El club de los soñadores Parte 4. El país del sol
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Parte 4. El país del sol

EL PAÍS DEL SOL

Segunda generación del Club de La Mancha

A las tres semanas exactas de que Han-bin informara de su desaparición, me llegó una postal desde España.

¡Madre mía! ¿Se había ido cargado de jamón?

En esta era de las redes sociales una postal se considera una reliquia.

En el anverso había una imagen de la estatua de don Quijote de pie, imponente con su capa y espada en mano, y en el reverso había escrito algo con una caligrafía bastante familiar.

El mensaje se descifraba rápido: el señor Don nos invitaba a vivir la última aventura del Club de La Mancha en España, desde donde había enviado la postal.

¿Dónde se concibe la historia? ¿Un festival?

Busqué ambas cosas en internet y las únicas publicaciones que encontré eran de viajeros que habían i do a festivales locales en Japón y luego pasaban por aquella tienda con el nombre de Don Quijote.

Esa frase tan escueta no servía para dar con el festival al que se estaba refiriendo, así que volví a examinar la foto del anverso. ¿Podría ser un festival que se celebraba en el lugar de la estatua? Pero tampoco aparecía el nombre del sitio.

Me fijé con más detenimiento en la estatua demacrada de don Quijote, como si me aferrase a un clavo ardiendo.

A diferencia del don Quijote habitual, que lleva casco, armadura y empuña una lanza, este llevaba capa y espada, y sostenía algo en una mano…

Escudriñé hasta confirmar que era un abanico de plumas y entonces me di cuenta de que no era don Quijote.

Era una estatua de Cervantes.

Volví a buscar en internet escribiendo «Cervantes Festival» y por fin descubrí que se trataba de un festival que celebran en Alcalá de Henares, donde nació Cervantes, alrededor del 9 de octubre, la fecha de su aniversario.

La última frase la había leído antes en el manuscrito del señor Don: « Forse altro canterà con miglior plectro », o «quizá otro cantará con mejor plectro». Con esa frase terminaba el primer libro de El Quijote .

¿Era la forma en la que el señor Don daría fin a su propia historia?

Tal vez por eso estaba invitando al Club de La Mancha a ir a España.

Sin embargo, aparte de indicar que llevásemos hanbok , no daba ninguna ruta ni medio de transporte.

Me quedé pensativa mirando la postal escrita con su letra.

La preocupación solo retrasa las cosas. ¿Y quién era yo?

Pues la misma exproductora, ahora youtuber, que había viajado por cada isla del país y visitado todos los festivales locales.

La voluntad y las ganas volvieron a brotar en mí, y con ellas puse en marcha mis dotes de búsqueda para averiguar cómo se llegaba a Alcalá de Henares.

Esa misma tarde me llamaron de una agencia de viajes para informarme de que Yeong-su Jang había contratado un paquete turístico a mi nombre que incluía cinco vuelos de Incheon a Madrid para el 8 de octubre y tres habitaciones dobles en un hotel de Alcalá de Henares.

Dejé de buscar de inmediato. El señor Don era más amable de lo que había creído al tener en cuenta la precariedad de mi bolsillo.

Colgué y respiré hondo incorporándome en la silla.

La situación era la siguiente: me había encomendado una misión, y en cuestión de un mes tendría que llevar a los cinco miembros del Club de La Mancha hasta Alcalá de Henares.

¡A España! Era una llamada a la que sería la verdadera última aventura del club, la que no pudimos acabar en Busan.

Han-bin se puso hecho una furia. Insistió en cancelar el paquete y devolverle el dinero porque huir a España había sido muy irresponsable por su parte.

–¿Pero vas a ir o no? A España.

–¿Te has vuelto loca? Con lo que me está costando llevar el negocio aquí sin él. ¿Sabes lo que he tenido que hacer? ¡Traerme a un señor del barrio y disfrazarlo de Sancho! ¡Encima le he tenido que pagar! Te juro que reviento… ¡Vaya tela, eh!

Colgué, incapaz de seguir escuchando sus quejas, y acto seguido llamé al siguiente miembro del Club de La Mancha.

Dae-jun parecía bastante animado con mi explicación. Al parecer ya había estado investigando los churros españoles y quería incorporarlos a su menú.

–Entonces, ¿te vienes? –pregunté.

–A ver…, me encantaría. Pero no es tan sencillo dejar esto solo. Por muy buena oportunidad que sea, no pueden prescindir de mí…

–Claro, lo entiendo.

Colgué para cortar la interminable vacilación de Dae-jun.

A Seong-min ni lo llamé.

Por último, llamé a Se-rom. Como era de esperar, estaba en pleno periodo de entrega; apenas salía de casa, y mucho menos podía ir a España.

Los miembros del Club de La Mancha no estaban por la labor de emprender aquella aventura. Por lo tanto, no sabía cómo resolver la misión que me habían encomendado. Consumida por la ansiedad y la pena, me paseé por todo el estudio mordiéndome las uñas, hasta que se me ocurrió una idea.

