nos llevamos cuando se abrió la puerta y nos encontramos con Dae-jun llevando una enorme máscara en forma de caballo.
–No os asustéis, soy Rocinante Dae-jun.
Dentro estaba sentado el señor Don con la misma ropa del día anterior, mientras que Min llevaba un hanbok verde claro y Han-bin, por su parte, llevaba un garot de Jeju color mandarina.
–¡Impresionante!
–Muy chulos. ¿No son muy llamativos?
Todos admiraron nuestra ropa, excepto Han-bin, que dijo que me veía enorme, cosa que me molestó.
Sang-eun estaba rad iante con la combinación de un jeogori amarillo como parte de arriba y una falda roja que me recordaba a la bandera de España, y la verdad es que yo tampoco me veía mal combinando rosa y celeste.
En el fondo, me hacía ilusión imaginar cómo saldríamos en la cámara participando en el desfile con esos atuendos.
–¡Qué bien! –comentó el señor Don en español, incorporándose–. Significa que está genial. Bien, ya estamos todos. Veamos.
Se acercó a la cama para abrir una maleta negra enorme, la misma que había traído Han-bin y por la que yo le había echado la bronca. La abrieron entre los dos delante de todos.
Madre mía. Estaba llena de cosas que cualquiera esperaría encontrar en un almacén de utilería de un pueblo folclórico: un enorme casco adornado con borlas rojas, una armadura azulada de escamas gruesas, pelucas, barbas postizas, una calabaza, bolsitas de la suerte, un sombrero tradicional paeraengi , abanicos y un montón de cosas más.
–¿Qué es todo eso? –pregunté.
¿Era cosa de Han-bin? ¡Venga ya!
–¿Qué va a ser? Pues lo que vamos a ponernos.
Han-bin soltó una risotada mientras se ponía una peluca, al tiempo que el señor Don se me acercaba con el casco típico de los caballeros en las películas de época. Me lo plantó en la cabeza sin darme tiempo a reaccionar, y yo lo miré desconcertada.
Me quedaba perfecto, parecía que lo hubieran ideado para mí. Me llevé la mano a la cabeza, avergonzada, y noté la suavidad de la borla roja entre mis dedos.
–Te queda que ni pintado –comentó Sang-eun.
Dae-jun, con su máscara de caballo, levantó el pulgar. No entendía bien lo que estaba pasando, y busqué a Min con la mirada, confundida. Él asintió con vigor, la mandíbula apretada, y se acercó para enseñarme el visor de la cámara.
Me vi con el casco puesto y me quedaba sorprendentemente bien, y quizá la altura ayudase, pero me hacía tener un porte imponente.
Me fijé en que el señor Don me miraba complacido.
–Sol, hoy tú vas a ser don Quijote. Te pondrás el yelmo y sostendrás la lanza.
–Ay, esto sí que no me lo esperaba…
–No tengas miedo, Cervantes estará a tu lado.
Han-bin se acercó para tenderme una lanza de plástico ensamblada. Él se había puesto una peluca, barba y flequillo, y esbozó una sonrisa burlona en los labios con una comisura ligeramente alzada.
–¿Qué? ¿Me parezco a Sancho o no? Es lo que me toca, después de llevar un año haciéndome cargo de ti.
El rompecabezas empezó a encajar en mi cabeza cuando el señor Don y Han-bin se miraron con una sonrisa.
–¿Lo teníais todo planeado? ¿Vosotros dos?
–Ay, mira que eres inocentona. ¿Ahora te das cuenta?
Tendrías que haber sospechado algo cuando te conté que papá se había ido.
Vino antes para prepararlo todo, y yo solo tenía que traer las cosas.
¿Por qué? Pues porque el Videoclub Don Quijote tiene que petarlo, ¿no?
Y, si a ti te va bien, ¡Barataria se lleva algo!
Empecé a llorar sin darme cuenta. No podía creer que esos dos hubieran planeado todo eso para mí. Sang-eun me tendió un pañuelito. Han-bin tenía el pecho hinchado de orgullo, mientras que Dae-jun y Min me miraban sonriendo. En mí seguían bailando la sorpresa, la vergüenza y la emoción.
Regresé a la habitación y me detuve frente al espejo de cuerpo entero, boquiabierta.