Parte 3. República Libre #7
Volví a quedarme sola en el aeropuerto esperando mi vuelo a Cheongju, perdida en mis pensamientos.
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De vuelta a Daejeon
Habían pasado tres días desde mi regreso a Daejeon y seguía paralizada por un letargo ineludible.
Aunque le había dicho al señor Don que estaba bien, el golpe había sido duro.
Ver el programa de Barataria nada más volver fue la gota que colmó el vaso.
Habían captado con precisión quirúrgica todo lo que yo pensaba mostrar del señor Don y su espacio, y él había interpretado a la perfección el papel de excéntrico.
Bueno, no era ninguna interpretación, sino su verdadera naturaleza, el personaje al que llevaba tanto tiempo buscando.
Habían sabido captar el encanto sobrenatural del señor Don: esas expresiones suyas tan poco comunes y esperanzadoras, la mirada llena de arrugas y una voluntad inquebrantable, la comisura de sus labios, que, cuando sonreían, bajaban en vez de subir, y hasta los gestos más exasperados, que se asemejaban a los del personaje de la novela.
Cuando volví a pensar en que había bajado la guardia y eso me había hecho perder el juego, me comió el arrepentimiento.
Estaba furiosa. Por mucho que subiese el vídeo de Min con una entrevista especial, sentía que no era suficiente para satisfacer a mis suscriptores.
Sobre todo, estaba devastada por no haber podido proteger lo que era mío. Me lo habían vuelto a arrebatar.
Quizá por eso no me atreví a entrar en el canal.
«¿Por qué no sube nada?». «¿De verdad es el señor Don el Sancho de Barataria que sale en la tele?
». «¿Qué ha pasado con el equipo de expedición a Jeju?
». Las preguntas de mis Amigos me resonaban en los oídos y me revolvían el estómago.
Me senté en el sofá, derrotada, quedándome acurrucada sin más.
Porrazos.
Me desperté de golpe.
–Oye, ¿no has ido a Jeju? –Era Sang-eun.
Entró con una magdalena y un café. Le dije que llevaba algunos días encerrada porque estaba agotada del viaje, y ella, preocupada, se sentó a mi lado y me ofreció lo que había traído.
El café de Sang-eun me calentó por dentro y relajó mis músculos.
Aquello que nos resulta familiar tiene una energía especial.
–Me metí en el canal por si acaso… Hay mucha gente esperando tu vídeo.
–Ya. Por eso no he entrado. Me da miedo y mucha pena.
–Ayy. No es solo que estén esperando, ¡es que se mueren de ganas! Te han subido un montón los suscriptores… Deberías subir ya mismo el vídeo de Jeju.
–¿Qué pasa? ¿Ahora eres mi mánager o qué? Más que sentir agradecimiento, me agobia todo esto.
–El negocio va fatal. Si a ti te va bien en YouTube, pues tendré que ser tu representante. ¡Venga ya! ¿Qué pasa? ¿Te dan miedo tantos suscriptores? Si es así, lo miramos juntas.
Sang-eun me ayudó a sentarme frente al portátil, lo encendió ella misma y me dio ánimos para que entrase en el canal.
Me llevé las manos a la boca de pura sorpresa, un gesto que siempre me había resultado exagerado en las series, pero de verdad que todo lo que pude hacer fue taparme la boca y quedarme mirando la pantalla con los ojos como platos.
Tenía noventa y cuatro mil doscientos treinta y nueve suscriptores.
–¡Madre mía! ¡Son muchos más que ayer! ¡Ay! –La voz de Sang-eun resonaba de fondo en mis oídos.
Tenía el doble de suscriptores que antes de irme a Jeju, cuando eran poco más de cincuenta mil. Sang-eun me animó a leer los comentarios al ver que seguía sin entender qué estaba pasando.
En el último vídeo, por más que deslizara hacia abajo, seguían apareciendo comentarios.
Contuve la respiración, que se me había acelerado sin darme cuenta, hasta encontrar el comentario que parecía marcar el inicio de todo aquello.
Uno de los Amigos que había visto el programa de Exploradores Locales había planteado la cuestión de si el señor Don que estaba buscando en el canal sería el mismo que el del programa.
Luego, otro Amigo había respondido comparando la foto que yo había subido (con el consentimiento del visitante de Barataria) con las imágenes del programa.
A partir de ahí se había sucedido una serie de preguntas y respuestas; los Amigos habían hecho mente colmena para llegar al fondo del asunto y a la conclusión de que no podía ser casualidad que, justo antes del tan esperado encuentro entre Sancho y Don Quijote, saliese ese programa en televisión.
Esa habilidad de investigación tan meticulosa y contundente ocasionó un efecto dominó. El mismo Amigo que había levantado la sospecha publicó una foto con los detalles resumidos, y esa foto había rondado por foros de internet, generando una respuesta aún mayor.
Conforme la noticia de la expedición a Jeju circulaba por internet, el enfado aumentaba. Quienes se enteraban de aquello iban de inmediato a suscribirse al canal y dar a «me gusta» a los vídeos para demostrar que estaban a la espera de una continuación.
Mientras yo asimilaba todo eso, los suscriptores seguían aumentando, igual que los comentarios de ánimo. En tiempo real. Sang-eun me abrazó mientras yo temblaba, con las lágrimas a punto de aflorar.