El señor Don había reservado cinco vuelos.

Sin embargo, no especificaba a quién iban destinados.

El paquete entero estaba a mi nombre, Jin-sol, lo cual significaba que yo me encargaba de compartir la información del resto de los viajeros con la agencia de viajes.

Detuve de pronto mi apresurada marcha.

¿También podía encargarme yo de elegir a los miembros?

–Entonces, ¿el señor Don me ha invitado a España? ¿En serio puedo ir? –La voz de Min estaba llena de dudas.

–Con esto te nombro nuevo miembro del Club de La Mancha. Por ello, debes cumplir con tu obligación. Si tienes tiempo, me encantaría que fuéramos juntos.

Le expliqué lo que haríamos en España y esperé, suponiendo que necesitaba tiempo para pensar. España no está precisamente al lado, así que no era como para tomárselo a la ligera. Por fin, respondió:

–De acuerdo. Vamos juntos.

Quizá el señor Don quería ayudarme, arrepentido por haber accedido a grabar Barataria para la televisión, y aquella era la compensación.

Además, el viaje le habría servido para despejarse un poco de su hijo, que no paraba de atosigarlo.

Seg uro que había pensado: «Podemos grabar el último viaje del Club de La Mancha para el canal. ¡Tengo que llamar a Sol!».

Se me escapó una risita. Justo entonces levanté la cabeza y el espejo frente a mí me hizo despertar de mis ensoñaciones. Al fin y al cabo, Min era un productor excepcional, un genio con la cámara, un miembro imprescindible y fundamental en esta expedición a España.

Sang-eun aceptó del tirón. Estaba deseando explorar la cultura del café en España y con ello revitalizar su local medio vacío. Con permiso de Se-rom, nombré a Sang-eun como la Dulcinea de la segunda generación del Club de La Mancha.

Al poco, Han-bin me llamó para confirmar que él también iría a España.

Cuando le pregunté qué le había hecho cambiar de opinión, me dio una respuesta muy poco convincente: necesitaba comprar cosas relacionadas con don Quijote para Barataria.

Su verdadera intención estaba clara. Seguro que pensaba traer de vuelta a su padre a toda costa.

Decidí darle otra oportunidad a Dae-jun y lo llamé para informarle sobre los nuevos miembros del Club de La Mancha.

Esperaba que aceptase y, en efecto, a los pocos días me llamó superemocionado para contarme que lo había consultado con su mujer.

Reaccioné igual de emocionada y contenta de poder ir juntos.

Así se formó el nuevo Club de La Mancha.

Empecé a preparar con Min todo lo necesario para la grabación; el corazón me volvía a latir con fuerza.

41

De Incheon a Madrid

El vuelo directo de Korean Air de Incheon a Madrid salió a las 11:00. Exactamente un mes después de hacer recibido la postal me encontraba volando hacia nuestro destino.

Suelo preferir los asientos de ventanilla y rara vez bebo durante el vuelo porque odio ir al baño.

Me gusta apoyar la cabeza en la ventanilla y quedarme así, disfrutando de cómo las cordilleras se entrelazan como olas azuladas, contemplando las vastas llanuras ocre, que me hacían preguntarme si estaríamos sobre el desierto de Gobi o el de Taklamakán.

Cuanto más largo es el vuelo, mejor; cuanto mayor es la altitud, más me gusta.

Sobrevolar lugares sin rastro de presencia humana me lleva a soñar que salto en un paracaídas en forma de corazón.

Sang-eun estaba sentada a mi lado revisando en el iPad toda la información de cafeterías de Madrid que había recopilado. Un momento antes me estaba sugiriendo probar el café cortado, que es como un expreso con un toque de leche. Le dije que no estaba segura porque no sabía si daría tiempo.

Al lado de Sang-eun estaba Han-bin con los auriculares puestos, cambiando sin parar los canales del monitor de su asiento.

Esa distracción constante era muy propia de él.

Decía que cerca de Madrid, en Toledo, había muchos souvenirs buenos y baratos, que pensaba ir él solito si hacía falta.

Para él y su novia, Baratari a era un local donde vender café y gofres.

Los sueños, la esperanza, la justicia y la libertad eran cosas que cultivaba su padre; para ellos solo importaba lo tangible que generara ventas.

Al otro lado del pasillo estaba sentado Dae-jun leyendo un libro, encorvado en toda su corpulencia.

Parecía que acompañarnos en esta aventura le iba a hacer subir de peso, porque había convencido a su mujer de que tenía que investigar aperitivos españoles, como los churros, para introducirlos en el menú del restaurante.

Como si fuera posible desarrollar un menú en tan poco tiempo.

Agradecía la gentileza de ella haciendo la vista gorda al viaje entre amigos de su marido.