Parte 4. El país del sol #2
A su lado estaba sentado Min. Me reitero en que no lo llevé conmigo por ningún motivo oculto ni con segundas intenciones.
Era un cámara y un editor con mucho talento que comprendía plenamente la narrativa del señor Don, y eso lo convertía en el candidato perfecto para grabar la última aventura del Club de La Mancha.
Me dejaba hipnotizada ese perfil que garabateaba en un cuaderno, vestido con sus clásicos cargo y una camiseta negra de manga corta que parecía un uniforme.
La barba rala que perfilaba su mandíbula reforzaba su imagen libre y salvaje.
Había dejado el trabajo de repartidor para poder viajar a España.
Cuando le pregunté por lo que haría en adelante, me dedicó su típica sonrisa serena y dijo que esperaba descubrirlo al final de la aventura.
El avión tenía previsto aterrizar en el aeropuerto de Barajas a las 18:00. Era un vuelo de doce horas, pero no llegaríamos bajo la oscuridad de la noche, sino a plena luz del día. Según había investigado, a las 18:00 de la tarde, a principios de octubre, en Madrid seguía siendo de día.
Nada más llegar abandonaríamos el aeropuerto en un coche de alquiler para ir a una ciudad situada al noreste de Madrid.
La ciudad de Alcalá de Henares albergaba una de las universidades más antiguas del mundo y su centro era Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, y era además la cuna de uno de los escritores más famosos de España. En su honor celebraban ese festival en torno a su cumpleaños, el 9 de octubre.
Mientras me preparaba para la aventura leí un blog de alguien que había asistido a ese festival.
Conforme bajaba por la página, más me sorprendía.
Había un montón de puestos callejeros rebosantes de comida, y la casa donde nació Cervantes había sido convertida en un museo.
El mercadillo de la plaza y las atracciones estaban atestados de gente, y en el teatro celebraban una lectura de El Quijote en la que participaban los vecinos.
El punto culmen del festival era un desfile en el que los personajes de la novela marchaban por la ciudad con música y bailes.
¿Cómo se había enterado el señor Don de esta fiesta? ¿Cómo había podido adaptarse tan rápido a otra cultura e integrarse en su mundo? ¿Había sido español en una vida pasada o qué? Puede que al traducir esos libros tan voluminosos se hubiera integrado completamente en España.
En ese momento, se oyó la voz del piloto anunciando que estábamos a punto de aterrizar.
42
La ciudad de Cervantes
Una mezcla de coreanos y locales estaban apiñados en la zona de salidas del aeropuerto de Barajas para dar la bienvenida a los que llegaban en el vuelo de Korean Air.
Cada uno de nosotros arrastramos nuestro equipaje y marchamos como soldados hacia la zona de alquiler de coches.
Min era el único que llevaba una mochila en lugar de maleta, para poder sostener la cámara con ambas manos.
Cargamos las cosas en una camioneta de seis asientos y nos montamos. Acordamos que Dae-jun se encargaría de conducir.
–La verdad es que siempre he querido ser Rocinante, es un nombre bien chulo –comentó él mientras se ponía el cinturón de seguridad.
Me senté en el asiento del acompañante y busqué en el navegador. Había llegado la hora de partir.
En cuanto salimos del aeropuerto y nos adentramos en una autopista, el paisaje se me antojó tan ajeno como familiar.
Bajo la intensa luz del sol que bañaba la tierra, algún que otro complejo de apartamentos fue apareciendo ante nosotros, igual que ocurre en Corea.
Solo algunas pintadas de grafitis llamaban la atención en los muros y acentuaban la sensación de estar en otro país, pero por lo demás, como veía algún que otro coche coreano, me dio la sensación de estar en casa.
El aeropuerto de Barajas se encuentra entre Madrid y Alcalá de Henares; de hecho, está más cerca de la segunda que de la propia capital, y tardamos apenas media hora en entrar en la ciudad.
Dae-jun era el mejor conductor de todos y nos llevó sanos y salvos a nuestro destino a pesar de estar llevando un coche que no era suyo en un lugar desconocido. Cuando miré la hora eran poco más de las siete y el sol seguía brillando con fuerza. Por algo era la tierra del sol.
–¿Cómo puede haber tanto sol a esta hora? –Han-bin despertó de la siesta quejándose.
–Sacad las gafas de sol. En la guía dice que no nos fiemos, que siempre hay que llevarlas a mano.
Salimos del coche y nos detuvimos frente a la entrada del hotel Parador, donde el señor Don había hecho la reserva.
El Parador estaba instalado entre edificios históricos, como antiguos castillos, iglesias y otras construcciones emblemáticas, y era famoso por su belleza y una arquitectura clásica muy pintoresca.
El Parador era una pequeña muestra de la ciudad en la que estábamos.
Después de hacer el check-in repartí las llaves al resto del grupo. Dejaríamos las maletas e iríamos al recinto del festival a buscar al señor Don.
Sang-eun y yo entramos en nuestra habitación doble y nos quedamos maravilladas con el interior, muy espacioso y decorado con muebles modernos de un elegante marrón oscuro.
