Parte 3. República Libre #4
–Y luego estás tú, hijo mío. Siempre buscando la estabilidad financiera y esforzándote por construir una vida próspera. Aun con tus pérdidas y fracasos, nunca has dejado de ganar dinero. Esa vida que llevas también es como la marcha de don Quijote.
El señor Don se le quedó mirando fijamente, pero la única respuesta que obtuvo fue la furia reprimida de Han-bin, que estalló de pronto.
–Pues este don Quijote solo quiere dinero, papá.
Porque ahora mismo estoy en paro y me mantiene mi novia.
Vamos, que soy un pringado. ¿Y Min? Trabaja de repartidor, es un mulo de carga.
Dejó el cine hace mucho. Y ella… ¿Sabes que es youtuber porque la despidieron?
Vive con lo justo y apenas llega a pagar el alquiler del sótano.
Vale que YouTube es algo parecido a la tele, supongo, así que por lo menos ella avanza en su campo.
Vamos, Sol, que eres la don Quijote verdadera.
Lo admito, ya está. Que don Quijote y Sancho con los papeles cambiados se las apañen juntos como puedan.
Han-bin se levantó con brusquedad y la silla cayó al suelo con un ruido contundente que retumbó en toda la casa. Se marchó y Min fue tras él.
Miré de reojo al señor Don, que se había quedado con la mirada perdida donde antes estaba su hijo.
–¿Se le ha subido el shindari ? Con lo que bebe este niño…
–Mire.
–Dime.
–No me corresponde a mí decir esto, pero… debería cuidar un poco más de él. Por mucho que se haga el duro, no lo está pasando bien últimamente.
–Ya, bueno. Iba a llamarle, pero justo habéis aparecido. Supongo que suena a excusa.
Se echó hacia atrás la melena ondulada para secarse el sudor de la frente.
–¿Sabes qué? En la época del videoclub solía hablar muy sosegado, pero ahora tiene algo más de brío… Muy Sancho de su parte.
–¿En serio?
–Me va bien viviendo allí y recordando anécdotas del videoclub en el canal. Me va mejor de lo que Han-bin se imagina. Seguro que si le digo las cifras reales se muere de envidia. Si he podido conseguir todo eso, ha sido gracias a usted.
–¿Eh? ¿En serio? Pues me alegro mucho, ja, ja.
–Quería decirte… ¿Puedo mostrarte a ti y a Barataria en el canal? No sé si te has fijado en la cámara de Min. Si nos das permiso, me gustaría grabar este espacio y oírte hablar de las esculturas, el invernadero y la granja en una entrevista.
–¡Anda!
–Mis suscriptores están deseando verte. Los llamo Amigos.
–Cuando dices amigos… ¿Amigos?, ¿de verdad?
–Exactamente, Amigos. Ya son más de cincuenta mil suscriptores.
–¡Qué maravilla! Sería de gran ayuda promocionar Barataria así.
–¿Podremos grabar juntos, entonces?
–Claro que sí. Ya lo he hecho antes, ¿cómo no iba a hacerlo por mi Sol?
–¿Eh? ¿A qué se refiere?
–Hace unos días vino una cadena de televisión a grabar. Acepté porque era una buena oportunidad de dar a conocer Barataria, y se emitirá dentro de poco. Como lo tuyo es para YouTube, podría ser algo distinto, más especial. Tú no te preocupes y déjame a mí; Sancho se encargará de todo, ya verás…
Dejé de oír lo que estaba diciendo. Me había quedado con la mente en blanco, incapaz de procesar nada. Me giré en busca de Han-bin y Min, pero ninguno estaba allí. Mientras tanto, el señor Don seguía compartiendo entusiasmado un montón de ideas para grabar. ¿Quién había ido allí antes que nosotros?
¿Sería alguien del sector que estaba viendo mis vídeos?
¿Tenían el ojo puesto en el señor Don y habían venido antes para quitármelo?
¿Era eso a lo que llamaban estar empanada?
El sudor frío me caía por la frente y un cosquilleo punzante me recorría la espalda.
Tanta confusión y sospechas hacían que me ardiera la cabeza, como si me punzasen con carbón ardiendo. Luego llegaron las náuseas.
No me dio tiempo de correr al baño y acabé vomitando en el fregadero de la cocina.
El señor Don vino detrás y se quedó a mi lado frotándome la espalda. Me quedé vacía por dentro y aun así no me sentía mejor. Entonces él me condujo a algún lugar para que me tumbara y ya no recuerdo nada más.
36
Comida sincera
Desperté envuelta en un ambiente oscuro y sombrío, tumbada sobre una estera en una pequeña habitación. Giré la cabeza en la almohada y el atardecer carmesí al otro lado de la ventana inundó mis ojos.
Debí de haber dormido dos o tres horas. Me incorporé apartando la fina manta con la que el señor Don me había tapado y di un respingo.
Había dos enormes trozos de carne colgados en la pared frente a la ventana.
Al acercarme comprobé que ese par de masas oscuras eran patas traseras de cerdo saladas, es decir, dos jamones.
El olor rancio y penetrante indicaba que estaban fermentando adecuadamente.
¿Acaso estaba preparando jamón de cerdo negro de Jeju para ofrecérselo a los ciudadanos de Barataria?
La presencia de aquellos dos jamones colgados en la pared resultaba tan impetuosa como la obstinada determinación del señor Don.
