El club de los soñadores Parte 3. República Libre #6
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Parte 3. República Libre #6

–Ya, claro –comentó con una sonrisa queda–. Solo es un sueño que tengo. Aunque no pueda ir a España, ¿por qué no podría llegar allí un jamón hecho por mí? Es más bien una esperanza, ya sabes. La esperanza es algo bueno.

–Siempre habla de sueños y esperanza.

Él se rio entre dientes y me miró con fijeza.

–¿Te acuerdas? Hace tiempo me preguntaste por qué usaba palabras que otros adultos no usan, palabras como «sueño», «esperanza», «justicia», «libertad»…

–No lo recuerdo.

–Entonces tampoco recordarás mi pregunta. ¿Qué palabras querrías usar de mayor, Sol? Eso te pregunté. ¿Sabes qué me respondiste?

–Tampoco me acuerdo.

–No pasa nada. Como ahora eres adulta, ya tienes la respuesta.

–Ajá.

–Ja, ja.

Mientras charlábamos me sentí como en una máquina del tiempo. Barataria se había convertido en el videoclub, y nosotros solo éramos una estudiante mediocre y un hombre acabado charlando en una tienda vacía, hablando de sueños, esperanza, justicia y libertad.

El señor Don se acercó a la sombra de un árbol para descansar. Cogió una cantimplora de una roca plana a la sombra y le dio un trago largo. Ahí sí que me recordó más a Sancho que a don Quijote.

Me senté a su lado.

–He conocido a mucha gente mientras le buscaba: a un antiguo compañero suyo de la universidad, a otro compañero de la academia, a su amiga de la editorial y hasta a un productor de cine.

Él no parecía sorprendido en absoluto y se le escapó una risita por mi expresión de desconcierto.

–También viste a Dae-jun. Me alegra que esté vendiendo tanto donbokki en Busan.

–¿Qué? ¿Lo ha visto?

–Busqué el canal ayer. Mírame los ojos, los tengo rojos. Me quedé viéndolo hasta la madrugada.

–¿Lloró con las historias de sus amigos?

–Claro que sí. A mi edad uno tiende a llorar con facilidad. También me reí un montón con las anécdotas que contabas del videoclub. Lloraba y reía, sin parar.

Me emocioné. ¿Sería ese el sentimiento de una criatura que recibía el elogio de su creador? Acepté la cantimplora que me tendió y bebí para calmarme.

–Señor Don…

–Ahora soy Sancho.

–¿Por qué se esforzaba tanto por cambiar el mundo? ¿No aguantaba la injusticia de la dictadura? ¿Tanta pasión sentía por don Quijote? ¿Por el cine? He conocido a todas esas personas y todavía no logro comprender qué es lo que le apasiona tanto.

Él alzó la mirada para contemplar en silencio la suave cresta de la montaña, a lo lejos, y decidí no insistir.

–Pues…

Menos mal que no respondió con un simple «no lo sé». Sentía una gota de sudor deslizándose tras mi oreja. Estaba evitando mirarme. Se rascó la cabeza un par de veces y solo empezó a hablar cuando se armó de valor para hacerlo.

–Odio ver sufrir a los más débiles. Desde pequeño, no soportaba que mi padre pegase a mi madre, ni me gustaba la gente que menospreciaba a las familias que no tenían recursos ni contactos. Yo era un pelele, pero tenía agallas. Supongo que por eso desde la universidad ya estaba metido en esas cosas.

–Vaya…

–Cuando salí de la cárcel, pensé que con el fin de la dictadura comenzaría un nuevo mundo, pero el poder seguía en las mismas manos.

Deseaba acabar con los políticos despreciables, los jueces ineptos que manejan la ley a su antojo, los empresarios que solo piensan en llenarse los bolsillos y todos los altos cargos corruptos, aunque eso significase volver a prisión.

–Mmm…

–Pero la realidad era otra. Estaba casado con una mujer que me había apoyado todo ese tiempo y teníamos un hijo juntos, así que tuve que adaptarme al mundo. La misma boca que una vez gritó «¡Viva la democracia!» estaba repitiendo conjugaciones en un aula.

–Al parecer era un gran profesor.

–Era un profesor de inglés magnífico, pero ese traje no era para mí. Me costaba controlar el resentimiento que tenía tan arraigado. En palabras bonitas, era un luchador rebosante de justicia. Dicho de otro modo, era un soñador disociado de la realidad. Entonces descubrí El Quijote .

Parecía tener mucha sed de pronto, porque se acabó la cantimplora de golpe. Había arrancado a hablar como si esperase alguna pregunta por mi parte.

– El Quijote que leí era un grito feroz de Cervantes en defensa del pueblo llano español, que por aquel entonces sufría bajo la opresión del poder; una crítica mordaz al sistema, una lucha contra la censura a través de un personaje aparentemente trastornado.

Ya sabes esa escena tan emblemática en la que confunde los molinos de viento con gigantes y se lanza contra ellos.

Pues simboliza precisamente el desafío al gigante del poder y la lucha por la libertad del pueblo.

–Ah… Por eso decidió cambiar el mundo a través de esa historia.

–Sí, así es. En mis peores momentos me hartaba de ver películas en el videoclub para escapar de la realidad, pero todas las películas tienen algo de real y poder para remover el mundo.