La oí soltar una exclamación al entrar en el baño, me asomé y me encontré con una bañera blanca impecable bajo un ventanal, colocado en un ángulo perfecto para dejar ver el exterior desde dentro.
–Gracias por traerme, de verdad. De tanto llamarlo aventura me había imaginado algo peor, pero menudo lujo –dijo ella conmovida.
–Hay una parte en la que don Quijote y Sancho se encuentran con el duque y su esposa, al final de un arduo viaje, y disfrutan del lujo por un tiempo. Estamos justo en esa parte. Menuda suertuda eres.
Le revolví un poco el pelo y salí del baño para tumbarme en una cama bien mullida.
Después de un vuelo de doce horas estaba tan agotada que fácilmente me habría quedado dormida, pero tenía que moverme antes de que mis párpados se rindieran a la gravedad, así que escribí en el chat grupal pidiendo que estuvieran todos listos en el vestíbulo en diez minutos.
Nos juntamos allí, vestidos con ropa informal, y fuimos directos a la plaza.
Y madre mía…, ya había empezado el festival.
Los vendedores, vestidos con ropa tradicional, llamaban a los transeúntes a sus puestos, mientras la gente que había acudido a ver aquello recorría la plaza en largas filas curioseando los productos.
La imponente estatua del centro de la plaza me dejó sin aliento. Era igualita a la postal y mostraba a Cervantes contemplando a su gente, espada en mano. Min me grabó de frente con la boca abierta.
Estábamos a punto de ir a la siguiente ubicación, pero Han-bin había desaparecido.
Lo buscamos entre la multitud hasta que lo encontramos al final de la plaza, en lo que parecía una herrería medieval, porque tenía expuestos un dragón de chatarra, una armadura y una plétora de espadas, lanzas y escudos dignos de Juego de tronos .
–Creo que quedaría perfecto junto al árbol de Barataria –comentó él, acariciando el dragón de chatarra.
–¿Cómo piensas llevarte eso?
–¿No hacen envíos?
–Con poner eso sería perfecto para Instagram.
En cuanto vieron todo aquello, los hombres, emocionados como niños de primaria, empezaron a soltar disparates.
–¿Quieres convertir Barataria en un trastero? ¿No sabes lo salado que es el viento en Jeju? En seis meses estará oxidado.
Todos asintieron dándome la razón y seguimos adelante.
Al salir de la plaza llena de puestos, nos acercamos al Mercado Cervantino. Solo la entrada ya estaba repleta de tiendas, y la tentación de tanta comida y productos nos frenaba. Tenía que recordarme que la prioridad era encontrarle.
Menos mal que Min se nos adelantó para ir grabando.
Yo escudriñaba con atención entre la multitud que se amontonaba frente a mí en un intento de encontrar al señor Don.
Me resultaba curioso que todos los presentes me pareciesen personajes sacados de El Quijote .
Vi a una mujer de nariz afilada que parecía una española de origen judío, como Cervantes, y un hombre corpulento con mucho vello me recordó al guerrero vasco.
Un joven de ojos castaños tenía aires de pastor de la llanura manchega, y me pareció que una pareja de piel bronceada que recorría los puestos agarrados del brazo tenían ascendencia árabe.
Mientras me abría paso entre la multitud, me topé con una larguísima fila ante mis ojos. Estábamos frente a la antigua casa donde había nacido Cervantes. Allí, la gente esperaba su turno para hacerse una foto en el banco donde se alzaban las estatuas de don Quijote y Sancho.
Había otra cola más. Intuyendo de inmediato lo que era, lancé una mirada a Min para que nos acercáramos.
–Oh…
La fila empezaba en la mesa exterior de un restaurante. Y allí estaba él, ataviado con un dopo blanco y un gat en la cabeza, una espada en el cinto y un pincel en la mano. Estaba encorvado sobre la mesa, escribiendo algo a la gente con una pluma.
–¡Señor Don!
Levantó la cabeza en cuanto oyó mi grito y nos dedicó una amplia sonrisa. Parecía salido de la era Joseon, con la barba recortada y el gat .
Aquella sonrisa pertenecía al Don Quijote del videoclub y al Sancho de Barataria.
–¡Sol!
Fui corriendo hacia él.
43
¡Vamos!
–¿Qué lleva puesto? ¿De dónde ha sacado el sombrero y la espada?
–Cervantes era un hombre tan diestro en letras como en armas. La espada la compré en Toledo, y el sombrero está un poco abollado de venir apretado en la caja. ¿A que es bonito? ¿Y los demás? ¡Ah, aquí estáis!
Han-bin y Dae-jun fueron corriendo hacia él. Sang-eun inclinó la cabeza tímidamente como saludo.
–¡Ah! ¡Cuánto hace que no le veo! –gritó Dae-jun.
–Anda que no tienes todo listo. ¿Dejas la tienda y te vienes aquí tan campante? –protestó Han-bin.
–Hola. Soy Jang Sang-eun y vengo en nombre de Dulcinea. Llevo la cafetería que antes era el videoclub Don Quijote.
–Anda, qué bien. Encantado.
El señor Don la saludó con la mano.