El club de los soñadores Parte 3. República Libre #5
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Parte 3. República Libre #5

–Si te parece, échale un vistazo.

Miré el vídeo que salía en la pantalla.

Era una escena del sol vespertino rociando su calidez sobre varias zonas de Barataria, grabado con suma elegancia por un movimiento de cámara que imitaba el vuelo de un pájaro.

Daba una vuelta por el jardín, pasaba por el árbol, se acercab a al don Quijote con casco y lanza, y luego rodeaba la casa y el invernadero antes de detenerse frente al huerto.

Entonces aparecía la imagen de las gallinas en los corrales y las cabras masticando.

Por último, se acercaba a la espalda de un hombre labrando el campo.

Al oír la llamada de Min, el señor Don se giró hacia la cámara y saludó con una amable sonrisa.

Era un avance magnífico, un pequeño esbozo de la República de Barataria. Sentí un cosquilleo en la nariz.

–¿Es un dron?

–Los de la tele parecían tener tanta prisa que no trajeron ninguno.

–Se te da genial grabar exteriores.

–Me especialicé en cinematografía en la escuela de cine.

–Qué maravilla.

–Hay que subir esto al canal, Jin-sol. Si lo editamos con los comentarios y la entrevista con el señor Don, quedaría como un programa muy natural.

Me estaba esforzando en contener las lágrimas. No entendía por qué siempre conseguía emocionarme; si ya de por sí me gustaba, encima sabía cómo animarme, y yo así no podía quedarme quieta.

Lo abracé de sopetón. Min se quedó con los brazos abiertos, sin saber qué hacer… y al final me dio unas palmaditas lentas en la espalda. No era suficiente.

–Pero abrázame.

–¿Puedo?

Permanecimos un rato así abrazados, disfrutando de la noche de Barataria. Los mosquitos se estaban poniendo las botas con nosotros, pero no nos separamos.

Sonó un crujido.

La camioneta se detuvo bruscamente y los faros iluminaron el patio. Nos soltamos de inmediato, dejando la incomo didad a un lado, y nos acercamos a la entrada. El señor Don bajó de la cabina con dos bolsas de plástico en las manos y nos miró.

–Sol, ¿cómo estás? Te he traído bomaljuk .

Agitó las bolsas esbozando una sonrisa totalmente genuina. Era, sin lugar a duda, el mismo señor Don del videoclub. Hacía lo mismo cuando volvía de entregar a domicilio y agitaba los buñuelos que había comprado por el camino.

El invernadero irradiaba un encanto especial a principios de verano.

Al enrollar el plástico negro, que parecía una pared, aparecía la mosquitera, así la ventilación no suponía un problema.

Las camas de campaña, el pequeño fogón hecho con ladrillos y el equipo de acampada daban la impresión de estar en el set de rodaje de una marca de outdoor .

Nos sentamos juntos a la mesa, donde el señor Don había dispuesto la comida que había traído de un restaurante de pescado crudo en Gimnyeong.

El bomaljuk que había traído exclusivamente para mí incluía abulones, así que no podía haber mejor reconstituyente.

Para Han-bin, que adoraba el marisco, había traído ttaksaehoe , y para Min, fan de los cefalópodos, había traído hanchihoe .

Además, había un plato a rebosar de gruesas láminas de benjarihoe y caracoles ppulsora con tan buena pinta que a cualquiera se le haría la boca agua.

–Madre mía, ¿cuánto cuesta esto en Seúl?

A Han-bin se le había pasado el enfado con tanta comida y ya estaba animando el ambiente.

–Mira que he comido pescado crudo, pero es la primera vez que pruebo este tipo. Lo comen mucho por aquí, ¿verdad? –preguntó Min orgulloso de su conocimiento.

El señor Don asintió mientras agitaba una botella blanca de soju de Hallasan.

–Sancho se tomaba muy en serio la comida. Don Quijote siempre andaba sediento de justicia y pensando en pelear, por lo que no se ocupaba de los problemas cotidianos. Durante su travesía, quien se encargaba de cocinar era Sancho, ¿lo sabíais?

Abrió la botella y sirvió un vaso a Han-bin, otro a Min y luego se llenó el suyo. Al verlos brindar se me escapó una risa incrédula.

–¿Y yo qué?

–Tú estás enferma. Cómete lo tuyo.

Cogí mi cuchara para probarlo.

–¿Qué tal? ¿Rico?

–Sabe a lo que sabe.

–¿A lo que sabe? ¿Qué quieres decir?

–Bueno, pues que está rico.

El señor Don agitó la botella con una sonrisa y yo me apresuré a terminarme el agua. Mientras observaba cómo me llenaba el vaso pensé en que era la primera vez que probaba el soju de Hallasan.

–Cuando era pequeña e iba al videoclub estaba deseando ser mayor para que nos fuéramos a beber soju mientras rajábamos de la gente. Me hacía ilusión.

–Mira por dónde.

–Hoy, por fin, tenemos la oportunidad de beber juntos y despotricar de la gente. Es la ocasión perfecta.

Extendí mi vaso para brindar con él. Han-bin y Min hicieron lo mismo.

Bebiendo me asaltaron recuerdos de las derrotas no superadas.

¿Por qué la gente vierte alcohol en las heridas dolorosas?