En el salón, Min y Han-bin estaban mirando el móvil, y al señor Don no se le veía por ninguna parte. Cuando Min me preguntó si me encontraba bien, asentí con torpeza y me senté delante. Han-bin se levantó en silencio, fue a la cocina a traerme un poco de agua y siguió con el móvil.
–¿Qué estáis mirando?
Han-bin no respondió a mi pregunta, así que miré a Min. Pero tenía cara de encontrarse ante una tarea difícil de resolver y tardó en devolverme la mirada.
–Lo han emitido hoy. La fundación Barataria de Sancho, en la isla de Jeju.
Solo entonces empecé a recordar aquello que mi mente había omitido.
–Es de un canal privado, ¿verdad? ¿Es para Exploradores Locales , de la GBS?
Min asintió. Exploradores Locales lo había creado el mismo equipo de Exploradores urbanos . O sea, que seguían robándome contenido incluso después de dejar la empresa. Claramente, aquello era obra del director general.
Pensar en toda esa gente repugnante me dio ganas de vomitar otra vez, así que me bebí de golpe el agua que Han-bin me había traído.
–Son gente horrible. Llevan tiempo siguiendo el canal de Don Quijote y en cuanto han visto la oportunidad se han lanzado como hienas. Han sido rápidos y se han aprovechado de que el señor Don no sabía nada –comentó Min.
Pero yo tenía otra cosa más que añadir: que había sido tonta por enfocarme tanto en encontrar al señor Don y descuidar todo lo demás.
–El mundo del cine será muy mezquino, pero la tele no se queda atrás.
Min siguió intentando consolarme, pero nada de eso llegaba a mis oídos y yo cabeceaba como un pollo enfermo.
–¡Está de lujo! –exclamó Han-bin levantándose de un salto.
Cuando lo miramos sorprendidos, mostró los dientes en una sonrisa triunfal–.
He visto el programa entero y he leído todos los comentarios.
¡Lo está petando! La gente está superintrigada con mi padre.
Dicen que tiene rollito campestre o algo así.
Min y yo nos quedamos mirándolo sin comprender.
–Que sí, un tío de campo, pero uno con estilo. Y encima todo lo de Barataria suena a algo importante. Hay un montón de gente diciendo que se va a pasar por aquí cuando vengan a Jeju.
Seguíamos sin ser capaces de responder. Conforme el ambiente se volvía extraño, Han-bin fue alzando la voz.
–Os estoy diciendo que con este programa nos lo han puesto en bandeja.
¡Sin tener que pagar publicidad ni nada!
¿Sabes lo que dice el productor? Que toda esa chatarra de ahí afuera es material instagrameable .
Lo dice así, levantando el pulgar. Y, vaya, que con una buena cámara cualquier chatarra parece una obra de arte.
¡La magia de la tele! ¡Tachán! ¿Y ahora qué?
Pues toca ponerse a hacer café y gofres como locos.
–Han-bin, basta –dijo Min tajante.
Han-bin me miró desconcertado buscando mi apoyo.
–Sol, hay que mirar el conjunto. Da igual que no lo hayas publicado primero, porque lo ha petado.
Ahora puedes revelar que lo descubriste tú y mi padre puede concederte una entrevista exclusiva.
Es mejor subirse al carro después de que algo haya tenido éxito, ¿sabes?
Te voy a ser sincero: si hubiera salido primero en tu canal, no habría tenido taaanto éxito. La tele es otra cosa.
Lo miré en silencio. Han-bin parecía querer decir algo más, pero cerró el pico y se sentó con cara de pocos amigos. Seguí mirándolo fijamente y dije:
–Han-bin, has venido aquí conmigo para encontrar a tu padre, para encontrar a Don Quijote.
Ahora resulta que la escena del reencuentro nos la roban esos desgraciados.
¿Y a ti solo se te ocurre decir que la tele lo peta y que nos han hecho un favor?
¿Lo único que te importa es montar un negocio aquí y ganar dinero?
¿Y todo lo que hemos hecho hasta ahora? ¡Nos han robado el clímax de la narrativa!
¿Y tú tan campante porque eso te dará dinero?
¿Es eso lo que piensas en serio o es que no piensas en nada?
Algo se revolvió dentro de mí al verlo cabizbajo, sin saber si estaba arrepentido o dolido, y me resultó imposible quedarme allí.
–Perdona. No es tu culpa, sino mía. Yo lo he fastidiado todo.
Me levanté y me fui.
La oscura noche de Barataria estaba sumida en la quietud.
Las luces que titilaban alrededor del árbol central emitían el suave resplandor de las luces navideñas.
No presté atención a los mosquitos que me picoteaban las piernas bajo los pantalones cortos.
Allí, sentada en una silla junto al árbol, tan patética y estúpida, contuve las lágrimas y soporté los picotazos considerándolos un castigo que me merecía.
Alguien se me acercó por detrás. Era Min, así que intenté mantener la calma. «No voy a llorar».
Se acercó con parsimonia, se sentó a mi lado y me miró.
Me sequé las lágrimas y lo miré también.
Vi su rostro coloreado por las luces que colgaban del árbol como bayas, el mentón marcado y una barba incipiente, moviéndose de un lado a otro para comprobar mi estado.
Asentí como respuesta a aquella pregunta muda.
Él me entregó algo: la cámara.