–He bajado porque lo sabía, sabía que necesitabas apoyo.
Ese comentario me hizo estallar.
Un amigo es quien te anima y pelea junto a ti. Sang-eun era mi amiga. Los Amigos eran mis amigos. El videoclub Don Quijote era lugar para todos esos amigos. Hice a un lado la vergüenza y seguí llorando por el número de Amigos que tenía de mi lado.
La sorpresa no acabó ahí. Esa misma noche recibí una llamada de Han-bin contándome que Barataria se estaba llenando de gente.
Recibían por lo menos cincuenta visitas diarias, y su novia había dejado el trabajo para preparar café allí.
Le pregunté si su padre estaba bien y Han-bin respondió con una sonora carcajada:
–Al principio parecía incomodarle tanta gente, apenas les cobraba. Pero tendrías que verlo ahora. Es el dios de la atención al cliente. Está intentando ganar mucho para comprar más cerdos.
¿El señor Don? No, rectifico: Sancho. Por triste que fuera, el señor Don ya no sería Don Quijote nunca más.
–Que sepas que se pasa las noches viendo tus vídeos. Se los sabe de memoria.
–¿En serio? A mí me lo comentó como si nada.
–Pues menudo drama se monta. Tendrías que verlo lloriquear con el episodio de su amigo de Seocho-dong. Es como una señora mayor con una telenovela. Encima se pasa el día quejándose de que se arrepiente de haber grabado para la tele antes que para tu canal. Pff… Qué harto me tiene.
–Han-bin, dile que se pase un día por Daejeon, si tanto lo siente. Tendría que venir una vez, por lo menos.
–Oye, no te pases. Papá no puede irse ahora de Barataria, con lo bien que está yendo todo. Si es como la mascota de aquí. Sería complicado.
–Y serás capaz de ser tan mezquino.
–Vente tú a Jeju. Tráete al camarita y grabad aquí. Hacemos una colaboración.
–Pff. Vale, iremos.
La llamada me dejó con una sensación extraña.
Me alegraba ver que Han-bin se llevaba mejor con su padre ahora que estaban juntos en Barataria y me enorgullecía que viese mis vídeos, pero, por alguna razón, me sentía apartada de todo eso.
Por mucho que me aliviase que estuviera en Barataria como Sancho, me quedaba algo de resentimiento.
Tal vez por eso no me pareció bien la propuesta de Han-bin de grabar allí. No me hacía gracia aprovecharme de Barataria ahora que acababa de salir en televisión, y tampoco me convencía la idea de forzar al señor Don a venir hasta Daejeon.
Si aparecía en un vídeo del canal, sería por decisión propia, lo cual tomaría tiempo. Así que decidí esperar el tiempo que fuera necesario y consolidar mi vida como youtuber mientras tanto.
Dos noches más tarde, un suscriptor con el apodo de Dulcinea me envió un mensaje privado.
«Sancho, ¿te sirvió mi patrocinio?».
Muchos comentarios decían haber llegado al canal a través de un enlace publicado por Dulcinea, así que busqué el nombre y descubrí que se trataba de una escritora de novelas web increíblemente famosa.
Había publicado varias obras de éxito en los últimos siete años, incluyendo La protagonista no sabe lo guapa que es , que tenía cuarenta millones de visualizaciones en una de las grandes plataformas de serialización de novelas web.
Tras investigar a fondo, descubrí que había dejado un enlace de mi canal en su página de fans y que en su última publicación había escrito como nota de autora: «¡Apoyad mi canal favorito!
». Pues ella era quien me acababa de escribir.
Respondí amablemente dándole las gracias y diciendo que me ayudaba mucho consiguiendo suscriptores.
¿Todavía no sabes quién soy? Eso me hiere el orgullo, eh.
La respuesta me dejó atónita. Nadie aparte de Sang-eun me trataba como si fuéramos amigas de toda la vida.
Con mis antiguas compañeras de producción no me hablaba y de la gente de la universidad y el instituto nadie se dedicaba a escribir, que yo supiese.
Como no fuese la chica del instituto femenino de secundaria… Pues solo quedaba una persona.
Y no era la chica del instituto, sino mi amiga del videoclub, la miembro más joven del Club de La Mancha, a la que tanto le gustaba leer…
Se-rom.
¡¿Eres Se-rom?! Perdón. Soy lentísima. De verdad que no lo sabía. Me había dado por vencida con encontrarte, no sabía nada de ti.
¡Ayyy! ¿Y lo de Dulcinea, qué? ¿No te dice nada? Con lo que me adorabas y ya ni me reconoces... Fatal.
Lo siento. Te estuve buscando por tu nombre antiguo, el de princesa rarita.
¡Venga ya! ¿Cómo iba a seguir con eso puesto? Dime, ¿cuántas veces nos habló el señor Don del nombre de Dulcinea y la palabra «dulce»? Por eso iba de Dulcinea, así me ganaba un montón de chuches que me daba el señor Don.
Ah, sí que me acuerdo. Oye, ¿por qué no me dijiste antes que te habías hecho escritora? Ni el señor Don ni Han-bin ni Dae-jun ni yo sabíamos nada de ti.