¿Por su efecto desinfectante? Pero este no era un alcohol medicinal.

No desinfectaba nada, solo empeoraba la herida.

Y, cuando una herida empeora, ¿no hay que dedicarle más atención?

¿Será que bebemos para mirar a la cara a n uestras derrotas, analizarlas, quedarnos con lo que sirva y olvidar lo que haya que olvidar?

Min, Han-bin y yo vaciamos nuestros vasos con rapidez. El señor Don nos miró complacido y empezó a separar la carne de los caracoles con los palillos.

–La ppulsora de Jeju no tiene glándulas salivales, así que no es venenosa. Vamos, que se puede comer cruda sin problema.

Como ardillas recibiendo su ración de bellotas, fuimos cogiendo por turnos los caracoles que el señor Don sacaba de sus conchas y los mojamos en salsa. Sabían entre tostados y frescos mezclados con el picante y ácido de la salsa; una auténtica delicia.

Comimos y bebimos, y así fuimos digiriendo las sorpresas del día junto a los platos impregnados de mar salada. A veces, compartir una buena comida es mejor forma de comunicarse que mantener una conversación.

–¿Por qué Barataria es una república libre?

El señor Don me miró con ojos algo ebrios cuando pregunté lo que llevaba tanto tiempo despertando mi curiosidad. Ante la energía arrolladora de la pregunta nos quedamos mirándolo fijamente, y él nos devolvió la mirada y se aclaró la voz.

–Alguien me dijo una vez que la palabra que más aparece en El Quijote es libre. Libre, de libertad. Por eso decidí que este lugar sería una república libre.

–Oh…

–¿No era porque quisieras ser libre?

–Claro que sí. Pero esa es solo una verdad a medias. No lo puse solo porque yo quiera ser libre, también quiero que todos los que se hospeden aquí lo sean. Ja, ja.

Con una sonrisa satisfecha, arrancó de un tirón un caracol y se lo zampó para luego darle un trago al soju .

Era un autén tico comilón, fiel al personaje de Sancho Panza en el que se había convertido.

El hombre delgaducho del videoclub ya no existía.

Había empequeñecido y esa imagen de intelectual que nos enseñaba un pretérito imperfecto era cosa del pasado. Había desaparecido por completo.

Pero, para mí, él siempre será Don Quijote.

37

Sancho el campesino

Me desperté con un dolor de cabeza palpitante y la imagen de una pata de cerdo salada, que ahora estaba colgada al revés.

Habíamos pasado la noche bebiendo y comiendo mientras compartíamos recuerdos enterrados, apoyándonos mutuamente, y, cuando nuestra memoria empezó a desvanecerse, entonces vino el sueño, que resultó bastante más dulce que en el continente.

Quizá fuese por el aire limpio, el marisco fresco o la atmósfera nostálgica que nos envolvía.

El caso era que el dolor de cabeza se me pasó rápido y desperté como nueva.

No había nadie en casa, así que salí. Ya desde la mañana un calor sofocante reinaba en el jardín. Yo, que apenas sudo, sentía cómo la nuca se me humedecía.

Preguntándome dónde se habrían metido todos, me acerqué al árbol.

Poknang .

Así es como llaman en Jeju al zelkova . Así me lo había contado Min mientras lo abrazaba bajo ese árbol que parecía estar allí precisamente para los abrazos. Así que eso había hecho. Sentada en la misma silla recordé la escenita del día anterior y empecé a sentir una mezcla de emoción y vergüenza.

Mi decisión de no volver a salir con un compañero de trabajo se había hecho añicos bajo ese árbol. O puede que no. Quizá no volviésemos a trabajar juntos. Él era un miembro temporal para esa expedición, y por lo tanto había sido un abrazo temporal y necesario por culpa de este mundo cruel.

Para despejar mis inquietudes me paseé por la zona tranquilamente, como si fuera la gobernante de Barataria.

En el invernadero ya no quedaba ningún rastro de botellas.

Sí, eran ciudadanos de bien. Tanto el gallinero como los corrales que había visto en el vídeo también parecían en calma, libres de cualquier ataque.

Bien, significaba que la verja funcionaba.

Oí un ruido detrás del corral y me acerqué, encontrándome allí con el verdadero gobernante, pala en mano, que cavaba una zanja junto a un montón de tierra. Un buen líder predica con su ejemplo para que la república funcione correctamente.

–¡Hola! –saludé acercándome a él.

Se me quedó mirando sonriente y con la cara manchada de tierra.

–¿Qué está haciendo?

–Una pocilga.

–¿También cría cerdos?

–Es responsabilidad del gobernante garantizar un suministro estable de carne y otros alimentos a los ciudadanos, además de generar empleo. Los cerdos negros de Jeju tienen una carne excepcional.

–¿Está haciendo jamón? He visto algunos colgados en la habitación…

–Sí, de cerdo negro. Todavía estoy aprendiendo. Hay alguien en Geumak-ri que los hace. Guárdame el secreto, Sol. El cerdo negro es mucho más apto para el jamón y, cuando se comercialice, superará en calidad al serrano y al ibérico. Imagínate que se exportara a España. ¿No sería un exitazo?

Resoplé medio riendo.

–Igualito a Han-bin. Si fuese tan rentable, ya lo habría hecho alguien.