Algunas me dejaban tan embelesado que tenía que echarme agua en la cara.

En casa me gritaban que no me quedase ahí tirado, que hiciese algo para librarme de la frustración y soñase con los pies en la tierra.

–¿Por eso decidió ser director?

–Quería crear una película que capturase la esencia de don Quijote para que la gente la viera.

Quería una película que reprendiera al mundo con elegancia y mostrase lo maravilloso que es vivir justamente en este mundo plagado de mentiras…

Como sabes, al final tuve que admitir que todo eso era solo una quimera.

Mi propio cuerpo me estaba recordando que era más Sancho que don Quijote, porque mira lo que engordé.

Fue entonces cuando se me ocurrió irme a una isla, como Sancho, tener un huerto de zanahorias y una granja de cerdos, vivir compartiendo la carga de la gente cansada de recibir golpes.

Consideraba que eso sí estaba a mi alcance.

–Se siente vacío. Me hubiera gustado ver esas películas escritas por usted. Todavía recuerdo muy bien verle sentado, encorvado en el mostrador del videoclub, escribiendo en su portátil. Algunas veces riendo y otras refunfuñando.

–¿Eso hacía?

–Me vería diez veces una película que haya escrito. Por supuesto que comprendo por qué ha renunciado a ese sueño. Yo misma me habría rendido ante tanto sufrimiento, pero se siente muy vacío.

–Lo lamento.

–No tiene que sentir nada. Después de pasar estos años como Sancho, podría volver a ser Don Quijote, y por fin convertirse en director.

–Ja, ja. Una vez que eres Sancho, ya no puedes volver a ser Don Quijote.

–¿Por qué no?

–La pasión desaparece. Si la pasión crea locura, la locura crea a quienes se atreven a romper con la realidad.

En cambio, mi pasión se ha agotado y lo único que haré será construir una pocilga y salar jamón con el espíritu de Sancho y los pies en la tierra.

Ahora que eres mayor, creo que podrás entenderlo.

–No entiendo una mierda. Es decepcionante.

–Vente luego y prueba el jamón. Verás como eso no decepciona.

Si tuviera la pata de jamón ahí mismo, se habría llevado un jamonazo. Pero aquello de ser mayor había tenido su peso, así que refunfuñé un poco y dejé de discutir.

Han-bin y Min llegaron cerca de la hora del almuerzo, trayendo una sopa para la resaca diferente .

Aunque me habían dicho que en Jeju la comida para la resaca estaba a otro nivel, nunca había probado algo similar.

El caldo estaba compuesto por harina de trigo sarraceno disuelta con carne de cerdo deshilachada y de una ternura indescriptible.

Después de comer, los dos se pusieron a preparar un «set básico de café filtrado a mano todo en uno» que habían comprado también.

Han-bin tenía cierta experiencia moliendo y nos preparó un café bastante decente, con el que hasta Min levantó el pulgar en señal de aprobación, y comentó que era vendible.

Solo el señor Don, que ya no tomaba café, lo miró con cier to recelo dudando de las habilidades de su hijo. Para él, con el shindari de bienvenida era más que suficiente. Daba la sensación de estar contemplando el inicio de una nueva disputa entre el gobernante de Barataria y su heredero.

Después de hacer el café y obtener una respuesta positiva, Han-bin buscó una libreta por la casa donde poder anotar una especie de menú que incluía los precios del café, el shindari y el gwajul . Me resultó curioso verlo tan proactivo, ya que conmigo siempre era una molestia.

Cuando quisimos darnos cuenta había llegado la hora de marcharnos.

Min se sentó al volante, y yo en el asiento del acompañante. Han-bin colgó el menú en el árbol y nos despidió agitando la mano. El señor Don se acercó al coche para darnos unos bocadillos para el camino y me miró algo avergonzado.

–Sol, ayer no pude decírtelo…, pero se me cae la cara de vergüenza. Lo siento.

–¿Por qué?

–Por lo de haber salido en la tele. De haber sabido que estabas haciendo tu canal, jamás lo habría hecho. Imagino que te he decepcionado mucho.

–¿Pero usted qué culpa tiene de eso? Estoy bien, de verdad. No hay que disculparse por nada.

–De todos modos, he sido un imprudente. Si los hubiera invitado antes de acceder del tirón, habría ganado algo de tiempo.

–¡Venga ya! ¡Peor es que no me reconociese!

–Ya. También me disculpo por eso.

Le tendí la mano con una sonrisa tímida para darnos un apretón, aceptando sus disculpas.

–Nos vemos pronto –anuncié mirando su rostro enrojecido.

–Volved juntos –respondió él con una sonrisa radiante.

El viaje de camino al aeropuerto fue tranquilo y apacible. La expresión de Min me resultaba indescifrable, a ratos mirándome de reojo y a ratos concentrado en la carretera. Yo me pasé todo el tiempo repasando los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas; la mente me iba a mil por hora.

Nos tomamos algo mientras esperábamos el vuelo. Min dijo que me enviaría el vídeo de Barataria cuando llegase a Seúl, y yo respondí que le enviaría el pago en cuanto estuviera listo. Una conversación muy formal, cosas de negocios.

El vuelo hacia Gimpo llegó primero. Me despedí con la mano mientras él se adentraba por la puerta de embarque con una sonrisa serena.